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Fútbol orientado en datos

En 2015, Leigh Herbert apostó cinco libras a que el Leicester ganaría la Premier League, con odds de 5000 a 1. Un año después cobró. Este ensayo parte de ese milagro para pensar cómo el capital fue colonizando el fútbol a través de los datos, el VAR y la lógica de la productividad, y por qué en el centro de ese proyecto late todavía una bomba que ningún algoritmo puede desactivar.

Por Pierre Herrera
02 de julio de 2026

A Valeria H. 

I.

La apuesta es fe, y su fe está disipada al fondo de un número incierto de jarras de cristal, en el pub que habitúa, tal vez ya lavadas para ese momento y conteniendo más cerveza, en manos y labios de otra trabajadora, de otro trabajado que pide una más para pasarse ese cansancio hereditario que sabe a hiel. Entra entonces, dócilmente, esa noche de julio de 2015 al establecimiento de apuestas, no tiene fe pero sí hambre y cansancio por la jornada; o más bien ingresa dando tumbos, impulsado por una corazonada, porque fue su corazón y luego la sangre en sus piernas que jugaron al fútbol desde que tiene memoria aquello que lo desviaron de ir directo a su casa, lo condujeron por calles oscuras, apenas iluminadas por los adustos ojos verdes de gatos callejeros, y por otras más transitadas, con anuncios de neón que prometen comida callejera, más cerveza, un respiro; de hecho casi se detiene a comprar un kebab, pero el corazón siguió sin titubeos, su estómago se estrujó, y ahora Leigh Herbert se planta frente al cajero y se escucha manifestar que quiere hacer una apuesta; el cajero se despabila, procesa lo que ha escuchado y aguza el olfato, viene borracho este hombre, piensa, pero acepta el billete arrugado que le tiende: el último billete en su cartera, adiós cena de regreso; ¿cuál es su predicción?, le pregunta y espera curioso a que el hombre, o más bien su corazón retome el control de la situación y la boca y la lengua puedan articular los designios del oráculo de su sangre azul y blanca: «Leicester campeón de la Premier League». 

El cajero casi se hecha a reír, luego duda, ¿a ese equipo que libró el descenso la temporada pasada en la última jornada?, ¿todo a que ese equipo perdido, que ahora está en algún país de Asia de gira, que casi no se reforzó y cuyo nuevo DT es un viejo italiano sin glorias memorables, sin un pasado recordado por nadie?, pero qué sé yo, concluye en segundos y registra la apuesta: ₤5, Leicester #1@PL, 5000-1, imprime el ticket y se lo pasa al hombre tambaleante, él lo toma entre sus manos como si estuviera ante un designio de Delfos, lo guarda en su cartera y sale del local directo, ahora sí, a su hogar, a dormir. El hombre de la casa de apuestas Ladbrokes vuelve a suspender la computadora y retoma su cómoda posición anterior, cierra los ojos e intenta dormir, y acaso sueña con la estadística cenicienta de la que ha sido parte: cinco mil a uno, 0.02%. Un milagro que un año después suspende la palabra imposible del léxico del fútbol, enmudece a los otros 19 equipos de la liga y deja estupefacto al mundo y sus espectadores, a curiosos, a jugadores, a técnicos, a comentaristas, a los miles de hinchas de los foxes, a los millones de hinchas que aman el fútbol porque saben que la incertidumbre, el caos, la humildad y la soberbia, el miedo y la fuerza son parte de su esencia, rueda de la fortuna, cristalización del aliento, relámpagos que dan tres veces tres veces una misma noche en un mismo blanco, lo imprevisible que siempre acecha a la razón. El 7 de mayo de 2016 el designio se cumple: el capitán jamaiquino del Leicester, Wes Morgan y su DT, Claudio Ranieri, levantan al unísono el trofeo al cielo. 

II.

Cambia, desde sus inicios ingleses a mediados del siglo XIX, el fútbol se ha transformado de la mano del tiempo y sus difusas modas, se adapta a las tecnologías e insiste en reflejar los deseos y frustraciones de sus aficionados, que rodean el globo y eligen su pertenencia o heredan religiosamente sus colores; desde que nacen multitudes de hinchas crecen bajo las sobras de banderas que ondean por fuerzas caprichosas y terribles recortadas en horizontes de plomo y sal, designios que nos harán inmensamente felices por momentos pero en general se sentirán como una bella condena que templa inevitablemente el carácter, algo así como la herencia de clase que parece no provenir de un punto fijo y sin embargo permea todo, y que para quienes crecimos entre sueños obreros, futuros sin fe y un caprichoso amor por la materialidad de nuestros esfuerzos, esos colores significan un contacto directo con el heroísmo y la más pura vileza de la humanidad. 

Lo que parece no cambiar en la historia del fútbol son su cada vez más fuertes lazos con el poder, con las personas e instituciones que lo manejan, que inclinan a un lado u otro las narrativas de las victorias y las derrotas nuestras; es decir, quienes ejercen el poder en el fútbol lo hacen, en última instancia, definiendo qué es una victoria. Como sabemos éstas en el fútbol se obtienen con goles, así que yendo un poco más allá podríamos decir que instituciones como la FIFA, las federaciones nacionales y locales lo que han tratado de responder a través de la historia del fútbol, gracias a reglamentos convenientemente adaptables, es: ¿qué es un gol? Podemos profundizar más, incluso es conveniente hacerlo, y seguir hilando estas ideas: pareciera que el trabajo del poder es declarar ante las tribunas y tribunales, cada vez con menor grado de error, quién gana y, más importante aún, quién puede ganar cuando los y las futbolistas juegan. 

A ese menor grado de error se ha llegado de la mano de las ideologías y economías dominantes del globo, a través de la fantasía de la tecnología como discurso regente: el llamado avance de la técnica de frente y hacia el espacio exterior, fuera del ecosistema de lo vivo, que es como recordaba Roberto Bolaño aquello que no tiene remedio por más curas que se inventen y se proclamen definitivas. Vivimos en una época en la que lo real no es algo concreto, fijo ni definido, es más una característica, dejó de ser un más allá de las acciones y pensamientos y se volvió, hay muchas hipótesis al respecto, un efecto; los hechos en esta nueva ontología parecieran ser aquello que logra trastocar los objetos y convertirlos en reales: el efecto de los hechos es lo real, pero los hechos son inabarcables, cambian de acuerdo a contextos y percepciones, y en todo esto, el poder únicamente puede aferrarse a una fantasmagoría: los datos. 

III.

El mérito de los foxes no se ubica en el territorio del azar, por supuesto, o no solamente, sino en una zona accidentada donde varios elementos se conjugaron en la Temporada 15/16 para su campeonato ceniciento: su juego arrojado, sus solventes tácticas, su mentalidad férrea, además fueron brillantes oportunistas y tuvieron suerte en la cancha y fuera de ésta, mucha motivación, templanza y chispazos de genialidad: con todo esto y aun cuando el fútbol es un deporte de habilidades abiertas, cuesta no dejar de mirar ese 0.02% y preguntarse ¿qué significa realmente ese exiguo porcentaje?; por una parte, que de jugarse el torneo entero 5 mil veces, solo en 1 escenario los zorros salen campeones, como al final ocurrió. Mediante ese cálculo imaginario que despliega las posibilidades de todas las variantes y las multiplica exponencialmente ingresamos en los terrenos de la especulación, en específico a la mesa de lo que podemos llamar fútbol especulativo, una manera de hablar de la estadística atravesada por la fabulación, por las historias paralelas, ucronías, distopías, utopías, what ifs… 

Pero el porcentaje también significa otra cosa: que el torneo no es justo materialmente, porque en una instancia donde sí lo fuera, cada uno de los 20 equipos que juegan la Premier deberían iniciar con un porcentaje para ser campeones cercano al 5%; la realidad, por el contrario, es que hay equipos que inician con más probabilidades estadísticas de lograr ser campeones; estos altos porcentajes están ligados a la cantidad de capital detrás de las instituciones con posiciones económicas más solventes. Entre los equipos con más capital de Inglaterra, el Big Six, suelen fácilmente repartirse un 75% de probabilidades al iniciar un nuevo campeonato, dejando que el 25% restante se reparta entre los otros 14 equipos; y aún en este segundo grupo hay tan marcadas diferencias de capital que habrá equipos peleando por no descender de categoría que solo se les incluye simbólicamente con un 0.02%. Hablamos de condiciones materiales abismalmente distintas que marcan las posibilidades reales de «llegar a lo alto de la tabla» al final del año; esta expresión que suelo escuchar habitualmente en programas sobre fútbol para referirse a equipos de ligas tan dispares como la inglesa, la mexicana, la española y la japonesa, nos habla de un giro en el cómo estamos pensando hoy el fútbol, y de manera más general, cómo proyectamos nuestras pulsiones: «llegar más alto» es haber hecho la mayor cantidad de puntos en el torneo, haber vencido más, haber conseguido más goles al tiempo que se ha defendido mejor las pérdidas: hablamos entonces de productividad. Y para lograr una mayor productividad, nos recuerda Karl Marx, es necesario poner a circular una mayor cantidad de capital, poner a circular el balón de formas más sólidas, con más técnica, a mayor velocidad, con mejores planes tácticos, sin tantas fugas de posesión, hay que saber explotar al máximo el trabajo de los jugadores; en resumen, tener capital generará más capital. Las reglas de fútbol contemporáneo están reforzando esta idea y lo equipos más grandes se siguen despegando materialmente de los más pequeños, y al hacerlo reproducen una lógica antigua, con un nombre antiguo y vigente: Imperialismo. 

Jugadores y jugadoras que corren más, que abarcan más terreno, que regatean más, que distribuyen mejor el balón, que tienen mayor porcentaje de productividad con sus oportunidades frente al marco, que acatan sin fricciones la palabra y formas del DT y funcionan como piezas dentro de un engranaje de posesión, que son más y más jóvenes, con más y más futuro por delante, más explotables, vaya. Pareciera que el fútbol se movió una máquina de posesión y porcentajes, de especulación financiera. ¿En qué momento dejamos que el capital diera forma a las formas de fútbol? 

IV.

Existen varias jugadas mundialistas no acreditadas como goles, aunque hoy gracias a la asistencia con video se considerarían como tales; hay uno en particular que creo que simbólicamente marca la aceptación para introducir el VAR en el fútbol profesional, y con ello se entra en una nueva etapa en la historia del fútbol; ocurrió en uno de los partido de octavos de final en Sudáfrica 2010, un 27 de junio: la selección de Alemania acaba de anotar el 2 a 1, juegan de blanco y es el minuto 37 del primer tiempo, al siguiente minuto los que ofenden son los ingleses que van de rojo; tras un tiro un tanto atropellado de Jermain Dafoe que pega en el cuerpo de un defensa, el balón le cae fuera del área grande a Frank Lampard quien sin dudar la empalma bombeado y fuerte, Manuel Neuer está al centro de su área chica, brinca, se estira en el aire tratando de atajar pero ni siquiera se acerca a la trayectoria, el balón pega en el larguero y pica con dentro de la portería, Neuer ve el instante del gol congelado en el aire, un momento después, el rebote saca el esférico de la meta, él deja de levitar y cae al piso; el árbitro central no ha visto, tal vez es el único que no vio, que la circunferencia ha cruzado por completo y un poco más la línea imaginaria de gol. Neuer se recupera rapidísimo, toma el rebote vertical y lo pone a jugar de nuevo; el 8 de Inglaterra levanta ambos brazos en dirección del árbitro, ha anotado pero no escuchó el pitazo señalando que el tanto se suma al marcador: el árbitro se aleja de la jugada corriendo en la otra dirección de la cancha, Lampard le grita, el eco de su grito lo amplifica el estadio, luego se lleva las manos a la cabeza, no lo cree, ha empatado y sin embargo… los aficionados rechiflan, los reclamos de los rojos son totales pero la decisión no se modifica; se sigue jugando y el partido termina, engañosamente 4-1 porque la selección inglesa fue la que más jugadas de peligro generó en todo el encuentro. La jugada se viraliza inmediatamente después de que ocurre, cientos de horas se discute, tal vez la visión del árbitro fue obstaculizada por el mismo cuerpo del arquero, dicen algunos; hay millones de reacciones y puntos de vista, ¿qué hubiera pasado si se marca?, se cuestionan otros, Alemania enfrenta en la siguiente ronda a la selección argentina y la derrota, y luego cae contra España en semifinales. Entre los miles de videos de la jugada, hay uno que hoy se puede consultar en el que se escucha al comentarista decir: «madre mía, no se lo van a dar, lo que es la historia y sus regates»; y es que el error es una réplica, un rebote, un eco en la relación entre ambas selecciones: en el Mundial de Inglaterra 1966, los locales se coronaron campeones con otro gol fantasma, sí, frente a los alemanes. No es inverosímil imaginar que al terminar el partido de Inglaterra-Alemania en Johannesburgo, Sudáfrica, la cúpula de la FIFA comenzara a planear otro fútbol, uno sin errores, un fútbol que pudiera juzgar cada jugada polémica con un veredicto imparcial al instante, un fútbol asentado en bases técnicas que redujeran al mínimo el riesgo de las inversiones de los grandes capitales, un fútbol pensado en choques de fuerza de capital global proveniente de fondos de inversión, de los Emiratos, de la explotación del petróleo, de casas de apuestas; un fútbol que eliminara el fallo humano y su astucia, un fútbol sin culpas y por consiguiente de temple burgués, un fútbol ultra-retiniano, un fútbol con los ojos del capital, que mirara y recordara cada acción, contabilizara todos los resultados y estudiara los patrones de esos registros para hallar tendencias, un fútbol orientado en datos (FOD). 

V.

Después de Sudáfrica 2010, lo que era una posibilidad acelera su concreción y para la siguiente Copa del Mundo, el VAR está ya en opera y dictamina, y en pocos años casi todas las contiendas futbolísticas lo han sumado a su operatividad y reglamentos. Antes de este sistema de apoyo visual para los árbitros, los comentaristas solían ser quienes señalaban la polémica, desmenuzaban las circunstancias de las jugadas polémicas y discutían si habían sido pitadas con o sin justicia, si pudo haberse marcado de otra manera; los comentaristas hablaban una lengua subjuntiva y condicional, de potencialidades y engaños, de fracasos corsarios y de caminos truncos, de errores y gambetas, una lengua marrullera, de genealogía bribona. No es de extrañar que el fútbol moderno haya desterrado, al igual que Platón cuando propuso que se corriera a los poetas de la República, a esa posición mítica que hizo soñar a hinchas por años con sus regates y dribles históricos: el enganche, el 10, el jugador que flota y crea, que pisa el balón ociosamente y así cambiar el ritmo del juego, a puro sabotaje creativo, a deslices de picardía; claro, hablo de poesía y levedad, de hackear lo posible. Hoy las discusiones son otras, rodean las estadísticas, se discuten planes tácticos y mapas de calor como si se trataran de mapas de guerra, de geografías en territorios por explotar. 

Cuando se comenzó a introducir el VAR en el lenguaje y sentido del fútbol, hubo personas que declararon con gravedad qué se perdería algo, tal vez sí, o tal vez nuestra manera de entenderlo comenzó a mutar y esa percepción echó mano a una de las relaciones más fuerte del mundo globalizado por el capitalismo y sus tecnologías: las personas y su trabajo, el mundo como empresa y supermercado, el ritmo voraz que no da cabida a las pausas, porque todo tiene un precio y es necesario eliminar aquello que introduce zonas grises de interpretación y afecta los resultados. El capital ve en el fútbol no solo la posibilidad de un gran negocio que poco a poco coloniza el territorio y el tiempo, cada día aprende nuevas maneras de capitalizar la nostalgia, por ejemplo, con Mundiales compuestos de más y más federaciones; sobre todo, pienso, lo concibe como una gran oportunidad para las grandes instituciones capitalistas y de poder, que solapan y promueven crímenes contra el bienestar de todos los vivientes de la Tierra en pos de seguir generando y acumulado riquezas, de invertir en este deporte, tener plusvalía y salir de todo el proceso con un lavado de imagen, «whitewashing», que tenga impacto en su valoración social. 

VI.

Hay, sin embargo, algo que no alcanza el fútbol orientado en datos, que trata de definir, medir y contabilizar todo: la verdad que cada aficionado y aficionada percibe en ese once contra once eterno. Werner Herzog ha comentado que en nuestra época solo es posible legar a la verdad a través de la imaginación y la experiencia interior; porque las verdades no son contables, tiene un caracter profundamente íntimo y emocional, y se alcanzan recorriendo sendas de invención, estilización y experiencia, que cada persona debe recorrer sola buscando no los hechos o su relación, si no una conexión más profunda con lo desconocido; ese tipo de verdad extática, me hace pensar que el poder que controla el negocio del fútbol no logra coptar la idea de victoria. Pareciera que en las formas de imaginar del poder solo existen dos polos contrapuestos bien definidos: ganar o perder; una victoria, sin embargo, no vive en los hechos, no se ubica en un lugar concreto como el gol, puede acontecer tanto en una victoria como en empates e incluso en las derrotas, ¿cómo explicarle al capital y su lógica que a veces perder implica alcanzar una victoria?, ¿no acaso el manifiesto más famoso de la cultura humana, el Comunista, habla de la derrota como un modo de reorganización política para, tras fallar una vez, abastecerse de fuerzas, de aliento, y así volver a imaginar otro futuro, nuevas liberaciones? 

Algunos lo llaman azar, otros caos, a mí me gusta la palabra regate; lo que parece cierto es que el fútbol orientado a datos lleva consigo un mecanismo explosivo en su interior: en el centro del campo late una bomba, y late como un corazón invisible que rehúye de las estadísticas, palpita agazapado en los movimientos telúricos del coraje, la camaradería y la risa, late desbocado y salvaje como el corazón de una monja alucinando o de un guerrillero, de la trabajadora que pide un aumento y del trabajador que renuncia y se larga por una cerveza, del niño que sueña con una victoria total de su equipo mientras mira cómo desciende de categoría, de las amigas que se reúnen a jugar como una forma de organizar un íntimo combate político frente al desamparo; Pier-Paolo Pasolini dijo alguna vez que el fútbol era la última representación sagrada de su época, porque era un rito y también una evasión; sacro también hoy porque al fútbol lo podrá envolver el capital, pero el recóndito centro de su núcleo es del misterio, los designios secretos de la pasión y nuestros errores y grandezas, porque, como decía el padre de Ricardo Piglia, en el fútbol nunca gana el mejor, y esa es nuestra más feliz maldición y nuestra más tierna esperanza: sentir por un instante, en esa pausa donde alguien se aviva sin que el árbitro lo vea, en el regate aireado del que nunca dribla, en la atajada homérica ante el 9 que no sabe fallar, en el remate irrealizable del pibe que debuta, en el equipo chico que se agranda de visita, en todo eso, sentir la corazonada a galope por nuestro cuerpo que nos dice que jugar y soñar también se trata de emanciparnos de los imposibles. 

Pierre Herrera 

CDMX, 17-may-26