Artificios
Museo Nacional de la Basura V: Como un extraño murmullo
Hoy cierras sus puertas el Museo Nacional de la Basura, curado apasionadamente por Manuel Cantón. Esta es la última entrega, al menos por ahora, de esta serie en la que se exploran archivos, documentos, fotos y papeles hallados en la basura, se recrean historias, se explora y se narra un mundo.
Por Manuel Cantón
27 de junio de 2024
Esta nota es la continuación de la cuarta y última entrega del Museo Nacional de la Basura. La primera parte puede leerse acá; ahí también hay links a las entregas anteriores. Espero, después de cuatro notas y media, haber conseguido mi objetivo: compartir una pasión privada, serena y un poco rara. Me gustaría escuchar, alguno de estos días, sobre alguien que se cruzó fotos, papeles o libros, y los levantó de la calle; me gustaría sobre todo que, si eso pasa, me inviten a mirar.
Ahora sigamos.
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Google no me decía nada sobre Erica W. Cuando buscaba su nombre, muy común, solo me aparecían profesoras alemanas y twitteras yanquis. Pero yo no soy un profesional de la investigación histórica. Y eso significa que, en muchos casos, tardo bastante en hacer lo obvio.
Este fue uno de esos casos. Recién cuando agoté el material; recién cuando me di cuenta de que este lote de basura, maltrecho y heterogéneo, no me iba a decir lo que yo quería saber —la fecha de llegada de Erica W. a la Argentina—; recién entonces, muy tarde, se me ocurrió consultar la base de datos del Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos.
La respuesta fue contundente. Erica Carlota W. llegó al país desde Trieste —entonces parte de Italia, pero histórico puerto austrohúngaro— a principios de 1938, a los doce años.
Ese dato me permitió hacer dos suposiciones. La primera tiene que ver con esta dedicatoria de Anika:
La dedicatoria dice “Für meine liebe Lotte zu Weihnachten”, que se traduce como “Para mi querida Lotte en Navidad”. La base de datos del CEMLA me había aportado el dato que necesitaba para entender este texto: un segundo nombre. Erica Carlota. Lotte.
Anika le había regalado ese libro a Erica en la Navidad de 1929. La santa y su tonto, una de las dos novelas póstumas de Agnes Gunther, fue un best seller de lengua alemana, pero no parece ideal para una chica de tres años. Es un melodrama, intenso y un poco fantástico, sobre un pintor que se enamora de la hija de un conde. Quizás el regalo se justifique en que, justo un año antes, su adaptación cinematográfica había tenido algún éxito (hasta 2008 se creyó que la película estaba perdida, pero apareció en la bóveda personal de Jack Warner, fundador de Warner Brothers). Quizás Anika regalaba libros para que Erica los leyera de adulta. Quizás solo era un mal regalo.
El segundo dato importante del CEMLA requirió un poco más de trabajo. Partió de una suposición razonable: una chica de doce años es muy joven para viajar sola, sobre todo de un continente a otro. Entonces decidí ampliar los parámetros de búsqueda, y ver si el archivo tenía registro de alguna otra persona del mismo apellido. Y así me encontré, en el mismo barco, partiendo también del puerto de Trieste, a Elsa Magdalena W., de diecisiete años.
Asumí que Elsa y Erica eran hermanas. Había muchos datos que fundamentaban esa hipótesis: el apellido, la fecha del viaje, la poca diferencia de edad, la repetición de la “E” inicial (a los padres les gustan esos juegos: yo soy Manuel Félix, y mi hermano es Máximo Felipe).
Me pregunté si Elsa Magdalena no podía darme alguna información sobre su hermana. Afortunadamente, su huella digital era un poco más generosa. El registro inmigratorio de Brasil la tiene llegando a Río de Janeiro en 1944. El nombre, por supuesto, podría ser una coincidencia. Pero en la tarjeta con sus datos también figuran sus padres; y su madre, nacida en Austria en 1899, se llama Elsa Niemann. El mismo apellido que Anika.
Eso habilita un linaje. Anika Niemann fue tía o abuela de Erica W. Le hizo regalos navideños; le dedicó libros alemanes. Cuando Erica vino a la Argentina en 1938, acompañada de su hermana Elsa, los trajo consigo. Y estuvieron guardados hasta que, casi cien años después, algún imprudente los tiró a la calle.
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El vínculo familiar entre Anika Niemann y Erica W. solucionaba muchas cosas. Unía los libros editados en Stuttgart en 1890 con los álbumes bilingües comprados en Buenos Aires en 1949. Todos esos papeles habían pertenecido a la misma mujer. El lote —la coincidencia entre “lote” y “Lotte” no me desagradaba— tenía sentido. Solo me quedaba averiguar una cosa, y quizás la más importante: ¿quién fue Erica W.?
Google no me devolvía nada. Decidí entonces volver a revisar el archivo con nueva información y ojos frescos. Y, por suerte, encontré algo interesante; algo que antes, sorpresivamente, se me había pasado desapercibido: dentro del libro de canciones alemanas, fechado en 1927 por Anika, había una nota:
La nota confirmaba lo que era fácil suponer: Pibelandia —el lugar de redacción del cuaderno— era algún tipo de colonia o grupo recreativo para adolescentes en San Martín de los Andes. Escribían poemas en alemán y cantaban canciones en alemán (en las noches de luna llena, ni más ni menos). Erica, que para 2008 ya debía tener cerca de ochenta y seis años, le estaba dejando ese libro —que antes le había regalado Anika— a algún descendiente. La línea continuaba.
La fecha en la nota me desconcertó. No entendía cómo alguien podía vivir hasta el 2008, por lo menos, sin figurar en ningún tipo de base de datos digital. Mis abuelos, que nacieron en la misma época y pasaron sus vidas en un pueblo de quinientos habitantes, aparecen en todos lados; para quien sabe buscar, por lo menos. ¿Por qué no Erica?
Pero esa nota no fue lo único que encontré en la segunda pasada por el archivo. Hubo otras sorpresas; sorpresas mínimas, que solo atrapan a los minuciosos. En esa segunda pasada, decidí leer, de tapa a tapa, el ejemplar del diario La Mañana de Neuquén.
La fecha en marcador en la tapa —04-02-1997— supo ser una incógnita durante algún tiempo. Asumía que el diario había sido guardado para conmemorar algún acontecimiento; el nacimiento de un nieto, por ejemplo. Un mail de la Junta de Estudios Históricos de Neuquén se ocupó de resolver esa duda. Ese día se cumplía el noventa y nueve aniversario de la fundación de San Martín de los Andes, el cuatro de febrero de 1898.
Durante un tiempo, creí que esa respuesta —tan certera, tan contundente— era todo lo que necesitaba saber sobre el diario. Me ayudaba a fijar a Erica W. en San Martín de los Andes; no era poco. Y por eso fui —otra vez: no soy un profesional— descuidado. Porque si me hubiera detenido a leer el diario en un primer momento, me habría encontrado con un detalle insólito, tan extraño que no me habría dejado pensar en otra cosa.
En el diario había tres notas marcadas con un tic en birome azul; notas de interés para su dueña, seguramente. Sus titulares eran: Isabel Perón declaró sobre desaparecidos, Balza negó su alejamiento y —quizás la mayor sorpresa— Temen por la salud mental de Priebke.
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Creo que hoy, a casi treinta años, los tres titulares resaltados necesitan alguna aclaración.
El primero, Isabel Perón declaró sobre desaparecidos, recupera un caso judicial: en 1997, en España, Isabel Perón testificó frente al juez Baltasar Garzón, que investigaba la desaparición de 297 ciudadanos españoles durante la dictadura militar argentina. Su declaración tocó brevemente el accionar de la Triple A —grupo paramilitar fogoneado por el gobierno del que fue vicepresidenta, hasta la muerte de su marido, y después presidenta—, responsable de la desaparición y muerte de por lo menos setecientas personas en democracia. También dio cuenta, por otro lado, de los llamados “decretos de aniquilamiento”: cuatro decretos presidenciales firmados en 1975 —algunos por la presidenta, otros por su suplente interino Ítalo Luder— que instaban a las fuerzas armadas a “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos”. Esos decretos fueron el antecedente directo de la dictadura militar que, entre otras atrocidades más conocidas, derrocó a Isabel Perón y la mantuvo cinco años presa e incomunicada, primero en la residencia presidencial de Villa La Angostura y después en la base naval de Azul, donde cometió, sin éxito, el más confirmado de sus intentos de suicidio.
El segundo titular dice Balza negó su alejamiento. En 1997, Martín Balza, veterano de la Guerra de Malvinas, era jefe del Estado Mayor del Ejército. Su continuidad estaba puesta en duda desde que, en 1995, aprovechara una emisión de Tiempo Nuevo, el programa de Bernardo Neustadt, para hacer la primera autocrítica oficial de las Fuerzas Armadas en relación a los crímenes cometidos por la dictadura militar. Entonces dijo: “Nadie está obligado a cumplir una orden inmoral o que se aparte de las leyes o reglamentos militares. Quien lo hiciera incurre en una conducta viciosa, digna de la sanción que su gravedad requiera. Sin eufemismos, digo claramente: delinque quien vulnera la Constitución Nacional. Delinque quien imparte órdenes inmorales. Delinque quien cumple órdenes inmorales. Delinque quien para cumplir un fin que cree justo emplea medios injustos e inmorales”. Por esta declaración y otras parecidas, Balza sufrió varias represalias dentro de su fuerza, incluyendo la expulsión del Círculo Militar.
El tercer titular se refiere a Erich Priebke. Él fue, junto a Josef Mengele y Adolf Eichmann, uno de los integrantes del big three de críminales de guerra nazis refugiados en Argentina. Sus destinos fueron muy dispares. Mengele, médico infame por sus experimentos sobre prisioneros en campos de concentración y exterminio, fue carpintero en Vicente López, después empresario farmacéutico en Paraguay, y finalmente granjero en Brasil, donde murió de un ACV en 1976. Cândido Godói, el pueblo brasilero donde pasó sus últimos años, es conocido por tener la tasa de gemelos más alta del mundo: uno de cada diez nacimientos viene de a pares.
Adolf Eichmann fue el responsable logístico de la deportación y el exterminio de judíos durante el Tercer Reich. Su rol terrible y burocrático, monstruoso y gris, lo hizo inspirador de un libro notable: La banalidad del mal, de Hannah Arendt. Después de la Segunda Guerra Mundial, se refugió en Argentina con un nombre falso. Fue mecánico, tintorero y gerente de Mercedes Benz. Hacia finales de los cincuenta, Lothar Hermann, sobreviviente de Dachau —donde la tortura lo dejó ciego—, informó a las autoridades de Israel que su ex vecino, que se hacía llamar Klement, era, en realidad, Eichmann. En 1960, un espectacular operativo del Mossad lo secuestró y lo llevó a juicio.
El caso de Erich Priebke es probablemente el más anómalo de los tres. El 24 de marzo de 1944 —la coincidencia en la fecha es insólita, pero es—, dirigió y participó de la ejecución, mediante disparos en la nuca, de más de trescientos prisioneros, con cuyos cuerpos tapió los túneles de una mina abandonada. El episodio fue conocido como la masacre de las Fosas Ardeatinas. Después de la guerra, Priebke se instaló en Bariloche; ahí vivió bajo su verdadero nombre y fue, durante décadas, director del Instituto Primo Carparo, un colegio protagónico en la comunidad de inmigrantes alemanes. En 1994, a sus ochenta años, fue interceptado en la calle por Sam Donaldson, periodista de ABC News. En esa breve entrevista reconoció ser quien efectivamente era —el responsable de una masacre— y acusó al periodista de “no ser un caballero”. Priebke fue después extraditado y juzgado en Italia, donde estuvo preso hasta 2013. Carlos Echeverría lo hizo protagonista de un documental notable: Pacto de silencio. Murió pasados los cien años.
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En ese ejemplar de La Mañana se cubrían otras cuestiones. Había asuntos locales —la privatización del agua en Neuquén, una nevada veraniega— y otros nacionales —novedades sobre el caso Carrasco y sobre el caso Cabezas, las clasificatorias al Mundial de Francia—. Esas tres notas eran las únicas marcadas con un tic de birome azul. Las únicas importantes, al parecer.
No voy a ser deshonesto: esas notas también me interesan. Todas involucran, de alguna manera, la penalización y judicialización de crímenes de lesa humanidad, aunque unas atañen a la dictadura militar argentina y otras al nazismo. Hay muchas buenas razones para preocuparse por esos temas. Pero yo tenía la sensación —quizás prejuiciosa— de que en este caso las razones no eran tan buenas.
Si bien el lote ya había cobrado un sentido general, todavía quedaba algo sin explicar: los mapas y las revistas asociados al montañismo, vinculados directamente con la foto de Ilse Von Rentzell de Atkinson. Entre estos papeles estaba la edición de 1967 de La montaña, el anuario del Club Andino de Bariloche. Reunía varios tipos de notas: manuales técnicos, descripciones de flora y fauna, disquisiciones cartográficas y, sobre todo, crónicas de ascensos. Los participantes de esas expediciones solían pertenecer a uno de cuatro grupos: estudiantes de la Escuela de Guías de Alta Montaña, alpinistas extranjeros, aficionados locales —con una gran proporción de médicos— y miembros del Ejército, en especial tenientes y sargentos.
Leí la revista de principio a fin sin encontrar ninguna mención a Erica W. De hecho, solo aparecían tres mujeres, una de las cuales —María Canals Frau— había fallecido trágicamente en un ascenso al Aconcagua. Me contacté con la biblioteca del Centro Andino Buenos Aires y con el Centro Andino de Bariloche. Ninguno tenía registro de Erica W.
Me pareció que había llegado al final de la historia. Tenía, por lo menos, un recorrido posible: Erica W. nació en Austria; llegó a la Argentina, como tantos otros inmigrantes, a fines de la década del treinta; en los sesenta se interesó, sin grandes consecuencias, en el andinismo; en los noventa siguió atentamente, como gran parte del país, los procesos judiciales por crímenes de lesa humanidad; en los dos mil heredó sus libros a algún nieto. No aparecía en Google quizás precisamente por eso: porque había llevado una vida ordinaria.
Pero entonces me di cuenta. No estaba seguro, pero era una posibilidad, quizás ni siquiera remota. Y en cualquier caso, una posibilidad remota era mejor que nada.
Había buscado a Erica por su apellido de soltera.
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Entonces empezó el trabajo minucioso. Extraje todos los apellidos de La montaña, de los recortes de diario y de cuanto texto encontré en el lote. Eran más de cien. Los emparejé, uno por uno, con el nombre Erica, y los busqué en Google.
Tuve varias coincidencias. Afortunadamente, yo ya sabía mucho sobre Erica W., y era fácil desmentir los falsos positivos: esta mujer no tiene la edad, esta nació en Argentina, esta vivió siempre en Buenos Aires. Después de un par de días pude confirmar lo que ya suponía. A pesar de haber firmado sus libros siempre con su nombre de soltera, a mediados de la década del cuarenta Erica W. había tomado el apellido de un joven oficial del Ejército Argentino.
El marido no llegaba a ser notable. Fue aficionado al montañismo. Se retiró con el grado de coronel y después de eso publicó algún trabajito histórico. Murió a principios de los dos mil. Durante la última dictadura, ocupó un puesto lateral en un gabinete de ministros provincial. Los pocos artículos que lo mencionan —siempre en diarios locales de línea conservadora— dicen que su gestión fue buena, dentro de un contexto malo; alguna ex secretaria le rescata haber ignorado su pasado peronista en una época donde cualquier antecedente era peligroso. Poco más.
No encontré procesos penales con su nombre. No sé qué grado de complicidad tuvo con la masacre. Da la sensación —y es difícil imaginar lo contrario— de que sabía lo que estaba pasando, como tantos otros civiles y militares. Quizás lo juzgó un mal necesario, un daño que no estaba dispuesto a cometer pero sí a tolerar. Quizás fue un ingenuo improbable. Quizás fue peor.
Tampoco sé qué pensaba Erica. Por supuesto, austríaca o no, hay muchas formas de ser fascista desde la Argentina: ocurría en los treinta, ocurrió después y ocurre ahora. Pero eso no implica, necesariamente, un involucramiento directo con el genocidio.
Quizás la historia se podría resumir así: Erica W. fue austríaca, fue patagónica, fue aventurera, fue militar. Amó los libros y las montañas; de sus odios no dejó registro, pero probablemente fueron feroces. Murió porteña y nonagenaria.
En 2019, su cadáver fue inhumado y cremado. Ninguna tumba lleva su nombre.
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