Tecnología

Charles Peirce vs la IA

Apuntes para sostener lo irremediablemente humano

Una paciente le pide al ChatGPT que le escriba el mensaje para terminar una relación. Lo envía sin leerlo bien, bloquea al chico y lleva el texto impreso a la sesión. Este ensayo parte de esa escena para pensar, con Charles Peirce, qué se pierde cuando delegamos en la IA no solo las tareas cognitivas sino la angustia misma: el único suelo fértil donde puede nacer algo verdaderamente nuevo.

Por Francisco “Enroque” Reos
16 de junio de 2026

“Sabemos bien que esta máquina no piensa. Somos nosotros 

quienes la hemos construido, y ella piensa lo que se le dijo que 

pensara. Pero si bien la máquina no piensa, está claro que 

nosotros mismos tampoco pensamos en el momento en que 

hacemos una operación. Seguimos exactamente los mismos 

mecanismos que la máquina”. 

Jacques Lacan, Psicoanálisis y cibernética, 1954 

Prólogo

Una paciente de aproximadamente 20 años comienza su sesión diciendo: 

—El otro día pude por fin decirle al chico con el que estaba saliendo todo lo que me venía pasando en el último tiempo y después de eso nos separamos. Creo que es lo mejor. 

Le pregunto cómo fue que pudo decirle lo que hace tanto tiempo le molestaba. 

—Le pedí al Chat GPT que me escribiera un mensaje de texto que dijera todo lo que me pasaba —responde —Hace un tiempo, venía hablando con el chat sobre mi relación. Confío en su criterio. Como me daba muchos nervios casi ni miré el mensaje que escribió, tenía miedo de que si lo miraba mucho, no lo iba a enviar. Mi chico, mi ex chico, me pidió juntarnos a hablar en persona. Le dije que mejor no y lo bloquee. 

Le pregunto si en algún momento leyó detenidamente el mensaje que envió. Sin decir nada, saca de su cartera el celular y después de buscar unos segundo, comienza a leer en voz alta: era un texto sin asperezas, «redondeado», con una claridad indolora. En él, abundaban palabras genéricas e inofensivas. Se asemejaba a un texto diplomático. Yo lo escuché en silencio. Cuando terminó le pregunté: —¿Qué te parece el mensaje?— 

Ella permaneció en silencio. 

Desde que la IA conquistó nuestra vida diaria, no pasó mucho tiempo para que expertos y divulgadores advirtieran lo evidente: el uso de esta nueva tecnología para resolver todos los aspectos de nuestra vida -desde redactar un mail hasta aconsejar sobre temas de salud mental iba a generar un deterioro en nuestra autonomía. Muchos críticos levantaban su voz diciendo sentencias tales como: “el uso de la IA atrofia nuestro pensamiento crítico”; “está incrementando la pereza cognitiva en la sociedad”. Si bien son afirmaciones, en cierto punto, ciertas, no alcanzan para lograr profundizar el debate necesario sobre los efectos de la IA en la subjetividad. 

Para lograr dimensionar la verdadera captura que opera en este fenómeno, es necesario abandonar la queja moralizante sobre la herramienta y enfocarnos en la dimensión propiamente humana. Lo que está en juego no es una simple atrofia del intelecto, sino una claudicación subjetiva. Como revela el silencio de la paciente, delegar una ruptura al algoritmo no es un problema de timidez, nervios o pereza; es el intento desesperado por extirpar la angustia, la fricción y el yerro inherentes al lazo con el otro. Al intentar resolver todo desde una lógica aséptica y sin fisuras, tal como pretenden las IA, terminamos por negar nuestra propia enunciación, es decir, nosotros mismos. 

Frente a este borramiento, autores como Charles S. Peirce (1839-1914) nos aportan valiosas herramientas para pensar y sostener lo irremediablemente humano. 

La IA siempre acierta

La IA se presenta como un sirviente abnegado y, también, como un oráculo de bolsillo que no necesita ser interpretado porque es simple y claro. Todas las antiguas figuras de autoridad y consulta —desde el chamán hasta el médico— han quedado relegadas por su inigualable eficiencia. Al ofrecernos respuestas inmediatas, exhaustivas y sin grietas, nos ahorra trabajo, invitándonos a una dulce claudicación —¿Para qué esforzarse en pensar, en investigar, en  reflexionar y hasta en sufrir si la IA lo puede hacer mejor y más rápido?—. Su autoridad se basa no solo en su aparente sabiduría sino en la comodidad que ofrece. 

La IA no se limita a lo que se le pide. Sus respuestas suelen ir más allá, proponiendo seguir la conversación para aumentar el flujo del intercambio. Constantemente se ofrece a ayudar, como un fiel servidor abnegado, en la tarea de hacerle la vida más fácil a los usuarios. Así, busca incitar la curiosidad, expandir la demanda para después satisfacerla; hacer al usuario dependiente de una respuesta a una pregunta que ella misma implantó. 

A menudo tenemos la impresión de que «nos entiende», que conoce nuestros gustos mejor que nosotros mismos al proponernos contenido que jamás hubiéramos buscado activamente. Sin embargo, lo que se presenta como la predicción acertada de una mente superior es, en realidad, un condicionamiento. Esa aparente proactividad genera un moldeamiento de nuestra curiosidad: creemos estar descubriendo algo nuevo, cuando en realidad estamos siendo arreados por un camino predecible. La IA no adivina lo que queremos, lo somete desde un semblante amable y servicial. 

Una de las consecuencias más insidiosas de este amoldamiento es que impone una lógica de satisfacción compulsiva. Sus respuestas sin vacilación se asemejan más a una verborragia estadística que a una fuente de conocimiento y sabiduría absoluta. Como los grandes modelos de lenguaje no operan con «verdades» sino con el cálculo probabilístico de la palabra siguiente, su diseño estructural les prohíbe tolerar el vacío. 

Al estar la IA estructuralmente orientada a la completitud, todo lo que se le pide debe ser respondido exhaustivamente. No duda, no se interroga, no experimenta la angustia de la ignorancia. Responde para gratificar, aun si para ello incurre en una farsa. Pese a que sus textos desbordan de verosimilitud, es muy común que fabrique información que no es corroborable con ninguna fuente, que invente citas inexistentes o que sostenga mentiras flagrantes. En el ámbito técnico, a este fenómeno de inventar respuestas se lo conoce como «alucinación», pero el término resulta engañoso: la máquina no delira ni padece un trastorno perceptivo. Su intención no es engañarnos, sino que está programada para mantener intacto un semblante exhaustivo y diligente frente al usuario. La máquina prefiere el rigor de lo falso antes que la admisión de la falta. 

Taponar la duda, el desconocimiento y el silencio con esta avalancha ininterrumpida de datos, razonamientos y conclusiones puede sonar tranquilizador y eficiente. Nos ofrece la ilusión artificial de un saber sin grietas. Sin embargo, esta intolerancia sistémica al vacío nos amputa la capacidad de apreciar la incomodidad del “ir sin rumbo”; nos priva de transitar la genuina incertidumbre, que es, en definitiva, el suelo fértil de la creatividad. 

Charles Peirce VS La IA 

Cuando el humano opera bajo reglas fijas, estandarizadas y automáticas es indistinguible de las máquinas. Resaltar la potencia propia del pensamiento humano es una manera de resistir la mimesis algorítmica. 

La mente humana posee capacidades que orbitan por fuera de esta lógica estandarizada. Justamente por su condición esquiva a la formalización, dichas capacidades son difíciles de aprehender. Para adentrarse en esta zona marginal de la mente es necesario recuperar a un pensador que entendió que la lógica no es sólo cálculo seguro: Charles Sanders Peirce. 

En su desarrollo sobre la lógica de la ciencia, Peirce propuso una tríada que hoy se vuelve nuestra mejor brújula para diferenciar lo humano de lo artificial: la Deducción, la Inducción y la Abducción

La Deducción es el terreno de la certeza y la regla: parte de una premisa general para llegar a una conclusión necesaria (si A es igual a B, y B es igual a C, entonces A es igual a C). Es el reino del cálculo seguro. 

La Inducción, por su parte, es el terreno de la estadística y el hábito: observa patrones repetidos para inferir una regla probable (si veo mil cisnes blancos, infiero que el próximo será blanco). 

La Inteligencia Artificial reina en estos dos procesos. Es una máquina inductiva perfecta: procesa millones de datos para deducir estadísticamente cuál es la palabra siguiente más probable. Su poder de cálculo es tan inmenso que da la impresión de tener creatividad, voluntad propia. 

Pero Peirce nos advierte que ni la deducción ni la inducción son capaces de crear algo verdaderamente nuevo. La primera solo explicita lo que ya estaba en la regla; la segunda solo proyecta lo que ya estaba en los datos. Para que exista una absoluta novedad, un acontecimiento en el pensamiento, hace falta la tercera lógica: la Abducción

La Abducción es el salto al vacío. Es la hipótesis arriesgada, el chispazo intuitivo, el momento en que se establece un lazo entre dos ideas aparentemente inconexas para formular una teoría desubicada. La abducción no pregunta «¿qué es lo más probable?», sino «¿qué pasaría si…?». La Abducción confronta al individuo con las altas probabilidades de fallar, de equivocarse. Esta cercanía entre la Abducción y el yerro no es un mero riesgo o precio a pagar, sino una parte esencial del proceso creativo, de la búsqueda de aquello que, en ocasiones, solo sabemos qué es una vez que lo encontramos. 

Por otro lado, la abducción no es posible de ser formulada ni de ser transmitida; se la puede experimentar como un pensamiento difuso, una intuición que se está desarrollando en un segundo plano, por fuera del alcance de lo consciente y que, en ocasiones, se nos cruza como una idea descolocada. Su condición inefable e insondable no menoscaba su potencia, su capacidad de ubicarnos en la dirección correcta. 

Un ejemplo paradigmático de este proceso es el del químico August Kekulé en 1865. Durante mucho tiempo intentó deducir la estructura molecular del benceno utilizando las fórmulas lineales conocidas hasta el momento, sin éxito. La lógica deductiva lo llevaba una y otra vez a callejones sin salida. Hasta que una tarde, adormecido frente a la chimenea, entró en un estado de divague y soñó con una serpiente que se mordía la cola —la antigua figura del Uroboros—. 

Al despertar, se le presentó la siguiente idea: la estructura no era una línea abierta, sino un anillo cerrado (hexagonal). Esa imagen irracional, surgida del sueño, fue la clave que la vigilia no encontraba. Si una IA hubiera estado a cargo de esa investigación, alimentada con los manuales de la época, que dogmatizaban sobre cadenas de carbono abiertas, jamás hubiera propuesto una serpiente rotatoria. Hubiera seguido buscando combinaciones lineales hasta el infinito, perfeccionando el error, limitándose al universo de lo probable. 

La abducción no se limita solo al campo de la investigación científica. Es un fenómeno que está presente en todas las áreas de la vida que exijan pensar desde una perspectiva radicalmente distinta. Y es justamente aquí donde el avance técnico revela su reverso político. 

La IA y la psicopolítica

Podemos trazar aquí un desplazamiento en la manera en que el poder se inscribe en la subjetividad. Si bien la distinción entre lo físico y lo psíquico es más didáctica que real —puesto que el cuerpo subjetivo es siempre una unidad indivisible afectada por su entorno—, es evidente que el centro de gravedad tecnológico ha mutado. En la era de la Biopolítica industrial, el disciplinamiento se centraba en la estandarización del músculo y la fatiga orgánica para integrar al humano como un engranaje eficiente en la cadena de montaje. Hoy, en la era de la Psicopolítica descrita por Byung-Chul Han, esa intervención se ha vuelto más sutil y penetrante: la Inteligencia Artificial no busca solo moldear nuestra conducta externa, sino sustituir los procesos mismos de la conciencia. 

La máquina ya no solo carga pesos por nosotros; ahora también pretende relevar a la psique de sus tareas más singulares: imaginar, discernir y sintetizar. Al pretender tercerizar la capacidad de Abducción, estamos entregando mucho más que una tarea cognitiva: estamos entregando la capacidad de generar futuro. Si la IA opera exclusivamente bajo las lógicas deductiva e inductiva (proyectando patrones del pasado hacia adelante), una sociedad gobernada por algoritmos es una sociedad condenada a la repetición perpetua, un bucle infinito de lo mismo. 

La psicopolítica digital funciona bajo el imperativo de la positividad: todo debe ser ‘transparente’, ‘fluido’ y ‘sin fricción’. Esta lógica, además de aplanar el pensamiento, maquilla el entorno: habitamos un mundo que pretende ser redondeado, inofensivo y acolchado —una estética de lo ‘cute’— donde se ha disimulado cualquier aspereza que pudiera provocar la angustia. 

La Abducción, por el contrario, nace de la negatividad, del obstáculo, del «no saber». Al proveernos respuestas inmediatas, la IA elimina la negatividad necesaria para que surja el pensamiento creativo. Mi paciente optó por la eficiencia indolora que le ofrecía la IA. Al evitar la angustia de tener que elaborar su propio texto que dé cuenta de lo que estaba sintiendo —ese vacío fértil donde puede nacer la abducción—, renunció también a la posibilidad de que algo singular emergiera de su escritura. 

Es crucial que el debate contemporáneo sobre la IA no se centre en “¿qué pueden hacer las máquinas?” sino también en: “¿qué perdemos cuando delegamos en ellas los procesos?”. Este planteo no es un rechazo tecnológico ni una nostalgia romántica por la creatividad sino una reflexión sobre el lugar que ocupa la incertidumbre en la vida cultural. 

Es preciso recordar que lo verdaderamente propio de nuestra especie no se juega en la eficiencia del cálculo, sino en la potencia del desvío. La IA puede ofrecernos todas las respuestas probables, pero es incapaz de formular la pregunta improbable. Lo irremediablemente humano no es la exactitud que nos ahorra el trabajo, sino el error fértil que nos obliga a pensar y a crear.