Urbe

Perder el marco de la realidad

Swipear y datear en el siglo XXI

En Tinder nadie viene como es: viene como se editó. Este ensayo explora la brecha entre el deseo de un amor «a la antigua» y un mercado afectivo que funciona como Mercado Libre, donde el swipe es una decisión de consumo y la ausencia se mide en minutos desde el último mensaje visto. Entre Lily Allen, Celine Song y un informe psiquiátrico propio, una pregunta incómoda: ¿estamos siendo curados o simplemente calibrados para tolerar lo intolerable?

Por Joel Álvarez
30 de junio de 2026

«En febrero de 2025, el paciente se presentó con un cuadro de ansiedad aguda, caracterizada por ideación intrusiva, rumiaciones en torno al abandono y la convicción fija de que el afecto recibido es siempre provisorio y destinado al colapso. El afecto se muestra lábil, con oscilaciones entre breves estados de euforia y caídas abruptas en la desesperanza, a menudo detonadas por pausas percibidas en la comunicación. El paciente reporta episodios de desrealización leve, descritos como «perder el marco de la realidad», así como ataques de pánico recurrentes. Ante la severidad del cuadro, se indicó Sertralina, 75 mg diarios, con potenciación mediante Aripiprazol, 5 mg diarios, como estrategia de urgencia para acelerar la respuesta terapéutica. Asimismo, se prescribió Clonazepam, 0,50 mg, según necesidad en episodios agudos de ansiedad y crisis de pánico.

La impresión clínica sugiere una estructura de personalidad atravesada por una autoexigencia elevada, una autoimagen inestable y un sentimiento persistente de indignidad. Los mecanismos defensivos incluyen la intelectualización y la elaboración narrativa compulsiva, articulados pero insuficientes para contener el afecto disfórico. Se evidencian tendencias melancólicas. El pronóstico permanece indeterminado, condicionado a la capacidad del paciente de diferenciar las dinámicas relacionales externas de las proyecciones internalizadas de traición y fracaso».

El paciente al que se refiere este informe soy yo. Las prescripciones son reales, las oscilaciones son mías, la certeza de que el afecto se derrumba ante el menor retraso en un mensaje es solo mía. Como comentario agrego únicamente que el pánico no parece una respuesta inapropiada al proyecto de ser amado en el siglo XXI.

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Ayer le dije a mi analista que, dentro del mercado afectivo, me muevo como si fuera el siglo XX y todos los demás estuvieran en el siglo XXI. Quizás sea porque nací justo entre el final de un siglo y los albores de otro. Le explico que lo que busco se acerca más a los ideales del siglo pasado —una relación duradera y relativamente segura cuya institución máxima es el matrimonio— que a las colecciones de matches, swipes y perfiles de Instagram que abundan hoy en día y que, en la mayoría de los casos, no llevan a más que un encuentro casual. 

Hoy, un perfil de Tinder es fundamentalmente un producto. De hecho, no hay ninguna diferencia entre un perfil de la app y una publicación de Mercadolibre: una galería de fotos del producto en exhibición, una descripción, una ficha técnica, algunas frases diseñadas para convencer al otro de quedarse, de tocar el botoncito verde que nos lleva a la felicidad absoluta: el amor o la compra. El swipe, al igual que el botón de Comprar ahora o Agregar al carrito, es una decisión de consumo. 

Y sin embargo, soy un usuario activo de las apps de citas, como casi todas las personas que conozco. Hoy en día, unas 366 millones de personas utilizan apps de citas. Tinder se volvió la más paradigmática y popular: presente en 197 países y valuada en 3000 millones de dólares, fue descargada 530 millones de veces y procesa la información de 75 millones de usuarios (dos tercios de los cuales son menores de 35 años), que producen 26 millones de matches y 4000 millones de swipes al día. La promesa de esta y otras apps de citas —las más usadas son OkCupid, Grindr, Happn o Bumble, cada una con sus features distintivas— es la conexión instantánea y la posibilidad de encontrar el amor en la masa aparentemente interminable de personas que las usan diariamente. Es cierto, como afirma Joaquín Linne en La reinvención del amor (2025), que las apps de citas democratizaron el mercado afectivo y permitieron a los usuarios trascender las fronteras de género, edad y ubicación para poder relacionarse. Pero… ¿conexión? ¿Cuántas parejas formó Tinder en la vida real? ¿Cuántos vínculos reales, cuántos noviazgos sólidos, cuántas nuevas alianzas monogámicas ha constituido? A priori, el resultado lógico parecería indicar una creciente e interminable red de contactos románticos, de parejas formadas, de fraternización entre hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres. Pero los datos de Tinder son inversamente proporcionales a cuánto se coge, cuánto se sale y cuánto se ama hoy en día. En Argentina, la mitad de la Población Económicamente Activa (PEA) es soltera, al igual que la mitad de la población joven y adulta de las grandes ciudades del mundo. En la Ciudad de Buenos Aires, hay más divorcios que casamientos, según datos del INDEC relevados en 2023.

Es cierto, también, que el siglo XX no garantizaba amor ni felicidad. Garantizaba, en todo caso, permanencia. Y la permanencia muchas veces era una cárcel. Incluso hacia finales de los 90 —el período al que realmente me refiero cuando pienso en el “siglo XX”— seguían existiendo matrimonios sostenidos por dependencia económica, mandatos sociales, silencios imposibles, violencia naturalizada y sexualidades obligadas a esconderse. Pero muchas de esas estructuras empezaban lentamente a resquebrajarse, mientras todavía sobrevivía una idea relativamente estable del vínculo amoroso como proyecto compartido y duradero. El presente, en cambio, parece haber conservado la libertad y demolido la estabilidad. Y aunque no busco una prisión, incluso las cárceles producen una forma de estabilidad simbólica que nuestra época ya no sabe ofrecer. 

Le relato todos estos datos a mi analista. Surge una pregunta: ¿por qué el deseo de amor «a la antigua» colisiona tan violentamente con los mecanismos contemporáneos de encontrarlo?

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Mucho antes de que existiera Tinder, un joven Goethe publicó Las penas del joven Werther, historia de amor que terminaba trágicamente y que fue furor en los jóvenes alemanes del siglo XVIII. La obra fue tan popular que su final provocó una ola de suicidios en la Alemania ilustrada.

En los años 90, la forma más común de conseguir pareja era a través de conocidos o en espacios de socialización. En 2010 aparecieron los smartphones y el mundo cambió. Para 2017, cuatro de cada diez parejas ya se conocían de forma online, según datos publicados por El Gato y la Caja. Claro que cuando conocías a alguien por medio de un amigo, si el celestino hacía mal su trabajo, pagaba el costo social. En las citas online, no hay quien reciba quejas ni reproches. 

Hoy, el amor —se conquiste online o en la vida real, si es que hay una distinción entre ambas— sigue siendo el tema principal del que se ocupan cientos de películas, canciones, discos, libros y muestras de arte. En West End Girl (2025), el último disco de Lily Allen, el corazón narrativo es la separación —tan pública como dolorosa— que vivió la cantante británica tras descubrir las supuestas múltiples infidelidades de su exmarido, el actor David Harbour. El disco se asemeja a un cuento o una obra de Broadway en la que no sólo exploramos las etapas del duelo de la relación, sino también las consecuencias de enfrentarse al mundo de la soltería, una vez más, con particular atención por las apps de citas. Canta Allen en “Dallas Major”: “My name is Dallas Major / and I’m coming out to play / looking for someone to have fun with / while my husband works away. / I’m almost nearly forty / I’m just shy of five-foot-two / I’m a mum to teenage children / Does that sound like fun to you? / ‘Cause I hate it here / I hate it here / I hate it, I hate it”. La autora de “Alright, Still” (2006) no se guarda el evidente desdén que siente hacia las apps de citas y llega a ironizar sobre su propia necesidad de validación al navegarlas. También tiene mucho que decir sobre la sensación de indignidad persistente que uno siente al recurrir al catálogo de carne humana que son las apps, particularmente después de una ruptura amorosa: “You really sold me on a dream / and now I’m looking at my Tinder / or maybe I’m more of a Hinger / he wants to take me out to dinner / hope he looks better than his picture”.

En Amores materialistas (2025), la última película de Celine Song, Dakota Johnson interpreta a una casamentera que trabaja para una empresa dedicada a formar parejas. Como Tinder pero con un filtro humano, una persona de carne y hueso que acompaña a las mujeres —y a algunos hombres— en el proceso. En una de las escenas más punzantes, la celestina se harta de una clienta y le dice: “Esto no es un auto o una casa. Estamos hablando de personas. Las personas son personas, son personas, son personas. Vienen como son. Y todo lo que puedo esperar encontrar para vos es un hombre que puedas tolerar durante los próximos 50 años, que te soporte en absoluto. Y no sos un buen partido, porque no sos un juego de fútbol”.

Las personas vienen como son. Es una frase que en el contexto de las apps de citas suena casi subversiva, porque en Tinder nadie viene como es: viene como se editó. El perfil es una versión curada, optimizada, despojada de todo lo que podría espantar a un match potencial. Nadie sube la foto en la que salió con ojeras. Nadie escribe en la bio que llora seguido o que tiene miedo de que el afecto se termine. La promesa de la casamentera —personas que vienen como son— es exactamente lo que el mercado afectivo contemporáneo hace estructuralmente imposible. Y quizás por eso la película existe: como elegía de una forma de relacionarse que ya no tiene lugar.

Quizás no sea cierto que las apps de citas hayan democratizado el mercado afectivo. Después de todo, ¿no somos más propensos a elegir parejas según los niveles que consideramos aceptables de clase social, educación y capital erótico? 

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En marzo de 2026, prácticamente un año después de haberme vuelto a medicar, tuve una cita. Elijo contar esta cita porque los hechos son tan absurdos, tan humillantes —humillantes en el sentido anglosajón de la palabra, humbling, de humildad— y tan desquiciantes que la única forma de olvidarlo es vomitarlo (digo bien: vomitarlo) a través del texto. 

Al objeto de mis afectos de aquella lluviosa noche de marzo llamémosle T. ¿Qué tiene T.? A priori, T. tiene unas cejas imbatibles, gruesas y tupidas como la selva misionera más húmeda de todas. Tiene, también, un gusto atendible por el cine de los años 70 y opiniones fuertes sobre aproximadamente todos los temas que existieron desde el comienzo de la historia de la humanidad en adelante. Cuando hablamos, hablamos bien: discutimos el cine de Eric Rohmer y de Polanski, charlamos sobre a quién vimos y a quién evitamos en el último Lollapalooza y nos calificamos, del uno al diez, según qué tan malo nos parece el otro. Yo le digo que él me parece un siete sobre diez, es decir bastante malo, y él me dice algo que me deja helado: se nota que sos una persona sensible. La observación tiene un impacto glacial no tanto por la agudeza del comentario —bastante acertado, por otro lado—, sino por la precisión y rapidez con la que me sacó la ficha. ¿Es tan evidente que tomo tres medicamentos para no llorar todos los días? ¿Es tan notoria mi autopercibida falta de afecto, mi pánico frente a la posibilidad de no encontrar el amor nunca más? Al parecer, sí: según T., se nota incluso desde la forma en que saludo a las personas. 

Cuando logro salir de mi estado de catatonia, volvemos a hablar. Nos miramos. Nos acariciamos. Nos reímos. La química sexual parece empezar a construirse: hay deseo en su mirada, de eso no me caben dudas. Y después, como siempre, la tragedia. Como una señal de advertencia o un síntoma de la conversión histérica, cuando pedimos la cuenta empiezo automáticamente a sentirme mal. Muy mal. El interior cálido y rojo del bar de escucha de vinilos palermitano en el que estamos empieza a girar sobre su propio eje, a pesar de que sé que los edificios no pueden hacer semejante movimiento; mi estómago se achica y se contrae y me pide arrojar todo lo que tengo dentro, que de todas maneras es poco. Pienso en las sustancias que ingresaron a mi cuerpo durante el día: me inyecté semaglutida —primer error—, comí unas tostadas con mermelada, una banana al mediodía y… ¿los dos negronis que me acababa de tomar? ¿Nada más? ¿Cómo es posible que una persona de 28 años se olvide de comer algo más en todo el día? Es la semaglutida, me digo, en un intento de racionalizar lo irracionalizable. Me pregunto si mi analista estaría más de acuerdo con esa teoría o con la de la conversión histérica. Me atraviesa una puntada en la cabeza, como un cuchillo, y me olvido de las teorías. Vuelvo a la mesita demasiado chica de este bar demasiado chico: trato de recomponerme. «Estás muy chivado», me dice, sin un dejo de amabilidad, mi acompañante. Me disculpo, digo me siento mal, digo perdón, digo voy al baño un momento. Me mojo la cara, intento vomitar. Nada sucede. El mareo recede, apenas un poco, y atino a salir a la calle. Lo llamo a T., que sigue adentro. Le explico que podemos irnos si logro calmarme, pero me siento fatal. Después de lo que parecen ser horas, tomo la decisión: necesito irme a mi casa. Explico que no doy más, que me voy a pedir un Uber, que disculpas otra vez. Él me mira como si toda la deserotización del mundo fuera capaz de cobrar forma en un hombre de un metro setenta. «Ajá, no hay problema». Mientras ocupo casi la totalidad de mi fuerza en sacar mi teléfono para pedir un auto, miro de reojo el suyo: también pidió un auto por una aplicación. Pensé, por un momento absurdo, en cómo se despide la gente en el siglo XX: en el umbral de una puerta, bajo la lluvia, con algo que decir o al menos con el gesto de quedarse hasta que el otro desaparece. Acá no hubo umbral. Hubo dos interfaces procesando el final del encuentro con la misma eficiencia con que procesaron el comienzo. 

Pronto se hace evidente que T. tiene más suerte que yo, pues su auto llega unos minutos antes que el mío. Me saluda con un escueto «que te mejores» y su silueta desaparece, como si nunca hubiera estado ahí, en la oscuridad de la noche. Me siento pésimo, pienso. Espero mi Uber sobre Cabrera, apenas unos metros afuera del bar. Nadie me mira, a pesar de que debo estar visiblemente en mal estado. Sigo transpirando y a la vez tengo frío. Chequeo el celular: no hay ningún mensaje de T. diciendo algo remotamente cercano a “avisame cuando llegues” o “espero que te sientas mejor mañana”. Nada. 

Cuando me subo al auto, lo sé inmediatamente. El conocimiento me golpea como un rayo. Es tan claro como el agua de la lluvia que cae hace más de media hora: voy a vomitar el interior entero de este Chevrolet Corsa 2006. No sé cómo, pero me trago el vómito hasta llegar a una intersección y le pido al chofer que pare, que voy a vomitarle todo el auto. Para. Me bajo. Me pongo en esa posición tan humillante, casi de cuclillas, abajo de la lluvia. Arrojo todo lo que tenía para arrojar: los negronis, las tostadas, la banana, todo el líquido que consumí durante el día. Mi vómito parece un proyectil que no tiene bien definido cuál es su target. Desafortunadamente, uno de los objetivos termina siendo mis Dr. Martens favoritos, que quedan empapados en la sustancia naranja y amarillenta. Atrás, la lluvia golpea fuerte el techo del Corsa, y el transcurso de la noche sigue como un cuchillo fino y afilado que se derrite, se derrite, se derrite.

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Mantener un perfil —en Instagram, en Tinder, en cualquier red— es trabajo. Curaduría permanente, rendimiento constante, disponibilidad emocional sin horario. En el siglo XX, el trabajo afectivo tenía otra forma: una llamada telefónica a hora fija, una carta que tardaba días, un encuentro que requería coordinar agenda y transporte y voluntad. Era lento, era costoso, pero tenía bordes. La ausencia no se medía en minutos desde el último mensaje visto, no se leía en la pequeña cruz gris o el doble tilde azul que hoy codifican, con precisión quirúrgica, exactamente cuánto le importás al otro. En el siglo XX, la incertidumbre afectiva existía, pero era opaca. Hoy es transparente, cuantificable, en tiempo real. Hoy sabés, con la exactitud de una notificación, en qué momento dejaste de importar.

El precio de ese trabajo se paga, en muchos casos, en el consultorio del psiquiatra. En 2023 se vendieron 54,5 millones de psicofármacos en el país, según el Observatorio de la Confederación Farmacéutica Argentina. Dentro de ese volumen, los antidepresivos son los que más crecieron: en los últimos cinco años aumentaron un 111%. Los principios activos más recetados, como la sertralina y el escitalopram, muestran subas anuales de entre el 10 y el 12%. Aunque las estadísticas no distinguen edades, psicólogos y psiquiatras que atienden a adolescentes y jóvenes adultos confirman que la tendencia es real, visible y cada vez más alarmante. Sería deshonesto atribuir ese número a una sola causa: la Argentina de los últimos años acumula capas de malestar que exceden con creces cualquier aplicación de citas. La pobreza que no cede, el empleo que se precariza, la inflación que devora el salario antes de que llegue a fin de mes. Sin embargo, ninguno de esos factores explica por qué el crecimiento de los antidepresivos es especialmente pronunciado en poblaciones jóvenes y urbanas que, en términos materiales, no están necesariamente en el piso. Algo más está pasando, algo que los informes epidemiológicos no terminan de capturar porque no saben dónde buscar. Las categorías diagnósticas —ansiedad generalizada, trastorno depresivo mayor, episodio de pánico— describen síntomas pero raramente preguntan por el contexto que los produce.

¿En qué momento empezaste a tomar pastillas? ¿Fue antes o después de bajarte la app? ¿Fue antes o después de tu ex, de tu situationship, de su lovebombing, de su breadcrumbing? ¿Podés distinguir si lo que te recetaron es un tratamiento o un precio de entrada al mercado afectivo? ¿Estás siendo curado de algo o simplemente calibrado para tolerar lo intolerable? ¿Importa la distinción? ¿O lo único que importa es que, bajo la lluvia, vomitando en tus zapatos favoritos, tomando tres medicamentos al día, el pánico te sigue pareciendo una respuesta completamente razonable?