Literatura

Nuevas pedagogías de los vínculos en tiempos de influencers

El consultorio sexoafectivo de Instagram

En Instagram, alguien explica el vaginismo con un carrusel, otra usa una naranja de ombligo para hablar de sexo anal y miles guardan el reel «para después». ¿Es democratización o es un nuevo mandato? Este ensayo explora la emergencia de una pedagogía sexoafectiva en redes: cómo el humor, el autocuidado y la voz experta traducen el deseo al lenguaje del contenido, y qué tensiones se abren entre liberar y prescribir.

Por Sol Cialdella
21 de abril de 2026

La escena es mínima y cotidiana: alguien está en la cama, con la cabeza levemente inclinada para ver mejor y el celular apoyado sobre el pecho, desplazando el dedo hacia arriba como quien pasa páginas de un manual infinito. Pero en lugar de texto, abundan videos, imágenes e infografías. En esa intimidad iluminada por la pantalla aparece una voz que dice: esto es normal, esto se aprende, esto también es cuidado.

Esa voz no pertenece a una sola persona, sino a un conjunto heterogéneo de profesionales con formaciones diversas, más o menos académicas (sexología, ginecología, urología, psicología, coaching ontológico) que, sin embargo, comparten un mismo territorio de enunciación. En este campo sobresalen sobre todo mujeres, y podemos agruparlas, provisoriamente, bajo la etiqueta funcional de sex-influencers. Han logrado configurar un nicho cada vez más visible dentro de los contenidos sobre salud y afectividad. Modelan problemas de salud sexual con un léxico que mezcla placer, goce, autocuidado, límites y bienestar. Y en esa mixtura colonizan el feed con una eficacia particular: aparecen como “contenido de interés” incluso cuando una no salió a buscarlas.

No es pornografía ni tampoco terapia. Lo que hacen no equivale a una clase de Educación Sexual Integral, aunque sus tópicos puedan llegarle tanto a unx adolescente como a una mujer que atraviesa el climaterio. Su audiencia principal, de hecho, está compuesta mayormente por otras mujeres bastante parecidas a ellas: de clase media urbana, con cierto capital educativo y sin grandes dificultades de acceso al sistema de salud.

Sin embargo, en los comentarios de sus seguidoras se acumulan relatos de experiencias negativas de atención en salud. En esas narraciones sobre la relación especialista–paciente, estas profesionales aparecen como una excepción: su didáctica, la minuciosidad con la que explican asuntos complejos y la proliferación de gestos “empáticos” las distinguen del promedio.

Aun así, en entrevistas varias subrayan que no les gusta que otrxs digan que “dan una clase” sobre sexo, aunque algunas sean también docentes universitarias. Además, muchas atienden en consultorios o trabajan en hospitales y clínicas. Están también, claro, las que viven casi por completo de cursos autoadministrados, mentorías, comunidades pagas, giras o shows en teatros con entradas agotadas. Pero incluso cuando su trabajo se profesionaliza en clave de industria cultural, la frontera con el aula se mantiene: una clase y el ámbito áulico tienen sus reglas. Performar ante la cámara de un celular, con un aro de luz desde el living o desde el consultorio, implica otras.

Lo que sucede en sus cuentas de Instagram es distinto. Es una pedagogía sexoafectiva y sentimental, rastreable y lo suficientemente diversificada como para que en una misma cuenta convivan tópicos clínicos, consignas feministas y tutoriales explícitos en clave de “tips”, junto con etiquetas, colaboraciones con otras cuentas y, muchas veces, con marcas.

En sus redes, en tan solo un scroll se puede pasar de “hablemos de sífilis” a “disfunción eréctil”, de “vaginismo” a “perimenopausia e insomnio, ¿te suena?”.

También aparecen temas más socioculturales: “dejá de maternar a tu macho”, “desigualdad de género en el orgasmo”.

Y otros más deglutidos por la lógica viral y con tono de coaching: “cinco técnicas master para un orgasmo explosivo”, “conocé la escala de la excitación”, “tres tips para el sexo anal”, “el mejor truco para durar más”.

El repertorio no se agota en la cuadrícula de posteos. Se amplifica con vivos, stories improvisadas, cajas de preguntas, encuestas a sus seguidoras y, a veces, una circulación de ida y vuelta hacia los medios tradicionales: columnas en radio, programas de televisión, secciones fijas. A la vez, todo se retroalimenta: lo que se dice en redes se vuelve tema en los medios, y lo mediático vuelve a redes como capital de legitimidad.

Poco a poco, en las últimas décadas, hablar de sexualidad, salud sexual y sexoafectividad trascendió el segmento divertido o picante de la radio, la cobertura seria en programas de salud televisivos, la conversación privada o la consejería amiguera en sobremesas. Todo eso sigue existiendo, pero también se volvió contenido de redes. Un nicho específico, con especialistas volcadxs a producir materiales de forma sistemática. Y, sobre todo, un territorio donde se mezclan divulgación, humor, viejas y nuevas representaciones sobre el deseo y un mandato contemporáneo de bienestar y buena salud. “Búsqueda permanente de plenitud” podría ser la fórmula que lo engloba. Todo esto, dentro de una economía digital que se organiza alrededor de nuestra atención.

No es menor que muchas de estas figuras sean mujeres que bordean o apenas sobrepasan los cuarenta. Ellas son millennials y usan una red que la sienten propia y amigable: Instagram. En constraste, señalan: “Con TikTok probé, pero no me gustó y no sirve tanto para esto”. 

La información pedagógica sobre este campo temático se volvió explicable, aprendible, divulgable y viralizable.

La sexología en modo scroll

Hay algo hipnótico en la manera en que ciertas cuentas (en particular de sexólogas) convierten temas históricamente tabúes en piezas consumibles: un reel de treinta segundos, un carrusel con tips, una frase que promete claridad allí donde antes había vergüenza.

La sexualidad, que durante siglos fue administrada por la moral, capturada por la medicina y la scientia sexualis y regulada mediante silencios, aparece ahora traducida a un lenguaje accesible, descontracturado, amable. Como si el goce pudiera organizarse en listas. Como si el deseo tuviera tutoriales infinitos sobre qué hacer, cómo hacerlo, cuándo frenar, qué decir y con qué tono.

La pregunta no va en torno a si está bien. Hay, sin dudas, un efecto de democratización: información que antes quedaba reservada a quienes tenían acceso a ciertos consultorios, a cierta calidad de atención, a ciertos entornos de conversación, hoy circula de forma masiva. Ese dato es difícil de negar, y tal vez sea el punto de partida más claro.

La pregunta, más bien, es qué tipo de subjetividad se fabrica cuando el placer entra de lleno en la lógica del contenido breve y asertivo, pensado para captar la atención y competir permanentemente con otros contenidos. Porque no se trata solamente de “hablar de sexo”. Se trata de cómo se construye autoridad en estas plataformas. Quién puede enseñar. Desde dónde. Con qué estética. Con qué tono. Con qué promesas.

La voz experta

Las nuevas pedagogas del goce no se presentan como sexólogas o coaches sexuales distantes o serias. Su poder no reside únicamente en el título profesional que marca una distinción en el saber, sino en algo más contemporáneo: la capacidad de construir cercanía, de organizar un “yo” reconocible para sus audiencias, de sostener una escena de enunciación estable. Los cambios abruptos de estilo pueden ocasionar duras críticas por parte de sus audiencias. En redes, eso se construye como performance. No alcanza con saber: hay que saber decir, y saber mostrarse.

La voz experta se vuelve creíble cuando se vuelve cotidiana: cuando habla como una amiga, cuando se ríe, cuando muestra sin caer del todo en lo explícito, cuando baja el tono solemne y habilita matices. La pedagogía se mezcla con el espectáculo, y la información se vuelve una forma de intimidad compartida.

“Esta vez me dieron muchas ganas de jugar un poco… por atriqui, ¿te animás?”

En una toma siguiente, ella sostiene una naranja de ombligo con un pequeño orificio, en el que introduce un dedo para emular el ano de un varón, y despliega una escena lúdica con un muñeco tejido en amigurumi, al que va ubicando en distintas posiciones sexuales. Su performance ofrece consejos en formato de lista, acompañados por tildes como en una lista de verificación: “estar excitado es fundamental”. “Puede ser en cuatro”. “Buscar una postura cómoda”. “El clásico 69, aunque para mí no siempre es tan sencillo”. “Acostado, con las piernas arriba, en V”.

Pero enseguida vuelve a la naranja y continúa: “acariciá las nalgas, podés dar palmadas, incluso mordisquear si les gusta”. “Rodeando el ano, sensibilizando la zona”. “Todavía no vayas más profundo, usá un lubricante comestible si querés”. “Estimula el perineo, la zona entre los testículos y el ano. También podés hacer una leve presión”.

Actúa con sus manos, su lengua y muñecos para mostrar cómo llevar adelante cada una de estas prácticas, combinando un registro sensual y desinhibido con un tono humorístico. Así, puede lamer de manera insistente el orificio de la naranja o utilizar un pene tejido de gran tamaño como parte del dispositivo pedagógico mediático.

En esa escena, el conocimiento no circula sólo como dato. Circula como relación. Como vínculo. La experta no es sólo alguien que explica: es alguien que acompaña, que “está ahí”, que responde un comentario, que arma un vivo para “hablar de eso” y va saludando unx a unx a quienes ingresan o les dejan consultas, que se deja ver, pero también improvisa sobre lo que le proponen sus seguidores.

Durante décadas, la salud sexual y la sexualidad fueron pensadas desde afuera, reguladas por discursos masculinos, protagonizadas por médicos con ambo en programas familiares que ofrecían estadísticas o advertencias más que escenas situacionales de deseo, consentimiento y negociación.

Hoy, en cambio, el placer aparece como derecho, como conquista y como campo de lucha. También forma parte de una demanda feminista que trasciende varias olas, pero que en el último ciclo conectó de manera más masiva en la cultura popular, no sólo como consigna, también como orientación práctica.

Autocuidado: ¿liberación o trabajo?

Una palabra se repite como mantra en muchos de sus contenidos: autocuidado. Cuidarse. Conocerse. Mejorarse. Gestionarse. No juzgarse. Escucharse.

Pero también implica cuidar. Conocer. Acompañar. No juzgar. Esperar. Escuchar.

Hay un carácter emancipador. Hablar de placer, consentimiento, emociones y límites es parte de una agenda progresista que amplió lo decible y lo vivible a la vez que profundizó ponerles nombre a múltiples violencias. El derecho al goce, y no sólo a la salud entendida como ausencia de enfermedad, empezó a formularse con fuerza. Nombrar el deseo, discutir tabúes, hacer de la sexualidad un terreno político y no una vergüenza privada, produjo movimientos culturales reales.

Sin embargo, la otra cara es que, en una cultura digital del bienestar inscripta en un capitalismo de plataformas, el autocuidado también puede volverse una obligación. Una tarea permanente. Una forma de rendimiento emocional.

El cuerpo como proyecto. El deseo como campo de optimización. La sexualidad como espacio donde hay que hacerlo bien: comunicar bien, sentir bien, durar bien, conectar bien, sanar bien. La promesa de libertad se combina, de manera ambivalente, con un mandato de automejora constante.

La pregunta se desliza incómoda: ¿en qué momento el goce se convierte en productividad?

El humor como puerta de entrada

Hay recursos que funcionan: el chiste, la burla, el humor. Ya sea como burla de situaciones sexoafectivas patriarcales o como modo de catalizar incomodidades compartidas. Gracias a los memes podemos decir casi cualquier cosa en las redes. 

El humor, como constructo general, desarma la incomodidad, vuelve compartible lo que antes era privado, produce comunidad. Reírse del sexo es, también, una forma de sacarlo del closet cultural, de correrlo del territorio solemne donde quedó atrapado entre la moral y la medicina.

El humor, además, permite una operación delicada: volver decible algo sin volverlo pornográfico. Mostrar sin exhibir de manera frontal. Jugar con metáforas, objetos y gestos que habilitan hablar de prácticas sexuales sin quedar del todo en el registro de la explicitud. Retomando la idea de marco de Bateson: el registro humorístico construye “un marco” entre lxs hablantes. 

Pero el humor también es una tecnología de circulación. Lo gracioso se comparte, se viraliza, se premia con likes. La risa es afecto, pero también es hoy parte de una métrica.

 

En este ecosistema, el placer no sólo se experimenta: se comunica. Se comenta. Se performa. La intimidad se vuelve pública en pequeñas dosis, empaquetada en formatos amigables, en escenas donde lo sexual aparece domesticado por la estética de la plataforma y por sus reglas de visibilidad. 

 

El algoritmo como educador sentimental

Quizás la gran pregunta no sea qué dicen estas voces, sino qué lugar ocupan.

Instagram no es un aula ni un teatro, aunque allí se despliega, con intensidad, la lógica dramatúrgica que describió Goffman: una puesta en escena sostenida, una gestión de impresiones, una audiencia que mira y responde. También es una arquitectura que, como parte de una economía de plataformas, está orientada a capturar atención, a incentivar ciertas formas de mostrarse y a premiar lo que circula rápido, sobre todo cuando retiene más segundos.

En ese marco, las pedagogías sexuales que aparecen en redes son también un producto de plataforma: están atravesadas por mercado, por branding, por competencia de visibilidad. Cuidados, deseos y goce se vuelven contenidos, pero también son mandatos.

Y, aun así, millones de personas encuentran allí algo real: palabras que no tuvieron, información que nadie les dio, ejemplos cercanos, alivios porque “por fin alguien habla de esto que me pasa”.  El comentario típico (estoy agradecida, me siento aliviada) dice mucho sobre la historia reciente de temas todavía poco visibilizados y de una educación sexual incompleta.

Coexisten, entonces, dos efectos en tensión: democratización y gobierno de sí. La sexualidad como derecho, y la sexualidad como proyecto individual infinito.

 

Una pedagogía del placer en disputa

Estamos ante una escena cultural nueva: una pedagogía mediática del goce que traduce saberes especializados al lenguaje cotidiano y mezcla feminismo, consumo, humor, deseo y bienestar.

En ese cruce, estas voces ocupan un lugar ambiguo: abren puertas y amplifican experiencias, pero también instalan una norma, la idea de que el buen sexo es un horizonte siempre trabajable, siempre mejorable, siempre a mano si se aprende la técnica adecuada.

Ahí está la disputa. No entre la excesiva celebración o la mordaz crítica, sino entre dos formas de gobierno de lo íntimo: una que habilita palabras y herramientas para salir del silencio, y otra que convierte el deseo en tarea, el placer en rendimiento, la intimidad en contenido.

 

El desafío, entonces, no es elegir una de las dos, sino sostener el conflicto sin resolverlo con moralejas: defender lo que estas pedagogías abren, sin aceptar sin más lo que también exigen.