Los caníbales de Buenos Ayres
Historia de la primera fundación
Aconteció el día del honor al cuerpo y la sangre de nuestro señor Jesucristo. Parece una ironía de la fe que, ese día de celebración, el pecado de la antropofagia se haya manifestado de manera tan explícita convocando a los espíritus malignos y desechando cualquier esperanza de consolidar nuestra estancia en aquellas tierras bárbaras.
Hay quienes le echan la culpa al señor Don Pedro de Mendoza, que motivado por una codicia desmedida reusó de su propia palabra incumpliendo el tratado con los indios llamados querandíes. El asunto resultaba beneficioso para ambas partes. Aquellos salvajes nos darían alimento y víveres para que la permanencia se lleve adelante, nosotros algunos objetos de insignificante valor y algunos caballos que, hasta ese entonces, nuestros nuevos y circunstanciales amigos desconocían y miraban con el fervor de lo inexplicable.
Tendrían que haber visto cuando el hidalgo Rodríguez de Boaventura, hijo del mayor Boaventura, naturalizado español por nuestra Santa Reina Isabel y combatiente en el sitio de Roma, se subió al caballo desde la barca auxiliar, trasladándose varios metros por el agua. Parecía que le había puesto una montura al río. Los querandíes, asombrados por el episodio enseguida quisieron al caballo y al hidalgo, y demandaron también a su esposa.
Estos salvajes, hombres primitivos que no se excusaban en mostrar públicamente sus partes consagradas, también exigieron en el intercambio a nuestras mujeres. Y Dios mediante, le manifestamos con firmeza nuestra voluntad de no ceder a tal pedido, que fue desoído no tanto por incomprensión sino por la animosidad de trocar sus mujeres por las nuestras y dar rienda a deseos prohibidos por nuestra Santa Iglesia Católica.
Es verdad entonces que el conflicto comenzó cuando Don Mendoza interrumpió la cordialidad y se negó a cumplir con el contrato, pero también es cierto que los indios demandaban cosas que por derecho cristiano nos negamos. Y así es que se dio comienzo a lo que por ahora resultó el fin de nuestra misión y que necesitará de varios años de redención espiritual para que una nueva hueste de soldados y pioneros ponga en marcha la campaña para levantar el fuerte.
Puedo citar un hecho que dictaminó el conflicto de encierro, el largo sitio al que nos sometieron estas criaturas que desconocen a nuestro salvador, el señor de todas las criaturas vivas, Dios nuestro señor Jesucristo. Bestias que llevan en su carne los pecados propios de las almas impuras. El señor Rivas, que sirvió a Mendoza en las guerras del imperio, y su estimada mujer, Doña Etelvina de Rivas, eran codiciados por dos de los caciques que nos visitaban diariamente. Renuentes a los demás cristianos, estos dos hombres, si así se los puede llamar, se volvían dóciles apenas aparecía la mujer de Rivas y entusiasmados por algún sentimiento innoble insistieron repetidamente en el intercambio de Etelvina con algunas de sus mujeres. Por supuesto que el caballero jamás dio lugar a esta petición, palabra que no sería olvidada por estos indios. Puesto que dos jornadas después del rechazo ambos hombres, ganando la confianza de la guardia, entraron a la habitación reservada para la mujer y la lastimaron severamente en su cuerpo y honradez. Rivas al enterarse juró la muerte de los indios y se dispuso a tomar su espada. Lo que siguió después fue un enfrentamiento corto, donde ambos caciques murieron atravesados por lanzas y sables. La venganza de los pobladores primigenios no tardó en llegar.
El sitio duró el tiempo necesario como para que el demonio se apodere de nuestras necesidades. El acoso fue permanente. Primero mandaron canoas prendidas para incendiar nuestra flota. Solo algunas barcas lograron salvarse, pero no pudieron volver para conducirnos al exilio. Luego las flechas intermitentes de día y de noche, algunas prendidas fuego, que parecían astros pequeños, devoraron nuestro campamento. Esto produjo no solo que arda nuestro fuerte sino también la mayoría de nuestras humildes reservas. Luego el hastío del lugar. De a poco las provisiones se fueron consumiendo, llegando a racionar milimétricamente pasta de cacao, traída del sur del imperio brasileño. Señor, debo decir que fuimos reduciendo todo lo comestible. Primero la caña que sirvió de construcción, luego el cuero de los abrigos, los zapatos, los cordones. Días más tarde pasamos a comer a los roedores, culebras y beber nuestra propia orina. No quedaban retazos de pastura ni hierba disponible, todo fue a parar a nuestras constipadas barrigas que cada día se hacían más estrechas. Algunos intentaron escapar combatiendo al querandí y perecieron esperablemente, sin la gloria que da la desesperación y la falta de fuerzas después de decenas de lunas sin ingerir alimentos saludables. Les dimos sepultura con los honores que quedaban.
Los caballos por orden de Mendoza no podían ser sacrificados. Sin embargo, iban pereciendo por falta de alimento. Deseábamos con locura su muerte inmediata, para poder hacernos de su sangre y carne. Fueron momentos de felicidad que han quedado sepultados luego del robo y sacrificio de una yegua para ser devorada. Tres españoles de nombre bajo fueron colgados al amanecer, por orden del señor Don Pedro de Mendoza debido a esta falta. Llegada la tarde, los tres cuerpos se columpiaban sin vida sobre un travesaño de madera robusta. Estuvieron a la vista de todos hasta el anochecer. Cuando las penumbras avanzaron, también caminó entre nosotros Mefistófeles. Allí por primera vez tuve el privilegio de asistir a una escena tan pecaminosa como admirable. Vi a dos hombres cortar pedazos de los cadáveres y los vi también engullir sus muslos. Vi satisfacer su hambre, los vi aplacar su sed, y vi sus ojos que me convocaban a ser parte de ese festín de la miseria humana.
Hoy ante usted, y antes, ante mi señor Jesucristo, en cuya voluntad dispongo mi existencia, solicitó el perdón para lo que queda de mi pasaje terrenal, con la esperanza indómita de que sea aceptada, luego de mi muerte, la entrada al Reino de los Cielos. De cómo nos salvamos es una historia repleta de milagro y también se debe a la providencia encarnada en nuestro señor Don Pedro de Mendoza. Sé que nuestro ejemplo servirá para permanecer alejado de esas tierras indomables, llenas de espíritus sedientos de sangre española y revancha. Ojalá llegue el día en que el cristiano destruya aquellos sujetos malignos.
Viva la Santa María de los Buenos Ayres. Viva nuestro señor Jesucristo. Mueran los salvajes indios que nos condujeron al camino del infierno.
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