ARTIFICIOS

Números y horror

Por Dante Sabatto
07/08/2022

La teoría de la evolución tiene más de un siglo y medio de existencia. Sin embargo, en nuestra vida cotidiana muchas veces seguimos pensando, inconscientemente, con otros marcos. Es probable que creamos, por ejemplo, que las jirafas evolucionaron para tener cuellos más largos porque necesitaban alcanzar las hojas de los árboles para alimentarse: la teoría errada de Lamarck. Gracias a Darwin, deberíamos saber que los cambios se producen en forma aleatoria y la selección natural opera después, permitiendo la supervivencia de los ejemplares mejor adaptados al medio. No hay teleología, sino el puro caos de los grandes números.

Es probable que haya un motivo por el que pensamos así, más allá de algún déficit en el sistema educativo. Es que queremos preservar ambas cosas: un telos que solo podría darnos la religión y un marco científico que provea una explicación racional del Todo. Sabemos que el mundo es un océano caótico de pura contingencia, regido por un sistema de leyes que aún no podemos integrar y que, en todo caso, son plenamente arbitrarias. Pero vivimos como si no lo supiéramos.

Al fin y al cabo, esto afecta directamente a nuestra propia existencia. Afrontar el sinsentido implica aceptar que nuestro ser es tan contingente como todo lo demás. Al respecto, el escritor de terror y filósofo Thomas Ligotti dice en su libro La conspiración contra la raza humana, que si la conciencia es un accidente, no hay forma de justificar que sea mejor ser que no ser. Su objetivo es analizar las consecuencias de una pregunta terrible: ¿y si fuera preferible no haber existido? ¿Qué ocurre cuando, por vía de la aleatoriedad, llevamos el pesimismo hasta sus últimas consecuencias?

Lo que ocurre pertenece al ámbito del horror: el espanto de la confrontación con el sinsentido infinito. Pero a esta confrontación se llega mediante el reconocimiento del carácter aleatorio, numérico, de lo que es. En esta nota quiero pensar esa vinculación entre el horror y los números, las probabilidades, algo que puede parecer cotidiano y sencillo pero que, tal vez, oculta atrocidades más allá de nuestra comprensión.

Un debate

Empecemos presentando un profundo debate teórico, que podemos llamar “el debate Anderson-Brewis”. Si a lx lectorx no le suenan los apellidos, es porque no se trata de intelectuales sino de dos youtubers del mundillo online del análisis de videojuegos. A través de sendos videos sobre un mismo juego, Darkest Dungeon, elaboraron una controversia sobre los límites de la representación del horror cuyas consecuencias filosóficas son apasionantes.

No quiero aburrir con una larga descripción del juego, que resulta al fin y al cabo accesorio a la cuestión. Darkest Dungeon es un videojuego de estrategia de 2015, cuya mecánica básica consiste en la conformación de equipos de cuatro personajes, que lx jugadorx controla a través de misiones en las que se debe vencer a una serie de monstruos de inspiración lovecraftiana. DD se destaca por su altísima complejidad, basada en la inmensa cantidad de variables que deben manejarse en simultáneo, casi todas basados en probabilidades combinadas. El juego es famoso por las fenomenales actuaciones de voz y la combinación de la sencillez en el diseño y la gran dificultad resultante.

La crítica que le hace Joseph Anderson es tenaz. Desde su canal, Anderson hace reviews de videojuegos que duran horas, pero el video de DD es breve, porque su argumento es muy sencillo. Debido a que todos los factores (la efectividad de los ataques, el estrés de los personajes que suma niveles de dificultad, el diseño de los mapas) están basados en virtuales tiradas de dados, y a que los valores de probabilidad son explícitos, el problema de Darkest Dungeon es que lo raspás y es taxi. Los monstruos lovecraftianos, los héroes, los pasadizos, todo es una ligera capa de pintura sobre una simple maquinaria basada en la generación continua de números aleatorios. No hay  estrategia, ni terror, solo azar. Es como jugar a la ruleta.

Crucemos al otro lado del debate. En su canal, Harry Brewis, bajo el seudónimo Hbomberguy, habla de series, política y videojuegos, y en un hermoso video problematizó el vínculo entre horror cósmico, alienación y diversidad sexual. Su defensa de Darkest Dungeon parece una respuesta directa a la impugnación de Anderson, porque es su reflejo directo: claro que se trata de números aleatorios. El punto es la multiplicidad absurda de variables simultáneas, la cantidad inabarcable de elementos que se debe tener en cuenta a la vez. No importa que DD exponga su funcionamiento interno permitiendo ver los valores posibles: es la proliferación casi infinita de datos lo que permite entrever el horror detrás del velo.

Tengo un motivo para presentar este debate youtuber como si fuera un duelo filosófico. Fue a través de ella que empecé a preocuparme por esta relación entre números y horror, porque hay algo que subyace a ambos planteos: el género de horror cósmico. En esta categoría del terror, cuyo padre fundador es H. P. Lovecraft, el problema es de escala: el horror proviene de entidades puramente exteriores, alienígenas no en el sentido de “otra especie como la humana pero de otro planeta” sino en el de lo puramente Otro. Los Antiguos son seres extradimensionales, infinitamente anteriores a lo humano, absolutamente inmensos, están más allá de todo lo procesable por la mente y la percepción humana. El quiebre fundamental de Lovecraft es: hay algo peor que el mal, y es la indiferencia absoluta. Los Antiguos no nos odian: somos menos que hormigas para ellos.

Con este contexto, lo que se hace evidente es que la cuestión implícita en el debate Anderson-Brewis se refiere al mal, no por su banalidad sino por su conmensurabilidad. ¿Dónde reside el horror? ¿Puede estar codificado en las matemáticas o existe más allá de ellas? Es decir, ¿necesitamos movernos hacia una trascendencia, más allá de lo científicamente explicable, para encontrar lo terrible?

Contraintuitivamente, creo que el argumento de Brewis es más radical. La restitución de “algo misterioso más allá de los números”, un absoluto metafísico, como sede del horror, es un retroceso. Brewis no está pensando en una contingencia total (su planteo se remite a la probabilística, demasiado acotada, pero recordemos que estamos hablando de un videojuego). Pero aún así, va lo suficientemente lejos: plantea a la contingencia misma como sitio insuperable pero igualmente abierto.

Este razonamiento recuerda la filosofía de Quentin Meillassoux, filósofo francés que sostiene que lo único necesario en el universo es la contingencia misma: estamos suspendidos sobre un hipercaos capaz de producir tanto la estabilidad como el cambio en forma completamente arbitraria. Y esta argumentación descansa sobre una ontología plenamente matemática: es a través de ella que podemos conocer el flujo hipercaótico, tan abierto a infinitas posibilidades que lleva al filósofo afirmar que Dios todavía no existe, pero que en cualquier momento puede existir. Y esta posibilidad absurda y eterna es la misma en la que está pensado Brewis al hacer al horror un correlato de la infinidad de los números.

El horror lovecratiano en la inmejorable tinta de Alberto Brecchia.

Horror cósmico y lucha de clases

Estamos dando por hecho, para este argumento, que partimos desde una posición moderna: las ciencias explican y desencantan el mundo, y su base está en la matemática formalizada después de Newton. Pero si pensar lo suficiente en la infinidad numérica nos hace encontrarnos con algo terrible más allá de toda comprensión, esta postura moderna se subvierte. Tal vez sería útil, entonces, pensar cuál es la historia, la política, la economía oculta detrás de la matemática.

De esto se ocupó, en un ensayo olvidado, el pensador aceleracionista Nick Srnicek. El texto se titula Abstracción y valor e indaga en la historia paralela de las matemáticas y las finanzas, desde el Medioevo hasta nuestros días. Es una historia dialéctica, la de una retroalimentación positiva, la de la aceleración de la abstracción.

Primero, en el surgimiento del comercio mercantil durante la tardía Edad Media, los mercaderes realizaban procesos inconscientes de abstracción real para poder establecer comparaciones entre productos heterogéneos. Esto abrió el camino para la abstracción ideal en la matemática: se abandonó la separación conceptual entre magnitudes continuas y números discretos, y se comenzó a concebir la naturaleza como un sustrato homogéneo que podía ser medido y cuantificado. El siguiente paso tuvo lugar nuevamente en la economía: el establecimiento de los mercados capitalistas dio lugar al surgimiento de las finanzas, y, con ellas, la cuantificación del futuro. Ahora, dice Srnicek, la abstracción opera directamente sobre conceptos metafísicos como el riesgo y la probabilidad, todos vinculados en el intercambio financiero.

Srnicek acelera el marxismo. La historia humana es la historia de la lucha de clases, seguro, pero también es (incluso más profundamente) la historia de la cuantificación progresiva de Todo. Pero todo esto descansa sobre un campo inmanente: el de la pura contingencia. Las finanzas modernas muestran la abstracción absoluta, la separación total de lo real, y, en consecuencia, la liberación de la contingencia misma.

En este punto, el capitalismo desterritorializado actual se revela como un campo de total aleatoriedad: es la misma definición que dábamos, más arriba, sobre el horror. El mal no reside en un campo trascendente más allá de los números, sino en la abstracción total de ellos mismos. Pero Srnicek no se detiene en la identificación de capital y horror cósmico: él cree que la explosión total del caos capitalista puede llevar a algo más allá de él.

Para comprenderlo,podemos ir a otro ensayo, este en coautoría con Alex Williams: la Astucia de los Autómatas. En él, los autores realizan un análisis de la High-Frequency Trading, la negociación automatizada en los mercados financieros contemporáneos que se realiza en velocidades de nanosegundos. La HFT señala el límite absoluto del capital: el tiempo, o más precisamente, la inviolabilidad de la velocidad de la luz. Nuevamente, los números muestran el nivel máximo de abstracción.

En ese punto, dicen Srnicek y Williams, todavía queda lugar para la aceleración. Pero no se tratará de solo un incremento en la velocidad, sino una aceleración “astuta”: una capacidad inventiva de producir lo absolutamente nuevo a partir del trabajo con la materialidad y las contingencias que se encuentran con ella. Es precisamente en la matemática poscuántica contemporánea donde se abre la posibilidad de concebir un tiempo no iterativo, no ciego, capaz de hacer algo más que repetir “lo mismo pero más grande”. Una aceleración astuta, guiada por algoritmos que superen sus restricciones actuales, podría llevar a un quiebre más allá de todo lo conocido.

Más allá del capital, seguro, pero también más allá de la humanidad: hacia lo posthumano o, tal vez, lo inhumano. Sobre este término se dio recientemente otro debate, por desgracia no entre YouTubers y gamers sino entre dos filósofos: Nick Land, padre del aceleracionismo, y Reza Negarestani, geopolitólogo iraní. Ambos se ocupan de pensar la singularidad, el día después de la autonomización de la Inteligencia Artificial o la blockchain. Puede haber, sostienen, una inteligencia no-humana, producida desde y por la humanidad pero que la supere.

Pero hay un desacuerdo clave: para Land, ese verdadero sujeto inhumano es el Capital liberado, una inteligencia no racional libertaria que ha venido del futuro para crearse a sí misma y para la que no somos más que esclavos. Para Negarestani, en cambio, la humanidad se disolverá en una racionalidad autónoma que surja de la IA, un cerebro centralizado que no necesita dominarnos, porque no es más que una evolución alienada de nosotros mismos.

YPF

El espíritu de la historia

Hace varios párrafos que no mencionamos el horror, pero sin embargo está a simple vista. Pensemos en los dos escenarios de aceleración tecnológica inhumana, el de Land y el de Negarestani. O las dos posibilidades que plantean Srnicek y Williams ante la liberación de la contingencia: el retorno a formas de totalitarismo hipertecnológico similares a las de la Edad Media o la instauración posthumana de un régimen de ciberplanificación de la justicia universal.

¿Dónde reside el horror? En los cuatro. Porque la clave del horror cósmico es la alienación, y al fin y al cabo esta es la tendencia inapelable cuando creemos en la cuantificación del mundo o en su versión utópica: la mathesis universalis, la teoría del todo, la explicación científica-matemática final. El punto, y por esto la tesis de Brewis es más radical, y por esto abrí la nota con una reflexión sobre Ligotti y la evolución, es que el horror se halla en el reconocimiento de lo que verdaderamente somos. Nuestra consciencia es un accidente horrible, pero además es falsa. No hay tal subjetividad. Tal vez seamos el objeto del verdadero espíritu de la historia: los números. La historia es un reflejo superestructural de la lucha de clases, pero la lucha de clases es un reflejo de la verdadera historia, la numérica.

Una pregunta posible es ¿para qué sirve pensar en esto?

En primer lugar, la reflexión podría ser específicamente estética. En una serie de ensayos bajo el título No Speed Limit, Steven Shaviro se preocupó por esto: por lo sensible y lo sublime en el colapso. Parafraseando a Wilde, el alma del ser humano bajo el postcapitalismo. Mi sospecha es que el horror cósmico se acerca bastante a la sensibilidad que necesitamos para pensar en ella.

Pero creo que, además, la tesis es especulativa en un sentido general. Srnicek nota jocosamente el doble sentido del término: la especulación filosófica en el sentido del pensamiento lógico sobre lo real, la especulación financiera en el sentido del capital que se autoreproduce por confianza pura en la rentabilidad futura.

En efecto, vivimos en tiempos de aceleración de ambos. Los escenarios (retorno reaccionario a un autoritarismo absoluto, superación del capitalismo por un hipercapitalismo apocalíptico o por un sistema de ciberplanificación) son todos ellos horribles. Incluso la utopía: pensar la posthumanidad implica concebir una alienación total de lo que actualmente valoramos, deseamos, amamos hoy, como humanxs

Al especular sobre estos vínculos entre números y horror, tal vez podamos avanzar un paso hacia esa astucia que imaginan Srnicek y Williams, que se basa en la posibilidad de trabajar con las contingencias de la materia para producir lo nuevo. No lo produciremos “solo” en lo estético, ni “primero” en lo conceptual, ni vendrá “naturalmente” de la praxis o la tecnología. Pero podremos soñar de otra manera. Aunque sea con pesadillas.

YPF
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