Artificios

Novela para algún día

Este texto es un ensayo hipotético sobre una novela ficticia e imaginaria; o una sátira del mundo literario y sus automatismos para liberar a la novela de todo lo que en el presente la encarcela. En lugar de reseñar un texto que existe, propone suponer un libro futuro y, desde esa conjetura, deducir las condiciones de la literatura en el presente.

Por Manuel Duarte
04 de marzo de 2026

Un encuentro fortuito y desafortunado con las herramientas de la época

Vamos a empezar por el principio: nadie sabe bien qué hacer con la época. Es rara, y mucha gente dijo muchas cosas pero que todavía no logramos entender del todo o que parecen delirios de gente que toma mucha falopa y lee muchos manuales de la CIA. ¿Guerras psicológicas? ¿Hiperrealidad? ¿Representaciones intencionales que operan vectorialmente? Un embrollo rarísimo, un canon europeo y extraño y una realidad que parece constantemente ajena. Vamos a intentar, ahora, resolver algunos de esos problemas.

Algún día habrá, finalmente, obra de la suerte o el azar, una novela que encontraremos sola, solísima, sin nada, nadie alrededor; una cuya soledad sea propiedad intrínseca de ella misma y no un favor nuestro. Nada nuestro. Una novela, entonces, a la que bien haremos en dejar así, allá, lejitos, casi que intacta, porque la novela será lo que deba ser sin necesitarnos para ser. Ni papel, ni editores, ni lectores. 

Una novela que, por dejarla tranquila, no se transforme en “novela tranquila”, porque algún día habrá una novela a la que cueste imputar temperamento o emociones o cuerpo o personalidad, según nuestros propios conceptos de temperamento, emoción y cuerpo y personalidad. La literatura principió el día en que alguien imaginó el origen del mundo y se mandó a contarlo en honor a esa intuición, sin esperar a que naciera algún griego y le definiera “mundo”, “origen”, “intuición” o “imaginación”. Y algún día habrá una novela que sin saberlo recupere ese día y sin quererlo reinicie universalmente la escritura, resetee globalmente la cognición humana. O al menos la cognición griega, que se pavonea universal. 

Una novela que sea novela sin novelista. Y no con autor anónimo, sino insípido, etéreo, desmaterial. Una novela de la que nadie concluya que “no existen los novelistas, sino los hablados por La Narrativa”; que por tanto no separe la obra del autor porque el autor encuéntrese intangible. Una novela acaso narrada por Lo Inexistente y escrita por ágrafos, entes pre-verbales, analfabetos… con suerte una novela escrita por perros. Perros que usen nuestras palabras por pura cuestión de modales o de solidaridad mamífera para con nosotros, y que para nosotros esa solidaridad se adivine inexplicable. Y ante lo inexplicable no hagamos juicios de valor sobre lo susceptible o no de explicación. Una novela no es el mejor amigo del hombre. Tampoco el enemigo, ni un amigo suplente o de segundo rango. 

Pero que por favor la novela no suscriba a ninguna teoría de la muerte del autor, ni de la ética del anonimato, ni del Creador como Conducto de la Sagrada Inspiración.  Una novela que no sea deudora de ninguna teoría, ética, sistema o teorema. Y que eso no la vuelva mística, tampoco irresponsable. Y que de ser deudora y de ser irresponsable lo sea en secreto secretismo. 

Una novela sin público; leída pero sin lectores o con lectores irreales, falsos, nimios, lectores conjeturales, sin sustancia o nacidos con materia negativa. Una novela que separe la obra del lector por nulificación de éste por obra de aquella. 

Una novela salvaguardada merced a una sofisticada e invisible tecnología de seguridad, diseñada por ella misma, que la vuelva por completo inmune a la fotografía y a la imagen y a la viralización de la imagen porque el simple intento de querer fotografiarla implique la explosión semiautomática de la cámara, el usuario y la familia del usuario (en el sentido más amplio de familia y usuario). 

De suerte que algún día habrá una novela que no quepa en ninguna red social porque ni siquiera sea susceptible de caber en lo Social, a condición de tampoco caber en lo Individual, lo Natural y lo etc. y etc. Una novela que no forme comunidad ni individuo ni nada entremedio. Fóbica al grupo de lectura y a la lectura solitaria. O sea alérgica a cualquier grupo, incluso a Los Solitarios, que se creen sin grupo pero también constituyen uno solo que arrogante y atomizado. 

Una novela sin texto ni contexto, sin influencias, descendientes o ascendencias; carente de fuentes y de inspiración y de fuentes de inspiración. Por primera vez en la historia, inclasificable. Pero depresivamente inclasificable, porque la falta de clasificación es al cabo una clasificación feliz. La felicidad hace sentido; la depresión no lo tiene. Una novela a la que solo le interese existir porque desprecie hacer sentido, incluso ese sentido deslactosado que es el “sinsentido”. Ergo, una novela inclasificable que no suscriba a ningún grupete de novelas inclasificables o raras o extrañas o weirds, new weirds, old weirds, trash weirds. Una novela que sea una novela y no mucho más ni mucho menos. 

Pero una novela que rehúse decir: “¡no importa el tema, sino la forma!”; “¡¡no importa el qué, sino el cómo!!”; “¡¡¡el ‘tema’ de la novela es la propia novela!!!”. Y que se autoobligue a elegir entre la vida y la obra, el trabajo y el talento, la emoción y el intelecto y etc. y etc. y Dios quiera nunca nos enteremos el veredicto. Pero que exista. Que exista Dios y la novela y el veredicto y una novela que aborrezca militar el punto medio: que no diga un poquito de esto, otro poquito de aquello; “yo pongo todo en la licuadora, y después veo”. 

Una novela que carezca de perspectiva. Que sea Lo Absoluto, es decir, por vez primera una novela que no analice, no haga ciencia. Y que de hacer ciencia haga “ficción de ciencia” más que ciencia ficción. Es decir que la haga sin batallar contra el realismo o a lo sumo sin publicitar esa batalla. Porque los versados en ciencia ficción son al cabo más realistas que los realistas. Lo opuesto al realismo no es lo fantástico o lo maravilloso sino lo incoherente, lo ilógico, la lectura inverosímil. Y los cientististas de ficción aman la coherencia, la lógica, la verosimilitud. Incluso la autobiografía. Solo que sazonan todo con cyborgs, hackers y marcianos varios. 

Una novela de extensión indistinta, acaso variable según antojo del clima. Sea mamotreto, sea brevecita. ¿Qué es el tiempo? La novela no lo sabrá. ¿Qué es el riesgo? Tampoco lo sabrá. Pero hará a su intuición que ni al tiempo ni al riesgo les quepa medida, y menos que menos en cantidad de páginas. O quizás sí. Quién sabe. La novela tampoco lo sabe. Una novela no debe saber. 

“No saber” no es ignorancia. La ignorancia es defecto moral de quien ignora. Pero hay un no-saber sin defectos, sin moral. Toda novela tiene moral, pero no lo debe saber. Y no saberlo no la vuelve ignorante. 

Una novela cuyo inasible autor se niegue a decir: “lo primero que vino fue una imagen; un nombre, un personaje, el cabello de una mujer…”, porque algún día habrá una novela sin “materia prima” por la cual entrevistar. Una novela por tanto inintrevistable, y que de ser entrevistada se autoprohiba contestar: “no me siento cómoda con ningún ‘ismo”; “mi verdadero protagonista es el lenguaje”; “la literatura no debe explicar, sino sugerir”.

¡Bienaventurada la novela que algún día no pueda descomponerse en herramientas ni desarmarse en aspectos! ¡Una novela desaspectada! ¡De narrador ni impotente ni omnipotente: oblicuo y epiléptico! 

Una novela cuyos personajes no cumplan “funciones”, o sea, que los pobrecitos no vengan al mundo a ser microfonitos para que el autor discursee a través de ellos cuanta pavada existencialista se le cruce por la cabeza o el dedo gordo del pie. Pero tampoco una novela cuyos personajes “vivan”, tengan “vida propia”, puesto que es de dominio público lo dificultoso y poco recomendable que es introducir seres de carne y hueso a vivir entres páginas que a priori nunca consienten tener el mismo tamaño que los vivos en cuestión. Lo que tienen los personajes no es vida sino inexistencia propia. Es lo único que tienen. Y lo más hermoso, lo más preciado. 

Y algún día habrá una novela que dé libertad de acción e inacción a sus personajes; que a antojo puedan entrar o salir de la novela, y lo mismo ser o no ser personajes según lo disponga el ánimo que los predisponga. Una novela de población dinámica, que tenga tantos personajes como lectores habrá de contar, de suerte que el número de personajes constituya una cifra abierta que aumente o desaumente conforme la novela gane o pierda lecturas. 

Una novela que nunca comience. No por infinitud de prólogos sino por perpetuos finales, de modo que la novela solo sepa terminar sin haber comenzado. Porque algún día habrá una novela compuesta y descompuesta de puros finales y finales puros, donde a cada final le siga otro, y cada nuevo final no hará del final precedente un comienzo, porque la relación entre finales será siempre entre finales autoconclusivos. Finales que tampoco serán “alternativos”, porque aquello supondría que un final es El final y los demás finales, versiones subsidiarias del final definitivo. O sea, algún día habrá una novela sin nostalgia de sí misma. 

Una novela desatendida en eso de destacar por “no parecer una novela”, por “haber tirado por la borda los procedimientos formales del género”. Porque algún día habrá una novela sin ninguna borda a su alrededor por la cual tirar procedimientos o cosa alguna; procedimientos que por otra parte ignora, y su discurrir ni por asomo dará lugar a decir: “aunque esto sea una locura, hay método en ello”.

Porque algún día habrá una novela que aunque leída en todo el mundo no se pueda decir que se lee en todo el mundo puesto que aborda Los Grandes Temas de la Condición Humana: La Vida, La Muerte, El Amor, La Milanesa. 

Una novela que de querer moverse veloz lo haga sin culpa epocal, visto que la aceleración se ha vuelto de derecha. En cambio el golf, un retiro espiritual y mi tío Jorgito (que es rengo) por contraste de velocidad supuestamente se antojan insurgentes, anti-sistema, la cima de la sublevación temporal. Pero algún día habrá una novela que denoste el golf. El golf y el psicoanálisis cultural. 

Una novela que desquicie a los psicoanalistas por enfrentarlos al hecho de no poder diagnosticar a los personajes, porque los personajes son personajes, o sea representaciones, y no pacientes. Algún día habrá una novela que por primera vez no sea mandada a terapia por rarita. 

Quien esté triste y busque profundizar o contrariar su tristeza, no leerá esta novela, ni con suerte ninguna otra. Para ello existe la música y el cine. Algún día habrá una novela a la que no podamos ponerle encima ninguno de nuestros estados de ánimo, porque ya suficiente tendrá la novela con bancarse los suyos, que por lo demás no se sabrá si existen porque algún día habrá una novela que sea una novela y no una Expresión. 

Una novela que eche por tierra y mar y cielo toda la literatura sensitiva y su joroba montañesa de kilométricas descripciones sensoriales. Siendo tan rico el olor a frito de la torta frita, ¿por qué uno acudiría a buscar el goce nasal de la fritura adentro de una novela y no fuera? Algún día habrá una novela que bien sepa que una pintura es superior a la pintura escrita, la música superior a la escritura musicada, y que comer una torta frita es groseramente superior a imaginar su ingesta. Que tanto habiendo en una novela para imaginar, nos dé a la imaginación algo más que lo que el cuerpo permita y reconozca. Porque el cuerpo siempre es la base, pero solo la base. 

Al cabo una novela de la que sea un bochorno, una especulación ridícula, una hipótesis mezquina sugerir su existencia. Porque la novela, sin ser futurista, pertenece al futuro, al futuro de verdad y no al futuro, tanto más chato, que proyectamos en el presente. Entonces: algún día habría una novela. Y ya.