OPINIÓN
Streamers, guita y cultura: el claroscuro digital
22/08/2021
“Lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. La tan citada frase de Gramsci, que parece servir para todo, bien puede describir el panorama actual de la relación entre la cultura, los medios tradicionales (radio, televisión, diarios) y las plataformas digitales. Un episodio reciente es síntoma de esta convivencia a veces conflictiva: algunos periodistas españoles criticaron a Ibai Llanos por su oportunidad de encontrarse con Messi justo después de su presentación en el PSG.
Esta situación tuvo su antecedente con el enojo de Gustavo “eje del mal” López ante la nota que el Kun Agüero le dio al youtuber español y luego con la cena de despedida en Barcelona a la que Messi invitó “a un tal Coscu y un tal Ibai”. Además del ninguneo, los periodistas alegan una función que ellos tendrían y que no tienen los streamers: la pregunta incómoda, informada y sin concesiones.
Ibai Llanos en el programa de Gustavo López
Ante estos episodios no tardó en llegar una comprensible algarabía por estas “revoluciones” en el mundo del fútbol y el entretenimiento: ataque a la meritocracia, irritación del establishment mediático, “democratización” y novedad son algunas de las proclamas que animaron el entusiasmo. Digo “comprensible” porque no hay nada más fácil que odiar a un periodista deportivo, raza especialmente impresentable que anida en el ya percudido panorama mediático actual.
El fervor con estos fenómenos de streamers o influencers logrando cosas increíbles también se comprende por un sentimiento colectivo genuino que es uno de los combustibles de las plataformas digitales: la sensación de hacer algo épico en grupo, de seguir a alguien que es un “nadie” y que por su humor, ganas de boludear, buena onda o buenas intenciones puede llegar a millones y a codearse con los mejores. Es la antigua pero siempre renovada magia de Cenicienta, del poder de torcer el orden de las cosas a partir de una masa gigante de usuarios que se dirigen a un objetivo y coronan o destronan a un ganador.
Ante esto no pretendo simplemente ser la escupe asados de la “revolución de las plataformas digitales”, pero sí señalar sus insuficiencias. En el episodio de Messi reunido con Coscu e Ibai hay que visualizar no tanto (o, si se quiere, no sólo) una transformación liberadora que le da espacio a los outsiders, sino una modificación en los esquemas de negocios vinculados con la fama y los soportes tecnológicos que la sustentan. En efecto, cuando las estrellas del deporte -pero también de otra índole- y las empresas de productos se acercan a streamers, youtubers, influencers de instagram, siempre lo hacen con cuentas de millones de seguidores: la misma masa de gente que puede constituir una audiencia de TV o de radio.
Los encuentros de las estrellas con este tipo de figuras les permite apuntalar su imagen mostrándose de una manera diferente: los podemos ver boludeando, distendidos, compartiendo un buen momento con un streamer que podrías ser vos -si tuvieses millones de seguidores- porque es un pibe que habla como vos y que se viste como vos. De ninguna manera digo que Messi no la estaba pasando realmente bien o que el encuentro fue pactado con Youtube en la sombra gris de un acuerdo comercial. Lo que señalo es que esos son los efectos: el triángulo de beneficios mutuos entre el youtuber, la estrella de fútbol y la plataforma se efectúa tal como sucedía antes con los famosos, los grandes medios y los entrevistadores; y esos lugares son acotados, bastante lejos de la horizontalidad real.
Messi charla con Ibai después de ser presentado como flamante jugador del PSG
Esta es una de las dimensiones del funcionamiento del “capitalismo de plataformas”, en términos de Nick Srnicek. Ese mundo que se prometía como el reino de la democratización, la igualdad y la libertad -promesas que siguen siendo tópicos en las devotas mentes de Silicon Valley- pronto fue privatizado y casi monopolizado por empresas que se basan en la extracción permanente de datos de la misma manera que el ya conocido capitalismo extractivo lo hacía con las materias primas. Las plataformas crecen a través de la centralización y explotación de lo ajeno, ya sea datos, contenido, trabajo o infraestructura, todo bajo el eufemismo amable de “economía colaborativa”.
Hay otros elementos del lado oscuro de la luna en lo que respecta a nuestro uso de las plataformas que han sido plasmados en documentales como The Facebook Dilemma (PBS, 2018) y The Social Dilemma (Netflix, 2020): adicción, aprovechamiento de los datos privados, explotación de los creadores de contenido de nicho, desinformación, fakes news y polarización política son algunos de los problemas que las redes, movidas por el beneficio económico, o bien crean o bien alimentan.
Visto a la luz de estas cuestiones, el crecimiento de figuras que pugnan con los medios tradicionales ya no suena tanto a revolución comunicacional emancipadora. No se trata de la “caída de la meritocracia”, sino de la constitución de un campo con otros méritos: para “pegarla en serio” en YouTube es valioso ser divertido, histriónico, hablar de consumos masivos, ser joven, preferiblemente de clase media y preferiblemente varón (con sus excepciones, claro). Precisemos: si mañana Adrián Paenza, por caso, se hace un canal de Youtube no va a tener el éxito de Coscu; la única posibilidad es que pruebe copiar sus modismos y por ahí de pedo sea TT un día por el cringe que da Paenza imitando a Coscu.
La imagen de CoscuPaenza podría ser apócrifa
Esta disimetría no es un problema siempre que haya un sistema de medios, unos espacios, que permitan la producción y difusión de contenidos como el de Paenza. Canal Encuentro puede estar en Youtube, pero no es un producto nacido allí; Youtube no pagó, ni sostuvo, ni cuestionó, ni tuvo que soportar el vaciamiento de ese canal: la lógica mercantil de las plataformas no es amable para la construcción de cierto tipo de contenidos más allá de qué figura resonante los haga.
Sofía Vázquez (@sashapak_) me ha señalado que esa dificultad para que surjan otro tipo de producciones en las plataformas es una cuestión de tiempo y que se revertirá cuando se afiance el shift tecnológico. No lo descarto para nada, pero, en este momento, el esquema es disimétrico y nos recuerda a las también viejas discusiones en torno a la TV cuando señalábamos que si sólo se producía lo que garpa y lo que “le gusta a la gente” el resultado iba a ser de empobrecimiento y de homogeneización.
En este sentido, es positivo que el bueno de Ibai Llanos hable de pagar sus impuestos con gusto -en especial al estar rodeado de streamers libertarios- porque parece sospechar que no sólo de youtubers exitosos se construye una sociedad y una cultura. Ni apocalípticos flagelantes que llaman a no consumir nada de las plataformas, ni integrados cándidos que ven el fin de las jerarquías gracias a Internet: todo en su justa medida y armoniosamente.
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