Tecnología

¿Hacia dónde van las subjetividades de este mundo? 

¿Somos esclavos felices de las nuevas tecnologías o todavía existe algo en nosotros que los dispositivos no alcanzan? Este ensayo explora el malestar de una época en la que las pantallas no solo median nuestras experiencias sino que moldean las subjetividades que el mercado necesita: vacías, fragmentadas y siempre listas para consumir.

Por Agustín Peanovich
14 de abril de 2026

Nos miramos, nos preguntamos al reunirnos, expectantes, junto a los nativos de la era digital ¿Somos esclavos felices con las nuevas tecnologías? ¿Nos podemos pensar por fuera de ellas? ¿Se puede esclarecer esta cuestión, cuando las tecnologías surgen de las dinámicas sociales más intrínsecas?

Las nuevas generaciones se escinden de todo lo anterior, el uso de las pantallas se profundiza y todo parece normal, por lo menos el tiempo en que uno pasa frente a ellas. Todo es una nueva codificación de un mundo en el que los adultos se parecen a los jóvenes que habitan en la red. Nuestras experiencias son mediadas por lo digital y por el condicionamiento de las ideas de mundo que las tecnologías ofrecen.

 Nuestras horas se fugan a las pantallas, la cárcel más sutil donde inconscientes nos encerramos sin narrar nuestra historia. ¿Por qué, lo que evoluciona, lo que avanza, puede llevarnos a un descenso sin piso, atrapados dentro de un globo tecnológico?

 Ya se están prohibiendo en escuelas secundarias el uso del teléfono celular. En algunos países de Europa se está volviendo a celulares con menos aplicaciones, con funciones más simples y elementales.

¿Qué es eso de que todos miren su pantalla cuando un “otro” está hablando? Fingimos demencia y seguimos. Acaso la tecnología es un concepto antinómico lleno de contradicciones que, donde hay un avance más, donde hay un progreso humano, donde parece que hay algo positivo, una parte regresa y produce efectos adversos en las subjetividades.

Sabemos que la tecnología más eficiente responde a intereses económicos en cuanto a quién puede adquirir o no, eso que avanza (o retrocede) a pasos agigantados en nuevas formas sin restricción. La famosa brecha digital. O también, esa tecnología se distribuye masivamente en pos de una alienación donde el mercado se expande adrede o inconscientemente. Todo es tan inherente que hacer una crítica a ésto, te hace sentir un extraterrestre.

¿Qué pasará con esa prótesis a la que Freud nombra en malestar en la cultura, esa prótesis tecnológica que es una extensión del cuerpo del ser humano? ¿Por qué nos importa más la extensión tecnológica del cuerpo que el cuerpo mismo? 

LA SUBJETIVIDAD BATALLADA

La aplicación de la técnica y la línea tecnológica desarrollada por el cerebro, el ojo y la mano del Homo han causado inenarrables revoluciones en la historia del planeta, desde los orígenes del bipedismo hasta el presente. Ésto de un momento a otro se compenetró con el avance de la ciencia. Así el ser humano sigue recogiendo los vestigios del pasado. Se aproxima hacia dónde viene pero no sabe hacia dónde va. Si bien el cerebro es un órgano de elección ¿Está preparado para recibir y amasar semejante información? Encontramos todo el tiempo un posible deseo en el mercado. Noticias, aplicaciones, redes sociales. Todo está ahí, virtual, encerrado en el smartphone como una droga en el bolsillo. 

Nos escapamos de lo concreto, nos desespera. Perdimos la noción del lugar donde nos desplazamos, y ahora nos vinculamos de otra manera, por un río virtual. No hay experiencia del cuerpo moviéndose en el espacio.

El gobierno tecnológico, el infierno de lo igual, poco para muchos, mucho para pocos. Lazos rotos de sociabilización,  abstenidos de relacionarnos y un capitalismo que pivota constantemente detrás, llevando más lejos su filosofía voraz: consumir y vender. ¿Qué pasará cuando al fin, todas las tecnologías reemplacen al trabajo humano? Un algoritmo responde a lo que queremos escuchar, se adapta en complejidad a lo que queremos saber y las publicidades intermitentes hostigan tu debilidad esperando que caigas en el momento de mayor felicidad. Estamos frente a un espejo donde no hay nadie del otro lado, sólo un ave seca que vuela a través de la pantalla y que capta en su vuelo: cómo miramos y adónde ponemos la mirada. Ahí detrás de las pantallas, trabajan las grandes corporaciones. Utilizan las nuevas tecnologías como herramientas de manipulación para analizar tendencias humanas, crear necesidades, y desorden subjetivo. Lo que parece una democracia perfecta y final, se trabaja con un fin: consumir y vender.

Se producen nuevos efectos en las subjetividades donde se construye de una manera aislada sin una orientación específica. Es la falta de un horizonte lo que lleva al desorden subjetivo, y por consecuencia se cae en el consumo innecesario. Es lo que el mercado quiere: una subjetividad vacía, fraccionada, precoz, partida. Sin embargo, un deseo es algo más profundo, es una decisión de encontrarse con uno mismo, es ver qué es lo que persiste de nuestros grandes objetivos y llevarlos a cabo. El deseo no es desear cualquier estupidez.

 Entonces las nuevas tecnologías como herramientas llegan inherentes al sistema capitalista. Van a crear y producir nuevas subjetividades: las que respondan a las normas de un mercado donde en la mayor cantidad de tiempo, se produzcan excedentes; donde haya competencia y rendimiento excesivo por parte de las personas que trabajan como células respondiendo a un sistema total globalizado. El sistema borra las subjetividades, las transforma, las iguala entre sí, y las convierte en un factor/cosa que se agrega a la producción como obstáculo para extraer ganancias. Hablar de progreso humano es una falacia. Cuando se logra articular una nueva tecnología a la producción, la mano de obra se contrae y una nueva cuadrilla de empleados quedan en la calle. Se buscará un solo lenguaje a nivel mundial. No importa cómo piensan las personas sino que produzcan. Y si no producen, no sirven.

Las subjetividades se van a encontrar de igual manera con la pantalla, es el mundo que corre y van a llegar al brillo con “libertad”, cada uno será responsable del uso que le dé a éstas herramientas. Pero ¿qué pasa cuando el mercado trata de igual manera a un adulto y a un niño? Un niño es un adulto y un adulto es un niño. Es una perversidad inmensa que dejemos a los niños librados al azar del mercado y de los excesos que éste propone. Podrán decirnos, “los nativos de la era digital ya nacen en la red, la habitan y pueden enseñarnos sobre ellas”. ¿Pero cuál es la dirección de éstas subjetividades? ¿Quizá hayamos encontrado el infinito que nos libera de este mundo finito? 

Todo mundo simbólico va a expandirse pero reducido a la inmovilización. Su acción será una serie de televisión. Toda la pulsión está puesta en la pantalla. El cuerpo relegado, ahistórico se perderá en la más fría individuación. Hiperconectados y extremadamente separados, sin vincularnos en un diálogo profundo, sin hundirnos en el campo del lenguaje. 

Es el lazo, es el vínculo con un otro que nos deja algo distinto que uno lo hace propio. Es la síntesis de esa experiencia la que nos humaniza.  

No quiero totalizar buscando una postura anti tecnológica. Escuché y leí a un par de psicoanalistas contemporáneos decir que las tecnologías de la época son las herramientas que las personas tienen a mano y que median la manera de elaborar las angustias; o decir “en el celular está la biblioteca infinita de Babel”. Quisiera ponerle un límite a los pensamientos de la época que se convierten en una moda al adherir con la marcha acelerada este mundo. Desde temprana edad un individuo no está en condiciones de tomar ciertas decisiones, como no está preparado para acceder o manejar ciertas informaciones. No sólo tenemos la biblioteca de Babel, también tenés el casino, la pornografía, el exhibicionismo, todo en un mismo dispositivo que plantea una falsa libertad y democracia absoluta. 

¿Los jóvenes del mundo de hoy se inscriben en la cultura de manera pésima y traumática o las tecnologías facilitan ese proceso de ingreso? Ocurre que las subjetividades no pueden pensarse por fuera del gobierno tecnológico y del mercado, no tienen tiempo ni posibilidad de frenar para llevar a cabo un proceso en el que el individuo pueda elaborar determinados pensamientos que lo saquen del estado de enajenación. Nada está dicho ni determinado, las nuevas tecnologías surgen de la interacción social y de las necesidades de grupos dominantes a fin de… La tecnología de hoy, se utiliza para vender, controlar y disputar el mundo a fin de los poderes económicos y de los gobiernos hegemónicos. La tecnología ya no surge de la necesidad de un estado de conciencia para racionalizar y equilibrar a la población como fue en otros periodos de la historia, cuando el crecimiento demográfico obligaba en cuanto a calidad, al desarrollo de la técnica. Cada vez pocos tienen más y cada vez más tienen menos. ¿Hacia adónde vamos?

Debemos torcer la marcha de nuestra historia, salir del cansancio, de la alienación. Vamos hacia un mundo sin trabajo. La crueldad humana entre nosotros sufre una escalada, es explícita: está de moda decir lo primero que se te viene a la cabeza. Frases fascistas de destrucción. Decisiones políticas en detrimento de una Nación con la misma importancia que le dan a elegir si toman té o café, o si se levantan a las nueve o a las diez. Dirán “Siempre hay trabajo, el que busca encuentra” y la mayoría de los empleos son en detrimento de la dignidad humana. Ningún imperio se levanta sin esclavos.

HAY UN ENCLAVE

Hay un enclave, en el individuo, donde los dispositivos no alcanzan. Allí en ese lugar escurridizo la subjetividad se repiensa y cambia, se modifica, ese lugar que es la perla humana donde lo cognitivo y la consciencia dan el salto. Allí se rompen las cadenas. Esa duración irrepetible donde el sujeto ya no es el mismo para ser algo nuevo. Es allí donde hay que confiar. Trabajar para modificar.

Fortalecer ese punto, escribir, hablar, estudiar, la experiencia está en el texto, no en el artefacto que lo soporta. Educar a los niños, protegerlos. Producir para subsistir con felicidad y no en constante rendimiento y competencia donde el estrés, la depresión, se apoderan del individuo. 

La estructura del sujeto está rota, fragmentada, para recomponerse debe aprender a pensar bien y ponerse en primer lugar antes que a su prótesis tecnológica. Pensar bien es un hábito, se ejercita. Hay que salir de la alienación de la pantalla y para eso tenemos que concentrarnos en otras cosas. No lograremos estudiar si nuestros vínculos nos demandan una respuesta urgente cada cinco minutos a través de lo virtual. Casi todo lo que en la pantalla se filtra interrumpiéndonos, nos codifica y nos controla. Debemos atender a la realidad concreta y liberarnos. También la tecnología fue el resultado de un proceso de disputas humanas. No es buena ni mala, genera revoluciones. Las subjetividades no disputan, están subordinadas en el campo de las tecnologías. El sistema, el mercado, hace de nosotros la subjetividad que quiere. La constituye, la construye.

Nadie quiere sentirse privado de nada y es la nada de la pantalla la que restringe nuestro espacio, generando dificultades hasta para manipular los objetos. Nadie arma una narración, ya casi nadie en una reunión, cuenta un relato. 

Todo está en permanente estudio e investigación, es un tema que genera malestar en la sociedad y modifica rápidamente, las subjetividades. Debemos buscar salidas inmediatas: tratar de estar uno mismo frente a la contingencia de la historia, y no en los claustros mentales, o en el encierro de las paredes. Debemos hacer lazos, no contactos. Salir del ideal de la pantalla. Se trasciende en la contingencia. La imagen perfecta que proyecta la pantalla no existe. Debemos liberarnos de las redes, de la codificación, de la medición, de la comparación con la perfección. Debemos liberarnos de nuestros personajes que nos creamos para evadir la realidad. Debemos volver a ser nosotros mismos. Volver a hacer historia y no un reflejo optimizado, ideal. Si no damos un vuelco, un giro, seguiremos contribuyendo a la historia de los dominados.