Artificios

Curadurías del futuro y restos de lo viviente

Genealogías de la sensibilidad cyberpunk en Argentina

El gótico interroga la muerte; la ciencia ficción interroga las posibilidades de la vida. Pero entre Lugones y Quiroga, en el Río de la Plata de fines del siglo XIX, esa distinción todavía no se había estabilizado. Este ensayo rastrea esa zona de indeterminación para pensar cómo el cyberpunk argentino opera hoy como forma de leer un presente que ya parece distopía.

Por Alejandra Botteri
06 de julio de 2026

En el prólogo a Escalera al cielo: utopía y ciencia ficción, Daniel Link propone una distinción entre dos regímenes de la literatura fantástica: el gótico interroga la muerte, mientras la ciencia ficción se interroga por la vida y sus posibilidades. Esta oposición organiza una frontera entre lo vivo y lo no vivo. Los géneros no remiten a contenidos estables, sino que funcionan como dispositivos que regulan aquello que no encaja en esas categorías, produciendo figuras de inestabilidad ontológica como monstruos, fantasmas o no muertos. 

En este marco, Frankenstein aparece como figura central. La criatura no pertenece ni a la vida ni a la muerte. Habita una zona intermedia que desarma esa oposición. Más que un monstruo excepcional, muestra el fallo estructural de las categorías modernas de lo viviente. Lo monstruoso queda así como resto no absorbible por el orden clasificatorio, incluso en un horizonte dominado por el positivismo, donde prima la explicación, la causalidad y el orden. 

Si esta problemática se desplaza al Río de la Plata de fines del siglo XIX y comienzos del XX, ciertos textos pueden leerse como momentos tempranos donde estos regímenes aún no se han estabilizado como géneros. En El Psychon de Lugones y El espectro de Quiroga no hay todavía ciencia ficción o gótico consolidados. Hay escenas donde esos modos narrativos emergen ligados a un campo de problemas más amplio. No ilustran una distinción previa ya que las categorías modernas no alcanzan para fijarla y permiten ver cómo la diferencia entre vida, mente y muerte comienza a volverse inestable. 

En El Psychon, la vida se desplaza hacia intensidades psíquicas que desbordan lo humano hacia lo no estabilizado de lo mental. En El espectro, lo espectral no irrumpe desde afuera. Permanece como resto dentro de lo cotidiano, como aquello que resiste ser absorbido por lo explicativo. En ambos casos, lo que aparece es la imposibilidad de cerrar lo viviente dentro de un régimen estable de inteligibilidad. Con ello, la frontera entre lo vivo, lo psíquico y lo espectral se reconfigura. 

Si en estos textos tempranos lo que entra en crisis es la posibilidad de estabilizar la distinción entre vida, mente y muerte, esa misma inestabilidad afecta también los modos de leer. Las categorías que organizan la experiencia de lo viviente no operan únicamente dentro de las obras. Se articulan también en dispositivos de circulación, selección y legitimación cultural que determinan qué puede ser reconocido como problema literario. En este sentido, la emergencia posterior de la ciencia ficción y del gótico como géneros relativamente estabilizados no supone solamente la consolidación de ciertas formas narrativas, sino también la producción de marcos de lectura capaces de volver inteligibles esas zonas de indeterminación. Desde allí, el problema deja de pertenecer exclusivamente a la historia de los géneros y pasa a involucrar las formas en que una cultura organiza retrospectivamente sus archivos, sus tradiciones y sus sensibilidades posibles. Si en estos textos tempranos lo que entra en crisis es la posibilidad de estabilizar la distinción entre vida, mente y muerte, esa misma inestabilidad afecta también los modos de leer.

Las categorías que organizan la experiencia de lo viviente no operan únicamente dentro de las obras. Se articulan también en dispositivos de circulación, selección y legitimación cultural que determinan qué puede ser reconocido como problema literario. En este sentido, la emergencia posterior de la ciencia ficción y del gótico como géneros relativamente estabilizados no supone solamente la consolidación de ciertas formas narrativas, sino también la producción de marcos de lectura capaces de volver inteligibles esas zonas de indeterminación. Desde allí, el problema deja de pertenecer exclusivamente a la historia de los géneros y pasa a involucrar las formas en que una cultura organiza retrospectivamente sus archivos, sus tradiciones y sus sensibilidades posibles. Ahora bien, en continuidad con ciertas tradiciones críticas que han pensado el rol mediador de las revistas culturales en la organización de la recepción literaria argentina, puede pensarse que en el presente estas dinámicas no se limitan a la circulación de las obras, sino que incluyen la producción de sus condiciones de lectura. 

Así como en Borges la escritura y la intervención en el campo cultural funcionaban como modos de organizar y anticipar la figura de su lector, es decir, de modelar marcos de recepción posibles para su propia obra, ciertos escritores y agentes vinculados a la ciencia ficción contemporánea en Argentina, en particular en torno al cyberpunk, operan también como instancias de curaduría de lectura. No solo escriben dentro de un género. Reordenan sus condiciones de recepción. Proponen genealogías y marcos interpretativos que orientan la forma en que ciertos autores son leídos. Así, figuras como Philip K. Dick o William Gibson no funcionan únicamente como antecedentes. Funcionan como parte de un archivo reencuadrado desde el cual se vuelve legible una sensibilidad contemporánea. 

Desde allí, la circulación contemporánea de la ciencia ficción en Argentina no puede pensarse solo como recepción de un género global, sino como la construcción progresiva de una sensibilidad específica. 

En ese marco, el cyberpunk aparece menos como un estilo importado que como un efecto de preparación perceptiva. La relación entre técnica, vida y experiencia ya se encuentra problematizada antes de cualquier estabilización crítica. 

En este sentido, los géneros no funcionan únicamente como categorías de clasificación literaria. Pueden operar como marcos de percepción y lectura que organizan qué puede aparecer como vida, qué como muerte y qué como resto. No describen los textos en sí mismos. Intervienen en la producción de sus condiciones de legibilidad. Esa producción de legibilidad no se limita a las obras. Incluye también modos de lectura, selección de corpus y organización del archivo. 

La construcción de genealogías no consiste sólo en interpretar tradiciones previas. Consiste en reordenarlas de modo tal que puedan aparecer como un campo de problemas común. En este punto, la lectura deja de ser un momento posterior a la obra y pasa a formar parte de su condición de posibilidad. Leer implica participar en la producción del marco dentro del cual algo puede ser reconocido como significativo. Desde allí, los géneros pueden pensarse como formas de anticipación. No en el sentido de una proyección lineal hacia el futuro, sino como operaciones que reordenan retroactivamente lo posible. No solo organizan el pasado literario. También modelan sensibilidades que todavía no han adquirido estabilidad conceptual.

En este punto, la emergencia del cyberpunk en contextos periféricos como el argentino no puede leerse como importación estética. Debe pensarse como forma situada de lectura del presente. El cyberpunk no describe un futuro distante. Describe un presente en el que la técnica, la precariedad y la saturación informacional ya configuran la experiencia de lo real. La distopía en lugar de aparecer como proyección, funciona como estructura de percepción ya activa. 

En ese marco, la hiperstición nombra un régimen en el que las ficciones no se limitan a representar el mundo. Intervienen en la configuración de sus condiciones de posibilidad. 

Lo que circula como narración, imagen o expectativa no describe lo real de manera neutral. Participa en la organización de sus marcos de inteligibilidad. 

En la cultura digital contemporánea esta dinámica se intensifica. Memes, discursos tecnológicos, economías de expectativa e imaginarios de futuro operan como vectores materiales que inciden en decisiones, afectos y formas de vida. Lo ficticio no está separado de lo real. Está imbricado en su producción. 

En el caso argentino, estas dinámicas adquieren una densidad particular. La inestabilidad del presente y la apropiación constante de tecnologías globales producen un campo en el que las fronteras entre ficción y realidad se vuelven especialmente porosas. El cyberpunk aparece entonces menos como estilo cerrado que como forma de percibir ese estado de cosas. No se trata de un futuro imaginado. Se trata de un presente atravesado por futuros que ya operan como estructura de experiencia. 

En ese punto, la hiperstición deja de ser un concepto externo. Describe un modo de funcionamiento cultural. 

La relación entre gótico, ciencia ficción y cyberpunk puede leerse entonces como un desplazamiento en los modos de producir la distinción entre lo vivo y lo no vivo. En ese movimiento, la literatura deja de funcionar únicamente como archivo del pasado para volverse una tecnología de futuros posibles. 

Lo que se vuelve visible es una pregunta por los modos en que una cultura produce realidad a través de sus ficciones. Y en ese punto, lo que imaginamos no se limita a representar el mundo. Interviene en su configuración.