EL LEÓN SANTAFESINO
10/08/2021
El primer acorde entra como un quejido y se desplaza en la cadencia de los ojos cerrados hasta quedar suspendido en el aire. La temporada del infierno llegó sin aviso y la frontera oriental del Paraná, que debía apaciguar el ardor, se empecina en traer una brisa caliente.
Una melodía comienza con las lluvias de diciembre y luego da paso al calor sofocante del día. La noche se toma revancha y la llena de cuerpos.
En el baile saben que está por llegar el León. Los vasos enormes pasan de mano en mano, bebidas oscuras y besos sobre el plástico, el piso se ha convertido en un lago turbio de hielos rotos. Algunas luces tiemblan sobre el escenario disipando el humo de los cigarrillos. De repente todo se apaga y una voz anuncia: “Buenas noches, aquí está el más romántico de todo el país, el único y se llama, se llama, se llama…” El tiempo hace fuerza para continuar pero el grito de cientos de mujeres lo detiene quebrando la voz del locutor. El León da un paso adelante, con su mano dorada y repleta de anillos engarza un conjuro sobre su rostro como si estuviera manipulando su propio espíritu.
La banda se mueve como si fuera un bloque, por fin el acordeón le da paso a la voz para que entone,
Pues a veces ni mi rostro tengo ganas de afeitar.
Este oficio de cantante no sé cuánto va a durarme.
Porque el whisky y el cigarro me están tirando a matar.”
***
Un largo renglón de agua, una cifra del tiempo, eso es el Paraná, el río que baña las costas de Santa Fé.
La zona es el ingreso al litoral profundo, la humedad que baña el rostro y los pechos, un latido de bombos y percusiones de antaño, cuando los negros hacían sus ritos a santos sin nombre y dioses del otro lado del mar. Criollos y negros dejaron su golpe en la tierra. Luego los han muerto en las guerras o migrado con la fuerza del sable y la leva forzada, siempre hacia el norte.
En esa tierra comienza la jurisdicción del acordeón, instrumento de queja alegre y baile rápido pero también de nostalgia, de pueblos blancos y oprimidos.
Atrás de la gran ciudad, algunos kilómetros que se pueden hacer caminando, se encuentra Santo Tomé, un poblado viejísimo asociado al nombre de Juan de Garay, primer propietario con papel y usurpador de esas tierras. Rodeada de ríos, lleva el lamento y la compañía, y una verdad que se intuye al observar el cauce del agua: nunca habrá un instante igual al otro, jamás se repetirá algo de la misma manera que aconteció. El río cambia todo el tiempo, igual que la existencia.
En esa ciudad, con la melodía de río hipnótico y calor en la mejillas, nace Leo Mattioli. Es allí donde a los once años comprende que la vida impone un esfuerzo permanente a los laburantes. Su ingreso al mundo del trabajo fue a los once años: vendedor ambulante de baldes y fuentones. Terminó la primaria porque en la escuela “ya no lo aguantaban más” y a los trece años optó definitivamente por trabajar, aunque cantar cantó siempre. Colgado de las copas de los árboles supo cautivar a una primera y modesta audiencia.
Cinco años después conoció a Marina, su amor para toda la vida. Enseguida llegó Nico, el primer cachorro. “Una piecita y una garrafa”, dijo el León algunos años después, “eso era lo único que teníamos.”
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La cumbia santafesina estaba proscrita por la dictadura y las radios de la provincia tenían la orden determinante de no reproducirla. El Chani Gutierrez, productor y disquero, amante de su género y defensor de la música popular, se las ingenio para divulgar la música desde Radio Colonia en la República Oriental del Uruguay. En frecuencia de amplitud modulada los santafesinos lograban escuchar su propio ritmo proveniente del cercano país. La inefable dictadura intentaba condenar al olvido a la expresión más viva de esa provincia.
En esa época resistieron Los Palmeras (o el Sexteto Palmera como se llamaba antes) que fue una de las bandas fundantes de un estilo diferenciado, basado en el acordeón como instrumento que sostenía la estructura de los temas.
En 1983, con el retorno de la democracia, los hermanos Alvarez junto a Pastor Santos fundaron el grupo Trinidad, una de las bandas más queridas por el público santafesino. Los cantantes fueron pasando, ampliando sus horizontes personales y construyendo carreras solistas. En 1993, un joven León de 20 años ingresó para darle gloria a la banda. Románticos y calientes, el grupo Trinidad, con Leo comandando el estilo, construyó un estilo inmortal.
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Dalila lo cuenta. Trabajaba como cajera en un supermercado pequeño, también cortaba fiambre, reponía alimentos, limpiaba, cualquier cosa para conservar ese trabajo que la joven necesitaba para mantener en pie un hogar conformado por ella y sus dos hijos.
Dalila cantaba mientras cobraba, mientras se deslizaban con pereza las interminables horas para volver a su casita. Suavizaba los oídos de los compañeros con canciones a pedido y cada tanto hacía trizas el corazón de algún muchacho. El León la escuchó un día y le propuso que fuera a su casa.
Unos días después Dalila se dio cuenta que aquel hombre tenía el poder de convertir en dioses a personas mortales. Dalila llegó al hogar y observó a un León manso y amigable que tomaba mate junto a su compañera. La mujer entró como una trabajadora con el horizonte nublado por las responsabilidades de llevar adelante una familia en soledad y una pequeña llama de esperanza.
La charla avanzó con la intensidad de la música y luego de algunos hechizos misteriosos del León, la mujer se convirtió en “La diosa del verbo amar”. Algunos días después nació “Amor de pocas horas” con las voces de ambos, una de las canciones más recordadas del Grupo Trinidad.
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El 15 de enero del año 2000 un accidente en la ruta del Grupo Trinidad provocó la muerte de dos integrantes de la banda y una sentencia de los médicos para el Léon: “usted no va a volver a caminar”. Los dolores en el cuerpo y la tristeza lo invadieron. El ritmo parecía detenerse para siempre.
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“El león es una especie vulnerable, a lo largo de las dos últimas décadas ha sufrido un declive de las poblaciones, posiblemente irreversible.. Aunque la causa de este declive no es del todo comprendida, la pérdida del hábitat y los conflictos con humanos son actualmente los motivos de preocupación más importantes. Los machos son muy fáciles de distinguir gracias a su melena, que hace de su cabeza uno de los símbolos animales más ampliamente conocidos de la cultura humana.”
Sobre la sábanas de lino y poliéster el León descansa en la tranquilidad de su manada. No hay amenazas externas que se aproximen. Rodeado de sus cachorros y de la atenta mirada de la leona, el macho apenas se mueve. Las crías saltan de un lado a otro, el mayor se ha convertido en compañero del rey y viajan juntos en las travesías de fin de semana, que ahora se han interrumpido por la convalecencia del líder. Son cinco las cachorras que ocupan lugar en la cama. El televisor prendido no deja escuchar el silbido de un pecho que se infla y desinfla con dificultad. La leona entra y un viento recorre el ambiente dejando una estela de frescura. Una de sus cachorras rueda por el piso, las otras permanecen firmes al lado de la bestia que reina e imparte ternura.
El médico había sentenciado unos días antes que el León no volvería a caminar. El accidente en la ruta, los ochenta cigarros por día, los fines de semana sin descanso, el gusto por el alcohol. El León es joven y. ha peleado toda su vida para estar ahí. Comprende que la manada aún necesita de su travesía. Dice el León “tengo miedo a no terminar mis planes, quiero irme tranquilo y dejarles lo que yo nunca tuve”. Al cabo de meses se levanta y vuelve a lo mejor que le ha salido toda su vida.
Ese año hace un “Homenaje al cielo” dedicado a sus amigos que perdieron la vida, su primer disco solista. El León da el paso definitivo y se transforma en una leyenda que reinará para siempre.
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“A mi me gusta que la gente lo pare en la calle y diga, ahí está Leo Mattioli, la gente lo quiere / Da orgullo que a tu papá lo quieran tanto. / A veces lo vigilo a mi papá, con el cigarrillo/ Mirar a tu alrededor es lo único que da fuerza, ver a la familia. Todo para mí es mi familia.”
La rutina del León es el cuidado. Todos los días lleva a sus cachorras a la escuela y les prepara el desayuno. Le gusta cocinar, mezclar los ingredientes, saborear carnes y harinas, cocina para los que quiere y lo hace con frecuencia. No falta la sobremesa con guitarra, ni la referencia a Sandro, Cacho o Luis Miguel. La tele prendida, los niños corriendo, falta tanto por hacer.
La última noche del León es en Necochea. Durante sus shows solo necesitaba mover las manos, su voz hacía todo lo otro, pero esa noche ni siquiera pudo con eso. El león herido apenas puede levantar la voz:
“Antes que nada les quiero pedir mil disculpas por la disfonía y el pecho cerrado. Estamos parando acá en Necochea, directamente desde el último show que hicimos nos íbamos a venir a descansar, pero quería estar acá con todos ustedes, así que trato de hacer todo lo posible, les pido mil disculpas, que dios los bendiga a todos”.
Virginia, una periodista presente esa noche dijo que no fueron muchos los que comprendieron que su estado de salud estaba dando la última señal, algunos de sus amigos lo creían inmortal. Nico, su cachorro y heredero le preguntó hasta el cansancio si necesitaba algo, si se sentía bien. El León dijo que estaba bien, se retiró a dormir y a descansar para siempre.
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Los escultores del renacimiento encontraron en los hallazgos del mundo antiguo una inspiración estética y espiritual para apaciguar la angustia. El cuerpo humano representó y canonizó la belleza sin tiempo, un devenir para la posterioridad. Los héroes son tema de todos las eras y el rugido sensual, caliente y romántico del León santafesino sigue latiendo como si fuera la primera vez. La camisa semiabierta, pocos vellos que florecen de un pecho oprimido por el tabaco, la nariz que tiende hacia arriba, el rostro teñido por el sudor, una rosa y un cigarro acompañando los eternos anillos, uñas largas para la guitarra y dar el zarpazo. La belleza está en todos los rincones de su cuerpo, en su voz y sus gestos, en las letras sentidas y en el laberinto de sus adicciones. Escultores de todos los tiempos, poetas y artesanos del lenguaje, hay un llamado que convoca, el León santafesino es la belleza viva para la eternidad.
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