Música
¿Es reggaetón o es son cubano?
La fusión como medio de difusión
Bad Bunny, Rosalía, Milo J, Trueno, Cazzu, pero también Juli Rada, Feli Colina y Bianca Cabili; los músicos de hoy se nutren de la combinación entre géneros, de la convivencia entre lo nuevo y lo viejo, entre lo que vende y lo que conmueve. Una reflexión sobre la música y las maneras que ésta encuentra para sobrevivir.
Por Lucía Quirno
02 de mayo de 2026
Crecí, como la mayoría de nosotros, entre paredes repletas de discos. Los nombres que se repetían eran, por mencionar algunos, los de Ella Fitzgerald, Sui Generis, Almendra y la Negra Sosa. Lo que significa que crecí escuchando el sonido puro del jazz, el del rock, el del folklore y el de la canción. Entendía que todo eso me gustaba pero también que corrían por caminos separados, que eran juegos diferentes. El jazz para el momento previo a cenar, cuando se sirve el vino y se prepara la picada, el rock para ser cantado a los gritos en los viajes en auto y el folklore para las guitarreadas familiares.
Un día llegó la adolescencia y, con ella, la fusión (o uno de los descubrimientos más importantes para mi formación como música). Weather Report, Spinetta Jade, Buika, Aca Seca Trío: sus discos estaban desde hacía años en mi casa -algunos mucho antes de que yo naciera-, pero casi en silencio, como esperando a que los buscara en el mejor momento. Desde ese día quizás entiendo a la fusión como la forma más interesante del género musical.
No hace falta que el rock sea rock y que el jazz sea jazz: una armonía jazzera y una guitarra toda distorsionada pueden convivir, y seguramente eso logre pararme la oreja mucho más que un tema de Coltrane. La frescura del sonido, la cruza entre culturas y las preguntas que abre son propias de lo que yo llamaría la eterna vanguardia. Y lo es por una razón bastante simple: siempre va a haber un género nuevo y uno viejo para fusionar. Cuantos más géneros y subgéneros existen -y cada vez existen más-, más rica y más inagotable se vuelve la combinación. La fusión no sabe de fronteras ni de descarte.
Era cuestión de tiempo, entonces, que apareciera un disco del trapero pueltorriqueño del momento con una big band increíble de caños y tambores. Después de años de comodidad y aparente estabilidad, sonando en boliches y en juntadas de chicos, ganando millones y millones con sólo singles y colaboraciones, les tocó al trap y al reggaeton salir a buscar la manera para huirle a la obsolescencia programada, ya un cliché de la época. Lo hizo Bad Bunny y lo abrió al mundo, pero muchos otros -Trueno con el Tiny, Rosalía con El Mal Querer– vienen allanándole el camino desde hace tiempo. Cada uno con su país, historia e idiosincrasia, los nuevos artistas encuentran en la fusión el puente entre el folklore y el mundo. La parte comercial de esa combinación musical es sólo la carnada para atrapar al de afuera (o quizás a la inversa). Es como decir: “uso algo de lo tuyo y algo de lo mío y vas a ver lo bien que queda”. De alguna manera, es esa combinación lo que les permite vender, llegar a lugares desconocidos y sobrevivir.
También éste es un fenómeno local y de menor escala (pero de igual relevancia). Feli Colina, la Valenti y Bianca Cabili son tres artistas mujeres argentinas, compositoras, cantantes y performers que se sirven de los ritmos folklóricos como materia prima, para luego procesarlos, mezclarlos con otros sonidos -como puede ser el pop y la electrónica- y destruirlos en el mejor de los sentidos; nunca pero nunca dejando de reivindicarlos. Julieta Rada, del otro lado del río, canta la música de Uruguay de una manera particular para su entorno, con un timbre más brillante y popero, más actual. Suena diferente y suena a lo que es: candombe interpretado por una persona que se crió entre las mayores instituciones del género, pero que también vivió en Estados Unidos y que gastó todos los discos de Stevie Wonder. Y, sobre eso, que es una mujer joven asentándose en la escena uruguaya-argentina. Logra lo que muchos pueden nomás desear: que fanáticos de Jaime Roos y fanáticos de Nafta quieran comprarle una entrada para su show. Y eso la vuelve auténtica y atractiva.
Resulta natural que lo nuevo, lo diferente, lo “pseudo” incomode. Todo lo que está en un limbo tiene ese efecto, al menos al principio. Pero eso es lo interesante de este estilo también: los debates que propone, las disyuntivas que abre. Cuando Rosalía sacó Motomami, nadie entendió nada. Que era ruido, que estaba matando a la música, que le estaba faltando el respeto al flamenco, que había bajado su nivel. Después giró alrededor de todo el mundo presentándolo, por lo que a alguno que otro le terminó gustando. Simplemente hubo que dejarlo añejar en el oído. Eso pasa siempre que alguien explora nuevos paisajes: aparecen los puristas de los géneros -la mayoría de las veces, con poca o nula autoridad en el asunto- a afirmar cosas como “esto no es rock”, “esto no es folklore”, “esto no es salsa”.
Milo J no gozó del privilegio de la excepción y, después de lanzar un álbum súper original e interesante, no le faltó crítica negativa de los niños trap (que no entienden, pero sobre todo no conocen los ingredientes más tradicionales del cocktail, justamente por su calidad de niños) ni de los defensores del género argentino. -Con el tiempo, por suerte, éstos últimos fueron abriendo la cabeza y el oído y lo terminaron recibiendo de brazos abiertos-. A quien le sucedió algo parecido, pero hace ya 70 años, fue a Piazzolla, genio absoluto odiado por todos aquellos que entendían al tango como una música sencilla para bailar. No era gratis atreverse a añadirle a su tango una dosis de roña.
Entonces, ¿es reggaeton o es son cubano? ¿Puede ser ambos o es algo completamente nuevo o no es ninguno? ¿Bad Bunny vuelve más interesante el reggaeton o más vulgar la salsa? ¿O la vuelve quizás más vigente y de relevancia mundial? ¿Queremos que pase a tener relevancia mundial o preferimos que se mantenga latinoamericana? ¿Estamos poniéndola en un lugar de valor o la estamos prostituyendo como juguetito yankee? Al vender haciendo uso de la bandera latinoamericana, ¿somos conscientes de la moda primermundista por lo folklórico, lo latino, lo hispano, lo “étnico”, lo diferente? ¿Estamos acartonando nuestras raíces? Hay algo en todo esto que va más allá de la música: la fusión también es una posición política. Bad Bunny -para seguir con él- parece no estar dispuesto a vender lo que es y de dónde viene para satisfacer las necesidades de los grandes magnates de la industria. Al menos no por completo. Y eso, al menos en el contexto de hoy, no es poca cosa.
Dicho esto, ¿le haría bien a la música la relevancia mundial de la que hablábamos o más bien a las discográficas? ¿Le haría bien a la música o sólo le daría de comer? Permitirle sobrevivir no es poca cosa, claro está. Y, queramos o no, la vida muchas veces se trata de números y billetes. Pero la música es un arte, y como todo arte es mucho más que lo que pasa en una oficina de 8 a 18. Más bien es sonido, es letras y es cultura; es Historia con mayúscula e historias con minúscula, es emociones y gente con nombre y apellido que la escribe y otra que la escucha y otra que la baila. Es tener cerca a algunas personas y sentir cerca a otras con las que jamás hablaste. Es la eternidad entera resumida en una manera de entender el mundo; pero también es todo eso que le escapa a las palabras.
La fusión da que hablar, y para rato. Por algo yo estoy escribiendo esto y tal vez -ojalá haya alguien leyéndolo. No pasaría lo mismo si estuviese comentando, por ejemplo, un disco de Los Gatos -con todo el respeto que merecen Los Gatos-. En ese caso no tendría más que dos viejos fanáticos estancados en los 70s echándole un ojo. Y con suerte.
Por algo también me convoca mucho más un espectáculo de alguien que hace jazz combinado con soul o rock que alguien que toca standards o swing, o lo que vendría a ser el jazz “puro y duro”. Por algo son santos de mi devoción Esperanza Spalding, Ed Motta y, más cerca nuestro, Drexler, que mecha candombe-canción con ruiditos, maquinitas, bichitos; es decir, con todo lo que está pasando ahora. En su último disco aparece el nombre de Young Miko, artista caribeña de trap desconocida -o hasta despreciada- por una gran porción del público del uruguayo. Y eso lo vuelve actual y por ende joven y por ende fuerte (y por eso y otras cosas sigue vigente: ¡aggiornate y triunfarás!). Más cerca aún, Aznar llevó esta tensión hasta el extremo dando a conocer “No voy a cantarle a tu culo” allá por el 2022, regalándole una hermosa polémica a la comunidad musical que lo rodea y lo conoce: no era claro el límite entre el chiste interno y la ofensa.
En un mundo en donde el asombro ya no es cosa de todos los días, y menos que menos si de arte se trata, que una música te incomode, te intrigue o te dé de qué hablar es un punto a favor para ella y para todos nosotros. Al fin y al cabo esa es nuestra tarea: intentar que sobreviva todo aquello que todavía nos mueve.
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