Opinión

SUEÑO ROJO

Por Santiago Mitnik
21 de enero de 2023

Un recurso común de la ciencia ficción es empezar una novela aclarando que los eventos suceden aproximadamente 50 años en el futuro. A diferencia de las ambientaciones del estilo de Star Trek (casi tres siglos hacia el futuro), este setting nos presenta un mundo con una cronología muy clara, muy inmediata. 50 años es lo suficientemente cerca como para imaginarnos claramente a nosotros mismos viviendo ese momento, pero lo suficientemente lejos como para dejar espacio a la imaginación sobre posibles cambios sociales, políticos y, mucho más importante para el género, tecnológicos.

Uno de los grandes problemas de este recurso es que pone fecha de vencimiento al realismo de la obra. Siempre es bastante decepcionante leer sobre una sociedad hiper avanzada con autos voladores ambientada en 2008. No sé si en el siglo XXIII tendremos tecnología warp o replicadores, pero aunque sea seguramente no me voy a enterar. Lo que es seguro es que en el 2001 estábamos ocupados con otras cosas (crisis económicas, atentados), no con señales de monolitos extraños enterrados en la Luna o combatiendo contra computadoras inteligentes.

Este “efecto decepción” es bastante extraño si lo pensamos en relación a la retórica que se suele usar cuando se analiza el desarrollo tecnológico real del último tiempo: el “avance imparable”, los “enormes cambios”, etc, etc. Internet y la aparición de la computadora personal y el celular cambiaron la forma en que trabajamos, nos comunicamos y relacionamos. Esta parece ser la gran transformación de las últimas décadas, pero una de las únicas y tampoco en la escala de lo que eran los sueños de los grandes escritores y autores del cyberpunk. Ni la bioingeniería, ni lo cyborg, ni la realidad virtual parecen haber realmente penetrado el terreno de los cambios revolucionarios. En todos estos campos hay pequeños avances, pero en miniatura.

Pero si hay un campo donde parece haberse quedado atrás el desarrollo es en la expansión hacia el espacio. La última frontera sigue siendo aún eso, una frontera. Desde la llegada del hombre a la luna en 1969 no hubo ningún hito semejante. Y no solo no se avanzó en la presencia humana en zonas extra lunares, sino que se retrocedió. El último hombre en la luna fue en 1972, hace ya más de medio siglo. Ni hablar de destinos más lejanos.

La edad dorada

La misión conjunta Apollo-Soyuz dió por terminada la etapa de estricta competencia y, con la caída de la Unión Soviética, la carrera espacial finalizó con un claro ganador. La época de oro, cuando las dos grandes potencias de la modernidad competían por probar qué sistema-mundo llevaba la antorcha del futuro terminó con el gris colapso de uno de los bandos. El otro bando se encontró con la soledad de los vencedores y empezó a competir contra un “eje del mal” inventado, contra Corea del Norte y Afganistán. De nada servía en esa disputa mostrar quién tenía la capacidad tecnológica más grande. Armstrong era necesario para contrarrestar a Gagarin; muerto el cosmismo ruso también, se fue apagando el cosmismo yanki.

Es irónico el rol que tuvo lo espacial en el final de la Guerra Fría. Se le atribuye a la propuesta de Reagan de la “Star Wars” una parte importante de esa “presión” que la carrera armamentística tuvo en la URSS y de terminar de fundir su economía, aunque sigue siendo algo discutible. 

Es irónico el rol que tuvo “lo espacial” en el final de la Guerra Fría. Aunque sigue siendo algo discutible, se le atribuyó a la propuesta de Reagan de la “Star Wars”, dentro del marco de la carrera armamentística en general, una responsabilidad importante en la destrucción/implosión de la economía de la URSS.

Lentamente, la falta de una justificación ideológica, política y económica y los accidentes del Challenger y el Columbia fueron lo que quedaba carrera espacial. Eso no quiere decir que no haya habido avances científicos importantes, nuevas tecnologías o incluso misiones espaciales exitosas, simplemente marca un cambio en el estilo, en la estética y en las razones ideológicas que sustentan la visión hacia afuera.

Más allá de todo lo anterior, los logros de las últimas décadas no son nada despreciables. Los avances en tecnología satelital, computadoras y robótica permiten mirar de forma mucho más realista hacia el futuro. La exploración del espacio tiene la característica de que, aunque parezca no tener un fin de lucro obvio, siempre termina derramando en nuevos descubrimientos útiles, tanto para el espacio como para la tierra. Los rovers en Marte, las imágenes tomadas por el James Webb o la intercepción de un meteorito en la misión DART son muestras de ciertas victorias, aunque ninguna tenga la carga simbólica o el heroísmo de los primeros pasos de un Gagarin o un Armstrong.

Espacio de oportunidades

No se podría decir que el espacio se haya privatizado estrictamente, pero si que el Estado-nación se retiró de la posición monopólica sobre el avance espacial. El espíritu Apollo-Soyuz, la Estación Espacial Internacional, etcétera, son muestras de este modelo científico-cooperativo que en realidad esconde un dejo de desinterés. La utilización por parte de los estadounidenses de lanzadores rusos hasta hace unos años para llegar a la estación espacial internacional es muestra de esa transformación. Más si vemos que, luego de la creciente conflictividad estos lanzadores fueron reemplazados por otros de SpaceX. Más allá de ciertas misiones científicas importantes, el centro general de lo espacial está enfocado en lo terricola-satelital, lo único que a corto plazo puede producir ingresos y ser usado como mecanismo de proyección de poder hacia la tierra. 

La puja hacia afuera se empezó a tornar en el imaginario colectivo más como un capricho de ricos que un esfuerzo humanista. Las “vacaciones en el espacio” como un pasatiempo de millonarios para millonarios son el principal ejemplo de esta idea. Pero los hombres más ricos del mundo no están en esto solo como clientes sino también como parte de la oferta: SpaceX y Blue Origin, de Musk y Bezos respectivamente, muestran ese cambio cualitativo en quienes dirigen esta etapa del desarrollo espacial. Este push del sector privado en el área trajo algunos resultados muy positivos como los espectaculares cohetes reutilizables que abarataron enormemente el costo de los lanzamientos.

En términos económicos, el espacio trae enormes dificultades pero posibilidades infinitas. La gran dificultad, como en todo lo relacionado al tema, es lo difícil y caro de sacar cualquier cosa del pozo de gravedad de la tierra. Para el área orbital este problema está prácticamente resuelto. La rentabilidad de la economía orbital está asegurada hace tiempo y hoy nuestra vida está directamente cruzada por miles de señales de satélites con los que interactuamos permanentemente. Desde internet y comunicaciones hasta mediciones de clima e inteligencia, el espacio cercano es útil y rentable.

El espacio más lejano, en cambio, todavía no termina de ser claro que pueda ser tan útil y explotable. Sin embargo, si pensamos en un largo plazo, poner la mira hacia otros cuerpos celestes puede tener un sentido muy práctico y económico. Uno de los principales cuellos de botella en industrias del futuro es la dificultad creciente para conseguir ciertos recursos naturales clave. Las tierras raras, el litio, el uranio, por ejemplo, son fundamentales en la producción de energía y en la elaboración de todo tipo de aparatos electrónicos. Todos estos minerales están presentes en enormes cantidades en otros cuerpos celestes, como los asteroides. La posibilidad de hacer minería en el espacio resolvería no solo cualquier posible agotamiento de estos recursos en la tierra sino también el enorme factor de contaminación y polución que esta genera en el único planeta habitable que tenemos. Lamentablemente todo esto sigue muy en el campo de la especulación y parecería estar, al menos, a varias décadas de ser realizable.

Lo que no está tan lejos es la vuelta de personas a otros cuerpos celestes. El gobierno de los EEUU y la NASA volvieron a poner la mirada en la Luna con el proyecto Artemis y planean volver a poner seres humanos en la Luna. Esta vez, según prometen, habrá al menos una mujer y una “persona de color”. La ideología de la exploración del espacio siempre es un reflejo de lo que hay acá abajo y el nuevo Estados Unidos, como abanderado del progreso social, no se puede quedar atrás. Nuevamente es el estado el que abre el camino a los grandes avances cualitativos y esto no se puede despegar del comienzo de una nueva Gran Competencia entre EEUU y su nuevo gran rival, la República Popular China.

Pero Artemis es mucho más que una vuelta simbólica a la Luna. Planea crear un puesto habitable permanente y “abrir” la luna a actividades “útiles”, como hoy lo es el espacio orbital. Además está pensado también como espacio de práctica y lanzadera para el próximo gran objetivo: Marte.

Cronicas Marcianas

El planeta rojo presenta un problema muy grande para su exploración y colonización. No es ni su falta de atmósfera ni que el viaje duraría aproximadamente 6 meses con las condiciones técnicas actuales. El problema es su gravedad. La gravedad marciana es menos de la mitad que la de la tierra e igual así representa un riesgo logístico gigantesco. Hoy perfectamente podríamos, con la tecnología actual, llevar una persona a Marte si pusiéramos la plata suficiente. Lo que no podríamos hacer es traerla de vuelta.

Ante este problema hay tres alternativas posibles. La primera es diseñar una nave con el suficiente combustible para aterrizar y volver a despegar, lo que hoy es casi imposible por una cuestión del ratio peso/potencia y el costo de acelerar y desacelerar. La segunda es diseñar un sistema que pueda producir el combustible necesario en el mismo planeta, lo que implicaría instalar un sistema industrial muy avanzado (manejado por humanos o robots). Esto aún no es posible pero no es tan lejano. Lo último, posible, pero éticamente cuestionable, es que el viaje sea solo de ida. Sea como sea, la presencia humana en Marte implica mucho más compromiso que lo que se hizo hasta ahora.

Sorteado ese pequeño problema, Marte es mucho más pasible de ser convertido en un hogar que el espacio cercano o la Luna. Su agua en forma de hielo en los polos, su gravedad lo suficientemente fuerte para no ser tan dañina a la salud humana y su tenue pero existente atmósfera que protege de la radiación omnipresente en el espacio exterior permiten imaginar de manera más o menos realista una futura presencia humana permanente en el Planeta Rojo. Por último, estos factores permiten pensar, en un futuro muy lejano, en “terraformarlo”, es decir, volverlo habitable.

Un Marte colonizado implica muchísimas preguntas de carácter ético y político. ¿Es correcto contaminar y ocupar un mundo alienígena para transformarlo en base a nuestros intereses o en el futuro lo veremos como una muestra más de imperialismo, ya no la explotación del hombre por el hombre, sino del hombre sobre la naturaleza? Ambientalismo anti-extractivista a escala multi-planetaria.

Otra pregunta es sobre la soberanía marciana. ¿Quién establece las normas a seguir en Marte, un consejo de científicos, los países que dirigen la colonización, la ONU, los propios humanos marcianos? Además ¿qué rol tendrá el sector privado en algo así? En el mundo actual el mercado no es omnipotente, tiene lugares donde no puede actuar libremente, como el espacio y la Antártida. ¿Marte representaría un triunfo de la autoridad estatal frente al mercado? ¿o sería el lugar donde los estados terminen de mostrar su obsolescencia? A quién le interese estas discusiones recomiendo la lectura de la novela Marte Rojo, de Kim Stanley Robinson.

YPF

Una pregunta que podría seguir es ¿por qué? ¿Por qué alguien pondría en riesgo (o directamente entregaría) su vida a una causa semejante? Y ¿por qué invertir miles de millones de dólares en algo así cuando hay tantos problemas a solucionar acá en la tierra?

Una primera respuesta podría señalar los posibles beneficios económicos y científicos que una misión así tendría. Igual que todo el resto de la exploración espacial hasta ahora, la presencia de nuevos retos y desafíos siempre termina desbordando en nuevas tecnologías y descubrimientos que son útiles acá mismo.

Una segunda respuesta plantea las ventajas obvias a largo plazo de no poner todos los huevos en una misma canasta. En los últimos años se retomó la línea de los pensamientos apocalípticos. Sea el cambio climático, un virus, la guerra nuclear o un meteorito, tener toda la población humana acumulada en un solo lugar es un riesgo existencial. Marte no es solo un back up sino también una lanzadera para el futuro. Una humanidad interplanetaria abre el camino para una humanidad interestelar.

Una última respuesta, quizás más honesta, sería “porque podemos”. El espíritu humano aventurero no necesita mucha más justificación que sí mismo. “No vamos porque sea fácil, sino porque es difícil” como dijo JFK. El heroísmo, la victoria sobre la naturaleza en su faceta más implacable, el humanismo concentrado. Una causa que vale la pena por sí misma. 

Y quizás es caer en la misma trampa que mencioné al comienzo, ¿pero por qué no?,  por qué no pensar en lo factible de, nosotros mismos, en nuestra propia vida, un par de décadas en el futuro, ver realizado este sueño rojo.

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