Urbe

XENOPOLÍTICAS

Por Dante Sabatto
29 de octubre de 2022

When I say celestial / I mean extraterrestrial

I mean accepting the alien / you’ve rejected in your own heart

“Spud Infinity” – Big Thief

 

El concepto de humanidad es un instrumento especialmente útil para la expansión imperialista, y en su forma ético-humanitaria es un vehículo específico de imperialismo económico. Aquí recordamos una expresión algo modificada de Proudhon: quien invoca a la humanidad quiere engañar.

“El concepto de lo político” – Carl Schmitt

Geopolíticas

La geopolítica está de moda. El viejo proverbio que dice que todo es política, tal vez por recurso a la idea de Perón sobre que la única verdadera política es la exterior, se convierte en todo es geopolítica. No es para menos: la “Operación Especial” de Rusia en Ucrania, la retirada de EEUU de Afganistán, el avance de Azerbaiyán sobre Armenia, tiñen a la época de un interés específico. En una nota anterior, pensábamos esto en términos de mundo y hogar: desde la defensa de una pluralidad de cosmogonías hasta los viajes en el tiempo a los archifósiles del pasado o la extinción planetaria del futuro, también la filosofía tiene un vuelco geo.

En un sentido, la geopolítica representa una combinación específica de relaciones internacionales (informadas por el enfoque realista), historia militar e interés por la conformación de identidades étnico-religiosas. Cuando está bien empleada, esta suma resulta en algo más, un todo mayor que las partes, que consiste en dar cuenta de la condición intrínsecamente geo de las políticas, en el modo en que territorialidad material es un componente inextricable de los intereses, los deseos, las cosmovisiones estratégicas que unen y dividen a la humanidad.

Las relaciones entre los pueblos, amistosas o conflictivas, comerciales o bélicas, de mutuo respeto o sojuzgación, forman la base de lo que la geopolítica piensa. Ahora, y en el siglo XVI antes de Cristo, el desafío de entrar en relación con otra gente ha sido determinante del destino de la humanidad. En la medida en que consiste inevitablemente en el encuentro con un Otro, este evento construye un nudo de problemas éticos, logísticos y cognitivos fundamentales, en el que aparecen múltiples soluciones posibles, desde el racismo hasta la búsqueda de un multiculturalismo basado en alguna sustancia común (el interés, el respeto, etcétera).

La literatura ha explorado estas posibilidades desde infinitos enfoques: desde los relatos de viajes épicos hasta las novelas bélicas, pasando por miles de grises. Pero tal vez no haya una perspectiva más privilegiada que la ciencia ficción, por su carácter intrínsecamente especulativo, la posibilidad que presenta de crear universos como modo de explorar un problema. El ejemplo que quiero tomar para esta nota pertenece a este género. En 1991, el escritor estadounidense Orson Scott Card publicó una nueva novela de su clásica saga de Ender: Ender, el xenocida (en inglés, simplemente Xenocide). El sentido del neologismo es claro: un cambio del sufijo geno- (pueblo, raza) a xeno- (alienígena, extranjero). El significado de xeno- es doble: en la novela, se refiere literalmente a una raza alienígena, pero en términos más generales la noción es la de lo alien en el sentido de lo extraño, lo que no nos pertenece, lo ajeno.

¿En qué medida lo xeno se distingue de lo geo? No hemos encontrado, todavía, civilizaciones alienígenas, por lo que la política exterior sigue volcándose hacia dentro de nuestro mismo planeta. La diferencia radica, entonces, en un énfasis: un foco puesto en la alteridad, la exterioridad respecto de un “nosotrxs”, en lugar de una espacialidad, una ubicación. Pensar en términos xenopolíticos abre una serie de interrogantes: ¿es el reconocimiento de la alteridad un prerrequisito de la compasión y la solidaridad, o un determinante del racismo, formando la ecuación xenopolítica=xenofobia? ¿Qué define lo distinto? ¿De qué se trata la línea de separación, y qué interés podríamos tener en trazarla o borrarla? En esta nota quiero reflexionar sobre esta diferencia entre lo geo y lo xeno y las posibilidades que este último prefijo tiene para reflexionar sobre el presente y el futuro.

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Exopolíticas

Por supuesto, podríamos quedarnos en la literalidad de lo alienígena. La política del espacio exterior es, al fin y al cabo, la más exterior de las políticas: a veces es llamada exopolítica. El caso privilegiado de estudio de esta cuestión es la Carrera Espacial desplegada entre Estados Unidos y la Unión Soviética en las décadas de 1950 y 1960. Durante la Guerra Fría, el conflicto reprimido entre los dos polos hegemónicos se canalizó a través de enfrentamientos en otros ámbitos: en el Tercer Mundo, pero también en el espacio. En este sentido, la alteridad absoluta se encuentra tanto en la visión orientalista sobre el Sur global como en el espacio, y es solo a través de esa distancia que el antagonismo latente puede aparecer.

El carácter de la Carrera Espacial fue esencialmente simbólico: ser el primero en mandar un hombre al espacio, ser quién llega más lejos, quien documenta más precisamente los hallazgos científicos de la nueva Era. Por eso su triunfo fue su derrota: la llegada a la Luna demostró a la vez la inconsecuencia de las acciones tomadas (“hacemos estas cosas porque son difíciles, no porque son fáciles” dijo Kennedy) y el futuro se tragó a sí mismo.

Hay un resurgir de esta cuestión, sin embargo, en la última década, en particular en los EEUU. Es muy interesante considerar el modo en que las representaciones culturales de lo alienígena se habían volcado hacia la Tierra en los años 90 y 2000, casi como si el lema neoliberal de que no hay alternativa revelara que su significado es no hay afuera. Desde la conspiranoia seudo-libertaria de X Files hasta las invasiones de Mars Attacks e Independence Day, la amenaza residía completamente aquí, en todo caso en algo que se precipita peligrosamente hacia la Tierra. Con la gran excepción de Star Trek, la exploración del espacio fue crecientemente abandonada como tema. En el presente, en cambio, el interés por la exploración espacial resurge, y con él la retroalimentación entre realidad y ciencia ficción: no pasó por alto para nadie que el logo de la US Space Force, nueva rama militar estadounidense inaugurada por Trump en 2019, refleja claramente el escudo de la Federación en Star Trek. Pero no es solo en el ámbito público donde se advierte esta nueva orientación xenopolítica, sino (sobre todo) en el privado. SpaceX, empresa fundada por Elon Musk en 2002, viene anunciando hace años su proyecto de llevar al hombre a Marte. Y así, el cine vuelve a mirar al espacio: Interstellar, Gravity, The Martian

Pero la mirada predominante sigue siendo humanista. Aún persiste la sensación de que la exploración espacial no es más que una geopolítica (podríamos decir una gaiapolítica) por otros medios, una extensión de la política internacional terrestre que no termina de emanciparse hacia su propio objeto. La Carrera Espacial servía como avatar de la Guerra Fría, la nueva exploración espacial parece más bien un intento de los sectores dominantes de EEUU por mostrar que todavía importan. ¿Dónde está la preocupación por eso que está ahí afuera? Ya sea de orden predatorio (los recursos), científico (el conocimiento) o aventurero (la curiosidad), la configuración de una exopolítica verdadera requiere una apertura al encuentro con lo desconocido: que se convierta en una xenopolítica.

En este sentido, la exopolítica que verdaderamente existió fue la de la exploración de una Tierra desconocida en los siglos XV y XVI: los viajes habilitados por las nuevas tecnologías de navegación marítima que redundaron en la colonización de América y África. Sin embargo, en la medida en que una nueva imagen del planeta se consolidó, esto decantó nuevamente en geopolítica. La opción del encuentro con lo alienígena del espacio exterior es de una exterioridad aún mayor, indeclinable.

Abrirnos estéticamente a una imaginación xeno tal es una necesidad en el contexto de un capitalismo que se revela cada vez más como impotente, carente de novedades y de alteridades atractivas. Por eso, el modo en que la xenopolítica configura a la ciencia ficción como un dispositivo para pensar futuros es particularmente interesante. Probablemente no haya mejor ejemplo, en la literatura contemporánea, que la saga iniciada por El problema de los tres cuerpos, del autor chino Liu Cixin, que actualiza el paradigma asimoviano para el siglo XXI.

Aeropolíticas

En términos de encuentro con lo desconocido, los eventos iniciados a fines de 2019 en Wuhan y extendidos planetariamente hasta el presente son un ejemplo inevitable. En tanto el virus es completamente exterior a la Humanidad, es posible pensarlo en términos de exopolítica, como la concebíamos en el apartado previo. Sin embargo, podríamos ir más lejos: un virus no es solo algo no-humano sino más precisamente algo no-vivo. Se habló mucho de la geopolítica desarrollada en tiempos pandémicos, en torno a la distribución de vacunas, los cierres de fronteras y la ecuación salud-economía. Se pensó menos en el sentido en que esto configura una xenopolítica, una relación de un adentro y un afuera.

La pandemia desplegó formas específicas de paranoia: manifestaciones de racismo autoritario contra grupos humanos considerados responsables de lo ocurrido, tanto desde perspectivas negacionistas como desde las que reconocieron la realidad de la crisis sanitaria. Zizek llegó a defender las denuncias a quiénes rompen de algún modo las reglamentaciones de protección como una forma avanzada de “terror revolucionario” (?!). Al mismo tiempo, surgió un pensamiento mágico en torno a la capacidad de adaptación del virus que demostró la extensión de nociones muy erradas sobre la evolución y sobre la “conciencia” que podría tener una entidad microscópica que se considera como en el límite entre lo viviente y lo no viviente. Cabe preguntarse por cómo funciona, entonces, el antropomorfismo: evidentemente, tendemos a dotar de cualidades humanas a cosas que claramente no lo son, pero a la vez nos negamos a atribuírselas a otras personas que habitan a algunos kilómetros de distancia.

Igualmente notorio fue el modo en que la sospecha cayó sobre las cosas. Mucho después de que la comunidad científica internacional arribara a un consenso sobre el carácter aéreo del COVID y el hecho de que no permanecía mucho tiempo en los objetos, continuamos limpiando cada superficie con alcohol y desinfectando las suelas de los zapatos. Evidentemente, era necesario ubicar al virus en un lugar específico, atacable, visible. Su atmosferidad resultaba insoportable.

Estas respuestas paranoides son tributarias de un hecho: el colapso de exopolítica y geopolítica que representó la pandemia. Aquello que debía ser completamente exterior se hallaba inmerso entre nosotros en un nivel planetario. Se trata de una política que corresponde a la Tierra, pero no a la tierra sino más bien al aire. El combate al virus requería (del mismo modo, por ejemplo, que la lucha contra el cambio climático), como notó Zizek en momentos de mayor lucidez, un accionar global coordinado que la descentralización capitalista impide. Las medidas “pragmáticas” promovidas por actores moderados presuponían la existencia de algo parecido a un comunismo global: una voluntad organizada capaz de tomar inmensas decisiones, de planificar en forma a la vez centralizada y legítimamente democrática. Por supuesto, esto es absolutamente imposible en la sociedad en la que vivimos actualmente.

Pero estas medidas requerían algo más: un pensamiento xeno, capaz de concebir al virus como algo otro, no sujeto a las leyes humanas, un agente carente de voluntad e inteligencia, existente en una escala inconmensurable con la nuestra, participante de otras lógicas. Un pensamiento xeno capaz de concebir que la misma Tierra está formada por una superposición de estas existencias ajenas. Un pensamiento xeno que debería, a la vez, combatir las reacciones paranoides.

Homopolíticas

Volvamos a una cuestión que ha quedado abierta, inconclusa: la del antropomorfismo y sus pliegos. Un elemento central del pensamiento xeno es que nos obliga a confrontar estas contradicciones antropocéntricas. Nos obliga a pensar qué decimos cuando decimos humanidad, y el modo en que este término en sí se ha transformado históricamente de modos más y menos inclusivos, como denuncia en el epígrafe de la nota un pensador de derecha citando a un filósofo de izquierda.

Las últimas décadas han visto nacer una serie de cosmovisiones articuladas en torno a un potencial fin de la humanidad, ya anhelado, ya temido. Transhumanismo: la radicalización de las facultades corporales mediante la fusión tecnológica, pensamiento trascendental que culmina en la inmortalidad y la singularidad. Posthumanismo: versión menos metalmecánica del anterior, más cercana a la mutación infinita que al progreso lineal, pero igualmente teológica. Inhumanismo: énfasis en lo que ya no es humano en nosotrxs, lo que tal vez nunca lo ha sido, visión más abierta a futuros indefinidos, pero también más imprecisa. Antihumanismo: rechazo de plano al presente, traición convertida en ideología, trascendentalismo absoluto y potencial culto alienígena suicida. Todas estas miradas son esencialmente xenopolíticas, pero con un nuevo giro respecto a dónde se encuentra la alteridad: está dentro nuestro.

Para el transhumanismo y el antihumanismo, lo xeno está en el futuro: es, respectivamente, aquello en lo que podemos convertirnos o aquello que puede reemplazarnos. Para el posthumanismo y el inhumanismo, está ya presente, pero solo como potencia que debe dispararse: respectivamente, como señal de un futuro que ya hace aparición o como una presencia eterna. También aquí puede ayudarnos la ciencia ficción: los cyborgs que representan la fusión humanx-máquina, la singularidad mediante la que una inteligencia artificial toma conciencia y se convierte en un ser viviente, las diversas mutaciones y fusiones surgidas del contacto con otros elementos naturales… Todas estas relaciones (con los objetos tecnológicos de nuestra creación, con las pseudo-inteligencias programadas, con los recursos que empleamos para estos procesos) son relaciones xenopolíticas. Es decir, son políticas de la alienación.

Este es un punto para repensar todos los modos de la xenopolítica que hemos explorado: como política del espacio exterior, como alternativa para la relación con otras existencias externas, como evolución de la geopolítica. Porque lo que no puede dejarse nunca de lado es que toda relación con un afuera es, al mismo tiempo, una relación con un adentro. Las relaciones entre pueblos que se consideran completamente otros (sean relaciones pacíficas, comerciales o de conquista) alteran también la identidad de cada uno de ellos, porque siempre ya existe, internamente, algo que es alienígena. El pensamiento xeno que me gustaría imaginar es el que parte de este aprendizaje, que es la condición de una apertura genuina al encuentro con lo Otro.

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