Tecnologías
¿Tu cuerpo lo sabe?
Sobre los dispositivos de desmentida experiencial
Una mujer habla en una app de citas por cinco días con quien cree que es otra mujer y resulta ser una IA. Un joven le pregunta al ChatGPT cómo interpretar los mensajes de sus amigos. Alguien sale de una marcha y busca la foto del dron para saber qué tan grande fue. Este ensayo llama a eso dispositivos de desmentida experiencial: mecanismos que convencen al cuerpo de que lo que vivió no es del todo verdad.
Por Agustín J. Valle
06 de junio de 2026
I. “Una amiga estaba buscando conocer a alguien, a otra mujer, en una aplicación de citas. Hizo match con una, que, al toque, le pidió pasar a hablar en Whatsapp. Hablaron varios días, pegaron buena onda; cinco días estuvieron chateando, intercambiando mensajes. Hasta que ella empezó a percibir cosas raras. Y se dio cuenta de que… la otra era una IA. Tuvo fallas, repeticiones, por eso lo notó. Además la confrontó, le dijo, y la IA lo admitió. Quedó bajoneadísima, muy angustiada. No solo no quería buscar más citas en la aplicación; por muchos días no quería conocer a nadie, pero muchos. Imaginate, horrible”. Las facultades afectivas y dialógicas, la gracia, el entendimiento, la reflexión, la danza conversacional, la esgrima sentimental, se movilizó realmente en una escena que era mentira. Esta anécdota viene de primera mano. Y sobre todo, es verosímil dentro de la nueva normalidad de la vida conectiva. Donde, también, hay un servicios donde varones insomnes pagan para chatear, con videollamada, con mujeres, usualmente entre países distintos, por la noche, mientras no pueden dormir, y así intentan bajar, relajarse, conciliar el sueño, aterrizar. Una Sherezade moderna, una voz materna que les cuenta cuentos para ir a dormir -y cobra por hacerlo, porque es trabajo pago, no es amor, aunque mantenga del arrullo afectivo su mecánica-.
II. Camino por la calle. La percepción tanto adaptada como enrarecida: lo normal. ¿No es obvia y rara, la realidad? ¿No es obvio que la única verdad es la realidad, y rarísimo, al mismo, tiempo, que esto que se presenta -y solo esto- sea la realidad? Bueno: camino por la calle, está nublado, la luz del sol pasa como titilando a través del manto de nubes, el cielo encapotado como pantalla con sutiles oscilaciones de intensidad. Los latidos o más bien espasmos eléctricos de la luz solar en la cúpula grisácea dan una atmósfera de irrealidad a las cosas. Como si la realidad fuera escenografía. Se me cruza una persona, un hombre, paseando un perro; me pasa delante, siento instintivamente un leve impulso a retroceder, a alejarme. Luego veo una señora mayor salir por la puerta de una casa, y lo mismo, me da aprensión. Siento algo del orden del deja vu, pero no propiamente, no es que esto ya lo viví; es que me resulta como… falso. Inauténtico, no espontáneo, demasiado obvio, calculadamente producido -como si lo real estuviera en otra parte, donde se diseña esto que veo, donde estoy-. Ninguna idea clara: sensaciones. Veo personas y surge en mí un rechazo. Hasta que, claro, recuerdo, entiendo: es lo de ayer. Lo del día anterior. La capacitación esa. En la escuela de oficios en que trabajo (el CFP Nº24, porteño barrio de Flores), en el Trayecto Audiovisual, vino una persona que trabaja en una productora de comunicación política a mostrarnos cómo hace videos con Inteligencia Artificial. Nos mostró un par de propagandas, videos de trabajadores en su casa, en el tren, en la fábrica, conversando; al terminar, «todo IA”, nos decía, ante nuestro pasmo. Luego hicimos, mal y pronto, unos ensayitos. Domingo Faustino Sarmiento jugando al tenis con Woody Allen en el Australia Open.
Ahora entiendo, entonces: por pasar un par de horas mirando cosas que parecen reales pero se me informa que no lo son, me quedó una resaca perceptiva, un impulso a descreer de lo que veo. La realidad desacreditada, me quedó. La IA, así, entrena a la percepción en una desacreditación de la realidad, por cuanto la indistingue de sus fantasías animadas. De tanto mirar realidades aparentes, queda una inercia de asumir todo como aparente.
III. Es célebre el planteo de Walter Benjamin sobre el la extinción de la experiencia. Que por supuesto no consiste en que la gente no haga o no le pasen cosas, sino en que no termine de tener autoridad narrativa sobre lo vivido. Los soldados volvían de la guerra -la primera llamada Mundial, la mayor máquina de matar hasta entonces en Europa- mudos, no podían hablar. Habían vivido algo tremendo, pero eso vivido no producía un sujeto rico en saber para ser escuchado. Ahora la verdad y el saber se reproducían técnicamente; industrias eran las portavoces de la verdad, y no los pobres y frágiles cuerpecitos de carne desgraciada. Giorgio Agamben es uno de quienes retomó este planteo para señalar que la experiencia queda subsumida en la fetichización técnica, con paradigma en la más típica imágen de la industria turística: viajar diez mil kilómetros, dice, para que la cámara de fotos haga la experiencia. ¡Clic!
IV. Pero hay algo con la guerra: tras cada experiencia de horror, dice Bifo Berardi, la humanidad da un salto de abstracción. Tras la primera guerra mundial se expande la radio; tras la segunda, la tele, y tienen origen la cibernética y la computación. El mundo como unidad orgánica, organizada en el entendimiento humano mediante discursos y relatos lineales, universales y totalizantes, se desagrega tras el horror de la segunda guerra y los campos -esto dice Vilhem Flusser: que el horror estalló la confianza en los grandes relatos -sí, ya entonces-, y el mundo se disgregó. Se disgregó en partículas intangibles, pero computables. Datos. El material paradigmático -que se suma al vidrio, emblema de la transparencia y lo inmune a las marcas de la experiencia- pasa a ser el plástico, con su potencialidad de adopción de cualquier forma. Y la ontología, según Flusser, pasa a ser un nuevo atomismo donde las cosas se (in)forman en tanto los puntos de lo real pulverizado son organizados vía computación. El horror, entonces, produce un salto de abstracción, y la abstracción hace que las cosas solo se perciban como efectivamente cosas en su ser computado.
V. Ahora hay bebés de goma. Para usar como si fueran en serio. También hay perritos robots realistas. Podés elegir marrón o blanco. Son divinos: se dejan querer. Y como si fuera poco, no hacen caca ni requieren ir al veterinario. La desacreditación de la experiencia no es lo mismo que la falsificación de la experiencia; se retroalimentan. Si lo verdadero en el espectáculo era un momento de lo falso, en este espectáculo totalizado, más bien lo falso es un momento de lo verdadero: lo falso en su performatividad, en su afirmación, en su programática diseminada.
VI. Vamos a una marcha. Hay marchas y marchas. A veces salimos energizados, prendidos fuego: acá pasó algo. Es decir, cambió algo. No somos exactamente iguales, los mismos, antes y después; las cosas cambiaron: ahora el mapa de la realidad incluye esta fuerza palmaria que impuso su evidencia sensible. Cambia la percepción de lo posible. Pero hay otras marchas, incluso muy grandes, donde no: nos vamos y fue medio un trámite. No pasó nada. La puesta en acto de la patria marchera; la realización de lo que ya sabíamos que podíamos. Salimos y en vez entonces de mirarnos a las caras para transmitirnos el gesto de alegría del acontecimiento -los ojos que saben encontrar en otros ojos la conmoción compartida-, lo que se hace es mirar en el celular buscando fotos de drones que muestren cuán grande fue la cosa. “Subir” a redes la auto-foto de microtriunfalismo por haber estado. El encuentro como sustrato para el extractivismo de una representación que efectiviza su valor en otra instancia. Quizá esa pueda ser una forma de distinguir la experiencia -como desalienación existencial concreta- de la vivencia: la experiencia instaura y efectiviza los parámetros de su valoración. No pide permiso ni mensura externa. No acude a la infosfera virtual para chequear qué grado o magnitud tuvo lo real. El cuerpo lo sabe.
VII. Chicos, adolescentes, que usan la IA para preguntarle cómo interpretar los mensajes de sus compañeres y amigues. Para definir el sentido y la verdad en los dichos. O una piba que cuenta: “estuve charlando con el ChatGPT, me tiró altos factos, sobre mí, mi vida, mis cosas”.
VII. La mediósfera como representante de la realidad produce una abducción de lo real, donde hasta lo concreto debe “ascender” a representación virtual para autopercibirse realidad efectiva. El reconocimiento verificador de existencia queda subsumido en la máquina virtual; la autopercepción, mediatizada. En esto se apoya el por lo demás insólito recurso del pregón de bienestar en pleno drama, vamos bien, estamos mejor que nunca, catorce millones menos de pobres (¿los aniquilaron?), ahora en la segunda quincena empieza el esplendor nacional… Lo desmesurado de las mentiras no las hace carentes de operatividad, porque anclan en la eficacia del despojo de la potestad sobre lo verdadero de los cuerpos. La experiencia no produce su verdad, no posee en su inmanencia los índices de su valuación.
IX. Por cierto, quizá el núcleo de este despojo a los cuerpos de la potestad sobre lo verdadero esté en la relación capital-trabajo: allí donde el capital necesita por naturaleza del trabajo, y sin embargo, los dispositivos que regulan las relaciones productivas producen la mistificación inversa, donde el trabajo necesita al capital. Esta negación de la autosuficiencia del trabajo vivo, su subordinación a una entidad externa y abstracta, quita a los cuerpos su verdad, los deja en posición de necesitar, para existir, la autorización del capital. De allí que los fanáticos del capital busquen desmentir toda existencia no capitalista, todo deseo no capitalista: falsos sindicalistas, falsos mapuches, falsas feministas, falsos estudiantes… solo es verdad “quien vende mejor calidad mejor precio”, o quien cae en la lona, nada más es cierto: nihilismo mercantil.
X. La destrucción de la experiencia iba de la mano con la crisis del narrador, del narrador oral, presente: aquel que, hablando y contando, imprimía algo de la singularidad de su cuerpo en el mundo en los signos lingüísticos -como el alfarero su huella en la arcilla-, signos que, así, no son mera información. Ahora la existencia virtual compele a hablar: filmarse, hablar y “subirlo”. Alguien hablando, solo que a nadie, a todos. “Estuve en una asamblea en la facultad, y hablaba uno, otra, otro, y hablaban de una manera que sentí que estaban publicando “Historias” en Instagram”. Hablándole al éter. Palabras que son algo para todos, como la mercancía. Es el receptor, el escucha, el oyente, el sujeto hoy contingente, crítico. Hablar, contar, reponer a la experiencia su autoridad narrativa, requiere un narrador, pero requiere también que haya alguien escuchando.
XI. La crisis de la experiencia se veía en la ruptura de las transmisiones generacionales de saberes: en que los viejos dejaran de ser alguien venerado, alguien poseedor de algo valioso para otros.
Una sociedad merece juzgarse por cómo trata a sus viejos -y a sus niños, y a sus excéntricos, y…
Resonó la agresión virtual que propinó el “hombre más rico de la Argentina”, Marcos Galperín, a una señora mayor, jubilada. Ella se quejaba de que no llegaba a fin de mes, ni para los remedios. Que no quería molestar a sus hijos. Interrogada sobre de qué había trabajado antes durante su vida, dijo que no, que no había trabajado. Pero tenía hijos. Noventa y nueve coma nueve multiplicado por cien de probabilidades de que haya trabajado toda su vida realizando las tareas domésticas y de crianza y cuidado. Uno de los trabajos pilares de la sociedad. Pero la experiencia no queda en el cuerpo como una verdad. Es desmentida por dispositivos que la recodifican de una manera donde la verdad se nombra en otras instancias, y a ella no se le asignó la palabra trabajo. Así de hondamente puede despojarse la verdad a la experiencia. Así de íntimamente.
Y el infeliz de Galperín -porque hay que ser muy infeliz para atacar a alguien tanto, tanto más frágil- expresa un afecto sistémico del capitalismo contemporáneo, el odio a los viejos. Les pega la policía todos los miércoles; pero también es común que les peguen los chorros cuando los roban en sus casas. Odio a los viejos: al destino de fragilidad y dolor, al destino de soledad que socialmente se produce, odio a la experiencia acumulada, odio para que no diga sobre la vida lo que podría decir? También, en el caso de los ultra ricos como Galperín, un odio a la finitud. Un odio a lo que no se puede controlar.
Hay una escena significativa de la película Kaos, de los hermanos Taviani, obra maestra con historias de campesinos sicilianos. En una de ellas, hay un terrateniente, Don Lolló. En una escena, está mirando, junto a su novia -mucho más joven que él, que andará por los sesenta-, cómo trabajan sus docenas de empleados, peones rurales, que cosechan olivas. Hay un chico trabajando, cargando carreta repleta de aceitunas, tendrá diez años. Y don Lolló le dice a su novia que la vida es muy injusta. Muy injusta, por ejemplo, mirá ese pibe: ¿cómo puede ser que a él le queden como sesenta años de vida, y a mí tanto menos?
Es que el capital concentrado, como dice Jonathan Crary en Tierra quemada, produce la proyección de un consumo y poder ilimitados, para el cual la vida orgánica es un límite: no te da la vida para ejercer todo el poder que el patrimonio quiere. Entonces se odia la vejez, y pretenden, los ultrarricos, erradicar la propia muerte. Un viejo es signo de lo indeseable, y lo que tiene para contar -en virtud de su experiencia del mundano tiempo- es enemigo del ideal de eternidad actual conectivo-capitalista. No hay tiempo que perder. Todo lo que diga el cuerpo, en tanto naturaleza metabólica, es preciso desmentirlo. La vida tiene bordes; como la experiencia, tiene bordes. La experiencia es siempre la experiencia de esto. De algo presente y concreto. El infinito ilimitado del capitalismo conectivo exige una producción incesante de imágenes de experiencias, pero descualificadas de la condición experiencial en cuanto tal.
XII. Entre tanta hiperrealidad, entre tanto delirio de inmediato realizado, entre tanta confusión donde todo es información y se siente como información, la resaca perceptiva produce un callo. La vida se adapta y a la vez se repliega; saturación y ausencia como operaciones polares de la subjetividad conectiva. Los medios tratan como existente solo lo representable. Y lo representable es representable si encarna algo preexistente, si muestra algo que de inmediato se sabe lo que es. La velocidad del scroll -y de su zapping padre- requiere imágenes inmediatamente reconocibles. Signos instantáneamente inteligibles. Identificación automática.
Las grandes máquinas de la actualización permanente, de la novedad permanente, así, presentan todo bajo la textura de lo ya sabido. Lo nuevo se inscribe psíquicamente con el regusto de lo ya sabido. Todo informacionalmente tratado con la forma de la obviedad. Así se desactiva el potencial acontecimental de las novedades, de las cosas. ¿Por qué no hay reacción ante esto, ante lo otro? Entre otros motivos, porque toda novedad se presenta despojada de las condiciones de la experiencia de la novedad. Sin perplejidad, sin no-saber, sin curiosidad, sin apertura, sin tanteo, sin que lo nuevo, en cuanto tal, abra una incompletud, una inconsistencia en el mundo, dada por nuestra presencia -viva- ante eso. Inteligibilidad automática, taxonomía preestablecida.
Como dice Pasolini, todo tiene sabor a viejo, no hago otra cosa que reducir lo nuevo a lo antiguo, no intento siquiera reconocer quién soy. ¿Y qué figura siente que ya sabe, que no puede advenir ninguna novedad, que ninguna diferencia espera virgen en el mundo? El deprimido, para quien por lo tanto no tiene sentido levantarse y hacer; ya sabe que no tiene sentido. Los meta dispositivos mediático conectivos (por supuesto inseparables de los dispositivos de dominación financiera) como depresógenos masivos, pero de la hedonia depresiva de Mark Fisher, o la euforia depresiva de Berardi. Una presión por acumular vivencias, imágenes de experiencia, que certifiquen existencia, pero con el regusto de la esterilización que las subordina como dependientes a dispositivos de poder ajenos.
XIII. Entre tanta hiperrealidad, entonces, entre tanta informacionalización de lo real; en la dominación financiero-conectiva de la tierra, lo terrestre, lo terrenal, donde lo falso es verdad, y lo verdadero no tiene potestad en cuanto tal, la violencia.
La violencia como política; el dolor como política.
“Esto va a doler”, motosierra, boxeo de celebridades y MMA; el dolor, el desgarro del cuerpo, como índice inconfundible de verdad. Chicos cada vez más chicos que se autolesionan. El cansancio se siente, la piña duele. Realidad. En la enajenación cognitiva -y la mediatización de la realidad ya no en torno a significantes amos, sino a cómputos amos-, la violencia es casi un refugio terrenal: violencia es verdad.
XIV. Durante la guerra, dice Benjamin, la experiencia económica -de la gente común- se vio desmentida por la inflación. Se experiencia algo -el cuerpo sabe-, pero luego el signo que lo domina lo desmiente. Dice más: la experiencia estratégica se vio desmentida por la masacre de las trincheras, y la experiencia moral, desmentida por el tirano. Son ejemplos de un concepto: hay dispositivos que desmienten la experiencia. Dispositivos de desmentida experiencial.
En este día, y cada día, la guerra de fondo permanente ejerce una pedagogía que recuerda a los cuerpos lo que el modo de producción regente dispone: que nada tiene lugar seguro, que todo puede ser destituido, que ni siquiera es del todo verdadero esa verdad fundamental que porta el cuerpo, la de que estamos acá.
*Este texto surge de lo trabajado en el Observatorio de Subjetividad Mediática junto a Agustina Heredia, Patricia Guindi, Federico Mendoza Correa, Karina Álvarez, Laura Rosenfeld, Jessica Volonte, Pablo Zarfati, Augusto Campos y Florencia Tannuri
¿Hacia dónde van las subjetividades de este mundo?
Por Agustín Peanovich
No estás scrolleando bien
Por Alejo Bernhardt
Artificialmente humana: una guía para entender la IA
Por Santiago Mitnik


