Artificios
90 kilos de aire
¿Qué pasa cuando escalar y hundirse son la misma cosa? Marty Supreme no es una película sobre ping pong: es una película sobre el deseo, el golpe y la mirada. Este ensayo la usa para preguntarse qué sostiene a alguien en movimiento constante.
Por Julieta Hermo
03 de abril de 2026
A Marty Supreme no le llueven pelotas de ping pong.
Le caen naranjas con su marca impresa, una noche, por la ventana de un departamento del Lower East Side. No es un accidente. Es una escena sin borde. En esta intemperie luminosa donde toda vida parece ya expuesta, no hay un adentro protegido ni un afuera estable. La escena no se abre: ya estaba ocurriendo.
Un auto avanza en línea recta por la calle. Se desplaza con la obstinación de algo que cree saber hacia dónde va. Todo parece orientado hacia una llegada. Una consagración que nunca termina de decir su nombre.
Hay quienes escalan convencidos de que arriba habrá algo o alguien que los premie. Hay quienes cavan con la fantasía de atravesar la tierra y aparecer al otro lado del continente. Descubridores de mundos.
Marty escala, escala y se hunde, se hunde. Hay un golpe. Y a partir de ahí, algo se ordena. No como accidente, sino como forma. La caída sostiene el movimiento.
Freud, en “Pegan a un niño”, sitúa una escena donde el golpe no es mero acto violento sino disposición del deseo. Alguien es golpeado para que otro conserve su lugar. La mirada en tanto golpe, puntúa. El golpe puntúa. Marca el ritmo de una fantasía que organiza posiciones.
En el espectáculo que dispone el empresario, esa lógica retorna sin necesidad de declararse. No hay exterior desde el cual mirar. Hay una trama de miradas que antecede a los cuerpos y los distribuye con precisión. La asimetría no desaparece en la exposición constante; se vuelve más fina. Marty encarna la caída; el empresario la compone desde la sombra de la tribuna.
Pero el empresario se angustia por su hijo muerto. Confiesa haber vivido cuatrocientos años, haber atravesado demasiadas vidas. No envejece; persiste. Su vampirismo no pertenece a lo fantástico sino a la repetición: se alimenta de escenas que regresan, de hazañas que se consumen sin dejar sedimento. Ha visto demasiadas ascensiones y demasiadas caídas para creer en ellas. Y, sin embargo, necesita que ocurran.
Minutos antes del “juego real” entre Marty y Endo, su hijo muerto, el del empresario, es hablado por aquel. También él perdió. Pero su pérdida no produjo gujero. Produjo cálculo. Una forma más precisa de sostener la escena.
Lacan, en el Seminario 5, al pensar la lógica del amo y el esclavo en el obsesivo, señala cómo la hazaña puede devenir puro acting: una acción que parece decisiva pero solo preserva la posición frente al Otro. El movimiento rodea el deseo sin tocarlo. La proeza funciona como demostración interminable. El amo sostiene; el otro ejecuta. La escena gira.
Marty vive así. De experiencia en experiencia. De intensidad en intensidad. La coreografía sado-masoquista condensa esa lógica: el cuerpo se ofrece, el golpe acontece, la mirada asegura la geometría del acontecimiento. No hay escándalo. Hay precisión. La humillación no deja marca. Deja superficie y ardor.
Todo encaja.
Todos sirven.
Falta la falta.
Endo, en cambio, pierde la audición y capta el ritmo. Allí donde algo cae, algo vibra. La pérdida inscribe. La falta hace cuerpo.
Entre tanto, Marty y su amigo corren al lado de un auto que avanza por inercia y cantan: “porque peso noventa kilos”. La frase no explica nada. Afirma un peso. Una gravedad que no se reduce a imagen. Noventa kilos no son hazaña: son límite. Son suelo. Un suelo que no solo no sostiene sino que puede aplastar a quienes están por debajo. Arquitecturas accidentales, movimientos.
La línea recta se desvía apenas. La pelota mínima —casi un óvulo— deja de ser objeto de juego. Llega un hijo. El regreso en un avión de guerra, el heroísmo escenificado: todo podría seguir perteneciendo a la misma expansión de la escena. Pero el hijo no es coreografía. Es interrupción.
Ya no se trata de alcanzar altura ni de sostener la caída como forma de visibilidad. Se trata de desearle una vida a otro. El deseo no ordena el tablero; lo desplaza. Introduce una fisura que no se deja absorber con facilidad.
El empresario ha visto demasiadas vidas para confiar en esa torsión.
Marty sostiene al hijo y el gesto no encuentra tribuna que lo estabilice. No hay hazaña posible en ese instante. No hay acting que garantice lugar.
Solo el peso leve de un cuerpo que todavía no conoce el ritmo del juego.
La montaña permanece.
El pozo también.
El auto continúa su marcha recta.
Pero algo ha perdido su certeza.
El movimiento ya no se sostiene con la misma seguridad.
En el temblor casi imperceptible de ese gesto —ni triunfo ni derrota— la escena no se clausura.
Queda vibrando.
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