ARTIFICIOS

Noviembre que te maldicen

Por Mati Segreti
30/11/2021

Me miro el dedo gordo del pie y pienso que solo una cosa puede ser más horrible que eso. Que las pezuñas de un cerdo merecen mayor consideración que la extensión obscena de mi pie. Que las costas bañadas de tiburones y viento, donde no es posible detenerse sin que la catástrofe golpee, son más conmovedoras que ese dedo infame. Yo que anhelo la grandeza de una siesta tranquila y que una voz repita mi nombre bajo la almohada, no puedo dejar de prestar atención a ese dedo que aparece como remachado en el fondo de mi cuerpo. ¿Por qué será que al final nuestras debilidades son siempre más hermosas que nuestras virtudes?
Me miro el dedo gordo del pie y pienso que solo una cosa puede ser más horrible: desear que un mes termine, que un año se termine, que una época muera.

Noviembre que tenías la costumbre de la ligereza y de andar suelto de ropa, ésta temporada cambiaste tu fisonomía y ya pareces tres diciembres.

Te perdono bajo todo pretexto que te estés comportando así. Y me importa un comino que pocos hayan advertido a la santa rita florecida y el malvón, que no hayan llegado los mosquitos en malón, ni siquiera me importa que los antiguos romanos te hicieron durar treinta en vez de treinta y uno.

Noviembre que en tus días se vivieron todas las estaciones, que el frío golpeó la quinta noche, que nos fastidiamos con la antorcha del sudor temprano, y la lluvia intermitente bañó tres domingos.

Hoy que es el último día de tu vida gregoriana y el deseo de que mueras aparece en boca de todos, te aviso que quisiera estar divino en diciembre.
Ay noviembre, que viniste con la brisa fresca, del sueldo imposible, quisiera serpentear las orillas de algún barrio semidesnudo, quisiera que veas que puedo dormir tranquilo, quisiera, sentado o parado, caminando con prisa o callejeando sin rumbo, abierto a todas las impresiones que salen al paso, quisiera noviembre que me encuentres contando las monedas para un último trago de despedida.

¿A quién le importa que en Japón te llamen el mes de la caridad, si en Buenos Aires y Florencio Varela, en el mundo subterráneo y a plena luz del día, en las calles del Oeste, cerquita de la vía y en las empinadas escalinatas del norte, en un bar del cada vez menos importante microcentro, en la explanada del Abasto, en las mesas de un bar sobre la avenida San Juan, en cualquier de estos lugares te maldicen noviembre?

Los ortodoxos antiguos usaron noviembre para rezarle a las almas del purgatorio y parece una herencia que miles de usuarios se hayan agrupado para inaugurar una queja monumental. He visto en noviembre, miles gritando contra tu nombre. ¿Cómo no odiarte noviembre? Si sos también el mes del Diego y de Lucas.

Levanto mi mano izquierda, la derecha cerquita del ventrículo izquierdo y juro ante los presentes que me había sumado a esa manada de malestar, hasta que leí algo que Rosario Bléfari escribió en 2017: “tengo la sensación de que cada momento que vivimos es histórico, de ahí la importancia de estar en el presente, ir a recitales, encontrarse con amigos, leer a los escritores que viven, ir al teatro, ver las películas que se estrenan, escuchar los discos, recorrer la ciudad caminando, ir a una marcha, presenciar una sesión del congreso, hacer un trámite, tener un proyecto y llevarlo adelante como sea, aunque alguien lo considere un fracaso, participar en lo que sucede, como sea, estar, vivir lo contemporáneo, sin nostalgia, es mejor incluso para cuando nos pregunte alguien si tenemos algo que contar”.

Mi razón eufórica calcula que en treinta o cuarenta años (aunque mi parte realista presume mucho antes), cuando las células que nos habitan, despidan el olor anticipado de la muerte, cuando la inmovilidad sea una condena, cuando la pedantería de estar vivos se nos escurra en lamentos y los únicos viajes que hagamos sean mentales, vamos a rezarle al invisible para que aunque sea nos devuelva, por algunos instantes, la eternidad de este noviembre maldito.

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