Política
Habitando el interregno de los monstruos
Hipótesis especulativas sobre nuestro presente continuo
Los mercados financieros dejaron de anticipar el futuro para saturarlo. Las ultraderechas traducen esa misma lógica en certezas identitarias y fantasías de restauración. Este ensayo lee ambos fenómenos como síntomas de un capitalismo atrapado en un presente continuo, habitado por monstruos, y se pregunta si todavía es posible especular de otro modo.
Por Javier Waiman
12 de mayo de 2026
I. Oráculos
Una invitación a pensar la especulación en sus inflexiones y realidades contemporáneas. La apertura de una discusión sobre esa figura central de las finanzas, y con ellas del capitalismo mundial, que da realidad no sólo a los fríos números de la economía sino a nuestro presente. Una convocatoria para examinar las transformaciones de lo financiero como articuladoras de la vida cotidiana, las sensibilidades, los lenguajes, las expectativas y así, obviamente, de la política de nuestro tiempo. Esto fue lo que ocurrió durante dos días en los talleres y conferencias públicas del ciclo Especular para vivir. Imaginación finanzas y sensibilidad en el ascenso de las ultraderechas.
Especulando sobre la especulación, y entre las imágenes que aparecían a la luz de las intervenciones del ciclo, había una que me venía constantemente a la cabeza: un oráculo. Si especular significa ver algo que aún no estaba ahí, esta figura parecía describir la búsqueda por anticipar el futuro. El oráculo interpreta de forma enigmática las señales del porvenir orientándonos para actuar en consecuencia. Sustantivo que designa tanto la respuesta a la indagación sobre nuestros destinos, como la persona que la profesa y el lugar donde se peregrina en su búsqueda, los oráculos serían la técnica por excelencia de un mundo dominado por la especulación. No por nada Warren Buffet, el inversor más exitoso en la época neoliberal, era apodado el oráculo de Omaha por su capacidad para predecir el movimiento del valor de las acciones.
Y sin embargo, en el mismo momento en que mi cabeza se llenaba de imágenes de oráculos, y como efecto de la propia discusión que veníamos teniendo, algo hacía ruido. ¿No era cierto que aquel oráculo de las finanzas había perdido el podio como hombre más rico del mundo arrastrado por la crisis de 2008? ¿No había anunciado que en 2025 terminaría con sus predicciones y “se quedaría en silencio” (going quiet), retirándose de un mercado que cada vez se parecía menos a aquel de su época de oro?
¿Y no era cierto también que durante los días en los que nos reunimos, los especuladores de los mercados financieros globales atentaron contra otro oráculo? Tras haber firmado un acuerdo por 300 mil millones de dólares con OpenAI, empresa creadora de Chat GTP, el valor de las acciones del gigante tecnológico Oracle se derrumbaba depreciándose en un número mayor a esa cifra ya de por sí astronómica. La promesa de increíbles ganancias que vendrían de convertirse en proveedor de infraestructuras para el desarrollo de la inteligencia artificial se esfumaba para unos inversores que parecían ya no creer en las predicciones de una compañía líder en tecnologías para administrar la información.
Quizá estas eran señales de que algo estaba sucediendo con los oráculos y las imágenes del futuro que eran capaces de producir. Y quizá algunas de las respuestas para pensar lo que pasaba se encuentren en lo que compartimos durante este ciclo organizado por el Co-Lab Territorios Críticos, en las transformaciones de las finanzas y las subjetividades que intentábamos analizar durante esos días dedicados a pensar la especulación.
II. Activos
Lejos de los “amos del universo” de La hoguera de las vanidades de Tom Wolfe, o de los Gordon Gekko de la película Wall-Street, lejos de esos pisos de operaciones atestados de hombres gritando para comprar y vender acciones, los mercados financieros actuales se ilustran mejor con la novela El Reemplazante de Alexander Laumonier. Allí el protagonista es un algoritmo de trading y nos cuenta la historia de las infraestructuras tecnológicas que reconfiguraron las bolsas de valores mundiales. Al mostrar el proceso mediante el cual el afán de ganancias especulativas se conjugó con una creciente automatización, volviendo obsoleto al trader humano y llevando al reemplazo de los grandes palacios de la especulación por oscuras granjas de servidores, la novela ilustra cambios fundamentales que moldean el capitalismo de nuestro tiempo.
Como expuso Aris Komporozos, la generalización tras la crisis del 2008 del quantitative trading, es decir, la utilización de modelos matemáticos para identificar y ejecutar oportunidades de ganancias vía algoritmos, supone una mutación sustancial en el funcionamiento de los mercados. Si para la ortodoxia neoliberal los precios eran un sistema descentralizado de información que emitía señales sobre los movimientos de la oferta y la demanda, ahora asistimos a una metamorfosis de dicho sistema. Mediante la identificación de patrones estadísticos se produce una compra-venta automatizada de activos financieros en fracciones de segundos cada vez más infinitesimales a medida que avanza el poder de cómputo. La fluctuación constante de los precios parece así responder menos a las expectativas futuras que a la propia operatoria distorsiva de estos algoritmos que generan ganancias sobre la base de variaciones de centésimos en las valuaciones.
En un ecosistema financiero donde esta forma del trading representa ya la mitad de las operaciones, los mercados no buscan “descubrir” los precios: los forman activamente en un feedback recursivo. Parecería que en este movimiento, y signada por una aceleración sin precedentes de las transacciones, la actividad especulativa dejó de ser un oráculo que interpreta los enigmas del porvenir para volverse una ingeniería que opera sobre el presente generando la misma turbulencia que dice predecir.
Esta transformación, que permitió que en un año de inestabilidad como el 2025 los bancos de inversión obtuvieran ganancias récord, va de la mano de otra que hace tiempo moldea nuestro presente. Iniciada en los setenta con la creación de los derivados financieros, expandida durante décadas de desregulación neoliberal, y relanzada bajo esteroides tras la crisis de 2008, la securitización de los activos permitió una multiplicación de los universos sobre los que especular. Un proceso que consistió en la transformación de las deudas en bonos, seguros y otros productos negociables, o, cómo expresó Michel Feher, en hacer de todo pasivo un activo.
En esta conversión, el valor de las deudas, y junto con ellas el rating crediticio de los actores que las emiten, pasaron a regir los ritmos y flujos del capital, orientando una especulación permanente sobre cuánto, cómo y en quién invertir. Una obsesión por la optimización del crédito y la creación de garantías a su pago que aplica tanto a empresas como a estados, en un fenómeno muy conocido para los argentinos que vivimos bajo la tiranía de esa enigmática fórmula llamada riesgo país. Pero un fenómeno que también se vuelve efectivo en la vida cotidiana de los individuos, haciendo del imperativo a mantenernos como atractores del crédito, de ser una promesa atractiva de ser invertida, un objetivo vital.
La liquidez del crédito y los colaterales para sostenerlo se han vuelto así centrales para el capitalismo, haciendo de la deuda la coordinadora del proceso económico y del conjunto de la vida. Pero la pregunta que podemos hacernos es si esta centralidad es igual a aquella iniciada en los años 70. Porque la necesidad de seguros y la aversión al riesgo parece sostenerse crecientemente en otro importante cambio. Como ha mostrado Adam Tooze, a partir de 2009 el crédito hacia los gobiernos ha superado al destinado al sector privado. Con un ritmo de crecimiento inaudito, el gasto público financiado a crédito se combina con las políticas de quantitavie easing -compras masivas de activos financieros por parte de los bancos centrales- convirtiendo al estado en actor fundamental para el sostenimiento y la expansión de los flujos de capital. Parecería que los estados, como propuso Verónica Gago, ya no son meros facilitadores de las condiciones para la explotación; se están convirtiendo ellos mismos en territorios de extracción de riqueza y en garantes de la realización de las ganancias financieras.
No hace falta entonces ser un convencido de las leyes de la dialéctica para pensar que entre el quantitative trading y el quantitative easing se está dando un cambio cualitativo. Parece que ya no estamos frente a un capital-dinero que fluye por el mundo en busca de inversiones productivas sobre las que vampirizar sus intereses. Quizá, el crédito ya no es una forma de “comprar tiempo” como afirmaba Wolfgan Streeck o un desplazamiento temporal del capital como propone David Harvey. Tanto el trading algorítmico, con su búsqueda incesante de correlaciones pasadas, como la obsesión por securitizar los activos, por crear algún reaseguro, crecientemente estatal, sobre su valor, parecen formas de garantizar las ganancias en el presente más que de anticipar el futuro. A pesar del constante ruido sobre los mercados de futuro, quizá las finanzas ya no son una apuesta sobre un próximo mañana.
III. Palantir
Cerca de finalizar su conferencia, Aris Komporozos traía otra imagen para pensar los mercados financieros retomando un discurso pronunciado por Christine Lagarde en la conferencia de la Junta Europea de Riesgo Sistémico. La ex directora gerente del FMI y actual presidenta del Banco Central Europeo propuso entender la economía global desde la metáfora de un submarino y sus radares, llamando a entrenarnos para distinguir, en un mar cada vez más turbulento, entre los sonidos que anuncian los peligros financieros y los ecos que resuenan en el cambio de las corrientes.
Pero a la luz de las transformaciones recientes, parecería que esta incitación de una de las más identificables guardianas del orden neoliberal está destinada al fracaso. La indistinción entre simple ruido y señal conforma ahora el mismo juego de la especulación, y es la recopilación de los ecos, de las mareas de datos pasados, la que permite los algoritmos que operan permanente sobre los movimientos de valor de los activos financieros.
Como el oráculo, tras la crisis del 2008, el radar parece ser una forma obsoleta de mirar. La identificación de estas dos imágenes con la élite neoliberal quizá sea un signo de que esta se encuentra perdida en un mundo que ya no logra interpretar. Y de que quizá, como plantea Hernán Borisonik, no contamos con imágenes para dar cuenta de la acumulación de riqueza digital que nos gobierna.
Ensayo entonces otra figura para pensar la especulación actual: una palantir. Estas piedras de cristal pulido son objetos de la mitología del Señor de los Anillos de J.R.R Tolkien que permiten ver acontecimientos que han pasado o que están sucediendo en lugares lejanos. Palantir es también el nombre de una empresa dedicada al desarrollo de tecnologías para integrar, modelar y visualizar enormes volúmenes de datos. Con el magnate Peter Thiel como fundador y mayor accionista, sus desarrollos son utilizados para el reconocimiento facial, la vigilancia de poblaciones y la incorporación de IA en escenarios bélicos. Empresa conocida por sus contratos con agencias de inteligencia y el departamento de defensa de EEUU, así como por las denuncias de la utilización de sus productos para un policiamiento predictivo que recuerda a Minority Report de Philip Dick, cuenta también entre sus principales clientes a los grandes bancos y fondos de inversión en su afán por identificar patrones para tomar decisiones.
Palantir refleja la creciente centralidad del big data para actuar y especular, mostrando que asistimos, como plantea Shoshana Zuboff, a un desplazamiento desde la mercantilización de los datos para predecir el comportamiento, a su uso para activar conductas a la distancia. El intento de producir certeza en base a patrones existentes reemplaza a la anticipación y la monopolización de los datos y las capacidades computacionales para usarlos se vuelve la operatoria central que produce una saturación del presente. Palantir, la piedra vidente que no permite ver lo que vendrá, sino solo aquello que fue y qué es, nombra la búsqueda por alcanzar un control sostenido en la acumulación de datos del pasado, y por ello, quizá sea una buena imagen artefactual para pensar el capitalismo contemporáneo.
Frente a esta imagen, y a pesar de la apropiación de los imaginarios de la ciencia ficción por parte de las corporaciones de Silicon Valley que analiza Michel Nieva, de sus diversos manifiestos aceleracionistas para prefigurar el futuro, los imaginarios del capital parecen cargarse de pasado. Como comentaba Martin de Mauro, sus proyectos se componen en el anhelo de replicar conquistas coloniales, guerras y conocidos experimentos de explotación ilimitada de los recursos naturales. Por ello no resulta llamativo que, Palantir, u otras empresas como Kraken, Gryphon o Anduril, no encuentren en la ciencia ficción sino la alta fantasía, con sus mundos construidos sobre un pasado fabuloso, con sus épicas de restauración de un orden perdido, la inspiración para operar sobre nuestra realidad.
La incapacidad de imaginar un futuro distinto, aquel realismo capitalista descrito por Mark Fisher, no solo nos afecta a quienes buscamos pensar un mundo distinto. Con la especulación parece suceder algo similar a lo que Grafton Tanner llama “porsiemprismo”, aquel fenómeno por el cual las narrativas de consumo masivo se basan cada vez más en una continuidad perpetua, en remakes, reboots y estéticas vintage donde nada nunca termina. Las ganancias brotan de la repetición de lo conocido, en una fusión entre presente y pasado donde el futuro pierde toda posibilidad de quiebre con lo existente. Por ello y más allá del tecnofuturismo de los grandes ganadores del capitalismo digital, debemos desconfiar de aquella idea de que el capitalismo puede soñar y nosotros no, asumiendo que estamos ante una especulación que no mira hacia el futuro; que funciona en un presente continuo que fantasea con la restitución del pasado.
IV. Ruinas
Las transformaciones financiero-especulativas no solo han reorganizado infraestructuras, flujos de capital o dispositivos técnicos; produjeron también modos específicos de habitar la vida y de dotar de sentido a un presente atravesado por la precariedad, la incertidumbre y la crisis. Cómo desarrolló Michel Feher, nos hemos convertido en sujetos que se ven a sí mismos como managers de portafolios de inversión, que piensan sus actividades, afectos y cualidades como assets en busca de crédito, y que especulan constantemente sobre el valor de sus propios activos.
Pero esta financiarización que hoy rige nuestras vidas no fue un plan maestro diseñado por los amos de Wall Street, los miembros de la sociedad Mont-Pelerin o los asistentes al foro de Davos. Las finanzas no ocupaban una particular centralidad en el ideario neoliberal ni la financiarización era un objetivo a alcanzar. Fue una consecuencia no deseada de una liberalización de los flujos de capital que buscaba recomponer el poder del empresariado frente a la rebeldía de les trabajadores. Fue el resultado de la internacionalización del capital que desbordó las estructuras de aquello que Heide Gerstberger llamó el “capitalismo domesticado” de la segunda posguerra. El quiebre de la convertibilidad del dólar a oro, su reemplazo por un dinero fiduciario que circula globalmente, y el shock Volcker, esa suba extraordinaria de la tasa de interés de EEUU, fueron las respuestas a dicho desborde y sentaron las bases para la ofensiva del capital centrada en la imposición de una férrea disciplina monetaria.
A riesgo de no poder atraer inversiones en un mercado cada vez más global y líquido, las empresas debían aumentar su explotación sobre el trabajo para alcanzar niveles de ganancia análogos a las nuevas tasas de interés. De manera similar, los estados tuvieron que adaptar sus políticas para atraer capitales a su territorio, al tiempo que los intereses y la competencia por el financiamiento estrangulaban sus presupuestos. La consecuencia fue la erosión tanto de los salarios y las condiciones laborales, como de las redes de bienestar que habían sostenido la reproducción social, en un desmantelamiento de los sistemas públicos de salud, educación, jubilaciones y cuidados, que dejó a amplios sectores sociales librados a una total auto-gestión del riesgo.
El espectacular incremento de la riqueza concentrada en el 1% más rico, la destrucción de las estructuras de derechos y beneficios sociales, la devastación ecológica, y la precarización del trabajo y de la vida, son testimonios de esta reconfiguración. De un “éxito” confesado por el oráculo de Omaha, quien afirmó que “hay una guerra de clases, claro, pero es mi clase, la clase rica, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”. Un éxito, sin embargo, que lejos del tono triunfalista con el que aparecía en los años noventa, parece vivirse crecientemente como un mundo indeseable y en crisis. Como una suerte de triunfo pírrico que fue destruyendo las bases sobre las que se desplegó la acumulación en las últimas décadas.
Hay cada vez más signos de que la crisis abierta en 2008 no dio paso aún a un nuevo ciclo de expansión, sino a una acumulación inestable que se mantiene potenciando los mismos fenómenos que llevaron a la crisis. Imposibilitado de imaginar otra realidad, la respuesta del capital ha sido repetir las recetas de austeridad para intentar resucitar a un neoliberalismo muerto. Pero estas políticas ya no parecen funcionar para lidiar con las consecuencias que emergen tras 40 años de reconfiguración neoliberal del mundo. La crisis no supone así una ruptura que permite recomenzar o proyectar un futuro, sino una erosión prolongada de la vida, en la que la promesa de recuperación se aplaza indefinidamente mientras el presente se vuelve cada vez más difícil de sostener.
Y si, como ya nos enseñó Marx, toda crisis implica la destrucción y devaluación de capitales como condición para restablecer la acumulación, la pregunta decisiva es qué ocurre cuando son los propios individuos quienes se han constituido como portadores de activos cuyo valor no deja de caer. La crisis se vuelve una experiencia existencial prolongada que adopta la forma de una depreciación constante de las condiciones de existencia: el trabajo pierde estabilidad, los ingresos pierden valor, los cuerpos se desgastan, los territorios se vuelven inhabitables y las promesas de futuro se disuelven. Una policrisis, económica, ecológica y de la reproducción social, en la que no solo se devalúan mercancías y empresas, sino vidas enteras.
Como sugiere Wendy Brown, en este paisaje de ruinas dejadas por el “exito” del neoliberalismo este no colapsa de manera súbita; se desintegra dejando restos, fragmentos de racionalidad económica, promesas incumplidas y sujetos formados para un mundo que cada vez existe menos. Persiste como mandato subjetivo, como una exigencia de autosuficiencia más intensa y más cruel, que sobrevive incluso cuando las condiciones materiales que lo sostenían han sido destruidas. En estas ruinas, la especulación aparece como un lenguaje existencial: una gramática para pensar la supervivencia. No ofrece tanto una fe en un futuro mejor como la posibilidad de no caer, de mantenernos a flote, en una estrategia de anclaje en el presente. Donde el porvenir aparece clausurado, la especulación ofrece la ilusión de que, al menos por ahora, el presente puede continuar y ser gestionado. Una necesaria ficción de certidumbre en un mundo cada vez más amenazante e incierto.
V. Rotos
¿Quiénes son los sujetos que hoy se articulan en torno a la especulación, y desde qué experiencias materiales y afectivas lo hacen? Como comentaba Duen Saachi en el encuentro que inspira este texto, son solo unos pocos, marcados por particulares condiciones de clase, raza y género, los que pueden sostenerse en la aceleración capitalista del presente.
Aparecen allí los representantes de Silicon Valley, que se piensan capaces de sortear incluso el límite último de la vida. Aquellos que, a la par de sus proyectos por colonizar otros planetas y sostener la acumulación frente a una tierra que parece saturada, invierten en técnicas de detención del envejecimiento y extensión indefinida de la vida, mezclando su lenguaje tecnológico con los descubrimientos de la biología epigenética para proponer hackear nuestros genes y alargar la vida. Un conjunto de empresarios que, como expuso Lina Meruane, están obsesionados con asegurar su continuidad genética, promoviendo una procreación múltiple abiertamente racializada. La salud y la reproducción también adoptan así una forma defensiva del presente más que una mirada hacia el futuro: frente a los diagnósticos paranoicos de declive demográfico y reemplazo racial, la necesidad de eternizarse y tener muchos hijos que aseguren la continuidad de un mundo dominado por una elite blanca.
En completa antítesis con estas subjetividades, la mayoría de las personas vive en territorios despojados, economías precarizadas y entramados sociales erosionados: son sujetos rotos. Para ellos la especulación no es la gestión sofisticada del riesgo, sino una práctica cotidiana de supervivencia. Se especula con los recursos disponibles, con el tiempo propio y ajeno, con la posibilidad de sostener la vida en condiciones adversas.
Podríamos así decir que, en paralelo a esa imagen empresarial del sujeto de la especulación, existe una subjetivación popular sostenida sobre los imaginarios de las finanzas; y que esta, como vienen mostrando Veronica Gago y Luci Cavallero, se encuentra signada por profundas diferencias de género. La crisis de la reproducción social, analizada largamente por el feminismo marxista, adquiere una nueva densidad. Allí donde el trabajo de cuidados —históricamente feminizado, desvalorizado y no remunerado— ya no encuentra respaldo en redes públicas, la promesa financiera ofrece una ilusión de compensación individual. Invertir, ahorrar, “hacer rendir” el dinero se vuelve una estrategia para garantizar aquello que antes estaba parcialmente socializado: el futuro propio y el de quienes dependen de uno.
Y en este contexto, en el que las mujeres asumen más y más deudas para sostener los cuidados, las masculinidades también son alcanzadas por otra forma de ese imaginario especulativo. Retomando su trabajo con grupos de varones, Ariel Sanchez y Nico Portaquarto relataron cómo los hombres están crecientemente atravesados por un llamado a alcanzar un éxito económico cada vez más imposible en las condiciones actuales. Anudados en una obsesión por generar dinero, encuentran sus referentes y comunidades en un ecosistema digital poblado de influencers financieros que convierten la incertidumbre estructural en un problema de responsabilidad individual.
Estos influencers no ofrecen conocimientos técnicos o una comprensión efectiva de mercados cuyo funcionamiento real —opaco y algorítmico — parecen en gran medida desconocer. Lo que ofrecen, bajo la forma de cursos y mentorías, es la fantasía de tener claridad para operar en un mundo incierto. Venden “tener la posta” y enseñarte a tenerla. Se trata de pedagogías orientadas menos a aprender a operar que a construir una personalidad que se presenta como segura, disciplinada y emocionalmente impermeable a la volatilidad. A su vez, funcionan como dispositivos recursivos: forman individuos cuya aspiración es reproducir el modelo, vendiendo a otros los mismos cursos y su promesa de certidumbre.
La repetición casi ritual de consignas sobre la mentalidad correcta, el control de las emociones y la constancia promovida por estos “vendecursos” revela que el objetivo no es dominar el mercado sino al sujeto. Una pedagogía de la certeza que se enlaza además con una economía de la masculinidad en la que el éxito económico es presentado como condición y prueba del éxito sexual: la acumulación de capital, la disciplina extrema y la seguridad emocional prometen no solo estabilidad material, sino también la capacidad de conquistar mujeres y afirmar una virilidad triunfante.
Una promesa que prospera sobre un trasfondo de sujetos dañados, endeudados y exhaustos, rotos, para quienes el presente aparece como un campo de ruinas. Los vendedores de certeza, los gurúes financieros y los emprendedores de la personalidad comercializan, e interpelan subjetivamente desde una ética de la auto-disciplina que promete producir seguridad interior allí donde el presente ya no ofrece garantías. Para estos sujetos atravesados y conformados por los imaginarios de la especulación, el modelo de una masculinidad exitosa funciona como una fantasía de soberanía en medio de la devastación, una forma de negar la fragilidad proyectando control, dominio y certeza. Y son estos miedos y fantasías los que parecen marcar el tono de la política de nuestro presente.
VI. Monstruos
La experiencia de un mundo en ruinas donde el pasado no termina de retirarse y el futuro no consigue hacerse presente, donde todo parece suspendido en una duración extraña, nos lleva a pensar nuestra realidad como una zona crepuscular. No por nada se ha vuelto a poner de moda aquel aforismo de Gramsci sobre el claroscuro. Pensada para describir la irrupción del fascismo, la frase original caracterizaba a la crisis con el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer en un interregno en el cual se verifican fenómenos morbosos de los más variados. Sin embargo, el ingenio popular ha desplazado su énfasis, convirtiendo ese momento no en un tiempo de transición, sino en uno detenido y habitado por monstruos.
Sorprendidos ante un rápido ascenso que aquellos otros oráculos modernos, las encuestas políticas, “no vieron venir”, azorados ante su capacidad de devorarse a las derechas neoliberales tradicionales, y atemorizados ante la violencia que despliegan, asociamos rápidamente a las ultraderechas a esos monstruos incubados en las ruinas del neoliberalismo. Por ello no es la ciencia ficción ni la fantasía el registro que organiza nuestras narrativas, sino el gótico. Nos escuchamos hablar de monstruos, o de un neoliberalismo frankenstein o zombi, que no retorna como proyecto coherente, sino como cadáver. Un registro que no es ajeno a la crítica marxiana, que desde sus orígenes entendió al capital como un vampiro que se alimenta del trabajo vivo; pero que hoy nos enfrenta a figuras que no prometen transformación alguna, sino sólo la invocación de fantasmas del pasado que pueblan un presente que se resiste a morir.
Estas formaciones políticas parecen capaces de captar la densidad afectiva de este interregno y logran interpretar el clima de época: un mundo vivido como ruina, donde la promesa de progreso ha sido reemplazada por la experiencia cotidiana de la pérdida. El “make America great again” del trumpismo, o la fantasía de retornar a una “Argentina potencia” que promete el mileismo, son políticas monstruosas del porsiemprismo: todo debe seguir igual en aquella guerra ganada por el capital, pero ahora con la violencia necesaria para eliminar lo que perturba la ilusión de orden. Trayendo constantemente una imagen del pasado que añorar, articulan la promesa de sostener el presente mediante la reanimación selectiva de fantasmas. Una imaginación en la que no se trata de un futuro distinto, sino de restaurar, exclusión y eliminación de un otro mediante, un pasado idealizado que nunca existió.
En su afirmación obsesiva y paranoica del presente, estos proyectos no prometen un mañana distinto, sino la continuidad de las formas actuales de acumulación bajo la fantasía de una restauración violenta de un pasado perdido. Más que una transformación que suponga alguna forma de desmantelar las condiciones que producen la ruina, lo que buscan es reasignar responsabilidades sobre dicha pérdida. Migrantes, feminismos, diversidades sexuales, ambientalismos se convierten en chivos expiatorios que permiten transformar la fragilidad en agresión hacia otros. La violencia se vuelve condición de posibilidad para imponer una imagen del pasado, masculina y blanca, que se reafirma como norma mientras toda diferencia es leída como amenaza a erradicar.
Allí donde el neoliberalismo dejó sujetos rotos, sin redes de sostén y obligados a gestionar individualmente su propia precariedad, las ultraderechas ofrecen narrativas capaces de dotar de sentido a ese malestar. Por ello, articulan la sensibilidad de la especulación contemporánea de una forma que logra apelar a amplios sectores sociales. Del mismo modo que con sus algoritmos y seguros las finanzas buscan producir certidumbre, estas fuerzas producen certezas identitarias, morales y culturales para sostener subjetividades quebradas. Son narrativas cerradas, impermeables a la evidencia, que no se dejan afectar fácilmente por el fracaso empírico porque no operan en el registro de la verdad y no admiten fisuras: el mundo es así, los culpables están identificados, el orden debe ser restaurado.
Pero esa certeza no se construye como proyecto de futuro. Los fascismos de nuestro interregno no anuncian lo que vendrá, hacen visible lo que ya está aquí: una sociedad que, tras décadas de neoliberalismo, solo puede ofrecer certezas ficticias para sostener un presente inhabitable. En ese claroscuro reaparecen los monstruos. No como figuras excepcionales ni como irrupciones externas, sino como formas normales de un orden que ya no logra renovarse y, sin embargo, se resiste a morir. En nuestro claroscuro, la ultraderecha no logra imaginar y proponer un futuro, administra las ruinas, organiza el miedo y convierte la devastación en destino, mientras promete —una y otra vez— que el pasado puede volver a salvarnos.
VII. Especular
La imagen de los monstruos nos interpela ante la amenaza de las ultraderechas. Pero quizá la insistencia en esta narrativa gótica sobre nuestro presente nos genera cierta fascinación que se vuelve una traba para pensar una salida. Bajo lo extraño y disruptivo de lo monstruoso, las ultraderechas no aparecen como síntomas de una crisis prolongada, sino como criaturas poderosas surgidas de una noche oscura que preferimos imaginar externa a nuestras propias condiciones de vida. Más que como un proceso histórico, el ascenso global de estas derechas es leído así como una suerte de invasión.
Creemos en los monstruos que narramos, y les atribuimos poderes sobrehumanos. Le otorgamos a los empresarios tecno capitalistas, o a los políticos que estos apoyan, la capacidad de imaginar y articular grandes planes que dominan nuestras vidas. Pero ante un mundo que se mueve cada vez más en la imposibilidad de futuro, es necesario desconfiar de esta fascinación mórbida e insistir en lo contrario: no saben lo que hacen. Construyen y destruyen en un régimen permanente de ensayo y error, cuyas consecuencias son catastróficas para la mayoría. Creer en sus certezas —masculinas, aceleracionistas, autoritarias— es aceptar su propio relato, cayendo en la escena típica del cine de terror que frente al monstruo solo nos deja como alternativa huir, morir o esperar la salvación de un héroe.
Por eso debemos contarnos otro relato. Y en este rechazo a sus narrativas, por pura casualidad fue también el algoritmo el que me condujo hacia otra mirada. Un reel de instagram me regaló una conferencia de Lucrecia Martel en la que llamaba a repensar lo monstruoso más allá del miedo. Retomando su sentido etimológico, la cineasta decía que monstrum es aquello que muestra, que manifiesta algo que no solo está allí, sino que trae consigo un mensaje, que anuncia el porvenir. Creer en los monstruos entonces, pero no para reforzar una imaginación trágica que se limite a constatar lo aterrador de un presente arrasado. Habitar, en cambio, nuestro interregno monstruoso para advertir los signos de un futuro distinto que ya está entre nosotros, que existe como potencia en nuestro mundo.
En este desplazamiento, la especulación puede volver a pensarse retomando su sentido más originario, como un particular espejo en el que miramos el presente. Como propuso Florencia Garramuño, retomando a Donna Haraway y Saidiya Hartman, especular puede ser una práctica de atención que desfamiliariza la percepción, que enrarece lo dado y permite captar historias imposibles, restos y fragmentos que no encajan en los relatos dominantes. No se trata de cerrar el sentido ni de producir imágenes nítidas del porvenir, sino de habitar la imposibilidad, de trabajar con fragmentos, rastros, restos, para ensayar otras relaciones con el mundo. Especular para sopesar posibilidades en entornos inciertos, evaluar cursos de acción sin garantías, asumiendo que el futuro no está dado de antemano.
Si la especulación se ha convertido en una gramática central de nuestro presente, en un campo donde se enfrentan sensibilidades y modos de atención —, entonces, como señaló Gabriel Giorgi, allí se juega una disputa por las capacidades mismas de imaginar. Por eso, y como plantea Ezequiel Gatto, podemos pensar alternativas a aquella forma dominante de especulación que intenta controlar la incertidumbre, asimilarla o acelerarla mediante fórmulas axiomáticas que prometen resolver el presente y el futuro de una vez y para siempre. En contraste con esta especulación financiera y algorítmica que busca garantizar la continuidad del presente, y con las ultraderechas, que traducen esa lógica en certezas identitarias y restauraciones fantasmáticas del pasado, especular puede significa aceptar la fragilidad del tiempo histórico, no como un déficit a corregir, sino como condición desde la cual actuar. Una apuesta no a erradicar la incertidumbre, sino a organizarla colectivamente para que algo distinto pueda emerger.
En un mundo monstruoso la pregunta quizá sea cómo volvernos los monstruos que traen un mensaje de lo nuevo. O más bien, como decía Duen Saachi, quizá el quid de la cuestión está en reconocernos como sujetos invertidos que, justamente, desafían el mandato de volvernos dignos de inversión, porque en nuestras cotidianidades articulamos otras formas de estar en el mundo que pueden romper, aunque sea intermitentemente, con las lógicas que dominan nuestro presente continuo.
Si la especulación ha sido capturada por la promesa de control y restauración, quizá todavía podemos imaginar una forma distinta: no la que inventa una clausura de la incertidumbre, sino la que se atreve a habitarla. Podemos ensayar otras formas menos orientadas a la predicción y más abiertas a la construcción de comunidades compartidas. Especular no para anticipar lo que vendrá, sino para abrir un espacio de atención, de cuidado y de conflicto en un mundo en ruinas.
Quizá, entonces, especular hoy no consiste en ver más lejos ni en predecir mejor, sino en aprender a mirar de otro modo: habitar lo incierto sin convertirlo en miedo, violencia o nostalgia; en sostener y organizar preguntas allí donde otros ofrecen respuestas definitivas. En un presente continuo que tiende a clausurarse sobre sí mismo, ¿puede la especulación convertirse en una práctica que reabra la posibilidad misma de imaginar un futuro? Sigamos especulando.
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