Urbe
Incels, streamers y La conjura de los necios
¿Qué tienen en común Ignatius Reilly en La conjura de los necios, Howard Beale en Network, el Unabomber y los streamers que explotan en cámara? La fantasía del iluminado rodeado de necios que no lo entienden. Este ensayo lee la clásica novela de Toole contra su propio mito para preguntarse qué pasa cuando el inadaptado deja de ser un personaje cómico y empieza a ser un modelo a seguir.
Por Elías Fernández Casella
19 de junio de 2026
Influencers, líderes de lo edgy. Presentadores de TV que le hablan a la cámara como si quisieran agarrarlo a uno de las muñecas para decirle “¿no ves que el mundo es una mierda?”
En una era de tirapostas y youtubers que levantan audiencia convenciendo a sus seguidores que son mejores que el resto del público por seguir su canal (nada nuevo), cabe preguntarse por La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, esa novela maldita que sobrevivió a su autor y que consolidó en el siglo XX la figura del genio incomprendido tironeado entre empresarios inútiles, una clase media mojigata y la gracia a pulmón de un montón de marginales. ¿Qué vigencia tiene esta novela de 1980 que consolidó al inadaptado como un héroe, que denunció a una sociedad supuestamente dormida y que transformó tanto a su protagonista como a su autor en “un Don Quijote moderno”?
Ignatius Reilly, un treintañero obeso y gigantesco que usa pantalones de raso y camisa a cuadros, tiene que salir a trabajar para arreglar los daños que su viuda y posesiva madre, Irene, provocó en un accidente de auto. Pero Ignatius, que está obsesionado con el medievalismo y Boecio, que quiere salvar al mundo de la falta de «geometría y teología”, que se pasa el día en un cuartito que huele a mugre y pedos escribiendo un diario virulento repleto de reflexiones sobre la sociedad y que le manda cartas amenazantes escritas en crayón a un profesor universitario, no se quiere someter a la humillación del trabajo asalariado. Pero las circunstancias son más fuertes y sale a buscar trabajo.
Ignatius intercambia cartas virulentas con su ex novia y némesis Myrna Minkoff, una feminista radical pro-liberación sexual que representa mucho de lo que Ignatius aborrece en la sociedad estadounidense de principios de los años 60’. Para impresionarla (o más bien para refregarle en la cara que él es capaz de un potencial revolucionario mucho mayor que el de ella), Ignatius va a intentar organizar con los personajes marginales que se encuentre en su aventura asalariada un movimiento que salve al mundo a través de la degeneración, impulsado por los negros, los homosexuales y los pornógrafos.
En el interín, Ignatius va a pasar por las oficinas de Levy pants (no confundir con la marca de jeans de San Francisco), donde va a organizar una revuelta de afrodescendientes que falla porque le importa más sacar una foto para mandarle a Myrna y destruir las oficinas de la fábrica que conseguir una mejora para los laburantes, va a trabajar como vendedor de panchos callejero (pero se los va a comer todos, porque es un gordo tragón y ése es parte del humor de la novela) y va a influir involuntariamente en una troupe de negros conformada por Burma Jones (un hombre obligado a trabajar por dos mangos bajo amenaza de terminar en cana por “vagancia”) y Darlene (una camarera descontenta con el estado del lugar donde labura) que trata de pegarla entrenando una cacatúa para sumarla a un número de strip tease. También está el Oficial Mancuso, un policía petiso al que su jefe lo obliga a disfrazarse de cosas ridículas, Dorian Greene, un hombre gay extravagante que organiza fiestas fetichistas; y Claude Robichaux, un viejo macartista obsesionado con la caza de “comunistas”, que empieza una relación romántica con la madre de Ignatius y que quiere protegerla de que su hijo no se convierta en un infiltrado socialista y homosexual.
La revolución se convierte en un episodio caótico de enredos entre la cacatúa, el oficial Mancuso y Darlene producida para el show, Ignatius sale en todos los diarios, y su madre y sus amigos deciden internarlo en un neuropsiquiátrico; pero cuando la ambulancia está ya chillando hacia su casa, llega Myrna preocupada por lo que vio en los diarios y escapan juntos bien lejos, sin rumbo fijo.
La conjura de los necios es un libro graciosísimo. Y eso no es fácil de conseguir. Ni en un libro ni en cualquier formato. Es fresco, espontáneo, autodespectivo, entrañable.
Justamente porque su protagonista es un personaje patético y altanero. Como lo es Dwight Schrute en The Office, Larry David en Curb Your Enthusiasm, Pierce Hawthorne en Community, Frank Grimes en Los Simpsons, etc. Ignatius Reilly es un personaje insufrible pero magnético y los giros cómicos tienen que ver, sobre todo, con que es un inadaptado, que está tan enfrascado en su visión del mundo que no distingue siquiera la pícara ironía de que una bailarina erótica pose con su libro favorito, La consolación de la filosofía y la confunde con una intelectual atrapada en un garito de mala muerte.
Pero La conjura de los necios es un libro conocido mucho más por el mito alrededor de su autor que por su trama en sí. Una historia tan perfecta para una contratapa que en general ocupa más espacio que la propia reseña: John Kennedy Toole, profesor universitario, recorre editoriales tratando de publicar una novela satírica. En todos lados los (imbéciles de los) editores la rechazan con argumentos de lo más abyectos, como que el personaje de Ignatius es excesivo (ridículo), que tiene tramas sueltas al pedo (válido), que la novela no tiene un hilo conductor claro (real), y que el género del humor le interesaba poco al público (incomprobable). Tras meses de frustración, John se sube a su auto, maneja un largo rato, pasa por la casa de su ídola e inspiración Flannery O’Connor, conecta una manguera al caño de escape, deja una carta para su madre y se suicida. Su madre, Thelma Ducoing, pasará los próximos 10 años acosando editoriales con el manuscrito bajo el brazo hasta conseguir que le den pelota, y la justicia universal, que a veces reivindica a los genios, la convierte en un éxito inmediato que gana el Pulitzer.
Hoy todos conocemos la historia: la presión a la que estuvo sometido Toole en su lucha contra el mundo fue más fuerte que su pasión creadora. No soportó que su voz no se escuchara. Y se finiquitó.
¿O tal vez no fue tan así? La historia real es bastante más compleja. Según la biografía Butterfly in the Typewriter: The Tragic Life of John Kennedy Toole and the Remarkable Story of A Confederacy of Dunces, del ensayista y biógrafo Cory MacLauchlin, Kennedy Toole le acercó su manuscrito al editor Robert Gottlieb, quien entonces trabajaba en Simon & Schuster, quien lo recibió, lo leyó, y le dijo que el libro tenía mucho potencial, pero que había que hacerle unas cuantas correcciones. John estaba muy negado a modificar su obra y desarrolló un encono directo con Gottlieb sin presentar el libro a ningún otro editor. Mientras tanto, su salud mental se deterioraba día a día, en especial mientras escribía La conjura de los necios.
Además, el día en que Toole se suicidó había tenido una discusión muy efervescente con su madre, a quien le dejó una carta cuyo contenido jamás vamos a conocer porque Thelma la destruyó ni bien leerla. Lo que sí conocemos es la campaña virulenta de la señora contra Robert Gottlieb, que pasó a la historia como el infradotado que rechazó La conjura de los necios, provocando la temprana ausencia de una de las voces más importantes que hubiera tenido el siglo XX. Ducoing, de paso, se pasó el resto de su vida refiriéndose a Gottlieb con brutales epítetos antisemitas.
Toole pasó a la historia como un genio incomprendido, asimilado a su propio personaje, pero cuando uno indaga en su biografía, nota que tal vez tenía más miedo de convertirse en Ignatius que ganas de identificarse con él. En el libro escrito por MacLauchlin, encontramos que Toole fue un estudiante brillante que saltó cursos, consiguió becas prestigiosas y se terminó graduando en la Universidad de Columbia. También que era un profesor muy respetado, que sus amigos lo recordaban como un tipo divertido y que hacía excelentes imitaciones, que era un gran bailarín; y que sus alumnas lo adoraban como profesor y persona.
Aunque al parecer el modelo principal para crear a Ignatius fue su colega y amigo, el profesor Bobby Byrne (un medievalista retrógrado que amaba los panchos, se vestía con ropa extravagante y reivindicaba la moral de obras escritas un milenio atrás), Toole compartía con su creación la verborragia, el humor cínico y la indignación con el rumbo humano. Pero, sobre todo, la maldición de vivir gran parte de su vida bajo el techo y la influencia de una madre posesiva. Varias biografías coinciden en que mientras escribía La conjura… en Puerto Rico, Toole empezó a hablar y actuar como Ignatius. A sentirse perseguido y alucinar que algunas de sus alumnas lo perseguían en auto para atormentarlo.
Parece haber ocurrido una conjura, sin embargo, para confirmar a Toole como la víctima última de ese sistema. Hasta Bobby Byrne, en quien se supone que Ignatius estaba basado, creía que Ignatius representaba todo lo que Toole temía llegar a ser: un fracasado, gordo y alienado. Los sucesos posteriores a su muerte terminaron de construir esa equivalencia: Kennedy Toole sería un patético iluminado, y Thelma Ducoing, la profeta de un alma superior. Incomprendida. Estúpidamente abandonada.
Epifanías para clipear
La del iluminado es una fórmula que usan youtubers e influencers, sobre todo de consumos culturales, es la de hacerle sentir a la audiencia que son moral o intelectualmente superiores por seguirlo a él (es raro que un youtuber diga que sus seguidores son una manga de boludos pitocortos pero alguno que otro habrá). El “iluminado” toma la forma de un presentador de TV, o de un entrevistado. Hay algo en nuestra alfabetización mediática que sigue viendo al tipo que está detrás de un micrófono como alguien que sabe de algo. El que aparece en un escenario, el que se presenta en su perfil de LinkedIn hablándole a una multitud, aunque del otro lado haya un montón de asientos vacíos. El que se toca los dedos y mueve su discurso en una charla TEDx.
Hay una estrategia que usan algunos youtubers e influencers que “la pegan”, y que es muy sencilla: hacerle creer a sus seguidores que, por seguirlo a él, son mejores que otro grupo humano. “Mis seguidores tienen la verga enorme. Y mis seguidoras tienen la vagina enchapada en diamante”, dice Dross, una de las personalidades más influyentes de lo que fue la Internet de contenido audiovisual.
Hoy día muchos pichones de influencer o vendedores de cursos tratan de mostrarse como especialistas en algo grabando videos que están editados como si alguien los entrevistara. En ocasiones, ponen del otro lado una chica cuando menos atractiva que lo escucha con atención. ¿Resabio del formato tradicional educativo, donde un orador se apresta en un auditorio para dar su clase magistral y responder a lo sumo un par de preguntas? Andá a saber. Pero el hombre o la mujer que le habla al público y moraliza tuvo uno de sus momentos de mayor explotación desde los años 60’ en adelante, en especial cuando las cadenas Estadounidenses comenzaron a ponerse en contra de la guerra en Vietnam o la herida permanente para la confianza pública que fue el escándalo Watergate, el argumento de uno de los más premiados thrillers periodísticos del cine de ese país.
Network (1976), es una magnífica película de Sidney Lumet conocida más que nada por un monólogo sacado de contexto capaz de enfervorizar a cualquiera: Un presentador de noticias empapado (¿en sudor?) levanta temperatura frente a las cámaras mientras denuncia lo mal que está todo, lo desamparados que se sienten tanto él como el público, hasta que al fin dice “levántense, salgan a la ventana y griten, ‘¡estoy terriblemente enojado y no lo voy a tolerar más!’, soy un ser humano, tengo dignidad”. Una mujer rubia en la sala de control (¿la directora del programa? ¿una productora?) aprieta el puño y la mandíbula con expresión de orgullo. Una adolescente que mira la escena en casa va hasta la ventana para ver si la gente grita y sí, medio mundo está a los gritos. Excelente escena, excelente final para una película sobre cómo uno de los empleados del poder podría transformarse en el iniciador del cambio social si sólo le hablara con la verdad a las masas dormidas tras la pantalla. La frase se vuelve slogan, los comentarios la repiten en mayúsculas, la banda de alt-rock Maybeshewill, que vive muy en una sociedad, va a loopearlo en una de sus canciones del disco debut «Not for Want of Trying«.
Excelente final, sólo que llevamos apenas veinte minutos de película. Howard Beale (Peter Finch) es un presentador de noticias veterano que ya no convoca al público y que empieza a dar signos de cansancio y agotamiento mental. Cuando le avisan que lo van a echar del programa, anuncia al aire que el martes que viene se va a suicidar en vivo. Los que están en la cabina de control no le dan pelota hasta que alguien entra y dice “che, ¿escucharon lo que dijo? que se va a suicidar en vivo”.
A Howard lo mandan a la casa, donde lo visita uno de los productores del programa, su amigo Max Schumacher (William Holden). Entre lágrimas, entiende que es hora de retirarse. Vana permitirle, eso sí, despedirse al aire la próxima semana. Pero en el canal hay otra conversación: Diana Christensen (Faye Dunaway), una joven y recién llegada productora obsesionada por explotar los límites del amarillismo, viene con el dato de que los niveles de audiencia se fueron por las nubes.
El martes siguiente Howard, obnubilado, sale de su casa bajo una lluvia torrencial, camina hasta el canal, y se sienta frente a la cámara. Los productores están a punto de detenerlo, pero Diana sugiere que lo dejen hablar. Y entonces comienza la escena. Howard empapado por la lluvia, con su gesto al rictus, desencajado en un brote psicótico. La productora se endereza, entusiasmada porque acaban de hacer explotar una bomba mediática. Los teléfonos empiezan a sonar. En varias partes del país los televidentes están gritando la consigna por la ventana.
La película sigue. La cadena explota la locura de Howard, le da un segmento propio, lo presenta como “el profeta loco”. Después exploran con otros personajes: mentalistas, un proto-realityshow donde coordinan acciones con una organización armada revolucionaria que venía operando en la clandestinidad. Quiero demasiado esta película como para spoilearles cómo sigue. Véanla.
Dos años antes de que saliera Network, la presentadora de noticias Christine Chubbuck se había volado la cabeza en vivo tras anunciar que «para continuar con las políticas del canal 40 de traerles lo último en sangre y sesos, verán otra primicia: un intento de suicidio». Chubbuck arrastraba desde hace varios años una depresión galopante, tenía problemas con algunos de sus compañeros, y criticaba constantemente la inclinación amarillista del canal. Al día de hoy se la recuerda como una treintañera virgen deprimida, pero también como una extraña militante indignada con la dirección de la cadena para la que trabajaba, que llevó adelante el más radical de los statements.
El streamer que tiene su momento de indignación es uno de los clips más compartidos de estos momentos. Cortes de no más de 3 minutos como pastillas de sentido y de razón. Los balazos de la batalla cultural. Ese streamer en algún momento va a caer en desgracia. Va a ser alabado, cancelado, memificado, llevado a una suerte de Star System cercano, alguien a quien vas a poder cruzarte en el Tren Roca. En todo el espectro político hay “iluminados”. No aquellos a los que sus seguidores o sus fans les ponen el cartel encima. Sino los “capitos tirapostas” como forma que la política tomó hoy en día. ¿Hija de la semántica que imponen las redes sociales? ¿Otro capítulo de esa convicción que dice que todo tiempo pasado fue mejor?
Puede ser. La fantasía de un individuo perdido por culpa de la disolución de los valores está presente. No nada nuevo, al fin y al cabo es el argumento de la película Blast from the past (1999, que acá tradujeron como “Buscando a Eva”), una ponele que comedia donde una familia de los 60 en plena crisis de los misiles se encierra en un búnker antiatómico pensando que la devastación nuclear estaba por llegar. Crian un hijo, Adam (Brendan Fraser). Adam sale del búnker en busca de una mujer con la que desposarse. Y encuentra a Eva -y, sí- (Alicia Silverstone). Adam es un tipo distinto, chapado a la antigua, criado con los valores de otra época (y con los valores de sus padres, protegidos del mundo exterior), que primero le sienta a Eva como un bicho raro pero que muy pronto se la gana al ser diferente a los tipos de los 90’ gracias a los valores que le inculcaron sus padres criados en los 30.
Pero un ejemplo noventoso más interesante de “iluminado que pierde pie en la sociedad” es el de la película Falling down (1993), que acá tradujeron como “Un día de furia”, quitándole la noción de quiebre y poniendo el acento en que el protagonista solo tuvo un mal día); otra de esas historias que arrastró un séquito de fans entendiendo cualquier cosa. William Foster (Michael Douglas) es un oficinista al que despidieron del laburo hace como un mes y medio, pero que sigue dando vueltas por la calle de camisa y pantalón de vestir, llamando obsesivamente por teléfono público a su ex mujer. Uno de esos días, capturado en el tráfico, empieza una seguidilla de pequeñas agresiones que derivan en una escalada de violencia hacia todo lo que considera que está mal en la sociedad. Un almacenero Coreano que le cobra caro, un par de latinos que lo apuran porque está en “su territorio”, todo mientras busca constantemente acercarse a su ex esposa y su hija que están aterradas de él y que ya le metieron una orden de restricción.
Hay una escena en particular donde un neonazi fascinado con él le ofrece armas de todo tipo para empezar su cruzada contra “todo lo que está mal”, pero cuando Foster se opone, horrorizado, porque él es “un americano, no un enfermo“, trata de matarlo. La torta se da vuelta y Foster lo asesina a puñaladas para demostrar que él es mejor que ese loquito supremacista que vive en un sótano convertido en arsenal.
Un hombre desquiciado, enojado con la sociedad, en un lugar donde muchos espectadores pueden empatizar. En un foro de reddit, algunos usuarios todavía dicen que la película “no tiene un statement político”. Siendo su director Joel Schumacher, yo tampoco tengo tan en claro qué es lo que busca porque es el creador de la batitarjeta de crédito, pero está claro que hay una crítica al hombre maduro estadounidense de clase media-baja enojado con el sistema que no le puede poner una cara y nombre al responsable de su caída y que culpa de todo a los grupos humanos que no son el suyo. Los memes que dicen “cada vez entiendo más a este tipo” son de todo menos tranquilizadores.
A medida que avanza la película, vemos que Foster no es un laburante común llevado al límite, sino un tipo que hace rato tiene problemas de ira y que se siente al costado del mundo y desplazado de una sociedad cambiante a la que culpa de las injusticias que cayeron sobre él. Que odia a los inmigrantes, que quiere reivindicar por todos los medios su título de marido en contra de toda voluntad de su ex mujer y que hace uso de la violencia que supuestamente encarnan los negros y los latinos para reclamar su lugar en el caos de una sociedad reventada, como cuando un nenito afrodescendiente le explica cómo usar un lanzamisiles para reventar una grúa constructora que está obstruyendo el paso en una construcción al pedo.
Hay otro personaje que sueña con una revolución masiva, con llevar el gas mostaza a las calles, y que termina suicidándose. Callado, en el asiento de un tren. Estamos hablando, claro, de Erdosain, el protagonista perturbado de Los siete locos / Los lanzallamas. Otro tipo que no encuentra su lugar en el mundo, que acaba de ser dejado (y humillado, según el título del capítulo donde imagina como su ex coge con su nuevo amante), y que sueña con una sacudida en las sucias estructuras a través de una narrativa mística. Que parte de la depresión, que busca iluminados como Hipólita y el Astrólogo y que termina en su propio caos de muerte.
Tragedias masivas para héroes personales
Si La conjura de los necios es una tragedia, es porque Ignatius es una persona de convicciones firmes, tan firmes que terminan siendo de piedra, imposibles de malear. Con una mente inteligentísima encerrada en una ideología hipermoralista y una historia personal compleja, el personaje que protagoniza uno de los pocos libros que me han sacado carcajadas sinceras acaba en las últimas páginas dando mucha más pena que gracia.
Por eso es tan interesante la decisión que Toole tomó al diseñar a Myrna Minkoff, sobre todo para pensarla desde el año 2026. Su némesis, ¿su amor?, igual de ridícula, pero con una empatía y humanidad que puede encontrarlo a medio camino. A quien nombra en prácticamente cada una de sus entradas de diario. A quien odia y quiere impresionar para demostrarle que su militancia es mejor que la de ella.
Es que una traducción correcta de “A confederacy of dunces” sería “Una confederación de zopencos”. De bobos. De burros. “Dunce” es lo que suele decir el bonete con orejas que se le ponía al colegial castigado, el protagonista de “no sabe / no sabe / tiene que aprender / orejas de burro / le van a poner”. La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver más allá.
Ignatius Reilly trata de organizar una revuelta de marginales, que en Barrio Francés de Nueva Orleans en plenos años 60 son los negros, los homosexuales y los pornógrafos (que para Kennedy Toole vendrían a ser lo mismo). Vendrían a ser lo mismo, claro, para un personaje que escribe cartas de odio con crayones a un profesor universitario, al que amenaza de muerte.
Unas décadas más tarde habría otro iluminado de infancia superdotada que le iba a escribir cartas de odio a un montón de gente, entre ellos profesores universitarios y aerolíneas, acompañadas por bombas, hasta conseguir que publicaran su manifiesto. Y siendo que el Unabomber inició su actividad en 1978 y La conjura de los necios fue publicado en 1980 pero escrita a principios de los 60’, sabemos que la idea de acompañar las ideas con acciones físicas flotaba en el ambiente al menos desde 1962.
En todas estas historias, la condición del iluminado tiende a ser una tragedia porque su proyecto jamás llega a concretarse. Porque las masas se ponen en contra de él, como en la frase de Jonathan Swift que da título a la novela: «Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificarse por este signo: todos los necios se conjuran contra él.»
Si bien la conjura se da desde el orden establecido, en última instancia los propios aliados del iluminado tampoco lo entienden. Hay una traición que se da por descreimiento. Cristo cae cuando Judas pone en tela de juicio el mito de su divinidad.
Los marginales con los que fantasea Kennedy Toole ya se conjuraron. Y no fue tan grave como temían los que leen “La conjura…” como una sátira apocalíptica. Consiguieron algunos derechos, modificaron en algo el contrapeso de la historia a partir de una larga revolución, lenta, con episodios de violencia que, si bien requirió de algún iluminado, no sé si los necesitó. Se podría decir que fueron asimilados por el mecanismo dialógico de la hegemonía, que se nutre de la subalternidad y viceversa. “The dunces” siguen en el poder, con su choreo de plusvalía, su imposición de gustos, sus exigencias de trabajo presencial, sus posteos de linkedIn, su religiosidad sin contenido, su caridad sin solidaridad.
Puede que el personaje de Burma Jones, el negro que se las rebusca trabajando por sueldos miserables para no terminar en cana por “vagancia” sea el personaje más inteligente del libro, el que aprende a vivir dentro de esa estructura racista sobre la que los intelectuales crean su rol, mito y figura, y sobre la que la policía justifica el sueldo y despliega el racismo. Lo mismo ocurre con Dorian Greene y otros homosexuales, a los que Ignatius desprecia y exotiza, pero quiere incorporar a sus mesiánicos delirios políticos. Ni los negros ni los homosexuales ni los pornógrafos son una amenaza real, más allá de las cosas que cuentan el oficial Mancuso, Irene, su amiga Santa Battaglia y el viejo macartista Mr. Gonzalez, que termina proponiendo internar a Ignatius antes de que se vuelva un bolchevique o un “desviado”. Incluso Myrna, que es insoportable e incoherente en muchos sentidos, suele tener diagnósticos más acertados que Ignatius sobre el problema central de su insatisfacción: él está paralizado por la obsesión del pensamiento y la necesidad de convertirse en el líder del cambio. Ignatius es uno más de los “dunces”.
¿No será que la verdadera «conjura» no es la que se organiza contra Ignatius, sino la que Ignatius imagina para convencerse de que sus problemas vienen siempre de afuera? Y esa es la conjura en la que el iluminado cree que todos sus problemas vienen de afuera. Lo claro es que todos los personajes creen tener la razón y están encerrados en sus propias obsesiones. Todos participan de la conjura. Toole sabe que es un tipo brillante. También sabe que se está convirtiendo en su caricatura.
Eso conecta muy bien con los incels, con ciertos influencers y con los profetas mediáticos: la fantasía de que existe una masa de idiotas organizada para impedir que el iluminado ocupe el lugar que merece. Y en ese puente con el ahora, donde los dispositivos de broadcasting personal en la Internet de redes sociales permiten a cualquiera intentar su prédica y su discurso a lo Howard Beale, todos tienen que opinar de todo. En parte porque es lo que nos pide, promueve y de lo que vive el algoritmo.
Hoy muchos de esos iluminados tiran a cámara la mirada Kubrick. Validan su rebeldía en el rock como un resabio de tiempos más libres. “¡Qué falta de teología y geometría!”, exclama Ignatius plantándose en el pesimismo más atroz, encajándole con desvergüenza su visión del mundo a cualquiera que se le cruza. Ignatius Reilly no deja de ser un vago sexófobo, racista, homofóbico y soberbio que se planta por encima de cualquier personaje igual de bizarro, pero pintando los personajes de su época a través del desagrado. Uno de esos personajes entrañables pero que en algún momento reconducen su odio hacia alguien en particular, bajo un nombre o identikit.
Quizá lo más vigente de La conjura de los necios sea tratar de cambiar el mundo a través del partido de Ignatius, “SMTD”, (Salvar al Mundo a Través de la Degeneración). Como en esa página que recopila tweets de conservadores llegando a conclusiones correctas por vías erróneas, la cuestión de metamorfosear las guerras en orgías gay no es particularmente mala.
Pero que Ignatius sea el genio y todos los demás sean “los necios”, es una lectura por demás superficial, que alimentó el mito alrededor de Toole y su tragedia. Así se siente a veces leer a un “tirapostas”: como alguien que tiene erecciones mientras escribe ensayos. Alguien que no para de eructarnos sus opiniones en la cara. Pero que tiene el potencial de convertirse en un personaje trágico. Porque a Ignatius un poco lo entendemos, un poco empatizamos con él. Yo este artículo lo escribí en buena parte en la oficina, hinchado las pelotas cada vez que mi jefe me interrumpía para contarme que subió el precio de los churros en el kioskito de enfrente.
Porque los verdaderos «dunces» son las figuras de la autoridad bienpensante, la burocracia, la clase media pacata y el engranaje económico que intentan normalizar a Ignatius o explotar al resto. Y si bien Ignatius J. Reilly usa una retórica reaccionaria, medievalista y moralista que ataca verbalmente a todo el mundo, el libro pone a los marginados en el rol de sobrevivientes al sistema. Tal vez, por eso, el incel necesita alejarse más del hombre que valida su odio y acercarse a los espacios que lo critican. Entender que los marginados de la Nueva Orleans de los años 60 son solo el paisaje y las víctimas de esa misma sociedad que Ignatius rechaza, aunque él lo haga desde su torre de marfil de locura y pedantería.
En la escena final de La conjura de los necios, cuando Myrna pasa a buscar a Ignatius preocupada por su última carta, Ignatius se ubica en el asiento de atrás de su auto, y, tras una novela entera de pasarse insultándola en sus diarios, tratándola de herética y promiscua, le agradece el momento a la Diosa Fortuna con un beso frío en la mejilla de Myrna, encuentra un momento de paz en la fuga y se entrega a un futuro incierto en la carretera. Mientras Myrna conduce hacia lo inesperado y la ambulancia pasa junto a ellos rumbo a la casa vacía, Ignatius aprieta su trenza contra los labios mojados y aspira el olor a champú herbal como si fuera la balsa con la que partirá hacia la locura.
Al momento en que leas este artículo, la noticia de algún femicidio va a estar dando vueltas en los medios argentinos. Lo sé porque se registra uno cada 31 horas. Esta vez, y tras el backlash conservador que sacó a unos cuantos fachos de izquierda de bajo la piedras, se pone más sobre la mesa rol de los varones en esta cuestión. Mientras releo A confederacy of dunces, no puedo evitar traspolar su resolución. ¿Ingenua? ¿Tradicionalista? Seguramente. Myrna e Ignatius se encuentran en el potencial revolucionario, es lo único que los puede salvar (a él, al menos, porque Myrna parece bastante bien parada en su caos militante). ¿Cuál puede ser entonces la solución para el semi-Incel? Tal vez dejarse de joder con eso de que el mundo está en contra suya. Entender que la sociedad no busca su destrucción como individuo, sólo la de una ideología del odio. Ir en busca de esas nociones que consideran extremas y contrapuestas a su atesoradísima visión del mundo. Entender que no todo es una fórmula de Durkheim. Y que no encontrar el lugar de uno en la sociedad no tiene por qué ser causal de suicidio.
La fiesta está en otra parte
Por Magdalena Macías
Los diarios de Thoreau
Por Felipe Ojalvo
Terraplanistas vs CEOs
Por Emilio Méndez


