Cultura
Ni Robin Hood, ni un hombrecito piadoso, un gaucho matrero del color del pueblo
Por Matías Segreti
27/12/20
El autor de “GAUCHITO”, novela reciente y publicada por la flamante Criolla Editorial, plantea algunos interrogantes sobre la imagen de Antonio Gil, la emergencia de los santos populares, su relación con la historia del país y por qué es importante reivindicar estas figuras de la religiosidad popular.
¿Quién fue el Gauchito Gil? Esa pregunta no tiene una respuesta absolutamente certera. Prefiero plantear otro interrogante que es parecido, pero tiene varias diferencias ¿quién es el Gauchito Gil? En principio es una figura presente. Incluso tan presente en la cotidianeidad porteña que es probable que la juventud se recueste sobre la silla de algún bar del circuito Palermo/Villa Crespo/Chacarita/Almagro/Lacremedelporteñxcool, se corra el barbijo para tomar el vermú y desde un costado el gaucho observe la escena mientras algunas velas se desgarran en candela. Un cuadro natural, nadie se inmuta por el gaucho, en todo caso, sale una foto. Lo cierto es que Antonio es sensual, su despliegue nocturno y sus bebidas de ofrenda, las sombras que las pequeñas velas que rodean su cuerpo producen en contraste, lo hacen atractivo, desafiante, residente.
Lo único que se sabe con certeza (vía documentos oficiales, registros, investigaciones, oralidad) que Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil, nació en el Payubre, hoy Mercedes, provincia de Corrientes, cerca del año 1848. Cerca pueden ser cinco años antes, cinco después. Las versiones sobre su vida son disímiles. Hay un acuerdo generalizado entre devotos y promeseros: el primer milagro, la sanación inexplicable del hijo del verdugo. Después, todo lo demás es reconstrucción hacia atrás, un laberinto habitado por fantasmas y susurros, luchas sangrientas del pueblo correntino y una figura que inauguró una leyenda.
Por ejemplo hay dos versiones con respecto al color rojo de la vincha. Una es la que sostiene que el color se debe a su “militancia”, o mejor dicho, la pertenencia circunstancial al bando de los Autonomistas, una fuerza política que se identificaba con el colorado y disputaba el territorio con los Liberales (celestes) adherentes a la corriente mitrista nacional. La otra versión se diferencia de ésta y señala que el color de la vincha es porque Antonio era devoto de San Baltasar, el santo negro que viste un paño rojo sobre sus hombros. Así con cada detalle de su vida: milagros, caballos, amores, maldiciones, matanzas, robos, etc.
La misma historia de reconstrucción la padece (digamos padece para herir a los historiadores) “La Difunta” Correa. Como suele suceder con ciertas figuras de religiosidad popular, su relato se fue transformando con el tiempo. La renovación del mito a través de la oralidad, la mutación de su figura en la medida en que un “nuevo milagro” opera y se comunica, los cambios geográficos, y otra serie de factores, han ido moldeando su narrativa. Poco se sabe del contexto histórico de Deolinda Correa (su verdadero nombre), de las luchas montoneras que se llevaron al marido y hermanos, de la leva que sometía al gauchaje, del comisario acosador, de los intentos de abuso, de sus bienes usurpados, del exilio en busca de su pareja. De lo que se habla y se firma como certeza es de lo inexplicable, del milagro, lo que se omite, como vicio, es el sustrato político de la historia.
La vida de Antonio Gil es testimonio de una dimensión del gauchaje, la que podemos definir como el bandolero social. Esta categoría retrata la idea del “buen ladrón”, por lo general un joven que ha sido arrastrado a esa vida por alguna injusticia o por persecución de las autoridades. A diferencia de cualquier bandido, lo que aparece es la dimensión colectiva, donde una comunidad no considera como verdadero delito las acciones del sujeto, sino por el contrario, opera como una suerte de equilibrio y justicia al sacarle algo a los ricos para repartir entre los pobres. Un verso de Julián Zini titulado La Cruz Gil lo sintetiza: “Si robó, le robó al rico / por justicia popular / la inocencia de los pobres / ¡se llama necesidad!”
Mate Cocido en el Chaco, Martina Chapanay en el territorio de San Juan, los asaltos de Juan Bautista Bairoletto a “la Forestal”, Isidro Velázquez, Elena Greenhill en la Patagonia son algunos nombres menos conocidos, pero no menos recordados en las comunidades donde vivieron.
Este tipo de bandolero social todavía permanece en el imaginario de las comunidades campesinas y villeras, sobre todo del conurbano bonaerense. La historia del Frente Vital, narrada por el periodista y escritor Cristian Alarcón es un ejemplo que vio la luz frente a cientos de relatos que permanecen invisibilizados.
Al mismo tiempo, en la historia del Gauchito Gil encontramos el registro histórico del sistema represivo. La aparición del Martin Fierro en el año 1872, que testimonia en verso la persecución sobre el gaucho pobre, es contemporánea a la muerte de Antonio Gil, que pierde la vida también en manos de una partida de soldados.
La literatura, las expresiones artísticas, la religiosidad popular no van a olvidar las muertes silenciadas, las violaciones del Estado, ni el aparato represivo sobre los sectores populares. Resulta interesante comprender que podemos encontrar una continuidad en la lírica y en las preocupaciones de las bandas de cumbia villera surgidas a fines de la década del ´90. Ni hablar de la música, sangre de las provincias y de sus ritmos chamamé, huayno y chacarera fundidos con sintetizadores. El lenguaje de la cumbia no solo transmite un nuevo repertorio léxico sino además una forma de hablar que se deseaba restringida a los sectores populares; es allí donde obtiene su logro poético. Así como la gauchesca de Hernández patea el tablero causando rechazo en las clases dominantes del siglo XIX, el habla villera y su expresión artística también obtendrán su repudio a fines del XX y principios del siglo XXI. Las continuidades en las masas tensionan siempre a las elites.
Una de las explicaciones vinculadas al crecimiento del culto del Gauchito tiene que ver con el trabajo minucioso de los camioneros que vienen del Brasil, de Paraguay o del noreste argentino. Se sabe que el Gaucho protege y los camioneros se han adueñado de esa figura como deidad que los cuida. El papel de los transportistas está ligado a la historia y la política del país, y es probable que sin la desarticulación del sistema ferroviario durante la década de los ´90, la expansión del culto se hubiera demorado más, o hubiera sido periférico, restringido a la zona del litoral. Son los camioneros los que han distribuidos como semilla a través de la oralidad, pero sobre todo con las banderas rojas y la construcción de altares ruteros un camino de enlace entre Corrientes y el resto del país.
Por último, una tensión cultural es que se tiende a asociar la idea de estos personajes con la identidad de Robin Hood (hasta aquí llega la colonización) con la que miles de pibes empatizan, juegan e imaginan ser un sir devenido en ladrón, y no un gaucho matrero que comparte el pan y mate con sus vecinos, algo que parece más próximo en términos territoriales, pero que toma distancia en las representaciones subjetivas. Si hay un deseo personal que se imprime entre las líneas de mis fantasías es la intención de que además de que las infancias jueguen con lo que quieran, también lo hagan con la imagen de un gaucho, una montonera, o una bandida social.
Nadie sabe con seguridad la historia del Gaucho, por eso preguntarse quién fue el Gauchito Gil conduce a un error dogmático y pedante. A cada generación le toca visitar su historia y a veces escribirla. La leyenda se amplía en cada familia, trabajador/a, desesperado/a, excluidos que encuentran en el Gaucho esperanza, tal vez un poco de justicia. ¿Quién fue el Gauchito Gil? No lo sé con precisión. ¿Quién es? un hombre santificado por el pueblo que ofrece mucho y no pide nada a cambio.
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