URBE
ORGULLO NACIONAL
Por Julián Brutto
07/05/2022
A la memoria de Eugenio Talbot Wright
En 1967 se encuentran los primeros registros del Frente de Liberación Homosexual que, primero bajo el nombre Nuestro Mundo, reunió a militantes sindicalistas y comunistas que fueron echados de sus organizaciones al ser desenmascarada su sexualidad. Como muchos otros grupos que con su genealogía se acercaron desde las esquinas, al Frente lo llamó la avanzada popular de los años 60 al calor del Cordobazo, acompañó la asunción de Cámpora en 1973 y recibió a Perón el día de la foto del paraguas. Cuenta la anécdota que en ese día Montoneros y FAP inauguraron el cántico “no somos putos, no somos faloperos, somos soldados FAP y Montoneros”.
Néstor Perlongher describe en Prosa Plebeya que para una fecha anterior a aquella, aunque con importantes disidencias “se consiguió arrastrar a unos 100 homosexuales, bajo un cartel que reproducía un verso de la Marcha Peronista -’para que reine en el pueblo el amor y la igualdad’- y con volantes que pretendía demostrar la ligazón entre la liberación nacional y la liberación sexual.”. Creo yo que, a pesar de que el romance entre putos y soldados fue conflictivo y breve nos muestra una pauta: a nosotros, nosotras y nosotres no nos inventó el posmodernismo.
Esta es la dimensión que quiero investigar. Y a pesar de que existen registros de personas que hoy llamaríamos LGBT desde antaño y que ese dato no es novedad, a menudo nos enfrentamos a la acusación de ser agentes exógenos, infiltrados e infiltradas extranjeros, dentro del movimiento nacional peronista. Estos párrafos no se tratan de denunciar el componente de odio encapsulado en ortodoxia, sino de ponernos a pensar, en permitirnos la duda, de si acaso no tienen razón.
Son varias las dimensiones desde donde podemos pensar la extranjerización de la comunidad LGBT. Todo grupo humano históricamente relegado y estructuralmente marginado hace identidad en los márgenes del espacio público donde se nos permite hacer pie y en nuestro caso gran reflejo de eso puede verse en la cultura: en nuestras ídolas –que, dato, casi nunca son exactamente nuestras-, nuestra jerga y nuestros símbolos.
Desde ya el término “salir del clóset”, por citar un ejemplo, es de por sí ajeno y, aunque hagamos el esfuerzo de llamarle placard o armario a la metáfora de negación de nuestras identidades, resulta hasta cacofónico. Hoy llamamos packer a las prótesis de pene y binder a las fajas para pecho que usa la población transmasculina, cuando las travas históricamente llamaron a sus artillerías “piú piú”. Y la diferencia entre estas dos no es casual, siendo que los varones trans y transmasculinidades no binarias recién comienzan a hacer pie fuerte en el espacio público desde hace algunos años y las travestis y mujeres trans –de Cris Miró en adelante- al menos existen en el imaginario social desde mucho antes. Por suerte, las trucadoras sostienen su nombre.
Es que, en definitiva, si conversamos con cualquier joven de la comunidad que tenga alguna noción sobre nuestras ancestras y ancestros cuir, posiblemente pueda identificar con facilidad a la enorme Lohana Berkins y su pisada de los noventa, a Carlos Jáuregui desde los ochenta, pero también posiblemente celebre el 28 de junio como propio: fecha de la revuelta de StoneWall de 1969 en Nueva York. Tal vez incluso sea más fácil verlo, verla o verle alucinar con RuPaul y no tener noción siquiera del paso de Cris Miró por este mundo y en particular por nuestro suelo. Del impacto generacional que tuvo Federico Moura invitándonos a salir del agujero interior y más yassificados por la música de Ariana Grande (también Britney o Madonna son alusiones indicadas según el rango etario). De ignorar o peor, asumir por obvia la identidad lesbiana de nuestra amada Elena Walsh y encarnar a la perfección la estética hyperpop.
La cultura de TikTok hizo otro tantito a la hora de cultivar algo de todo esto y es la fuente primaria con la que comenzó a descubrirse la generación más joven de nosotres, la que hoy tal vez recién transita el tercer año del secundario y atravesó el grueso de su preadolesencia en la parte más cruenta del aislamiento preventivo COVID. Y hoy no solo comienzan antes las preguntas sino también las primeras certezas, y al menos para una porción más grande que en generaciones anteriores esos niños, niñas y niñes tienen la posibilidad de investigarlo a cielo abierto.
Los estereotipos que se difunden e incluso adoptan en esa plataforma terminan por homogenizarnos con la población LGBT de todo Occidente y el verdadero problema de esto es que termina por borrar décadas de florecimiento de nuestra identidad colectiva como trolos argentinos, por usar un término lo más generalizador posible. Hoy a una bisexuala, estéticamente se la identifica de la misma manera en Argentina, en Alemania y en Estados Unidos. Hoy la población travesti se está avejentando, ellas y las más jóvenes siguen a la espera de que su país las reconozca como constructoras del folclore nacional que son. ¿O cómo piensan que una celebración como el carnaval salteño puede ser tan extravagantemente gei? Aquello que Lohanna supo llamar puntos de fuga.
¿Es responsabilidad individual de los, las y les jóvenes escaparle a la globalización y al goce de lo que efectivamente se presenta como propio? ¿Se trata de reducir a posturas estéticas, a consumos culturales, la reivindicación de nuestra historia? ¿Qué pasa cuando completamos el campo con las acciones institucionales, las que verdaderamente tienen un marco de acción real e impacto en lo colectivo?
Existen dos factores fundamentales e ineludibles que se entrevé en los márgenes y que quiero que estén en el centro de la mesa. El primero de ellos: las políticas públicas que logran paliar materialmente las consecuencias de la marginalidad de nuestro colectivo son pocas, son pocas en relación a las posturas, pronunciamientos e intenciones que se han construido. Y son pocas en función de su presupuesto. El segundo: esto es Argentina, papá. Un país sumido en un campo electromagnético de símbolos, significados y significantes. Una Nación que hace identidad en sus miserias para enfrentarlas. En esta República lo simbólico tiene un peso específico. Por eso es muy claro cuando algo es indudablemente argentino o no lo es.
Hay un camino para recorrer ahí, de atar lazos entre esa juventud de los 60 y esta, y retomar algunas líneas de pensamiento y acción en ese sentido. Sucede que no sé si tenemos tan elaborado ese tipo de daño particular que le hicieron los setenta a nuestro movimiento y en particular a nuestra gente. Se suma a esto, entre los 80 y los 2000, los calabozos, el VIH y los códigos contravencionales.
No creo que tenga que ver con arraigarse a un anti-progresismo tan inerte como a veces resulta el progresismo mismo. Tampoco con caretear una ortodoxia del movimiento que es necesariamente impropia. Pero sí se trata de construir y reconstruir un orgullo nacional, que se haga comunidad desde su suelo, para que cuando toque ocupar los espacios -desde trolificar la calle hasta las instituciones- no sea cualquier micrófono el que grite nuestras reivindicaciones, ni sea cualquier lapicera la que escriba nuestras leyes, ni la que le asigne los recursos. Para disfrutar de nuestras existencias en un país que sabemos que es nuestro. Queremos “amar y vivir libremente, en un país liberado.”
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