Artificios
Por un pesimismo esperanzado
Por Dante Sabatto
10 de enero de 2024
“Oh, sí, mucha esperanza, esperanza infinita. Pero no para nosotros.” Franz Kafka
“El amor verdadero es posible – en el próximo mundo, para nuevas personas. Es demasiado tarde para nosotros.” Disco Elysium
1. Afectos de época
Los tiempos tienen sus estéticas, sus políticas, sus ideas. No únicas ni unívocas, ciertamente no homogéneas, pero sin duda presentes: disposiciones, múltiples pero definidas, de signos que definen una etapa y la diferencian de la que ha pasado y de la que vendrá. Las épocas tienen, también, ciertos afectos. Sentires colectivos, pasiones sociales, formas de desear y de detestar, de recordar y de planificar, de discernir y de confundir.
Las descripciones de épocas son siempre algo arbitrarias. Sin duda los ordenamientos de la Historia, como disciplina humana, tienen sus criterios y sus pautas, pero no pretenden la objetividad de una ciencia. Son proposiciones estratégicas para el pensar y el actuar. Así funcionan también estas líneas.
Vivimos en una época de agotamiento, paulatino pero certero, del optimismo. ¿Qué es el optimismo? Podemos decir, a priori, que es un discurso sobre el futuro, seguro, pero también sobre el presente, que pone al mundo bajo el imperio de lo mejor. Sostiene que, de los escenarios posibles, los peores tenderán a ser descartados. Ese mejor por-venir se cierne sobre el presente y lo torna, en sí mismo, bueno, porque es el camino hacia lo mejor. En palabras de Martin Luther King, Jr.: “el arco del universo moral es largo, pero se dobla hacia la justicia.”
El agotamiento del optimismo actual puede verse en una multiplicidad de terrenos: la creciente imaginación apocalíptica en torno al cambio climático, la pérdida de confianza en las modalidades políticas e institucionales que tradicionalmente canalizaban los conflictos, la noción generalizada de una incertidumbre sobre las formas de vida preferibles. Es posible que el optimismo haya caído por su propio peso: por una dificultad para traducirse en cosmovisiones concretas. Quizás comenzamos a verlo, cada vez más, como una imposición vacía de contenido.
Esto no quiere decir que todo el mundo se haya vuelto pesimista de la noche a la mañana, ni mucho menos. La vida social es un conjunto de terrenos móviles de fronteras difusas. ¿Sería posible, con un marco metodológico adecuado, medir estadísticamente el optimismo en una sociedad determinada y trazar su evolución? Quizás los afectos no sean lo suficientemente transparentes, no emerjan tan fácilmente en entrevistas o focus groups. Lo cierto es que las nuevas formas que la política está tomando en nuestras sociedades democráticas emergen de un descontento y de una crisis con una cosmovisión extendida sobre el presente y el futuro.
El auge de lo que hemos dado, insatisfactoriamente para todo el mundo, en llamar “nuevas derechas” tiene una relación clara con una debilitación de los discursos optimistas que se extendieron, en versiones diversas, en las décadas de 1990 y 2000. En nuestro país, los sendos optimismos menemista (pax mercantil, Consenso de Washington) y kirchnerista (teoría de la militancia, progresismo con obra pública). En síntesis, los modelos optimistas plantearon un futuro mejor como continuidad de la mejora cotidiana del presente, y fueron, así, estructuralmente ciegos a sus limitaciones y sus errores. El optimismo suele serlo.
Sobre aquellas cegueras, estos nuevos discursos que prometen organizar el pesimismo, el descontento con las promesas mustias, el hartazgo. Una nueva época, y con ella, nuevos afectos.
2. Sobre la esperanza
Que la historia se repita una o más veces no es más que un juego de palabras que Marx le hace decir a Hegel, pero no uno que él (ni nosotrxs) debería convertir en una creencia fehaciente sobre la historia. El futuro no repite al pasado ni “rima” con él, como se ha dicho también. Si fuera así, no habría mucho que temer: sólo habría que identificar correctamente cuál es el pasado que está retornando bajo un nuevo nombre, y buscar en los archivos documentación que señale sus puntos débiles, sus derrotas previas.
Vivimos bajo una “fiebre de diagnóstico”: una pasión por hallar y describir los problemas de lo vigente pero sin ser capaces de aproximarnos siquiera a posibles respuestas. Una contradicción patente de esta situación es que, en realidad, los diagnósticos retroactivos (el retorno de los 90, de los 60, de los años 30 o 20, etcétera) son incapaces de ver que la novedad sigue existiendo, que la historia no está detenida en un eterno retorno y que lo distinto todavía es posible.
Quizás se relacione a esto el inmenso rechazo que sufre el pesimismo en nuestro tiempo. Si alguien expresa dudas sobre una visión optimista de lo que vendrá, o incluso se atreve a afirmar que las cosas no hacen más que empeorar, la respuesta suele ser un rechazo pleno. El pesimismo es visto en sí mismo como una malaria, una enfermedad, algo que debe ser exorcizado. Lxs pesimistas llegan a ser calificadxs como parte del problema, culpables de aquello que están diagnosticando.
Creo que tenemos mucho para aprender del pesimismo.
Por supuesto, no todos los pesimismos son iguales. Los hay más o menos deterministas, más o menos derrotistas, más o menos abiertos. El pesimismo que expresan muchas de las derechas actuales, por ejemplo, es más bien un discurso que pone en duda la posibilidad de continuidad del régimen actual. Es por eso que expresa una rebeldía, como dice Pablo Stefanoni; es por eso que su artilugio táctico principal es colocarnos, a sus adversarios, en una posición conservadora (posición que deberíamos evitar a cualquier costo).
No todos los pesimismos llevan necesariamente al suicidio. (Me sorprende encontrar, últimamente, muchas impugnaciones a las ideas de suicidas, justamente porque su vida concluyó en este acto, como si eso colmara el sentido de lo dicho; es una crítica muy común a Mark Fisher, por ejemplo: su teoría entera es convertida en una inmensa carta de suicidio, por eso infinitamente inútil, incluso cómplice del régimen de muerte imperante. Al contrario, creo que el suicidio no inhabilita siquiera el pesimismo, que ninguna patologización lo agota; ¿no siguen siendo las palabras de Carlos Busqued un oásis fresco en medio del dolor colectivo? Y, para cerrar circularmente este párrafo, no todos los pesimismos confluyen necesariamente en la muerte.)
Las dos citas que encabezan este ensayo expresan también formas de pesimismo abierto. Tanto la del escritor checho como la del videojuego estonio postulan la existencia de un futuro separado de nuestro presente, algo que impide que la conexión sea plena. Ubican no tanto un mundo por venir como una humanidad futura, que podrá disfrutar lo que nosotrxs no. Sin embargo, son potencias virtuales en el presente las que habilitarán la actualización eventual de ese futuro. En esto juega un rol central la esperanza.
La distinción que hago entre esperanza y optimismo, desesperanza y pesimismo, es un poco más (pero no mucho más) que un juego, un uso poético de las palabras. Si tuviera que plantear la diferencia, diría, como propuse más arriba, que el opti/pesi-mismo se define como una lectura tendencial, estadística, probabilística. Optimista es quien imagina que el bien tiende a imponerse sobre el mal, que existen más posibilidades deseables que indeseables, que tiene más facilidad lo bueno para imponerse sobre lo malo, el placer sobre el displacer, la felicidad sobre el sufrimiento, la subsistencia sobre el colapso.
La estadística puede estirarse hasta cubrir casi la totalidad de los casos. Los optimismos vigentes más totalizantes llevan esa tendencia hasta el terreno de la cuasi-certeza. Eso les confiere un cierto poder, aunque también los vuelve, en cierto punto, siniestros. La insistencia, con una sonrisa, de que todo estará bien más temprano que tarde puede ser cruel (en términos de Lauren Berlant) para quien está sufriendo ahora. Y esta crítica del optimismo cruel representado por el capitalismo tardío no debería ocultar la existencia de pesimismos igualmente totalizantes.
Por su parte la esperanza es una apertura misma a la posibilidad de que algo distinto suceda, y la desesperanza es la cerrazón complementaria. Me atrevería a decir que no hay demasiada graduación en este caso, porque es un pensamiento (y un sentimiento) que no dice mucho sobre la probabilidad. Simplemente hay esperanzas (ni siquiera decimos siempre que las tenemos, a veces sólo están ahí), o bien no las hay.
Es por esto que puede existir un pesimismo esperanzado, así como un optimismo sin esperanzas. Quizás este último es justamente el optimismo de la crueldad. Quien cree que nada puede cambiar demasiado pero sostiene a la vez un discurso en el que el bien triunfa siempre sobre el mal, debe negar al menos parcialmente los sufrimientos existentes aún, las esclavitudes que persisten. Esto se disfraza, generalmente, de un discurso pragmático, de un realismo, de una certeza programática sobre lo posible: este es el mejor de los mundos, porque mundos mejores no existen, ni siquiera como potencias, como virtualidades, no son existencias.
Pero, ¿no puede ser igualmente pragmático su opuesto, el pesimismo esperanzado?
Prácticas pesimistas
El principal cuestionamiento al pesimismo es que suele reducir a sus impulsores a la inacción. Esto puede ser cierto sobre los pesimismos más deterministas: si el mal triunfará en todos los escenarios, entonces no vale la pena hacer nada. No puede negarse que existen quiénes se sienten de esta manera. Pero esta es una visión simplista sobre la acción y sobre los afectos.
Lo es, principalmente, porque parte de la idea de que sólo hay acciones de causalidad directa en un único campo de existencia. Tomemos el caso del cambio climático: quiénes rechazan el pesimismo sostienen que afirmar la irreversibilidad de ciertas tendencias bio-geológicas es condenarnos a la inacción. El pesimismo sería siempre un derrotismo. Pero, en primer lugar, ¿qué hacer si algo es efectivamente irreversible? ¿Es preferible una mentira? Y, en segundo lugar, y de forma mucho más relevante: el cambio climático no es un único proceso unívoco, sino un agenciamiento de múltiples procesos de diversa naturaleza, la mayoría de los cuáles conocemos sólo en parte. Indicar la irreversibilidad de un cambio específico puede señalar caminos para tomar sobre otros, así como vías de mitigación, prevención, adaptación, o incluso de desarrollo de nuevos cambios que no representen una “vuelta atrás” sino un paso adelante.
Un pesimismo no totalizante no tiene por qué conducir a la inmovilidad (aunque sin duda puede hacerlo). De hecho, según uno de los fundadores de la sociología, Max Weber, el pesimismo es una de las fuentes mismas del capitalismo moderno. La creencia protestante en la predestinación de las almas, es decir, el hecho de que cada persona ya está condenada al cielo o al infierno desde su mismo nacimiento (porque el curso de los acontecimientos ya es conocido por Dios, que es omnisciente), y que no puede nunca estar segura de este destino, no llevó a los creyentes a la inacción. Se produjo, explica Weber, una inversión: el lucro, el ahorro, la vida ascética, fueron vistos como una prueba de la bondad del alma, de que esta estaba predestinada a un buen fin; y ese es una acumulación originaria de lo que rápidamente se convertiría, revolución industrial mediante, en el capital moderno.
Pero volvamos al presente, y a nuestro país. El discurso de Milei y de muchos de sus dirigentes y seguidores es expresamente decadentista: la Argentina es un país que se ha degenerado, que está enfermo. ¿Es precisamente un discurso pesimista? Sin duda tiene ambigüedades, ya que promete un futuro de abundancia. Quizás esto cae más bien en el terreno de la esperanza, porque media entre nuestro presente y ese futuro mejor un salto cualitativo, un hiato indescriptible (en el que se atisba, quizás, un colapso).
Al mismo tiempo, el discurso libertario tiene una fe absoluta en ese futuro, debido a que es completamente optimista sobre la capacidad del mercado de organizar completamente la vida humana. Es, a fin de cuentas, un discurso ambiguo. Por un lado, parece organizar las fuerzas de un pesimismo destructor del presente; por el otro, no sostiene tanto una esperanza como una fe pseudo-religiosa. Milei se ubica en una bisagra: parece que va a romper con el optimismo, pero a fin de cuentas el capitalismo que imagina no es de verdad más que una aceleración de todas las peores tendencias del actual.
Quizás podamos enfrentarlo con un pesimismo esperanzado. Uno que no deba sostener cruelmente que los dolores actuales no existen; uno que sepa que no hay razón para que el bien se imponga naturalmente al mal, que, incluso, la cancha suele estar inclinada en contra de quiénes sufren. Uno que sepa, en consecuencia, que es necesario hacer fuerza contra esta inclinación, porque sostiene esperanzas, incluso contra la mayoría de las razones.
Las traducciones políticas, institucionales, comunicacionales, de esta afectividad son complejas. En particular, me parece importante que el hecho de que la idea de un buen futuro implique la admisión de un mal presente no vuelva a convertirse en el mero hambre hoy, pan mañana. Cuando Kafka habla de “esperanza pero no para nosotros”, se desprende de ello la construcción de condiciones para la esperanza en tiempo futuro, que implican alguna forma de supervivencia hasta él. Quizás sea demasiado tarde para algunas cosas: hay derrotas que no podremos redimir. Y sin embargo, sostener esperanzas.
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