Artificios
VAMOS A EXTRAÑAR TODO
Por Elisa Sánchez
13/09/2020
NEGACIÓN
Las primeras veces que escuché sobre el covid, me mofé de los tremendistas de siempre augurando el caos total por sus discursos con grandes dosis de xenofobia y racismo. Es curioso cómo muchas veces elegimos desestimar el paquete entero por un problema con la estampilla.
Desprevenida y orgullosa, decidí negar toda posibilidad de que me afecte algo tan ridículo como una gripe en China. Por favor, ¿qué estamos? ¿en la Edad Media?
Semanas después, ya todo enrarecido, ni siquiera me animaba a hacer chistes con el tema. Un sábado de marzo, fui a tomar birra con amigues. Yo pensé que era obvio: no teníamos que saludarnos con un beso ni compartir el porro. Saludé con el codo y varios se mofaron de mí. “Te comiste ese verso”. Me sentí incómoda. Al siguiente jueves, el presidente decretaba el A.S.P.O. Prevenida y orgullosa, pensé “al final tenía razón”.
IRA
En quechua, mallqui signfica a la vez: “momia, espíritu, árbol plantado, brote, antepasado, plantar/trasplantar.” Siempre me gustó mucho, es una versión andina de lo que en el Rey León llamaban “el ciclo sin fin”. Un palabra que en momentos de mucho dolor me sirvió para entender que la escala de las cosas es más grande que la individual y que la muerte de una persona, por más amada que sea, es algo muy pequeño cuando miramos las cosas desde más lejos. Con la pandemia, esa palabra se licuó totalmente de significado para mí. Está buenísimo pensar en abonar la tierra donde crecerán árboles con nuestros cuerpos en descomposición, pero ya no alcanza.
Si no hay futuro, tampoco hay un sentido. Es grande el desafío de sostener la credulidad en este contexto.
NEGOCIACIÓN
Algunas noches veo el Cantando. Este año el show de Marcelo es sin Marcelo y consiste en la espectacularización desafinada del choque entre dos generaciones. El jurado está compuesto por cuatro personas de las cuales tres son población de riesgo por su rango etario. Sus modos grandilocuentes evocan un pasado reciente que sólo interpela, creo yo, a su propia generación. Juzgan la performance de participantes que son invariablemente flaquísimes y, casi todes, JOVENCÍSIMES. Muches de elles, son personas visibles gracias a las redes sociales, un lenguaje que el jurado ignora, subestima y menosprecia cabalmente. El show funciona como una caricatura de lo que pasa afuera del televisor, cada día. Sería más divertido si no tuviéramos once mil muertxs por covid-19 de edad promedio 74 años en lo que va del 2020.
Seguramente siempre haya sido muy difícil ser humanes, pero la generación del jurado del Cantando tiene un sistema de creencias al que se aferra y eso se nota. Yo pertenezco a la generación de les concursantes. Cinismo, incertidumbre, incredulidad.
No queda un pueblo o país al que haya soñado con irme a vivir; un proyecto de vida o un sistema de creencias que no se estén prendiendo fuego ahora mismo, mientras Pepe Cibrián le explica cómo hay que vivir a una cantante de 20 años.
DEPRESIÓN
Ya casi logré abolir el futuro, pero no sólo mi percepción del tiempo se alteró profundamente durante este proceso, también su íntimo colega, el espacio.
Sacudida por duelos cercanos causados por covid o afines, la angustia intermitente que me genera no comprender cómo es que gente muy querida es menos responsable de lo que yo quisiera con la cuarentena, atrapada en miedos y dilemas morales totalmente nuevos en mi vida; abrí la web de la NASA con las imágenes remanentes de la explosión que una estrella de la vía láctea que ya murió para recordarme lo insignificante de todo esto a escalas cósmicas.
Ahora que no tengo a dónde ir más que con mi mente, empiezo a sospechar que la teoría de Augé pifió en un detalle: el no-lugar es el propio cuerpo.
ACEPTACIÓN
Hace unas cuantas semanas -o días o meses- me suscribí a varios newsletters con el objetivo de desandar el vínculo poco sano que tengo con las redes sociales y concentrar mi finita atención en cosas que me resulten más estimulantes que el pavoneo escapista de twitter, instagram y, mi peor adicción por lejos, whatsapp. Por un error en la matrix, hay uno de esos correos que no llega a puerto (mi casilla de mail), así que le pedí a mí amigo C. que me lo reenvíe cuando lo reciba. Todos los miércoles hay un mensaje de C. sin ser leído. Yo lo recibo como si fuera un abrazo suyo. Cada semana, pienso en él y él piensa en mí, es algo bastante parecido al amor.
El problema de mailing se resolvió desde el último miércoles, así que recibí dos veces el mismo correo pero con remitentes distintos. El que tiene como remitente a C, tiene un “Fwd:” en el asunto y un beso en el cuerpo. No osaré a contarle que ya no necesito que piense en mí un ratito todas las semanas, porque sería mentira.
Unos días atrás, iba en bici al trabajo (hago dos actividades que son consideradas esenciales) y pasé por el cementerio de Chacarita. Los tan flamantes como desangelados puestos de flores prefabricados que puso el GCBA en la entrada principal del cementerio estaban abiertos. Me deslumbraron los ramos a la venta, así que me acerqué a esos coloridísimos recortes de naturaleza.
La cercanía me permitió apreciar que había flores naturales y artificiales. Mi primera reacción fue el rechazo, pero después entendí que debe ser más lindo volver a visitar a un ser querido que ya no está acá y ver que su tumba reboza de brillo por más ficcional que sea, y no de flores marchitas o putrefactas, por más reales que sean.
Hay algo en común entre lo que me produce observar la decadencia espectacular del Cantando, las imágenes espaciales del astro muerto que aún emana luz y las flores de tela y plástico en Chacarita: vale la pena estar acá, incluso sabiendo que nada de esto tiene otro destino que la muerte.
La única verdad es nuestra idea individual de la realidad. La única salida a este laberinto es colectiva. Y es con todes.
El mito del poeta negro
Por Melina Varnavoglou
La noche de la ausencia
Por Manuel Martín
Crítica, opinión y paranoia
Por Iván Horowicz
La excepcionalidad sexual norteamericana
Por Sasha Hilas
La nostalgia es una trampa
Por María José Grilo
Los caballos lo han sabido desde siempre
Por Mariela Belmar
Habitando el interregno de los monstruos
Por Javier Waiman
Intuiciones para una amistad extraña
Por Milagros Porta
Comprender mal, o tarde, o nunca
Por Belén De Franceschi
¿Es reggaetón o es son cubano?
Por Lucía Quirno










