Música
Carta de amor a los géneros musicales
06 de junio de 2023
Me gusta clasificar cosas, registrarlas, organizarlas en tablas. Si pudiera colocar más facetas de mi vida en planillas de Excel lo haría. Tengo una planilla para libros que voy leyendo, que quiero leer, que quiero comprar. Una para series y películas que voy viendo, que quiero volver a ver, que están por salir. Una para ideas de notas que escribir en esta revista. Y sobre todo, una planilla de música.
Mis amigxs conocen el modo obsesivo con el que registro mis escuchas en la planilla, disco por disco. En este momento tiene unas quince páginas, que organizan la música por año, por nacionalidad, por mil categorías. Hay cientos de reglas funcionando a la vez que calculan lo que escuché, lo que quiero volver escuchar, lo que me gustó más o menos. Colores, gráficos, filtros.
En el centro de esta maquinaria, los géneros. He dedicado horas a ensamblar, descomponer y rearmar sistemas de categorías que ordenen a los discos, mixtapes y EPs por su(s) género(s) correctos. Es lo que más disfruto de todo: ubicar un disco en una categoría, o en varias. Descubrir un microgénero nuevo. Entender cómo se conectan, como evolucionan unos de otros, como se evitan, como nacen de la nada.
¿Qué es un género musical? Es una zona de la música, un territorio de límites relativamente imprecisos y relativamente definidos, en permanente mutación. Hay una infinidad de criterios por los que definir un género. Una lista incompleta:
- ritmos (milonga, blues).
- instrumentos (jazz, rock and roll).
- temas, conceptos (grunge, tango, death metal).
- contextos socio-políticos e históricos (gangsta rap).
- tradiciones (el folklore en general).
- movimientos culturales (psicodelia, punk).
- geografías (rock nacional, britpop, east/west coast hip hop).
- épocas (pop de los 80, rock de los 50, soul de los 70).
- autopercepciones (shoegaze, new wave, g-funk).
¿Qué es un género musical? Es una historia que contamos y nos contamos. En 1991 Nirvana inventó el rock alternativo. El disco fue el género más importante de 1978 y para 1980 había desaparecido. El soul dio paso al funk y al R&B contemporáneo.
Al fin y al cabo el género no existe más que como descripción. Es un efecto posterior. Una trompeta no sabe si hace ska o jazz, solo modula el aire y deja escapar notas. Excepto que el trompetista sí lo sabe, y se inscribe conscientemente en tradiciones particulares, aunque sea para traicionarlas.
Paso mucho tiempo en sitios web de música. En mi experiencia, en el campo anglo, Album of the Year es el mejor para conocer nuevas bandas y Rate Your Music, para buscar discos viejos. Son páginas donde se pueden reseñar y calificar discos, y también clasificarlos. Con el tiempo y el uso vas descubriendo que las distintas webs favorecen distintos géneros: el rock noventoso algunas, la experimentación art pop otras, el post punk casi todas. ¿Qué es un género musical? Una identidad que define quizás más a sus oyentes que a sus artistas.
Rate Your Music, en particular, tiene un sistema de taggeo de géneros maravilloso. Actualmente cuenta con 26 géneros, de hip hop a new age, y miles de subgéneros, que pueden pertenecer a una o más de las categorías superiores, y a la vez pueden contener otros subgéneros… La barra lateral derecha indica cuándo se agregan nuevos subgéneros: hace cinco días, por ejemplo, se incorporó el “ketuk tilu”, un tipo de música bailable de Indonesia; y también el “cumbiatón”, cruza de cumbia y reggaetón.
Lo que demuestra este sistema, uno entre miles, es que no alcanza con un solo sistema horizontal de categorías. Los géneros tienen al menos dos dimensiones: hacen falta géneros y subgéneros. Todo es una lucha, entonces, por encontrar el sistema más simple de etiquetas principales, y la diversidad puede enviarse a los escalones inferiores. Esto implica simplificar, borrar diferencias, estupidizar un poco al oído. Por eso se acusa al género de ser una jactancia de periodistas musicales, tal vez la única subespecie más despreciada que sus colegas dedicados al deporte.
Pero un poco de simpleza es un bajo costo a pagar por el precio de toda la diversidad que se gana en las subcategorías. En uno de mis sistemas actuales, (el que uso para clasificar los discos del listado de 1001 Albumes Que Tenés Que Escuchar Antes De Morir, por el que avanzo lentamente hace un año) hay tres niveles. El más simple tiene 17 categorías, y ya me ha dejado de convencer hace un tiempo: ubica al funk, el soul, el R&B y el disco en una misma categoría, pero distingue entre indie y alternative rock. Después hay un segundo nivel, de relevancia dudosa, con 70 categorías, y un tercero con 180. Cada tanto dinamito las columnas y vuelvo a empezar.
Me obsesiono, bastante seguido, con algún género difícil de situar. El britpop es quizás el mejor ejemplo; por un lado, es evidente la influencia de algunas tendencias previas de la oleada alternativa: el jangle pop, el madchester. Al mismo tiempo, es casi imposible situar elementos específicos que contengan a todo el género sin dejar nada afuera. Y en realidad, el britpop no es, por definición, nada más que pop británico, con temas británicos y un sonido británico. Pero ocurre que una de sus bandas más conocidas, Oasis, no suena para nada como las demás (pongamos Suede o Blur). O bien Oasis no es britpop, o el britpop no es lo que pensábamos.
Podés pegarte la cabeza contra la pared una hora, pero no vas a resolverlo. ¿Qué es un género musical? Una tautología. Es una serie de características comunes, pero al mismo tiempo es exactamente lo contrario: es un todo irreductible a sus partes, que se reconoce solo como totalidad. El britpop es britpop porque es britpop y se llama así. Porque hubo una serie de artistas que lo llamaron britpop y otros que quisieron despegarse de la etiqueta y no lo lograron, y porque los medios inventaron la batalla del britpop. Pero la pudieron inventar porque había algo ahí.
Los géneros existen en el momento, a veces, pero a veces sólo retroactivamente se puede mirar atrás (¿escuchar atrás?) y decir: allí hubo un género, pero no lo sabíamos. Si pudiéramos desprendernos de todo lo que sabemos, de todo lo que leímos, de todas las opiniones que escuchamos, de los prejuicios y prenociones, y pudiéramos escuchar música sin saber nada previamente, tal vez inventaríamos categorías completamente distintas. Pero, de nuevo, esto no es solo así, porque más bien hay un loop: las bandas y artistas toman los géneros como tradiciones que replicar y contra las que rebelarse. O, también, a veces, no.
Dicen que los géneros han muerto. Que hoy en día hay puro sludge y refrito, tanto en el mainstream, que ofrece una mezcla de electropop muerta en los noventa con raperos cuyo flow no ha cambiado en décadas, como en el under. Y ahí el peor delito, el establecimiento de “indie” como un género que aplica a todo desde la última nueva ola de post punk (siempre hay una) hasta traperos de Soundcloud o copias malas de Taylor Swift. Yo no creo que sea así. Creo que hay futuro, en los géneros y más allá de ellos.
A fin de cuentas, me gustan los géneros porque fallan. No son buenos sistemas. Para empezar, no aplican los mismos criterios en cada caso: algunos géneros se definen por razones técnicas estrictas, mientras que otros indican más bien movimientos culturales histórica y geográficamente situados. Son difíciles de describir, pero sorprendentemente fáciles de identificar… la mayoría de las veces. A veces son pequeños pero terriblemente influyentes. Por décadas se mantienen estáticos y de la nada renacen, se fusionan, vuelven a morir.
No hay tal cosa como un disco de puro house o puro punk. De hecho, no hay nada puro en los géneros. Diríamos la verdad si afirmáramos que la mayoría de la música escapa en realidad a toda clasificación. Que lo interesante no es ver cuántos parámetros aplican en cada canción, sino notar lo que esas canciones valen en sí mismas. Que hay que valorar lo inclasificable. Pero es una verdad que miente. Los géneros musicales, en cambio, son mentiras que dicen la verdad; una verdad a medias, pero que puede ser hermosa.
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