Música
Ruido Criollo #7: Mariana Baggio
Por Máximo Cantón
14 de junio de 2025
—¿Cómo empieza tu relación con la música?
Mi relación con la música, como posiblemente la de muchos, arranca en los brazos de mi mamá cantando para acunarme. El amor, la ternura, el tiempo compartido estuvieron siempre ligados a los cantos en mi infancia. En casa se escuchaba mucha música, y eso nos convocaba. Mi papá ponía por ejemplo la Novena Sinfonía de Beethoven, las cuatro estaciones de Vivaldi, el Réquiem de Mozart, clásicos de clásicos, y nos emocionábamos escuchando en familia, comentábamos, cantábamos encima. Serrat, Gardel, el cuarteto Zupay, los nueve de Cámara eran parte de sus escuchas queridas y yo las compartía con él. Era una forma de vincularse y creo que eso dejó huella .
Desde muy chica supe que la música era lo mío, que me quería dedicar a la música.
—Entiendo que directo de la secundaria te acercaste a la EMPA (Escuela de Música Popular de Avellaneda).
A la EMPA me acerqué a los 18 años. Entre esos cantos de cuna y la Escuela de Música de Avellaneda hay un montón de historia que es parte de mi música. Por ejemplo, en el 76 (yo tenía cuatro años y medio) nos fuimos con mi familia a Inglaterra. Mi papá, físico, trabajaba en la Comisión de Energía Atómica donde habían empezado a desaparecer muchos compañeros suyos. Si bien no habíamos tenido una amenaza directa, mis padres decidieron aceptar una invitación que le ofrecieron a mi papá para hacer el doctorado afuera. Vivimos dos años en York. Fue ahí donde empecé a aprender a tocar la flauta dulce. En la escuela.
Unos años después de que volvimos, más o menos a mis siete u ocho años, entré al Collegium Musicum. Mi primera formación musical en Argentina fue ahí. Estudiaba flauta dulce, lenguaje musical, teníamos expresión corporal, yo adoraba ir. Era como mi segundo hogar. Pasaba mucho tiempo ahí. Tenía clases y ensayos con el que fue mi primer grupo musical: un ensamble de flautas dulces con el que hacíamos música renacentista dirigidos por Dina Poch. Me hice muchos amigos también. En el Collegium conocí a Luis Pescetti. Y este es otro punto fuerte en las huellas que fueron marcando mis elecciones, que fueron haciendo que mi música sea como es. Luis es la huella de la música y la alegría, de la música y el juego, de la música y la palabra, todas ideas que luego, en mi propia voz, en mi manera de encarar la composición y la docencia aparecen como medulares. Esa relación “profe-alumna” con los años se transformó en amistad, y siempre seguimos en contacto intercambiando pensamientos, música, almuerzos. Luis sigue siendo un referente para mí. Lo hermoso también es que las vueltas de la vida hicieron que su hijo, fuera mi alumnito a la misma edad en la que yo fui alumna suya.
A los 13 años empecé a estudiar flauta traversa en forma particular y me copé tanto con el instrumento que cuando terminé el secundario entré a la EMPA para hacer la carrera de flautista. Mi título es de flautista especializada en jazz. Disfruté mucho la carrera, aprendí un montón, conocí músicos, maestros, repertorio y como si fuera poco, conseguí marido también (risas). Gabriel sigue siendo mi compañero, padre de mis hijos, músico con quien compartimos además de una vida mayormente feliz, proyectos, tocadas, grabaciones. Es baterista, toca en La Bomba del Tiempo, y viene de una familia de músicos. Su abuelo era un violinista reconocido internacionalmente, su padre oboísta y director de orquesta, y su madre es Pepa Vivanco, reconocidísima pedagoga musical.
—No es la primera vez que la mencionan.
Es que es maestra de maestros. Formadora de todos nosotros de alguna manera aunque yo no fui alumna de ella. Vine por otra línea que justamente tiene que ver con el sonido. Yo no fui alumna suya, pero sí había leído sus libros antes de conocerla personalmente, había tomado clases con maestros formados por ella, y cuando pasó a ser mi suegra, me ayudó mucho, charlamos un montón, intercambiamos, siempre muy generosa y con una mirada del mundo que nunca deja de sorprenderme y maravillarme. Una suegra de lujo. Otra huella fundamental en mi formación.
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—Escuchaba tus discos preparando la nota y notaba mucho sonido, quiero decir diegético creo, de cosas que suenan a la par que se las menciona. Una propiedad narrativa en los sonidos pero también guiada por la sonoridad de las palabras, la musicalidad que tienen. Como que están ambas cuestiones del ruido exploradas.
Siempre me llamó la atención el sonido, la rítmica de las palabras. Me gusta escuchar hablar distintos idiomas sin entender nada, simplemente oirlos, como a una canción. Las cadencias, las entonaciones, las curvas, cómo suben y bajan las palabras y las frases. Me encanta el rap, me encantan las palabras africanas tan percusivas, la dulzura de algunas palabras en guaraní. Definitivamente esto se fue metiendo en mis canciones. Me divierte y me resulta natural jugar con las palabras más allá del contenido, jugar musicalmente con las palabras. En mis composiciones aparecen montones de ideas distintas en relación a estos juegos: canciones compuestas con palabras que sólo tienen una vocal: DENME LENTES, DÉJENME VER ESTE PEZ QUE ES EXCELENTE, DE FRENTE ES VERDE, SE LE VE, DE REVÉS ES CELESTE, EMERGE DEL DETERGENTE, QUÉ PEZ DEMENTE…o en jeringoso, o apoyadas en consonantes duras que marcan rítmicas irregulares y divertidas: TRES TÍTERES TAN TRANQUILOS TOMAN EN EL TREN UN TÉ DE TILO…o palabras que se entremezclan: UNA ARAÑA Y UNA MESA HACEN UNA ARAÑESA, UNA MESA Y UNA ARAÑA HACEN UNA MESAÑA… en fin, juegos.
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—Te quiero preguntar varias cosas que fueron surgiendo en el medio. Sobre los recitales para chicos: tengo una idea de que, a diferencia de los adultos, además de reaccionar, ellos proponen. ¿Es así?
En general el público infantil es movedizo. Un niño sano es un niño que se mueve, que siente curiosidad, que puede reírse, que a partir de algo que le llama la atención construye un mundo. Yo pienso el recital como una obra musical grande compuesta por partes que son las canciones y todo lo que pasa con ellas. Ahí entra el público, es parte de la obra: puede tener momentos de explosión que se contraponen con momentos que se detienen, juega el sonido con el silencio, lo grande con lo chico, lo lleno con lo despojado. Creo que en un espectáculo para niños que me guste tiene que haber un poco todo eso.
Sin embargo está bueno diferenciar: una cosa es que los chicos estén bailando y compenetrados con la música, como también nos pasa a los adultos cuando vamos a un recital y nos copamos y saltamos y cantamos, eso es estar. Otra cosa es, como pasa en muchos espectáculos para niños, que los chicos se dispersan, no se sienten convocados y se desconectan sin prurito alguno de lo que está pasando. Los chicos son transparentes, no cuidan los modos. Si no les interesa, listo. Por eso creo que hacer un buen espectáculo para chicos es dificilísimo.
Cómo y desde dónde se convoca a los chicos? ese es el gran misterio. Ahí aparecen los pensamientos más profundos acerca de qué, por qué, cómo, para qué…Para mí, es algo que le falta a estos tiempos que corren. Esas preguntas.
Son tiempos en los que todo es rápido, todo es mucho, todo inmediato, todo viene digerido. Entonces generar momentos más tranquilos, momentos más poéticos de conexión con los chicos es un gran desafío: lograr con lo que proponemos que los chicos quieran escuchar, no que tengan que escuchar.
Sucede lo mismo en una clase. Es maravilloso cuando el maestro propone algo lo suficientemente rico e interesante como para despertar la curiosidad de los chicos. Entonces ellos tienen ganas de saber de qué se trata y van hacia ahí, sin que nadie tenga que gritar o insistir.
—Vuelve a eso que decías de ir aprendiendo con el tiempo. Supongo que al principio se te debían venir un poco encima.
Mis dos primeros años de trabajo con chicos fueron en un jardín. Sin nada de experiencia previa, palo y a la bolsa. Dificilísimo! Salía llorando cada vez. -Yo no sirvo para esto, pensaba. Me quedaba sin voz, – no puedo, no puedo, no puedo-. Sin embargo intuía que había una llave que no estaba encontrando, que si la descubría tenía la posibilidad de encontrar algo que me haría muy feliz. Y ahí empecé a componer mis canciones para niños. Nacieron la canción de los piratas, de los exploradores, de los brujos hechiceros, del canguro… Canciones que invitan a jugar, que abren, que proponen aventuras. Esa fue mi llave, mi conquista, jajaja.
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—Sobre la experiencia de taller, me interesa mucho cómo los escuchas vos a ellos, qué tomas del registro de tener a los chicos viniendo al taller y cómo te termina influencia en lo que les proponés.
Es un ida y vuelta. Yo observo y tomo cosas que veo en el juego de los chicos, en las preguntas, los comentarios, las transformo en canciones, en ideas, las devuelvo transformadas y cuando las reciben se copan porque tiene algo de ellos. es mío y suyo al mismo tiempo. A mí me encanta el disparate, lo absurdo, lo inesperado, lo que irrumpe. Esa lógica imprevisible que aparece sobre todo con los más chiquitos. Me divierte, me sorprende y me inspira.
Si te ponés a mirar, en este estudio que es donde hago los talleres, hay además de montones de instrumentos a disposición, tachos de pintura, de dulce de batata, ménsulas y cacerolas que suenan genial, maderas, bloques…Resulta que para los chicos que hoy están tan ”empantallados”, tan saturados de luces y pilas, estos objetos son novedosos y divertidísimos. Como por ejemplo mi colección de trompos de madera, algunos ya despintados de tanto jugarlos, absolutamente básicos, una bolita y un palito que la atraviesa, y sin embargo son una fascinación total para los chicos. Hay algo en el juego más primitivo… Ayer en una clase me separé por unos minutos de un grupo de chicos porque estaba escuchando algo que me mostraba el otro grupo y cuando vuelvo al primero estaban sentados en ronda jugando zapatito blanco, zapatito azul… Yo jugaba ese juego de chica, se juega con las manos, con los zapatos, con la palabra. Simple. Poco y un montón al mismo tiempo. Hay algo en esos juegos, como en las canciones tradicionales, algo que trasciende el paso de los años, un mensaje, un saber inherente a lo humano. Jugar, jugar, jugar.
Lo que más me preocupa de las infancias en estos tiempos, de cómo se enfoca la docencia o los espectáculos para niños, es que veo que a los chicos se los llena de consignas. Todo el tiempo se los está guiando, se les administra el tiempo desde nuestro tiempo y desde lo que consideramos que es sino “ fundamental”, un importante aporte para ellos.
Veo en los chicos, que están deseosos y necesitados de jugar libremente. Hablamos mucho de eso en el libro “Cómo Compongo” que sacamos hace poco con Mauri Ermann. Tiene que ver con dejar hacer, dejar jugar, y en todo caso que la intervención del docente también tenga que ver con tomar eso que está sucediendo y ayudar a darle forma, por ahí transformarlo en canción. Sacar de ahí la idea de lo que vamos a jugar y trabajar ese día. Esa posibilidad te la da la experiencia, o por lo menos a mí me la fueron dando los años de trabajar con chicos. Prueba y error. Cuando sos muy jovencito o recién empezás a trabajar con grupos de chicos solés estar muy agarrado a la planificación (inclusive la que vos mismo armaste) y es difícil correrse de ahí.
—O para comprobar que saliéndote de la planificación igual diste bien la clase.
Todavía al día de hoy, para cada grupo anoto mi planificación y cada vez que termino una clase anoto lo que hice pensando en cómo seguir la semana siguiente. Sin embargo, la mayoría de veces no la sigo después. Intento tomar lo que veo que aparece como interés en ese momento en el grupo. Mi planificación es un punto de partida, es cómo imaginé la clase ese día. Por eso me resulta fundamental aunque esté abierta a lo que pueda aparecer. El momento más hermoso de mis clases son los primeros diez minutos, mientras están llegando todos y van circulando por los instrumentos. Uno le muestra al otro la canción que le enseñó su hermano mayor, otra muestra el acorde que aprendió en la guitarra, una hace la media luna allá, otros contándose que fueron a tomar un helado, otra me llama para mostrarme una canción que inventó. En ese momento sucede la magia, pasan cosas preciosas musicalmente y si yo tengo la habilidad puedo sacar de ahí la clase. Ver algo que los convocó y ver si de ahí sacamos la semilla para ir hacia un lugar. Uno no siempre lo puede hacer pero sería la máxima aspiración.
Y hay algo que me preocupa también en los espectáculos y la composición para chicos actual. A veces los siento muy ”tik tokeros”. Se puso de moda la coreo. Entonces, vos vas a un espectáculo para niños y, por más divino que sea lo que están haciendo, todos van para arriba, para abajo, subo la mano, muevo la pata para acá, van todos para allá. Me recuerda “we don’t need no education”’, se me viene una sensación muy milica, de soldaditos. Claro que puede ser un recurso y un buen recurso jugar con estas ideas de repetición y coreos alguna vez. Pero es como si se hubiera encontrado la receta para tenerlos más o menos organizados y vamos todos para allá, para acá, todos lo mismo y no salimos de ahí. volvemos a lo mismo que charlamos antes. Todo organizado. Todo conducido. Qué lugar queda para la imaginación?
—Tiene muy poca incertidumbre también en ese momento, ¿no? Vamos a hacer exactamente esto y no va a haber nada que se salga de ahí.
Más bien es tratar de que todo vaya para ahí. La preocupación del niño por ser igual que los demás y no correrse de ese lugar. Es muy simbólico también de una época.
—Te quería preguntar cómo veías la pandemia, el encierro, la digitalidad. Cómo habían afectado eso: la capacidad de atención, la relación con los estímulos.
Es todo esto que venía diciendo. Los tiempos se volvieron muchísimo más cortos para todo. Pareciera que no hay tiempo. No hay tiempo para jugar. Tampoco hay tiempo para nosotros. Justo el otro día hablaba con mi compañero de cuando nosotros éramos jovencitos nos tocó el uno a uno y nos fuimos a viajar con la mochila al hombro. Mis viejos se enteraban hasta tres días después dónde estaba, cuando yo conseguía un teléfono público y con suerte tenía plata para llamarlos. Mi hija tiene veintiún años y yo me muero si no me deja un mensajito de dónde está. Todo se volvió inmediatez. Hay una cosa de lo inmediato que para mí no te permite algo más poético. La poesía necesita algo de tiempo para nacer, para ser, para existir.
—Esta idea de que no existe el tiempo de ocio, de que todo lo que hacemos es productivo, es una preocupación que yo le escucho a mis amigos y a gente más grande. No la había escuchado trasladado a los niños en esto de que todo lo que hacen es una actividad con consigna.
Para mí es fundamental. Si vos cuando sos niño conociste el placer de esa búsqueda, de tener tiempo para buscar, para jugar, cuando no lo tengas al menos vas a saber que no lo estás teniendo. Pero el que no lo conoce ni siquiera sabe que no lo está teniendo. Es durísimo. Es como que ya está, ya sos un soldadito más de ese camino, es el imperio, el capitalismo, el consumismo, todo eso que nos está matando.
—En una entrevista anterior, Ernesto Romeo hablaba del umbral de sensibilidad. Cómo cada vez se corre más arriba y se necesita más estímulo para llegar a sentir algo. Al entrar de base a un circuito de música donde todo suena fuertísimo, tampoco sos consciente de que existe otro tipo de dinámica, de sensibilidad posible.
Por eso, para mí, es tan importante ir por menos y no por más. Lograr la atención en lo más pequeñito. Cuando el nivel de volumen en la clase es insoportable, no pegar el grito más fuerte para que se callen sino, más bien al contrario, generar una situación que invite a otra dinámica. Y esto se traduce en montones de instancias, no solamente en lo sonoro. Por ejemplo, a muchos nos pasó alguna vez de regalarle a un chiquito un juguete “‘precioso”, recontra pensado y elegido y que el chico abra el paquete y se quede jugando con el papel del envoltorio sin darle bolilla a lo que hay adentro. Con el papel puede hacer una pelota, una lluvia de papelitos, puede hacerlo sonar si lo sacude, lo puede cortar e inventar formas, tiene colores, en fin. El Papel tiene todo por hacer con él. Tal vez el juguete ya tenía demasiado preestablecida su función. No necesitamos millones de juguetes, botones y luces, es mentira, es una imposición del sistema. Un chico que con una botella y un piolín juega a pasear a su perro es genial porque toda su imaginación está puesta ahí. Un juguete con forma de perro que tiene pilas, ladra, camina, probablemente lo impacte en un primer momento y lo aburra en seguida . Para eso, mejor un perro de verdad.
Creo en esta lucha que parece pequeñita pero es inmensa, la del pensamiento crítico y la acción cotidiana lo más sincera para con él. En cada cosa que vamos haciendo. En cada decisión que vamos tomando respecto a las causas con las que nos comprometemos. En la lucha grande cada vez te invisibilizan más, se hace una marcha y da lo mismo si hay mil, cien mil o un millón de personas. Es todo lo mismo, te ningunean. Igual no dejo de ir. Pero desde los espacios pequeños, desde el estar hablando estas cosas con vos en mi taller, desde criar a los hijos lo más acorde posible a lo que uno siento, desde convivir y sobrevivir en medio de este monstruo que es la ciudad y sus ruidos y sus demandas lo más solidariamente posible creo (o deseo) que tenemos alguna chance de transformación.
—Un ingeniero de sonido nos dijo que no hay más dinámica, quizás hay sensación de dinámica.
Como ya charlamos, las curvas dinámicas en la música, en un espectáculo, en una clase, en la vida entera me resultan fundamentales. Subir, bajar, mucho, poco, contrastar. La belleza existe gracias a la fealdad. El sonido gracias al silencio, lo sabroso gracias a lo insípido, lo divertido a lo aburrido, y así. Todo es una composición de alguna manera. En el libro que te decía, hacemos una analogía entre cómo componemos un tema, cómo componemos una canción y cómo componemos ese mismo libro que estamos escribiendo. Todos pueden tener una introducción, un interludio, tiene un cierre, curvas dinámicas, repeticiones, cortes. Así también compongo un espectáculo o un disco. Aunque la idea de disco, de álbum ya es casi una antigüedad, se fue. Me encantaba pensar cada disco como un relato contenedor de otros más chicos. Cómo empezaba y cómo se cerraba. Los separadores, conectores, puentes que tal vez te recordaban en el octavo tema algo del segundo y generaban una unidad, un viaje de punta a punta. Ahora es bastante poco habitual que alguien escuche un disco de principio a fin. Todo se piensa y se disfruta corto, inmediato. Insisto con lo que hablábamos del tiempo. La poesía sucede en el tiempo.
Insisto de nuevo en el tiempo. Las cosas más bellas suceden en el tiempo. La poesía sucede en el tiempo.
—Antes de cerrar te quería hacer una pregunta sobre la tradición en tu oficio. Hablamos de Judith Akoschky y de Pepa Vivanco cómo dos influencias. Quería preguntar algo que quizás es muy una obviedad pero ¿qué lugar ocupa María Elena Walsh en el rubro? ¿Qué lugar ocupa acá en Argentina?
Y, la amamos, claro. Crecimos con ella y siguen creciendo con ella los chicos de hoy. Lo que se dice, un clásico. Alguien que atraviesa los tiempos porque capta en su arte algo esencial, primario, como los trompos y los juegos de palmas de los que hablábamos. Fue una mujer muy comprometida socialmente también, innovadora en la idea de que se pueden hacer canciones para niños que no sean tontas. Innovadora en la responsabilidad que implica hacer canciones para niños que se nutrirán de ellas.
Sin embargo a veces me hincha un poco que en muchos ámbitos sea sólo María Elena Walsh habiendo tanta otra música bella para infancias en este país. Creo que eso es más bien desconocimiento o fiaca de ponerse a buscar.
—¿Por quiénes sonamos cómo sonamos?
Por nuestro propio refrito, por nuestro propio combo de de las cosas que nos emocionan y nos afectan. En el buen sentido y en el mal sentido porque hacemos canciones que se quejan, que hablan de la belleza, que son tristes, que dan alegría, que dan ganas de bailar, que dan ganas de escuchar, y eso es un poco todo lo que somos y nos pasa.
Mi mundo sonoro es el combo de esta ciudad pero también de la montaña y del mar. De las canciones que me acunaron y las que me enamoraron. Las que me cambiaron, las que me acompañaron. El sonido del río y el de los pájaros, el llanto de mi bebé cuando nació. La risa de mis hijos, el sonido de los chicos en la sala de música, el de las chispas de una fogata, el de mis canciones cuando ya no están dentro mío. El de cada música que me conmueve.
Sonamos como sonamos porque sonamos lo que somos, cada uno diferente. Cada uno con su historia y su sensibilidad. Si te conmueve y te duele que haya un señor durmiendo en la calle o te molesta porque te ensucia la vereda, son dos posturas completamente antagónicas frente a la vida.
Eso marca tus letras, tu sensibilidad, lo que votás, lo que decís, lo que pensás, cómo crías a tus hijos, cómo das tus clases, ese es tu sonido.
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