URBE

EL MENEMISMO HOY

Por Dante Sabatto
30/04/2022

“¿No fue el affaire Fukuyama -y el de los discursos neoliberales similares- una operación historiográfica al estilo de las vanguardias artísticas y políticas de décadas anteriores, consistente en descalificar a sus rivales expulsándolos del presente por nostálgicos, anacrónicos, extemporáneos?” 

 

– Ezequiel Gatto, Futuridades

¿Alguien sabe qué es el menemismo?

La pregunta va en serio. El término es en sí polisémico: remite a la vez a un gobierno (la administración Menem, de 1989 a 1999) y a una ideología (de definición vaga pero fácil de hallar). A la vez, es el nombre de una Época, mucho más que una gestión: “los 90”, trascendiendo los límites naturales de los años, son el menemismo. También remite a un estilo, una forma cultural: una película puede ser “menemista” más allá de sus presupuestos políticos. ¿Y quiénes son “menemistas”? ¿Aquellas personas que efectivamente formaron parte del dispositivo de poder de los 90, o aquellas que creyeron en él?

El menemismo es el nombre de una contradicción. La lectura de la irrupción del riojano como traición es sencilla, porque es indiscutiblemente cierta: el nuevo modelo quebró todos los presupuestos del “viejo peronismo”: fue anti industrial, pro occidental (en el sentido de pro Estados Unidos), anti estatal, y al fin y al cabo, profundamente liberal. Sin embargo, durante años gran parte del justicialismo ha reclamado su pertenencia a la historia del movimiento: en función de su pragmatismo, en función de su realismo, en función de su indudable arraigo de apoyo en los sectores populares, en función de su claro vínculo con la cultura popular nacional.

Pero el debate sobre el menemismo y su legado no se da en un vacío ni en el puro arte de la retórica. Una de las principales operaciones del kirchnerismo fue la ruptura de los lazos con el justicialismo de la década previa y la construcción de una nueva hegemonía basada explícitamente en su impugnación. En la cita que abre esta nota, el filósofo Ezequiel Gatto sostiene que incluso el conservadurismo es en sí una hipótesis sobre el futuro: traduciendo su reflexión sobre el neoliberalismo al caso argentino, el menemismo triunfó como modelo durante una década no solo por la estabilización económica post hiperinflación, sino por su capacidad de construir una imagen de futuro.

Esa misma jugada hizo el kirchnerismo sobre el menemismo, desde el discurso de asunción de Néstor Kirchner en 2003.

¿Qué pasa en 2022 con el menemismo? Juntos por el Cambio se pelea abiertamente: cuando Macri convoca su fantasma, Morales conjura contra el neoliberalismo. Milei juega un equilibrio endeble entre el reconocimiento certero de su legado, el cuestionamiento por derecha y la posibilidad de articular “lo nuevo”.

Un día, Carlos Saúl se sentó con el bloque de senadores del Frente de Todos, en la misma mesa que otros dos expresidentes: CFK y Adolfo Rodríguez Saá; era una nueva imagen de reconciliación casi urquizista. Un día, Carlos Saúl murió y la vicepresidenta abrazó a Zulema en el funeral. Estos gestos reactivaron un debate público por los restos de Menem

En esta nota, quiero invitar a pensar el menemismo hoy, su vigencia, su fantasma. Lo haremos mediante tres ejes: economía, autoridad, cultura.

1. La imaginación (económica) al poder

Las anécdotas difieren: algunas, por ejemplo, sostienen que la verdadera paternidad de la Convertibilidad corresponde a Juan José Llach, en ese entonces Jefe de Asesores. Pero la historia ha determinado que es Domingo Cavallo quien salvó al país de una crisis que ya se extendía hacía media década. Lo hizo con la ecuación más sencilla del mundo: 1 = 1. Una tautología.

La inflación era un problema relativamente “nuevo” en la Argentina, al menos en su forma estructural. El modelo industrializador que había regido hasta 1976 había sido inestable, rígido, por momentos francamente incoherente, pero no un modelo de alta inflación. Había habido crisis de alza de precios, pero la suba consistente que caracterizaba al país en la década del 80 era una novedad. Son conocidos los planes de estabilización del alfonsinismo: el moderadamente exitoso Austral, el fracasado Primavera. Es más bien olvidado el período de llegada de Menem: 1989-1991, menemismo con alta inflación y una nueva híper. El contexto que parió el uno a uno.

Se tiende a pensar la Convertibilidad en términos políticos más que económicos: como la jugada que barajó y dio de nuevo. Las consecuencias de esto son problemáticas. Por un lado, impide comprender las condiciones materiales de su funcionamiento. Por el otro, permite evitar el encanto del relato neoliberal y avistar, detrás del velo, el carácter efectivamente político de la economía.

La Convertibilidad funcionó como funcionan muchas de las grandes invenciones: constriñendo y ampliando a la vez el espacio libre de las decisiones. Amarró la política monetaria, básicamente cercenando uno de los principales instrumentos del Estado; a la vez, permitió desarrollar el Plan Menem: privatizaciones, reformas estructurales, deuda externa.

¿Qué es la Convertibilidad hoy? Evidentemente, es su fantasma el que se asoma en las llamadas que hacen dirigentes opositores a una Dolarización o un bimonetarismo. Ahí hay un elemento central del uno a uno: que no fue dolarización. Es decir, que no fue para siempre: que dejó abierto el camino de retomar una política monetaria distinta.

Pero el peso de la Convertibilidad oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Justamente es la lectura política banal, tanto por izquierda como por derecha, lo que hace creer que lo que hace falta es una Jugada, una movida mágica que patee el tablero. Dolarización o Teoría Monetaria Moderna: la cesión oficial de la soberanía a la Reserva Federal o la afirmación discursiva de una soberanía propia que no se posee en serio son dos caras de una misma moneda. Son irrealismos. Y fracasarán.

2. Una conspiración secreta

El mito del Estado mínimo (así bautizado por Oscar Oszlak) ha sido fehacientemente deslegitimado en las últimas dos décadas desde un aspecto clave. Hoy, Horacio Rodríguez Larreta puede convocar a poner fin a la AUH, pero el implacable teorema de Baglini ya hará sentir su fuerza: cuando nos acerquemos al ciclo electoral, dejará de lado su propuesta. La necesidad de un Estado capaz de, al menos, sostener una política social que evite un estallido es el principal (¿el único?) consenso post 2001.

Pero los llamados a reducir las estructuras de la administración pública permanecerán. Son el foco hoy de la campaña de Milei como lo fueron en 1989, no de Menem sino de Angeloz. Y sin embargo, hay un sector que nunca entra en el listado de las áreas a recortar: las balas.

Hay una conspiración secreta entre liberalismo y autoritarismo. No es nada nuevo, pero adquiere una forma específica en el siglo XXI, que tal vez las movilizaciones trumpistas representaron de forma insuperable. Es por ello que hoy Patricia Bullrich se calza el traje de Donald. Pero no hace falta viajar a Washington, D.C. Como recuerda Martín Rodríguez, la fecha de nacimiento del menemismo puede ser previa a la Convertibilidad: 3 de diciembre de 1990, Menem reprimió el último alzamiento carapintada. Sobre la imagen de un militar disparando a otro se terminó de templar el orden democrático.

No se trata de juzgar esa decisión menemista, sino de entender la importancia fundacional que tienen las balas para su gobierno. No se trataba solo de domar el caos económico, sino también la crecientemente desgastada autoridad presidencial. Es precisamente porque estos momentos fueron simultáneos que se dio la magia constitutiva del menemismo: hacer parecer que orden democrático y orden neoliberal son una misma cosa. La represión menemista contra los castigados del modelo se sostuvo en esta legitimidad.

3. El menemismo es un pop-ulismo

Los 90 fueron los 90 en todo el mundo. En el Reino Unido, por ejemplo, el rol de Menem lo ocupó Tony Blair con su nuevo laborismo, cuyo paralelismo con el justicialismo noventoso es evidente. Sobre él, dijo Mark Fisher que demostraba que se podía ser populista sin ser popular: pese a los sucesivos triunfos electorales, Blair era ampliamente odiado por la sociedad británica. Odiado y votado a la vez.

Esto no aplica a Carlos Saúl. El inmenso arraigo que tuvo su programa político en los más diversos sectores sociales nos permite desdoblar el término: no fue solo popular en el sentido de “masivamente apreciado” sino también en la acepción de “apoyado por los sectores más pobres”. En la distinción que los antiguos griegos hacían entre populus (el pueblo entero) y plebs (la plebe, los “sectores populares”) Menem quedaría… de los dos lados.

Claro que ese apoyo se fue horadando, y la caída del apoyo en la elección del 95 demuestra la heterogeneidad de posiciones que sostenía la clase trabajadora respecto al menemismo. Entonces, tal vez podríamos buscar un tercer sentido de lo popular para entender la hegemonía menemista: es el sentido de la cultura popular. Menem fue un popstar. El juicio que se elaboraba sobre su figura no era solo político, sino también estético. Y es en ese punto en que el menemismo obturó la posibilidad de surgimiento de alternativas.

La operación menemista es vanguardista en términos históricos, como decíamos más arriba, pero profundamente antivanguardista en términos culturales. O más bien, profundamente anti elitista. No tiene el menor interés (como sí lo tuvo, expresamente, el kirchnerismo) en fomentar prácticas alternativas, nuevos programas artísticos transformadores ni amplios debates públicos. Como cantaba Charly García (el otro Carlos de los 90): la vanguardia es así. ¿Así cómo? Pop-ulista.

Hoy, en un contexto en que la dirigencia política aparece como crecientemente aislada de las preocupaciones de la sociedad civil en su conjunto, en que el “país normal” que proponía Néstor Kirchner parece fuera de toda agenda, ¿cómo volver a pensar en el pop-ulismo de los 90? Hay que entenderlo como el resultado de un proceso: Menem comenzó, en efecto, colocándose a la derecha de la sociedad. Ese es su momento vanguardista, su llegada, que después le va a permitir apartarse de esa posición y convertirse él mismo en el sentido común de la época.

Entonces, no alcanza con que un político hoy intente un acercamiento a la cultura popular, porque este no puede no verse como impostado. El menemismo era genuino porque había sido parte de la construcción material de esa cultura popular.

Aeropuertos 2000

Algo ha cambiado, para mí no es extraño

El menemismo no está vigente. No hay políticos menemistas en el sentido de herederos genuinos (probablemente sí en otras acepciones del término). Pero tampoco está muerto: es un fantasma. Parte de esta existencia está dada por el contexto, algo jamás visto: un peronismo débil. Como lo bautizó Ignacio Fidanza en ingléspenniless peronism: peronismo sin un mango. 

Arriesgo, de todos modos, una hipótesis: tal vez sea un buen momento para mirar hacia otros lados. Acabar con la obsesión del menemismo-2001 y redirigirla al antes y el después: el alfonsinato y el 2002. Duhalde y Alfonsín fueron la dupla subterránea del consenso posdictadura. Entre las recomendaciones de CFK sobre libros que cuentan la crisis de fines de los 80 en primera persona y los 20 años del gobierno del Zabeca de Banfield, tal vez venga otra cosa. Alfonsín, por supuesto, ya está presente, en su versión edulcorada-mafaldista canonizada en la catástrofe Fernández. Puede ser momento para una revisión de sus costados más oscuros.

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