Política

Hegemonía y estrategia libertaria

Por Pablo Americo
25 de noviembre de 2023

“Por Dios, estos negros votan como el culo, no saben nada del goce” dice la caricatura de un intelectual en un conocido meme, una historieta dibujada por Hor Lang, que circula en el costado político de Twitter. Más allá de expresar cierto progresismo culposo argentino, el meme apunta a una tentación generalizada: suponer que el votante de la fuerza mayoritaria es esencialmente estúpido y está equivocado o fue engañado. Este tipo de reduccionismo –incluso si fuese objetivo considerar a un votante imbécil- pasa por alto las complejas condiciones de subjetivación por la que los ciudadanos conforman su identidad política. Desde el vamos, sin necesidad de ponerse lacaniano, se puede afirmar que siempre nos encontramos frente a un sujeto barrado: su plena constitución, de forma consciente y transparente, es el imposible que permite que exista. Pero, ¿cómo pensar fenómenos políticos cuando parece evidente que existe un grado de manipulación y engaño?

Para empezar, hay que considerar al peronismo, un movimiento cuyo votante prototípico es visto como idiota o manipulable por buena parte de la sociedad argentina. Tradicionalmente, los populismos clásicos han sido analizados bajo dicotomías que podrían resumirse en el par autonomía – cooptación (o “resistencia e integración” a la manera de Daniel James). Es decir, el populismo ha sido pensado desde la perspectiva de un líder que intenta manipular a un conjunto social (los trabajadores, generalmente) que intenta defender su capacidad de maniobra y autonomía. El relato, en todos los casos, implica la derrota del polo trabajador: los populismos, como garantes del orden, consiguen manipular y cooptar a las fuerzas obreras. Como dijo Ángel Borlenghi, Ministro del Interior de Perón, “No estamos conformes con que se hable en nuestro nombre; vamos a hablar por nosotros mismos”. Sin embargo, para estos enfoques tradicionales, el propósito de Borlenghi no se cumpliría: quien terminaría hablando por los trabajadores sería Perón, que exitosamente los subsumiría al dispositivo autoritario del Estado justicialista. Incluso Laclau lo describe en esos términos: el primer peronismo pasó de tener como figura central al “descamisado” a la sutura política de la “comunidad organizada”.

Un esquema alternativo permite comenzar a aproximarse al problema sin pensarlo en términos de “manipulación”: el par conceptual identidad-representación. Este enfoque heterodoxo propone asumir que el dispositivo discursivo populista integra el cierre y la desestabilización de la frontera política que conforma: expulsa e integra a la vez, habilita y prohíbe en un mismo movimiento. El orden populista constantemente se traiciona a sí mismo. En palabras de Emilio de Ípola, el discurso de Perón “transgrede” el “código” de su propia exposición: el discurso delimita y al mismo tiempo crea las condiciones de su transformación. La identidad peronista, de este modo, se representa a sí misma como constitutivamente fallida: se encuentra en un constante juego de cierre hacia el interior identitario y de apertura en las fronteras de su representación. No hay nada mejor para un peronista que otro peronista, al mismo tiempo que no hay nada mejor para un argentino que otro argentino.

Un renacimiento de las hipótesis de cooptación aparece en los días que corren con respecto a la La Libertad Avanza y el liderazgo ¿populista? de Javier Milei. El ascenso de Milei viene acompañado con afirmaciones que, para el observador externo, aparecen lisa y llanamente como mentiras: que el ajuste de quince puntos del PBI lo va a pagar “la casta” o “la política”, que en un trimestre se va a solucionar la inflación, que el país era la primera potencia mundial a principios del siglo pasado y puede volver a serlo en treinta, cuarenta, cincuenta años, etcétera. ¿El votante libertario es, entonces, un idiota manipulable? ¿Un engañado? ¿Una masa cooptada por un aparato de think tanks e intelectuales de ultraderecha?

Foto: Tira de Hor Lang.

Para empezar, voy a afirmar que el libertarianismo mileísta no es populista. El libertarianismo articulado en el discurso del presidente Javier Milei y LLA por el momento no exhibe los rasgos que atribuyo al populismo. El juego de exclusión/inclusión de un adversario político y la coexistencia de un mecanismo discursivo que genera las condiciones de la integración y la resistencia al mismo tiempo no se encuentran en el imaginario libertario. El propio Milei fue claro al respecto: Massa no era un adversario, era un enemigo. Existe, sí, el transfuguismo: la capacidad de dejar de ser casta mediante una conversión de carácter moral o, incluso, religiosa. Pero la frontera política es rígida y el objetivo es claro: exterminar a un otro (vocabulario que no suele ser parte del léxico populista). La gramática libertaria de este modo es la antítesis de la populista.

“La casta es lo que nosotros decimos que es”, como expresó el influencer libertario Agustin Romo en su Twitter, no implica un movimiento oscilante de apertura y cierre o de integración y expulsión. Es, simplemente, una frontera rígida que separa lo bueno de lo malo de manera autoritaria. Hay transformación del sujeto (que puede dejar de ser casta si es admitido por el líder) sin apertura (debido a que nunca existe un momento de solidaridad con quienes son casta).

Lo que es curioso es que, argumento, esta división moralizante y rígida de la sociedad fue habilitada gracias a la relativización liberal de lo moral. Fue el mercado libre de ideas, aquel que tenía que traernos a una discusión racional, el que permitió la emergencia de un líder mesiánico que iba a programas de televisión a decir aparentes mentiras y esparcir un discurso violento. De este modo, la relativización de la verdad permitida por la expansión de la relativización liberal a esferas inusitadas (al punto de que es posible afirmar que toda persona muerta puede donar o vender sus órganos) es condición para la existencia de Javier Milei y el movimiento libertario argentino. No es posible ser engañado o manipulado si no existe algo así como la verdad.

Se podría decir que la Verdad no existe para el mundo del siglo XX, pero sí existe una forma de verdad socialmente construida, de carácter poroso aunque relativamente estable. Voy a decir que esa forma de verdad, a su vez, se funda en la existencia de una formación hegemónica –a la manera laclausiana, no gramsciana- en la esfera sociopolítica. El nacional-populismo, el fascismo o el liberal-progresismo fueron experimentos hegemónicos que, incluso sobre el agnosticismo moderno, fueron capaces de crear un formato de verdad, una moral y una ética que confinaron el relativismo a determinadas esferas mientras estabilizaban el lazo comunitario. La hegemonía supone otros dos elementos: representación y antagonismo, y se caracteriza por el movimiento discursivo según el cual un elemento se constituye como nombre de la totalidad social. Creo, en ese sentido, que la sociedad contemporánea nos permite esbozar la existencia de una suerte de post-hegemonía.

Es decir, si la hegemonía emerge con la aparición de los regímenes representativos modernos –políticamente conocidos como “democracias”- basándose en el lazo de representación, la post-hegemonía es propia de una representación que, contrario al sentido común, ya no se encuentra en crisis. La crisis es la base de la representación moderna, porque existe –en términos schmittianos- una tensión entre el polo identitario y el polo representativo de la representación: ¿el representante es una imagen perfectamente traducida del representado o es, en cambio, quien crea y condiciona al representado? Postulo que ya no hay crisis porque el individuo posmoderno se representa a sí mismo, quebrando la posibilidad de la representación comunitaria. Es el individuo-consumidor quien puede trasladar la crisis representativa hasta su propia identidad, desinteresado por la constitución de un nosotros colectivo. Identidad y representación logran, quizás, resolverse en un feed de Instagram bien cuidado. La representación ya no es política, por ende no es moderna, sino que es moral.

Para empezar, voy a afirmar que el libertarianismo mileísta no es populista. El libertarianismo articulado en el discurso del presidente Javier Milei y LLA por el momento no exhibe los rasgos que atribuyo al populismo. El juego de exclusión/inclusión de un adversario político y la coexistencia de un mecanismo discursivo que genera las condiciones de la integración y la resistencia al mismo tiempo no se encuentran en el imaginario libertario. El propio Milei fue claro al respecto: Massa no era un adversario, era un enemigo. Existe, sí, el transfuguismo: la capacidad de dejar de ser casta mediante una conversión de carácter moral o, incluso, religiosa. Pero la frontera política es rígida y el objetivo es claro: exterminar a un otro (vocabulario que no suele ser parte del léxico populista). La gramática libertaria de este modo es la antítesis de la populista.

“La casta es lo que nosotros decimos que es”, como expresó el influencer libertario Agustin Romo en su Twitter, no implica un movimiento oscilante de apertura y cierre o de integración y expulsión. Es, simplemente, una frontera rígida que separa lo bueno de lo malo de manera autoritaria. Hay transformación del sujeto (que puede dejar de ser casta si es admitido por el líder) sin apertura (debido a que nunca existe un momento de solidaridad con quienes son casta).

Lo que es curioso es que, argumento, esta división moralizante y rígida de la sociedad fue habilitada gracias a la relativización liberal de lo moral. Fue el mercado libre de ideas, aquel que tenía que traernos a una discusión racional, el que permitió la emergencia de un líder mesiánico que iba a programas de televisión a decir aparentes mentiras y esparcir un discurso violento. De este modo, la relativización de la verdad permitida por la expansión de la relativización liberal a esferas inusitadas (al punto de que es posible afirmar que toda persona muerta puede donar o vender sus órganos) es condición para la existencia de Javier Milei y el movimiento libertario argentino. No es posible ser engañado o manipulado si no existe algo así como la verdad.

Se podría decir que la Verdad no existe para el mundo del siglo XX, pero sí existe una forma de verdad socialmente construida, de carácter poroso aunque relativamente estable. Voy a decir que esa forma de verdad, a su vez, se funda en la existencia de una formación hegemónica –a la manera laclausiana, no gramsciana- en la esfera sociopolítica. El nacional-populismo, el fascismo o el liberal-progresismo fueron experimentos hegemónicos que, incluso sobre el agnosticismo moderno, fueron capaces de crear un formato de verdad, una moral y una ética que confinaron el relativismo a determinadas esferas mientras estabilizaban el lazo comunitario. La hegemonía supone otros dos elementos: representación y antagonismo, y se caracteriza por el movimiento discursivo según el cual un elemento se constituye como nombre de la totalidad social. Creo, en ese sentido, que la sociedad contemporánea nos permite esbozar la existencia de una suerte de post-hegemonía.

Es decir, si la hegemonía emerge con la aparición de los regímenes representativos modernos –políticamente conocidos como “democracias”- basándose en el lazo de representación, la post-hegemonía es propia de una representación que, contrario al sentido común, ya no se encuentra en crisis. La crisis es la base de la representación moderna, porque existe –en términos schmittianos- una tensión entre el polo identitario y el polo representativo de la representación: ¿el representante es una imagen perfectamente traducida del representado o es, en cambio, quien crea y condiciona al representado? Postulo que ya no hay crisis porque el individuo posmoderno se representa a sí mismo, quebrando la posibilidad de la representación comunitaria. Es el individuo-consumidor quien puede trasladar la crisis representativa hasta su propia identidad, desinteresado por la constitución de un nosotros colectivo. Identidad y representación logran, quizás, resolverse en un feed de Instagram bien cuidado. La representación ya no es política, por ende no es moderna, sino que es moral.

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