Aborto en la Edad Media
Por Valentín Pennella
29 de agosto de 2023
Todos sabemos que la Iglesia se opone al aborto, pero no siempre queda claro por qué. Nos basta con decir que son conservadores, como si eso explicara algo. Incluso el Papa Francisco, que en temas como la homosexualidad se ha mostrado un poco más abierto, se mantiene firme con respecto al aborto y sostiene que “no es un ‘mal menor’, es un crimen”. En un análisis sobre el aborto en la Edad Media veremos qué se esconde detrás de esta prohibición y cómo fue cambiando en el tiempo.
Viajemos, entonces, a la Edad Media, a aquel mundo del feudalismo, los castillos con puentes levadizos y las cruzadas a Tierra Santa. Como todas las sociedades de clases, el feudalismo tenía una clase dominante —la nobleza— y una clase dominada —la servidumbre—, que trabajaba para la primera. La explotación era explícita y se daba a través del tributo: el siervo debía entregar una parte de lo producido al señor feudal. Pero a diferencia del trabajador capitalista, el campesino medieval controlaba su producción: decidía cuánto, cómo y a qué ritmo se producía.
A este esquema señor-campesino hay que sumarle una tercera parte: la Iglesia. Por supuesto los miembros del clero formaban parte de la clase dominante (¿quién se imagina a un abad arando la tierra?), pero… ¿cómo se llevaba con la nobleza, que también era la clase dominante? Decimos que clero y nobleza tenían una “rivalidad colaborante”. Por un lado, competían por imponer su poder sobre el otro, pero en el largo plazo tenían la misma ambición: sostener la explotación del campesinado, que, en definitiva, les daba de comer a ambos.
El principal mecanismo de control del clero sobre la nobleza fue la sexualidad. La Iglesia decidía con quiénes se podían casar los nobles, cómo tenían que ser sus relaciones y qué prácticas sexuales estaban permitidas. El incesto, por ejemplo, se amplió hasta alcanzar los 7 grados. Si una hermana representa el primer grado, una prima el segundo y así sucesivamente, imaginemos lo restrictiva que se volvió la búsqueda de pareja para un noble. Esta exogamia extrema, que en principio parecería que perjudicó a la nobleza, la obligó a buscar matrimonio para sus hijas en regiones alejadas, lo que amplió y fortaleció sus redes de relaciones. De esta forma, la Iglesia lograba posicionarse sobre la nobleza imponiendo sus normas sobre el matrimonio, pero a la vez garantizaba la reproducción a largo plazo del sistema.
Bajo la moral nobiliaria, el honor era uno de sus bienes más preciados. Representaba el valor de una persona ante los ojos de la sociedad. Pero, lo que resulta crucial, las deshonras no manchaban sólo a la mujer, sino a todo su linaje. Es por esto que los cuerpos de las mujeres nobles eran celosamente vigilados, tanto por su familia como por la Iglesia, que era quien imponía los parámetros del honor. La Iglesia, en la encrucijada de conciliar la castidad con el sexo reproductivo, penalizaba todas las expresiones de la sexualidad que no tuvieran como objetivo la reproducción. La filosofía que sostenía esto era una interpretación cristiana de Platón, en la que el mundo de las ideas, eterno y divino se contraponía al mundo sensible, carnal y corrupto. El sexo por placer, llamado fornicatio, constituía un pecado. Así, la sexualidad estaba sumamente reglada: se controlaban los días en los que estaba permitido el sexo, las posiciones que había que utilizar (la mujer abajo, pasiva y dominada) y, por supuesto, que fuera dentro del matrimonio.
El aborto, entonces, era una expresión de la deshonra, pues evidenciaba sexo sin fines reproductivos, ya sea por placer, por adulterio o por violación. Sin embargo, en estas ocasiones, podía servir para mantener el honor si nadie se enteraba. A las mujeres se les presentaba un dilema: o tener el hijo y cargar con la deshonra, que afectaba no sólo a ellas sino a todo su linaje, o bien abortar, con el riesgo de muerte y la posibilidad de ser descubiertas, pero teniendo alguna posibilidad de conservar el honor. En definitiva, se abortaba para ocultar una mancha. Ante una violación, el testimonio de la mujer era puesto en duda aunque hubiera pruebas. Incluso se decía que sólo si habían “disfrutado de la violación” podían quedar embarazadas.
La Iglesia sostenía, en ese entonces, una concepción de la vida distinta a la actual. Si bien ahora estamos acostumbrados a argumentos contra el aborto que alegan que la vida comienza con la concepción, en la Edad Media se creía en la teoría de la animación retardada. Según esta, Dios infunde el alma en el cuerpo humano no en la concepción, sino tiempo después, cuando el bebé comienza a moverse. Como matar una vida sin alma no es un pecado para la Iglesia (de ahí que en las cruzadas no estuviera mal matar musulmanes), el aborto se podía llegar a tolerar en esas primeras semanas. De todas formas, seguía siendo una deshonra para la mujer por lo que implicaba. Recién en 1869, a través del Papa Pío IX, la Iglesia adoptará oficialmente la idea de la vida desde la concepción, que se sostiene hasta el día de hoy.
Ahora bien, una vez que se tomaba la decisión de abortar, ¿cómo se hacía? Los médicos conocían técnicas abortivas, pero les representaba un saber incómodo, ya que podían ser juzgados por ello. Muchas mujeres esgrimían ante el médico que el feto había muerto dentro suyo para que le recetaran abortivos. Ante la negativa del médico, acudían a remedios irracionales, como correr, gritar, sentir miedo o usar ropa ajustada en el vientre. Incluso se recetaban remedios de tinte mágico, como “llevar sobre la carne desnuda un útero de cabra virgen o guardar en el pecho los testículos de un macho de garduña envueltos en piel de ganso”. Además de los médicos, había otras personas que tenían conocimientos, como prostitutas, curanderos y hechiceras.
La situación de estricto control sobre las mujeres nobles contrastaba con la situación de las mujeres campesinas. Como ya mencionamos, los campesinos gozaban de relativa autonomía para la producción, porque esta era la forma más eficiente que tenía el señor feudal de cobrar el tributo. Lo mismo sucedía con la sexualidad: la Iglesia no se metía con las prácticas sexuales del campesinado, porque esta situación de relativa libertad le era funcional como clase dominante. La mujer campesina no transmitía honor, por lo que la Iglesia no controlaba su cuerpo, aunque sí lo hacía su marido. El señor feudal transfería su poder al hombre de la casa, al cual la mujer debía consultar antes de abortar.
Para los campesinos el aborto era, ante todo, una forma de controlar la natalidad. Como ellos mismos manejaban la producción en su parcela, sabían balancear la proporción entre brazos y bocas, es decir, entre la cantidad de gente que trabajaba y que había que alimentar. Además, para las campesinas, el aborto era más accesible, porque estaban insertas en una comunidad de mujeres que tenían conocimientos transmitidos de forma oral.
En definitiva, la Iglesia en la Edad Media se oponía al aborto por motivos distintos que los actuales. Si hoy en día la moral está en el centro del dilema, en el medioevo se utilizó como una estrategia de dominación. Por un lado, controlaba estrictamente los cuerpos de las mujeres nobles, ya que estos transmitían honor, su bien más preciado. A partir de esto, la Iglesia lograba posicionarse por sobre la nobleza, pero a la vez garantizaba su reproducción a largo plazo. En cuanto a los campesinos, la Iglesia no se metía en su sexualidad, porque la autonomía era la mejor estrategia para seguir explotándolos.
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