Artificios
Geografía de volver a casa
Ensayo sobre la nostalgia
Al despedirse de Oxford, Mrs. Jones dijo algo que no se olvida: también es una aventura volver a casa. Este ensayo sigue esa frase hasta un pueblo en Santa Fe, un museo de la infancia ajena, una calesita oxidada con manubrios que ya no caben en las manos. La nostalgia que la autora creía propia resulta ser, en parte, heredada.
Por Victoria Pascualini
12 de junio de 2026
Mrs. Jones, luego de dejar su casa de Kidlington y llevarnos en su CLIO al colectivo, con el que iríamos hacia el aeropuerto, me dijo “It is also a journey to go back home”. Su traducción tosca: También es una aventura volver a casa. La frase es de una poesía inesperada y efectiva. Devela luces y caminos que tomar en ese, por lo menos, melancólico trayecto: el del retorno.
Después de haber pasado tres semanas en su casa de Oxford, Inglaterra, nos despedimos de sus comidas calientes, de la ventana que se cubría de escarcha por la mañana, de los pisos alfombrados, de su impronta de abuela. Tenía la certeza silenciosa de que no volveríamos a verla, ni a ella, ni a su casa inglesa con backyard, ni a su perro Toto, cuyo nombre pronunciaba de una manera muy cómica. De pocas cosas en esta vida una se despide sabiendo que no volverán. Los ojos pueden intentar absorberlo todo, que el corazón teñido de emoción se aferre al paisaje o al tacto, pero hay un límite: la frontera entre lo inolvidable y aquello que no se retuvo y se dejó atrás -o que escapará de su bóveda más tarde-. En la escritura se habita ese borde. Como escribió María Negroni “Se va y viene de la amnesia”.
Partir generaba tristeza aunque extrañáramos nuestros hogares. La distancia propone esa ambivalencia: un tironeo corporal, entre el continente antiguo, fabuloso y la ciudad donde crecí. My hometown, como mencionan en tantas canciones.
Hay obras que se han ocupado de esta materia. Artistas que evocan con desesperación o trabajosa sutileza el regreso a un lugar, a la infancia, al hogar, habitación lejana y carnal de la que todos nos fuimos. Marc Chagall, el mayor exponente de arte judío del último siglo, colocó a su pueblo natal (Vitebsk, Bielorusia) como protagonista absoluto de todas sus obras. Pintó sus casas bajas, las vacas y cabras que andaban sueltas en los jardines, la Estrella de David en varios fondos, los inviernos en medio de esa llanura helada, sin litoral, sus calles blancas. ¿Habrá sido un homenaje adrede? O la pulsión sola del cuerpo es inignorable, una electricidad ventosa que arrastra a la extrañación del pasado. De una manera u otra, Chagall nunca olvidó su ciudad y sus colores, tal vez para sobrellevar el abandono de su tierra, su triunfo en otras naciones, la nostalgia infinita del viajero.
Para Vicente Luy, su casa es un punto lejano, de acceso restringido, casi un asunto cósmico y de vacío corporal. Escribió: “Sé que no te hago un cumplido/ al desear la muerte,/ y supongo que mucho menos te honro;/ pero la deseo/ no como a una inyección de lisalgil/ como a una anestesia total/ -si pudiera ser de acción un/ poco más lenta mejor/ quiero sentir cómo me empiezo a ir/ quiero ver si lloro/ y la habitación vacía/ quiero volver a casa”. En la misma recopilación de sus poesías (Escribir no es importante, Caballo Negro Editora, 2020), está el poema que finaliza: “así que deme café, dijo mi mamá, totalmente borracha./ Yo estaba en brazos de su marido, y me enamoré al instante./ Después se fueron al cielo y todavía no bajan./ Tienen mi corazón./ De ahí cuelgo”.
La poeta Olga Orozco en la misma materia de países desintegrados y sogas que bajan de la noche, al pensar en su madre, escribió: «Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país de donde vine”.
La palabra Casa es un bestiario, la mayor de las antologías, con escenas herradas sobre cada cuerpo y también un dispositivo puesto en el olvido, desplazado hacia un territorio envuelto en nieblas. No recuerdo la infancia pero tantas cosas confluyen de ella hacia mí.
Este texto comenzó a escribirse atropellado sobre una pantalla, con la certeza de algo urgente -esta sensación no dura demasiado, tiende a disolverse al levantar la cabeza y ver el mundo-. En televisión de cable, un martes por la noche, transmiten Charlie y la Fábrica de chocolate (Tim Burton, 2005). La trama se centra en un niño, Charlie Bucket, la pobreza y dulzura de su familia, la improbabilidad, la ilusión. Pero la historia se trenza con la del tétrico chocolatero Willy Wonka. El filme avanza, alterna entre el presente y la terrible infancia del magnate, embebida en la magia oscura de Burton.
La película, hacia el final, desencastra la lógica que venía manejando. Presenta una escena corta, casi ignorable al distraerse, pero en su centro poderosa. La cámara se aleja sobre la explanada blanca, aterriza el ascensor de cristal. Hombre y niño descienden, caminan en la nieve brillante y sucia hacia una casa inglesa con la chimenea encendida -el humo sobre el techo le da aspecto de fábrica-. Entran y el padre de Willy Wonka, ortodoncista, los recibe, examina la boca del hombre y le tomará unos momentos reconocer a su hijo. La cámara recorre las paredes de la sala, cubiertas por papeles de diario enmarcados que hablan de la fábrica de chocolate, cuadernos sobre la mesa que guardan más recortes (“Wonka opens largest chocolate factory”; “Chocolate genius hits big time”; “Youth leads the way in candy business”). Observa los dientes de la boca abierta y reconoce esos molares, porque hay cosas que nunca cambian. El encuentro está cargado de emoción y silencio. Se abrazan. El orgullo lejano y clandestino de uno, resentimientos viejos y desarraigo del otro.
La creación de la fábrica fue la revancha a una lucha antigua contra un padre que despreciaba las golosinas. Una navaja contra el cuello del tiempo. Alterando la frase de Raúl Zurita: “Toda venganza es urgente porque nos vamos a morir” Aunque la original también sería necesaria: “Todo amor es urgente porque nos vamos a morir”. Una joya bifásica que aplica bien a la relación atormentada de estos hombres, padre e hijo.
Tal vez, toda acción presente remite a un recoveco oscuro, y toda palabra dicha ahora presiona un botón que ilumina o aniquila en un territorio lejano. Siempre estamos pensando en algo más, siempre queremos impresionar o ajusticiar en una escena antigua. Como si el presente pudiera sacudir la casa del pasado, revocar los orificios por donde se escurría lo importante, arropar a una criatura que lo necesite, cambiar el futuro que vendrá, que no se detiene.
“Hacen falta muchos viajes para volver al lugar del que nunca nos fuimos”, escribió María Negroni. La infancia es tan contemporánea como el cielo o la rabia. Se escabulle del pasado, anida en nosotros, lo dulce y lo sangrante, todas sus alimañas.
En un taller de literatura y psicoanálisis, tuve una epifanía. Pensaba en mi obsesión con los viajes, el desarraigo, la migración, la lejanía. Me estrellé contra una idea: vengo de una familia oriunda de un pueblo en Santa Fe. Mis dos padres dejaron su casa de la infancia, viajaron a una ciudad ruidosa, a su boca de cemento, a su fantasía veloz. Me tuvieron en la capital federal. No tienen planes de regresar. De vez en cuando, arrojan a la superficie detalles y recuerdos, breves pasajes: un álbum con papeles de cartas, la galería del patio mojada, la hora de la siesta calurosa y el silencio mortífero, la máquina para hacer pan, una jaula con pájaros, el barro en el liceo militar, sus literas contiguas.
Las circunferencias que dejan en el agua son escasas pero nítidas, y yo las repito como un disco rayado, los fósiles de un idioma perdido, mi propia Atlantis.
Cada tanto viajamos para allá. El pueblo es mi museo. La evidencia de una vida alternativa a la frecuencia cocainómana de la ciudad. Tiene partes detenidas en el tiempo, y pequeñas identidades; sus bares más concurridos y el barrio más allá de la vía del tren; el Club El círculo donde se pasaban los veranos y una calesita en un local llamado Laguna. Se oxidó pero sigue ahí, y mis manos ya no caben en los manubrios de sus figuras.
Camino por el pueblo con cautela, la desaparición es inminente. Al doblar en cada esquina encuentro restos de épocas pasadas, fantasmas quietos, que golpean las construcciones modernas; terrenos baldíos, la fachada de una casa sin nada detrás; enredaderas y arbustos crecidos que desbordan de los techos y zócalos; casas chorizo que ocultan zaguanes y puertas cancel; patios internos con naturaleza helada; la Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia, con poquísimos visitantes, y los libros como objetos que esperan; la panadería 24 hs sobre calle San Martín; la puerta baja que da al patio delantero de una casa. Siempre abierta. Antes había tiempo y otras cosas para tener un patio.
Y así transcurrió la vida, con una casa 400 km más allá. Festejamos cumpleaños dos veces, viajábamos para las fiestas. Navidad y año nuevo siempre tenían el sonido de la quinta sobre la ruta. La máquina de karaoke que cayó en desuso. Las pascuas en abril: huevos de chocolate escondidos entre las plantas o bajo la pérgola. Días especiales: la lluvia torrencial, barcos de papel en el charco sin corriente, mi abuela y yo viendo cómo se hundían; caminar sola una cuadra hasta el supermercado de la esquina, guardar el postre en una canasta chica, ensayar adultez en esa independencia; la nevada sin precedentes en Buenos Aires, pasado el primer lustro del siglo. Estábamos lejos de ese monstruo que llamaban “Capital”. La transmitieron por cable, y nosotros salimos al patio de la casa a ver si caía algo. Oímos las historias de grandes y chicos maravillados al volver a la ciudad.
Como una vida a dos orillas, sin certeza de realidad o uno más verdadero. Mi cuerpo: un ropero y dos receptáculos. Guardo las cosas que no tienen nombre pero se trizan al caer. Me vuelvo una geógrafa de la infancia, una cazadora de tesoros que se entierran entre el esternón y la palabra recuerdo.
La memoria entre las manos como nieve granulada. Y La nieve de ese 2007, que mis padres vieron por televisión, resguardados en la monotonía del pueblo. La calidez de esa casa, la certeza del corazón hacinado en el único lugar que nunca volverá a ser suyo.
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