Política
MILEI VS. LA NORMALIDAD
Por Dante Sabatto
27 de febrero de 2024
Siempre es complejo, y quizás peligroso, acusar a Milei de loco, porque eso es precisamente lo que quiere ser. No llegaron a buen puerto las advertencias en este sentido durante la campaña. De hecho, Massa basó la totalidad de su guerra propagandística en construir una imagen de normalidad: familia tipo, pasión mesurada, gustos cotidianos, valores tradicionales, peronismo costumbrista. El fracaso de esta estrategia es patente; también es cierto que no parecía haber otro camino posible en ese momento.
Dificultades similares aparecen al acusar al presidente de haberse vendido a la casta, a través de su alianza con el PRO. Nunca es bueno aceptar y adoptar el lenguaje del contrincante, especialmente en una situación de extrema volatilidad del discurso político, donde no se puede decir que este ya haya sido instalado y no esté aún disponible para su disputa. Es decir: si efectivamente tomamos una noción de “casta política” qua enemigo categórico, soslayando las críticas del poder efectivas, ganará el mileismo (y sus condiciones de reproducción) aún si pierde Milei.
Un rasgo positivo de la locura de Milei es que no quedan dudas de que es genuina, que no es un “personaje” al que está jugando, que no habrá un momento de caída de la careta. Quizás ese sería un video filtrado que arruinaría su carrera: uno donde se lo vea, en privado, actuando “normalmente”, mostrando afectos “regulares” hacia sus seres queridos y posiciones “razonables” en materia de política y economía. Pero yo no quiero defender lo normal, lo regular y lo razonable, y creo que deberíamos hacer un mayor esfuerzo por rehusarnos a que Milei nos coloque en esa posición.
Pero creo que debe haber otros lugares para analizar esta “locura”, esta desmesura, más allá del mero horror exagerado de parte de nosotros, los normales. En síntesis, creo que Milei pone de nuevo sobre el tablero una pregunta muy importante: la de si el fascismo puede tener algo interesante que merezca ser negado e invertido, o es mera estupidez. No porque Milei sea estrictamente fascista, sino porque esa es una forma de plantear esa pregunta. Otra posible: ¿es la aceleración del capitalismo un proceso radical o es el estado común de cosas bajo el régimen de mercado? ¿Está loco Milei o es esa la única forma que la cordura puede adoptar en el capitalismo financiero? ¿No es posible que el “país normal” que anhelaba Néstor Kirchner ya no exista, como muestran sintomáticamente los gobiernos kirchneristas?
Breves apuntes clasificatorios
La novedad que representa Milei, su carácter rupturista, hace que, en un contexto de extrema fragilidad (no sólo económica sino también en el nivel simbólico, de los sentidos: una crisis social en sí), sea difícil encontrar posiciones apropiadas para lanzar una ofensiva. Es difícil comprender su alcance, distinguir lo que realmente hace de los discursos que lo describen, y es difícil clasificarlo. Por ejemplo, Pablo Américo publicó recientemente en esta revista un ensayo donde argumenta convincentemente que el proyecto de Milei no es un populismo.
Sin embargo, sí es evidente que tiene un parecido de familia con una serie de políticos de las llamadas “nuevas derechas”, así como una serie de lazos institucionales fácilmente comprobables con ellas. La pregunta es si este parecido es meramente una coincidencia temporal, una yuxtaposición o coexistencia, o si es efectivamente epocal, es decir, definitorio del tiempo que se vive por una serie de caracteres que marcan las condiciones, los potenciales, los afectos y las estrategias posibles.
Es evidente que hay grandes diferencias entre Trump, Bolsonaro, Putin, Meloni, Orbán y Bukele. Y estas diferencias pueden ser explicadas sólo parcialmente por algunas dimensiones: geopolítica (atlantismo línea OTAN versus euroasianismo), cultural-religioso (cristianismo tradicional versus protestantismo cruzado con espiritualismos new age), económico (proteccionismos estatistas versus libertarismos de mercado). Quizás el aspecto más relevante sea el del ejercicio institucional del poder: desde autoritarismos estatales por vía del partido único hacia formas más laxas de violación sostenida de los sistemas legales, pasando por intentos más o menos claros de golpes de Estado.
Quizás la pregunta fundamental de este tiempo sea si estas diferencias representan una diversidad real de formas de ejercicio de poder, o son meras posibilidades tácticas abiertas con un mismo objetivo estratégico, uno que quizás podríamos llamar “autoritarismo de mercado”. Esa no es una pregunta que podamos contestar aún.
Sí podemos decir que una indeterminación en la forma de relacionarse con las instituciones republicanas y los valores liberales de gobierno es definitoria de estas nuevas derechas. Esa indeterminación, además, es tematizada, es explicitada como parte central del discurso político, porque se ubica allí un foco sintomático del diagnóstico general sobre el malestar social. “Drain the swamp!” era la metáfora de Trump al respecto, y “casta” es el sustantivo elegido por Milei en nuestro caso. Esto implica, a fin de cuentas, un cuestionamiento al estado normal de cosas que merece ser pensado.
La década acelerada
Pensar la cuestión de la casta requiere plantear el problema de la existencia del macrismo y su identidad, porque la coalición que ganó las elecciones y asumió el gobierno es, parcialmente, una coalición milei-macrista. El blanqueo de esta situación no es completo, y en este momento la alianza gobernante cuenta con múltiples apoyos de distintos sectores, pero todo indica que ese es el endgame y que siempre lo había sido.
El macrismo se presentó siempre como una alianza liberal-conservadora, modernizadora, responsable y profundamente normal. Parte de esa normalidad implicaba, con respecto al kirchnerismo, una reducción de la tensión política existente a nivel social. El gobierno 2015-2019 fracasó estrepitosamente en todos estos niveles: fue incapaz de resolver su interna entre liberales y conservadores, incapaz de “modernizar” el Estado o el sector privado, absolutamente irresponsable en materia económica hasta el punto del colapso, y, sobre todo, plenamente a-normal y a-normalizante, tensionante, acelerante.
Y, a mi juicio, esto es lo que el macrismo fue y lo único que pudo haber sido. No es, para citar el remanido artículo, un golpe de suerte, no es una contingencia, no hay otro capitalismo financiero posible en Argentina. Sólo puede ser brutalmente autoritario, profundamente conservador, y socialmente acelerante de los procesos de desintegración preexistentes. A la propuesta de Cristina de un “capitalismo en serio” habría que responderle con Maslatón: el único capitalismo que existe en estas tierras es “en joda”. Todo planteo moderado, por ejemplo, de una “apertura del debate del aborto” termina con el presidente besándole el pie a una vieja tucumana con un pañuelo celeste atado a la frente.
El macrismo se montó sobre las fallas del modelo K, fallas parciales pero estructurales que no sólo no tenían solución evidente sino que eran activamente negadas por el gobierno. Sobre ellas se construyó un proyecto altamente destructivo que nos llevó a la situación que vivimos hoy en día. Cuando las “fallas menores” tienen resultados catastróficos, es señal de que el sistema mismo está estructurado de manera tal de conducir al colapso, que esas fallas no son de verdad menores sino prueba de un desequilibrio básico, de que la cancha está inclinada para el lado del caos. (Y el albertismo presenta el reverso de esto: la imposibilidad de normalizar, de volver atrás, de desacelerar, y sobre todo el hecho de que romper es cien, mil, diez mil veces más fácil que reparar.)
Una prueba, si hiciera falta, de la continuidad macri-mileista es la facilidad de la conversión de sus votantes, la ausencia de contradicción, la simple admisión de que este siempre fue un resultado posible, siempre fue lo que de verdad pensamos. El rostro humano ha dejado de ser necesario y ha pasado a ser un obstáculo: lo que de verdad necesita el capitalismo en el siglo XXI es un rostro inhumano, una admisión de su carácter impersonal, imponente, exterior. Sólo este rostro puede sostener un autoritarismo de mercado. (Otra forma de formular la pregunta que esta nota plantea es: ¿es ese rostro inhumano el verdadero, o una máscara que oculta una cara más humana?).
Hay un ruido
Vuelvo, por un instante, a esa pregunta que hacía al principio: ¿puede tener el fascismo algo interesante? Es decir, ¿hay algo efectivamente transgresor en su discurso? ¿Hay algo debajo del racismo, de lo que este no es más que una mala respuesta, una solución de compromiso, conspiranoica y simplificadora? ¿O es un discurso que no se apoya en nada, que sólo es circulación de odio que cuaja, sólo ruido? El riesgo de la segunda alternativa es que es muy difícil enfrentar al ruido, al sonido de la entropía natural del universo. El riesgo de la primera alternativa es ceder demasiado, aceptar demasiado y terminar comprando el discurso reaccionario completo.
Las dos posibilidades, aplicadas a Milei, se leen de la siguiente manera: ¿es Milei un loco de verdad, un error del sistema, un bug, demasiado acelerado, demasiado desmesurado? ¿O es él el normal y nosotros los locos? Ninguna respuesta parece demasiado alentadora.
Una buena forma de salir de la dicotomía es pensar que lo que se acelera por un lado muchas veces desacelera por el otro; que los procesos sociales, al ser hípercomplejos y funcionar en diversas esferas en simultáneo, tienden a tener vías de escape para la presión. Por ejemplo: si la alianza entre el PRO y LLA se institucionaliza, como parece avecinarse, es posible que nuestro sistema de partidos finalmente se “normalice” en un esquema derecha-izquierda tradicional, abandonando nuestro “irracional” sistema de peronismo-antiperonismo. (Personalmente, tengo mis dudas sobre este escenario).
Este ensayo es una especie de segunda parte involuntaria de otro que escribí en agosto pasado leyendo a Milei como aceleracionista. A fin de cuentas, el problema sigue siendo el mismo. Otra forma de pensar la pregunta por la normalidad es recordando un dictum del aceleracionismo de izquierda: no hay que confundir velocidad con aceleración. La primera sería el devenir “normal” del capital que, como sabemos, se nutre de las crisis mediante procesos de retroalimentación positiva y mecanismos de destrucción creativa. La segunda sería una puesta en crisis de las crisis, una fuga más allá de lo que puede reterritorializarse.
El problema es que “desde adentro” de la crisis es difícil advertir la diferencia entre velocidad y aceleración. Es difícil distinguir si estamos pasando por un ciclo más o las señales (ambientales/tecnológicas, es decir, de hardware) sobre la insustentabilidad del tiempo presente realmente indican que estamos avanzando hacia otra cosa.
Kill all normies
En ambos casos, ¿qué es Milei? ¿Qué es su odio de lo normal? Cada día parece confirmarse la tesis sobre su aceleracionismo, que no confundiría con una voluntad. Milei es, más bien, un síntoma de que el sistema acelera, y no habrá de su parte reconciliación con la normalidad, con las instituciones normales, las formas normales, el lenguaje normal. Y esta locura es la locura del mercado, y no habría que confundirla con ninguna otra: no por nada el libertarismo tiene su centro en una pregunta informacional, por la forma de organizar una respuesta colectiva viable a la suma de intereses y deseos individuales desligados. Esa respuesta es el mercado, y la vida entera se convierte entonces en mercado, y ese mercado es el espacio de circulación de un capital que sólo sabe someter todo a su lógica, y es por esa lógica inhumana que produce efectos pesadillescos.
Ahora bien: si lo que vivimos es sólo velocidad (quizás la conclusión de la poco feliz fase capitalista iniciada en 2008 o en 2001), entonces Milei puede ser sólo “un loco”, bajo la condición de que esa locura existe siempre como posibilidad virtual de un capitalismo que, “normalmente”, no la manifiesta. En ese caso, es posible responder con un retorno, una estabilización. Es la apuesta de Biden contra Trump y la de Lula contra Bolsonaro; la efectividad de esta última parece clara, la de la primera es altamente dudosa. (Puede pensarse con este signo, quizás, el doble triunfo Duhalde-Kirchner en 2002/2003). Pero apuestas similares fallaron en otros países: los múltiples frentes italianos no contuvieron a Meloni, ni fue posible hacer una barrera efectiva contra Bukele en El Salvador ni, más allá de las distancias ideológicas, sirvió de nada el frente de la derecha, la izquierda y el PRI en México contra AMLO y Morena.
Si lo que vivimos es, en cambio, aceleración verdadera, la necesidad de impedir que este ciclo lo comande la neorreacción es aún más importante, en la medida en que es un proceso abierto que puede llevar hacia alguna otra cosa, hacia otra organización social aún no definida. ¿Qué hacer?
No hay infinitas estrategias posibles. Dejando de lado la alternativa de oponer a la locura una racionalidad “normal”, otra opción es acusar a Milei de veloz, de demasiado humano, demasiado normal, la verdadera “casta”. El presidente tiene buenos anticuerpos contra esto: acusaciones de incesto, ataques de delirio comunicacional, potestad aún vigente sobre la definición del enemigo. Una tercera posibilidad, en consecuencia, es sostener que otra locura es posible. Es, quizás, una opción que pueden conducir figuras como Juan Grabois, pero su capacidad de pregnancia depende de la gravedad efectiva de la crisis (siempre discursivamente mediada), más que de las voluntades políticas en juego.
Estas posibilidades son tipos ideales, casos extremos. Quizás hay que pensar menos en términos de qué hacer, porque lo necesario será inventar una posibilidad efectiva que tendrá necesariamente parte de improvisación a partir de condiciones emergentes y parte de planificación sobre la base de elementos sedimentados, y más en términos de cómo hacer.
Creo que la cuestión de la normalidad apunta a una dimensión ética: dejar de posicionarnos en el lugar de defensa de lo normal es, a esta altura, una necesidad. Si toca de nuevo oponer una retórica de orden y calma a la aceleración mileísta, que no sea en nombre de lo normal. Esto no quiere decir que tengamos que rechazar lo popular, lo cotidiano, lo cercano ni lo masivo (todo lo contrario): quiere decir dejar de pensar todas esas cosas como normadas, con la vaga sensación de obligatoriedad que eso implica. Quizás, empezar a pensarlas como espontáneas, como libres, e intentar hacer aparecer así libertades que no sean de mercado.
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