OPINIÓN

PONGAN LA MARCHA

Por Santiago Mitnik
24/08/2022

Pongan la Marcha

Como signo de la etapa, entre la pandemia, la crisis económica, un gobierno como mínimo insatisfactorio y la interna, reinaba en el peronismo una mezcla de insatisfacción y apatía, mucho más peligrosa para la militancia que la bronca dura. La sensación generalizada de hoy es que hay algo de eso que los eventos recientes empiezan a romper. Massa renovando la orientación del gobierno y la militancia rodeando a Cristina, incluso si apuntan en senderos opuestos, marcan, al menos, un comienzo de ruptura con el inmovilismo. ¿Cómo es posible que se den a la vez estos dos giros? ¿Cuáles son sus historias, sus trayectorias y sus cargas simbólicas? ¿Son fuerzas con un inevitable rumbo de colisión?

El menemismo, los menemismos

Si la pensamos en perspectiva, la historia del kirchnerismo es corta aún como movimiento político, pero bastante larga como facción dominante dentro del peronismo. De 2003 hasta 2022, son casi 20 años ya. Es la hegemonía interna del PJ más larga de su historia, después de la de Perón, obviamente. Incluso, como etapa, fue más longeva que la proscripción.

La última vez que el peronismo tuvo una conducción centralizada con una línea hegemónica fue durante el Menemato. Este surgió del proceso de la Renovación Peronista en la que “los políticos” se cargaron a la invencible guardia sindical que comandaba el movimiento. En un comienzo era una línea interna dentro de ella. La campaña menemista fue “Salariazo y Revolución Productiva”; solo después, ya dentro del gobierno, se inauguró como una etapa política radicalmente distinta.

En un momento de regreso del liberalismo a la arena pública es natural que el debate sobre el menemismo cobre vigencia; incluso lo hemos hecho en esta revista en varias oportunidades.

Ya es trillado decirlo, pero entender al menemismo sólo como una “traición” es simplista. En sus excesos y en sus daños no deja de remitir a un proceso internacional innegable. El fin del modelo industrialista-dirigista en la década de los 80-90 no es una particularidad argentina sino un fenómeno continental. Quizás podría haberse hecho de otra forma, pero el anquilosamiento del estado, especialmente en algunas empresas públicas, el atraso de las capacidades productivas, el formato de economía cerrada, etcétera, no podía sobrevivir indemne esas décadas. Incluso Brasil, el país más sólido en términos de proyecto nacional del continente, tuvo sus propias reformas estructurales.

Aeropuertos 2000

Si miramos más afuera tenemos ese mismo proceso en prácticamente todo el mundo. EEUU e Inglaterra tuvieron sus Reagans y Tatchers. El colapso de la Unión Soviética parecía probar que la oposición al capitalismo occidental era un camino sin futuro, con lo cual incluso el esquema del estado de bienestar como equilibrio anticomunista perdió su sentido. Visto desde hoy en día, a esas tendencias hay que sumarle una fundamental, que quizás los contemporáneos no supieron apreciar. En esos mismos años se estaba dando en China el grueso de la Reforma y Apertura, la transformación del sistema maoísta al de la Economía Socialista de Mercado. Ese proceso, que en aquel entonces sólo resonó en las internas de los partidos maoístas, es hoy el hito fundante de una de las mayores transformaciones económicas de la historia. Se puede opinar negativamente de los primeros ejemplos y verlos como puros fracasos en el largo plazo, pero el proceso chino muestra que algo había en ese cambio de viento que se podía aprovechar.

Nada de todo esto niega algunos errores groseros (que son casi crímenes) que se cometieron en esa década. Especialmente en la entrega y desmantelamiento de áreas estratégicas, algo que por ejemplo Deng Xiaoping, el gran reformador chino, nunca hizo. El “espíritu de época” no puede ser excusa para justificar cualquier cosa.

Lo notable es que con todo lo que implicó socialmente, el colapso del menemismo vino desde dentro, desde la propia política. El intento de la re-re y la ruptura Menem-Duhalde explican mucho más la derrota en el 99 que la bronca social, que aún no terminaba de eclosionar. Otra ruptura al interior de la alianza social del menemismo es la que se dio con Cavallo y el liberalismo político. 

Pero hay un hecho quizás aún más importante, que es la postura pública de Duhalde de que iba a acabar con la convertibilidad si ganaba las elecciones. En realidad Duhalde tenía razón: de la convertibilidad había que salir cuanto antes. Con un pequeño shock devaluatorio en aquel momento, con una versión anticipada de las políticas de contención del 2002 y la manija política de un PJ unificado, el golpazo social del 2001 podría haberse evitado o moderado enormemente. Al parecer Duhalde nunca terminó de incorporar esa legendaria frase de “si decía lo que iba a hacer no me iban a votar”. Punto para los que dicen que la racionalidad en la política es algo para dejar puertas adentro.

 

El eterno retorno

En todo caso, el cierre de la etapa fue catastrófico y el neoliberalismo se volvió mala palabra por más de una década; pero ningún ciclo dura para siempre, y terminó reapareciendo a escala nacional con el gobierno de Macri. Discutir sobre las razones de la derrota del peronismo en 2015 todavía es bastante difícil. Es claro que la puja entre la figura presidencial y el gobernador de la provincia de Buenos Aires no ayudó (el eco con los 90 es clarísimo). Pero señalar sólo lo político interno sería un error

Con el paso de los años, el enorme éxito del modelo económico kirchnerista se fue frenando lentamente. Ya para el último mandato de Cristina las cosas no andaban bien y la necesidad de cierto cambio de rumbo se veía inminente. Este cambio no necesariamente implicaba mirar hacia afuera del peronismo. Dentro de la propia estructura aparecían señales. En lo político con Insaurralde y Massa como candidatos en 2013, ambos con un perfil mucho menos “duro”. En lo económico, con la “sintonía fina” de Cristina y la devaluación del 30% de Kicillof. La candidatura de Scioli en 2015 no vino sino a coronar ese proceso, con lo que fue prácticamente la admisión de que un giro hacia posturas más liberales en lo económico era inevitable.

No es fácil encontrar algo positivo para decir del macrismo porque fue un gobierno muy malo. En todo caso si tuvo algún éxito fue en los primeros dos años de gestión, donde más o menos logró ajustar en algunas áreas y, lo que parecía imposible, ganar las elecciones después de eso. La derrota de Cristina en la provincia de Buenos Aires en 2017 parecía asegurar un nuevo ciclo de hegemonía liberal. Se hablaba de los futuros mandatos de Macri, Vidal, etcétera, asegurando una década sin peronismo. Todo ese idilio duró semanas. Las protestas en el congreso contra las tres reformas, la espiralización de la crisis económica, el golpe autoimpuesto de la deuda, entre otros factores, marcaban ya para 2018 que ese ciclo iba a tener vida corta.

En una pequeña nota al pie, el fenómeno de crisis y agotamiento de movimientos populares y posterior fracaso de sus alternativas también pasó en toda América latina. El único “éxito” (con muchísimas comillas) continuado, es el caso de Venezuela, sobre el que escribí hace poco, que viene con giro “liberal” incluído.

Pero el fantasma de que la raíz del cambio desde los gobiernos kirchneristas hasta el macrismo era estructural y no pasajero se mantiene. El video del 18 de mayo de 2019 en el que se lanza la candidatura de Alberto Fernández es de alguna manera la admisión de que es imposible una vuelta directa a la Década Ganada

El “albertismo” fue un intento de canalizar un punto medio entre el kirchnerismo y la tendencia de la época. Así nació un gobierno que tenía como misión histórica objetivos contradictorios. No ir al default y no arreglar con el FMI. Ser una vía de pacificación social y confrontar con los poderes establecidos. Generar las condiciones para exportar y producir más y no entregar concesiones a las empresas y productores. Ajustar y no ajustar.

En el largo periplo del gobierno de Alberto, la irrupción de Massa como superministro (con un gabinete bien noventista en varias áreas) es la culminación de ese proceso de admisión de la tendencia de la época. Que partes del plan económico de Guzman no sean tan distintas que el de Massa pero que solo este último pueda llevarlas adelante (por ejemplo la segmentación de tarifas y la reducción del déficit) se explica en gran medida en que “el massismo” (que aún debe probar que existe como fuerza) es auténticamente sí mismo y está dispuesto a encarar el espíritu de época sin dudarlo.

Vamos a volver

Pero todo este relato explica solamente la mitad de esa fórmula electoral. Lo verdaderamente sorprendente de la candidatura Fernández-Fernández fue la fortaleza, la actualidad y la vigencia del liderazgo de Cristina. En términos peronistas: la prueba innegable de que ella seguía conduciendo.

Adecuar una estructura política a las necesidades de la etapa es una tarea mucho menos compleja que generar una figura con el grado de popularidad y lealtad como las de Nestor y Cristina. Los liderazgos con esa potencia aparecen una vez por generación, con suerte. El único equivalente posible en nuestra historia son Perón y Evita.

Intentar explicar la política, el poder o la lealtad, desde “la macro” es ridículo. Para los que entramos a la política con Néstor y Cristina, es casi una cuestión filial la que sentimos (aunque hoy estemos más alejados). Cristina se convirtió para toda una generación en un sinónimo de lo que es la política, la militancia y el compromiso. Fue también, la puerta de entrada al peronismo para todos los que venían alejados de las políticas neoliberales de los 90. Un enorme sector del kirchnerismo no tiene una “cuna” peronista, sino que rastrea sus orígenes a la izquierda, el frepaso, el alfonsinismo o directamente a la apatía política.

Las transformaciones estructurales redistributivas de la Década Ganada, además, significaron para enormes masas de la población el acceso a condiciones de vida dignas, justas. Estos avances también significaron que muchos actores poderosos pierdan su carácter intocable e invencible. El avance hacia el 50%-50% de ganancia entre trabajadores y patrones, la lucha contra los medios y la justicia, las políticas de derechos humanos, el antiimperialismo. Casi que el kirchnerismo no dejó un solo poder establecido sin combatir.

El kirchnerismo significó la constitución de un Nuevo Poder en la Argentina. La reconstrucción de las fuerzas nacionales y populares, la consolidación de una construcción territorial ideologizada y leal. Y es este poder popular, esta fuerza leal, el factor decisivo que explica la permanencia de Cristina en la arena política. Esta dimensión de la política, siempre en el punto ciego de la ciencia política institucionalista liberal, sigue mostrando su plena vigencia.

Con todo esto, no es de sorprender que en la resistencia a las políticas del macrismo, la figura de Cristina haya funcionado como contención de la bronca social, que veía en ella una esperanza de un nuevo cambio de rumbo. En el momento de consolidar una nueva candidatura presidencial del peronismo, Cristina decidió un rumbo y así se hizo, casi sin discusión.

Además, si Cristina está donde está, es también por el fracaso del resto de los dirigentes del peronismo, que fueron todos incapaces de consolidar un liderazgo sólido. El poder y la conducción, se ganan y se ejercen, no se piden prestado. Los Lavagna, Schiaretti, Uñac, Pichetto, Scioli, Randazzo, Alberto, etcétera, que parecían posibles candidatos a nuevos hombres fuertes del peronismo quedaron empequeñecidos ante Cristina.

Pero principalmente, y los hechos de los últimos días lo muestran, el principal valor de Cristina es ser el foco del odio del antiperonismo, hoy actualizado como antikirchnerismo. Y este encono solo se explica con el miedo y la bronca que genera el tipo de poder popular estructural y centralizado.

El nuevo embate judicial contra Cristina es un sinsentido jurídico pero también político, con la única consecuencia posible de galvanizar a los sectores díscolos o neutrales del peronismo y a toda la militancia semi-fundida alrededor de la vicepresidenta.

 

Las Dos Torres

Ahora, estos dos vectores fuertes del peronismo actual aparecen, extrañamente, simultáneos y opuestos. Ni Cristina ni Massa pueden ir contra la naturaleza de la propia legitimidad de su poder. En el caso de la primera, es la racionalidad del liderazgo político popular, en la del segundo, la racionalidad de la viabilidad económica y estructural. Ambos con potentes raíces históricas que justifican su posición

Esto puede salir pésimo y que ambas líneas se anulen a sí mismas, profundizando la interna y enterrando el gobierno. No nos podemos olvidar que una de las causas de la actual implosión del gobierno de Alberto Fernández fue la militancia del círculo político cercano a Cristina que iba en línea opuesta a algunos principios rectores del plan de gestión, como la segmentación de tarifas o el acuerdo con el Fondo Monetario (que dicho sea de paso, fue promesa electoral). A su vez, la crisis social en la que se encuentra Argentina da poco resto a políticas de shock liberales. El tibio ajuste de Guzman ya es leído como una de las causas de la derrota electoral de 2021. 

Y tampoco es que el kirchnerismo militante esté en su momento de oro. Que la breve primavera anti-judicial no nos engañe, el síntoma de desánimo caló muy hondo y pensar que la figura de Crisitina pasó indemne por el albertismo y saldrá más renovada de lo que estaba en 2019 (cuando no le dió para ir sola), es demasiado optimista.

Pero, quizás, el hecho de ya estar mal sea la oportunidad perfecta de hacer las cosas bien. La historia argentina vuelve a dar una oportunidad de unir el poder de “las dos torres”. El eterno intento de un peronismo que no pierda su carácter místico, militante y popular pero que no sacrifique el largo plazo y la estructura productiva en el altar de una ganancia electoral.

En su desorden, la economía argentina tiene sus señales de posible mejoría. Las exportaciones en alza y la producción industrial creciente, heredada del denostado Kulfas, un creciente dinamismo del mercado interno. Si la política y la suerte acompaña, con una moderada reducción del espiral inflacionario y algún dato positivo sobre el desarrollo de la pobreza, el ciclo de expectativas negativas se puede revertir. En Argentina es importante recordar que un año es como un siglo: de 2017 a 2018 el macrismo pasó de ser invencible a estar liquidado, ¿por qué el peronismo no podría hacer lo opuesto?

Quizás es soñar despierto, pero cuando ví a Cristina desde el balcón del Congreso salir a pedir a los militantes que canten la marcha me pareció que no solo se lo decía al grupito que estaba ahí. Que se lo decía al conjunto del movimiento y en especial a todas figuras que tienen ganas de “heredar” la conducción del peronismo.

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