Opinión

LAS NACIONES DE RUSIA II: LAS RUINAS DEL IMPERIO

Por Santiago Mitnik
05 de octubre de 2022

En la nota anterior de esta serie, empecé a esbozar algunas cuestiones sobre los conflictos y la identidad nacional en los territorios de la ex-Unión Soviética, con el objetivo de, en algún momento, llegar a explicar la historia que subyace a la guerra en Ucrania. Específicamente me centré en la dinámica dentro de la propia Rusia. Lo que quedó “afuera” fueron las cuestiones de todo ese gigantesco arco de ex-repúblicas soviéticas, ahora independientes.

La vinculación de estos pueblos y territorios con Rusia precede, por mucho, a la existencia de la Unión Soviética. La URSS fue un cambio de espíritu, de dinastía, de un mismo andamiaje territorial. Pero este cambio introdujo enormes transformaciones: la modernización y también el nacionalismo, en términos actuales. A la salida del período soviético, todo el viejo orden se desvaneció de un día para el otro. Un cambio de índole ideológico trastocó fuertemente esa base territorial e histórica. Todo este arco de naciones, pertenecientes al Imperio Ruso siguen guardando una relación estrechísima con Rusia.

En las últimas semanas tuvimos al menos tres hechos específicos en la periferia rusa que es importante entender en clave histórica. Estos son: la reactivación de la guerra sobre Nagorno-Karabaj, el conflicto Kirguistán-Tayikistán y la unión de Bielorrusia a la Organización de Cooperación de Shangai. William Faulkner decía que “el pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado”. En ningún lugar esto está más vigente que en el espacio post-soviético. 

 

El mosaico asiático

El conflicto de Armenia y Azerbaiyán, recientemente reactivado, es, también, heredero directo del colapso de la Unión Soviética. El terreno en disputa, Artsaj/Nagorno-Karabaj, era una región autónoma de mayoría armenia rodeada de territorio de mayoría azerí. En el momento de conformación de las repúblicas socialistas soviéticas (RSS), este territorio quedó dentro de la RSS de Azerbaiyán pero con un alto grado de autonomía. Al pertenecer las tres entidades (Azerbaiyán, Armenia y el territorio autónomo) al mismo macro-Estado (la URSS), el posible conflicto étnico se mantenía latente, pero apagado.

Al resquebrajarse el sistema político que los mantenía unidos, comenzaron las tensiones, los combates esporádicos y las primeras purgas étnicas. Con la disolución definitiva de la URSS, el conflicto terminó de derivar en una guerra abierta.

El rol de Rusia y del resto del aparato soviético (convertido en la Comunidad de Estados Independientes) en la primera guerra, fue ambiguo. Por un lado, Azerbaiyán heredó la mayoría del equipo militar soviético de la zona, pero por otro lado fue la presencia militar rusa en Armenia la que garantizó que Turquía no interviniera en el conflicto a favor de Azerbaiyán. La primera guerra fue una clara victoria armenia, liberando el territorio de Artsaj y ocupando algunos otros territorios azeríes.

Pero el rol de Rusia como árbitro del conflicto se mantiene hasta hoy en día. La ruptura de las relaciones de Armenia con Rusia, en búsqueda de un giro occidentalista, junto con el intento de Turquía de convertirse en nuevo actor fuerte de la región, fueron los elementos que terminaron de detonar la intervención azerí del 2020. El tratado de paz al que se llegó, donde Azerbaiyán recupera varios territorios perdidos durante la guerra en los 90, implica la presencia de fuerzas de paz rusas como garantizadoras del cumplimiento de los acuerdos.

Hace unas semanas, con Rusia plenamente abocada a su propia guerra, en contexto de una potente contraofensiva ucraniana en Izium, se dió el contexto ideal para que Azerbaiyán tomara nuevamente la iniciativa y volviera a atacar territorios armenios.

El mapa de alianzas de este conflicto es complejísimo. Por un lado, Rusia comercia y vende armamento a ambos países. Si bien su aliado preferible y natural en la región es Armenia, el gobierno de esta última se niega a alinearse totalmente con ella, lo que la deja “sola” en una región conflictiva. Por otro lado, Azerbaiyán tiene tres aliados importantes. Primero, la potencia regional en ascenso, Turquía, que por identificación étnica y comercio juega fuerte en el conflicto. Turquía tiene grandes ventajas para expandir su influencia sin tanto costo, por pertenecer a la vez a los espacios internacionales euroasiáticos, del mundo islamico y a los atlantistas. Así se permite “apretar” a la vez a Armenia, cercano a Rusia, aumentar las tensiones con Grecia, miembro de la OTAN y la UE, mientras tiene tropas en Siria y Libia.

También Israel ve en Azerbaiyán un aliado regional, que puede servir eventualmente para un próximo combate frente a Irán. El territorio norte de la República Islámica de Irán está compuesto de población étnicamente azerí (incluso el propio Ayatollah Alí Jomeini pertenece a esa etnia). La tensión azerí-iraní convierte a este último en un extraño aliado de Armenia.

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Pero hay una última alianza que explica en alguna medida el estallido de este conflicto y tiene directamente que ver con la guerra de Ucrania. Una de las principales armas políticas en el conflicto es la política de exportación energética rusa, de la cual Europa es enormemente dependiente. En medio del desabastecimiento, y a la espera de un invierno crudísimo, Europa encuentra en los yacimientos de Azerbaiyán una fuente clave. La firma de un tratado de comercio hace poquísimos días proporcionó el último blindaje frente a la “comunidad internacional”, para poder avanzar libremente.

Armenia, aislada de su aliado natural, Rusia y abandonada nuevamente por Occidente, no tendrá muchas más opciones que nuevamente ceder algo en las negociaciones de paz, en el mejor de los casos.

Frente a este escenario, Armenia llamó a la intervención de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva. La OSTC es una estructura heredera de la Comunidad de Estados Independientes, y por ende de la URSS. Es una alianza de distintos países post-soviéticos, para la protección frente a amenazas. En el último tiempo, la OSTC fue clave en la represión a las protestas masivas que amenazaron con derribar en guerra civil y tumbar el gobierno de Kazajistán. En última instancia, es una forma legal y consensuada de permitir a Rusia su rol natural de mediador y pacificador en el sur de la ex-URSS.

Otra reactivación de conflictos en Asia Central en el último tiempo fue entre Tayikistán y Kirguistán, dos pequeños estados post-soviéticos que tienen cercanas relaciones étnicas, lingüísticas y económicas con Irán y Turquía, respectivamente. Esta problemática también está siendo contenida en el marco de la OSTC, de la que ambos son parte, y la mediación rusa.

En resumen, los pequeños estados asiáticos que surgieron de la desintegración de la URSS quedaron en una posición de gran debilidad. Casi todos buscaron la forma de aislarse de los conflictos regionales, pero esto suele ser imposible. Quienes pudieron, maniobraron para buscar nuevos aliados regionales que compensen su debilidad. Quienes se negaron a esto último y también renegaron de la vieja alianza natural con el antiguo centro imperial, Rusia, se quedaron sin nada.

 

Similarmente a Artsaj, diversos pueblos del Cáucaso quedaron “atrapados” en los nuevos estados nacionales surgidos post-colapso. La novedad del modelo del estado-nación en la zona y la falta de autoridad fuerte fueron una mala combinación. Georgia sufrió varios intentos independentistas. Osetia del Sur, vinculada a sus pares osetios dentro de Rusia y Abjasia terminarían declarando una ambivalente independencia, garantizada por la protección rusa. En el contexto de Rusia ocupada con Ucrania, en Georgia se llegó a discutir la posibilidad de abrir un segundo frente, intentando recuperar las provincias rebeldes, pero la idea no prosperó.

En general, la Guerra de Ucrania también afecta el equilibrio en Asia, permitiendo a los países aprovechar el espacio que Rusia deja vació. Si Rusia se debilita lo suficiente, tendrá a los cuervos revoloteando, listos para lanzarse sobre los restos. Si triunfa y vuelve a su vieja legitimidad imperial, las cosas pueden cambiar.

 

La frontera de Europa

En el territorio occidental de la ex URSS las cosas son bastante distintas. En esa región sí hay un bloque político y económico claro sobre el que recostarse, que es Europa. Los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) muy rápidamente abrazaron el europeísmo y rompieron todos los lazos posibles con Rusia. Ya en 2004 entraron en la Unión Europea y en la OTAN. El camino de los bálticos es similar al de Polonia y otros estados del Pacto de Varsovia, que abrazaron lo anti-sovietico y anti-ruso como identidad y orientación estratégica.

Los otros dos grandes estados de la URSS, Bielorrusia y Ucrania, sí mantuvieron mucho más firmes sus lazos con Rusia. Étnicamente, estos tres países eslavos son prácticamente idénticos. Sus idiomas también son extremadamente similares, perfectamente comprensibles entre ellos. En muchísimos casos, las familias son mixtas, o pertenecen “étnicamente” a un grupo y se identifican con otra nacionalidad o hablan el otro idioma. Las idas y vueltas, las alianzas y los conflictos entre estos países hay que explicarlas desde lo ideológico, político, económico e histórico, no desde lo etnico-lingüístico.

La disyuntiva de estos países es si deben permanecer en el espacio geopolítico euroasiático, vinculados a su vieja metrópolis, Moscú, o girar hacia la estructura europea y occidentalista. Esos tironeos, sumados a la crisis económica, social y política que fue la salida de la URSS explica de alguna manera las tensiones regionales.

Bielorrusia, con sus tira y aflojes, parece avanzar hacia una plena integración con Rusia, incluso hablándose de una posible unión en un solo estado en un futuro no muy lejano. Hace unos días, en un tono irónico, Schargrosky dijo que China tenía una ventaja sobre EEUU para la estabilidad de su política exterior, pues, con Bielorrusia, sucede algo similar. El régimen surgido post colapso de la URSS se mantiene prácticamente intacto y su apertura hacia occidente, además de una crisis económica, traería un cambio político de 180 grados. El antiliberalismo de Lukashenko lo alinea más con la Rusia euroasiática que con la Europa progresista y democrática. 

Las “revoluciones de colores” fue como se denominó a los diversos alzamientos pro-democráticos en los distintos países del espacio post-soviético/comunista. Estos alzamientos expresan una búsqueda de apertura y liberalización de los países. Suele señalarse que estas protestas están dirigidas o fogoneadas desde afuera de los estados, generalmente desde ONGs vinculadas a la CIA y la Open Society Fundation (no, no es teoría de conspiración, es uno de los objetivos expresos de la fundación). Si bien eso es cierto, la realidad es que es innegable que siempre suelen expresar, además, un muy legítimo hartazgo de algunos sectores de la sociedad sobre la corrupción y el autoritarismo, que también son herencias de los restos del sistema sovietico en descomposición.

A diferencia de Ucrania, que atrapada en esa tensión terminó girando hacia un pleno occidentalismo, con las consecuencias que ya conocemos, la Bielorrusia de Lukashenko giró plenamente hacia oriente, reprimiendo firmemente las protestas y asegurando una estabilidad interna. En estos días, Bielorusia participa de la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghai, un foro internacional común creado por China, donde participan entre otros India, Rusia y el recién sumado Irán. El rumbo de Lukashenko no es solo hacia Rusia, es hacia Eurasia. Hacia una cosmovisión no liberal y no atlantica del mundo. De nuevo, Rusia nunca es sólo Rusia.

 

Santiago Mitnik

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