Artificios

Mal agradecida

¿Alguna vez te dijeron “malagradecida” solo por no hacer lo que esperaban de vos?
Este texto no habla de falta de gratitud, sino de lo que pasa cuando la gratitud se vuelve una exigencia y una forma de control.

Por Consuelo Ávila
11 de mayo de 2025

Mal agradecida

La arrogante e ignorante Níobe cometió el error de insultar a Latona, vanagloriándose de que ella, Níobe, había tenido muchos hijos e hijas hermosas, mientras que Latona sólo tenía dos. Latona recurrió a Artemisa y a Apolo [su hija e hijo] para vengar la afrenta, lo que hicieron diligentemente. Con sus arcos y flechas, Apolo mató a los seis hijos de Níobe y Artemisa a las seis hijas. […]Artemisa era implacable con quienes la ofendían, como, por ejemplo, cuando descubrió a Acteón cometiendo su gran error: mientras paseaba por el bosque, el cazador Acteón llegó accidentalmente a una poza escondida, en donde se estaban bañando la diosa y sus ninfas y se quedó mirando embobado. Ofendida por la intrusión, Artemisa salpicó agua a la cara de Acteón, transformándole en un ciervo. [Y] Se convirtió entonces en presa de sus propios perros de caza […]La diosa Artemisa tenía un aspecto destructivo que era simbolizado mediante el jabalí salvaje, uno de los animales que eran sagrados para ella. Según la mitología, soltaba al campo al jabalí de Calidonia cuando era ofendida. […] La colera de Artemisa sólo era superada por la de Hera.

Jean Shinoda Bolen, Las diosas de cada mujer.

Gratitud es una acción que se me ha exigido últimamente. Las personas me echan en cara mi falta de este valor. Mi ex amigo el empresario, de quien hablé en mi ensayo Desde Cero y mi ex maestra de budismo, de quien hablo en Perversamente alegres, me han acusado de falta de gratitud. Él porque renuncié en el último momento a su empleo y ella porque no le di las gracias por el mes que me hospedó en su casa. Curiosamente, a él le di las gracias cada vez que realizó el depósito de mis apoyos de capacitación, así como cuando renuncié. Y a ella le dije gracias esa noche cuando me aclaró sus motivos para no querer hospedarme más, mientras se comía media bolsa de Sabritas ¿Será acaso que él no sabe leer y ella es sorda? Claro que no, simplemente esperaban de mí otra clase de gratitud, una que no fui capaz de dar.

¿Qué es la gratitud y por qué la gente que hace favores espera recibirla a cambio? Acudo a mi fuente más confiable (por no decir más cómoda y accesible) de información sobre temas filosóficos: The School of Life del filósofo Alain De Botton. Además de ingrata, soy floja. En sus videos De Botton nos alienta a dar las gracias por las mañanas de primavera, la casa que luce hermosa el día de hoy y sobre todas aquellas cosas que, a pesar de todo, van bien. En lo que respecta a favores o regalos, De Botton aconseja redactar cartas de agradecimiento basándonos en obras de arte que sean en sí mismas actos de gratitud a la naturaleza. Esto se debe a que las obras de arte son acciones que requieren un alto grado de atención al detalle como, por ejemplo, la luz solar a través de las hojas de los árboles o reflejada sobre las aguas de un lago. De Botton afirma que la mayoría de nosotres tiene problemas para expresar sus emociones y que más que decir que el regalo fue bonito, o que la cena fue deliciosa, deberíamos ser más específicos en el cómo y el por qué: el sabor de la comida, la compañía, la conversación, o qué hace bonito o especial ese regalo recibido.

Y creo que por eso me resulta tan difícil ser agradecida con las personas antes mencionadas: los detalles, los retorcidos y perturbadores detalles. A primera vista, ayudar a una persona pobre y desempleada dándole dinero a cambio de brindarle un empleo para que te pague ese dinero, es un acto de gran generosidad y un ganar-ganar: tu obtienes un trabajo y yo recupero mi dinero, al mismo tiempo que resuelvo mi problema de falta de personal para el nuevo fraccionamiento que voy a administrar. Asimismo, darle albergue a una persona sin empleo y sin hogar, a cambio de una renta mensual, parece amable y justo, es otro ganar-ganar: tú tienes donde vivir y yo obtengo un dinerito extra. 

Y no es que crea que la generosidad deba ser ilimitada (como dicen los preceptos de la orden budista a la que esta mujer pertenece como miembro ordenado), o que mi ex amigo tenía la obligación de ser mi mecenas para que yo pudiera seguir escribiendo. Sin embargo ¿deberíamos hacer favores o realizar “actos de amor y bondad” (otro precepto de la orden) esperando gratitud siempre, sobre todo, en forma de retribución económica y financiera? ¿qué pasa si la persona no puede, literalmente, pagarnos? ¿Y si la persona no quiere ni puede ser tu empleada porque no estudió eso, ni es su profesión aquel puesto que te empeñas en forzar? ¿Cómo te va a pagar renta si no tiene trabajo? Me vienen a la mente esos hombres que son amables con las mujeres esperando que estas les paguen con amor o sexo.

En los movimientos de justicia social existe un término llamado “economía del cuidado”. Quienes nos hemos dedicado a los derechos humanos y al activismo sabemos que no siempre las personas pueden pagar con dinero nuestros servicios y la economía del cuidado consiste en una especie de trueque de saberes o de habilidades. Se puede pagar con lo que la persona sepa hacer y no se le obliga a nada que no quiera o pueda realizar. Cuando fui voluntaria, jamás me pasó por la cabeza que las personas usuarias, ni siquiera las colectivas u organizaciones me tuvieran que agradecer. Hice lo que hice, no porque buscara gratitud o reconocimiento, sino porque quería cambios en la sociedad que beneficiaran a las mujeres y a las personas disidentes sexo genéricas.

Una de las ultimas cosas que esa mujer me dijo, fue que ella fue la única persona del centro budista que me hospedó…por tonta. Hacer favores y ayudar a otres sin recibir nada a cambio ¿nos hace tontos, tontas o tontes? En México, la creencia de que la gente buena y generosa es pendeja y que las personas chingonas (¿violadoras?) y cabronas, son inteligentes, fuertes y triunfadoras y, por lo tanto, dignas de respeto y admiración (siempre y cuando no seamos nosotres alguna de sus víctimas), está ampliamente extendida y profundamente internalizada. Probablemente el empresario y la budista, se han sentido en el primer grupo y me ven a mi dentro del segundo, sin darse cuenta de que son ella y él quienes siempre tuvieron la sartén por el mango. 

Y si, sé que no se puede dar y dar indefinidamente, sobre todo en las relaciones personales, particularmente en las de pareja. Sin reciprocidad, se vuelve injusto y abusivo ¿Deberíamos ser conscientes y aceptar que tal vez las personas sujetas de nuestra generosidad no podrán retribuirnos, al menos no como nosotres quisiéramos? Y lo más importante ¿Deberíamos ser agradecidas con quienes nos hacen favores y al mismo tiempo nos humillan y maltratan?

Si piensan que mi problema de ingratitud se limita a estos dos personajes, tengo uno aún más complicado y doloroso: mi madre y su hijo. Mi relación con esos dos familiares está marcada por un pasado de violencia física y psicológica del tipo narcisista, abuso verbal, anulación y amenazas de abandono. Si alguien ha destruido mi auto imagen y auto estima, mi sentido de seguridad y mi paz interior, han sido ellos. Como si esto no fuera suficiente, mi madre siempre quiso que yo me quedara con ella o que me la llevara a vivir conmigo. Y así es como, intentando escapar, en muchas ocasiones me he visto en situaciones como la que viví con mi ex maestra de budismo. Es frustrante ver cómo, sin importar cuánto lo intente, siempre termino siendo el saco de boxeo de alguien, ya sea en el trabajo o en mi domicilio ¿qué carajos tenía que hacer yo en la casa de esa mujer a la que apenas y conocía? Explicarlo, incluso a mí misma, me resulta difícil y vergonzoso. Cómo lo describe Clarissa Pinkola Estés en el cuento del Patito Feo (Mujeres que corren con los lobos, Penguin Random House, 2022): a algunas personas la vida nos ha fallado desde el inicio y en un intento desesperado (y yo diría muchas veces inútil), de encontrar lo que ella denomina “nuestra familia espiritual”, terminamos en lugares y con personas que no nos corresponden y, por ende, salimos aún más lastimades. Es complicado ser agradecida cuando no puedes encontrar tu lugar en el mundo, cuando eres un ser errante en perpetuo exilio o la arrimada, cuando no puedes aterrizar, echar raíces y al fin descansar en un lugar al que puedas llamar tu hogar. Es complicado ser agradecida en semejante estado de agotamiento crónico, tanto físico, como mental.

Después de que me fui de la casa paterna hace ya 16 años, mi madre comenzó a respetarme y desde que regresé a Puebla su apoyo económico me ha permitido tener dónde vivir y algo de comida. Mi editora, me aconseja ser agradecida con mi madre, lo cual no tiene nada de raro, es muy lógico. Mi editora cree en la redención y probablemente mi incapacidad de ser agradecida está directamente relacionada con mi falta de otro valor humano: el perdón. No es que piense que la gente no merece ser redimida, todes hacemos daño y cometemos errores todo el tiempo, pero no creo que estemos obligades a perdonar a nuestros verdugos. Exonerarles, le corresponde a quienes no tienen una historia con elles, porque solo les otres poseen la imparcialidad que la justicia requiere, en este caso no para juzgar y castigar, sino para absolver y olvidar. Y yo no puedo perdonarme ni a mí misma. Sí alguien a quien he ofendido o lastimado es incapaz de personarme, lo entiendo y lo acepto con calma, porque estoy consciente de que no puedo pedir lo que no puedo dar.

Y también está la tendencia que tenemos las personas con ansiedad de poner una atención excesiva y exclusiva en lo negativo, ya que es amenazante. Lo positivo no nos implica ningún peligro, por lo tanto, podemos ignorarlo. Es difícil ser agradecida cuando no te sientes a salvo en ningún momento, ni en ninguna parte. O cuando tienes la armadura bien puesta y te hayas en la espera del siguiente golpe, porque no te sientes segura en compañía de nadie.

Honestamente no sé a qué se refiere mi editora con ser agradecida con mi madre. Gracias y diplomacia es lo único que puedo darle. Cada vez que me da algo le doy las gracias y en varias ocasiones me ha respondido que no lo hace para que yo le dé las gracias. Cuando era niña y recibía algún regalo, mi madre me decía “¿qué se dice?”, a lo que yo debía responder de inmediato y sin falta con un “gracias”. La última vez ocurrió en mis veintes, no recuerdo qué me regaló mi hermana, pero me hizo tan feliz que las palabras no me salían y en vez de eso, me brotó una sonrisa de grata sorpresa y cuando estaba tomando aire para decir “gracias”, mi madre me salió con el infame “¿qué se dice?”. Si, me arruinó el momento. Describo estos 16 años en los que he intentado por todos los medios ser una persona adulta económicamente independiente, financieramente funcional, profesional y laboralmente exitosa, con estas palabras: en un esfuerzo inútil por arrancarme el cordón umbilical, me arranqué los intestinos y ahora me arrastro por la vida sangrando y muriendo, con las tripas de fuera y el cordón umbilical pegado a ellas.

Me niego rotundamente a “agradecer por lo poco que tengo”, no voy a dar gracias por el hecho de que una cantidad mínima de seres humanos acumulan y acumulan riqueza y tienen mucho más de lo que necesitan, mientras la inmensa mayoría apenas tenemos lo indispensable para sobrevivir y muchas otras ni siquiera eso. No voy a agradecer eso como si fuera correcto que algunos tengan todo y muches no tengamos nada. No se puede ser agradecida cuando las personas que nos dedicamos a las artes, las humanidades y las ciencias sociales carecemos por completo de oportunidades de empleo dignas en las ramas que estudiamos y cultivamos. Tampoco se puede agradecer que las mujeres sobrevivientes de violencia tengamos que seguir atadas a nuestros agresores debido a la falta total de recursos laborales y económicos que nos permitirían sostenernos por nosotras mismas. No voy a dar gracias por mi vivienda humedad y gélida, ni por la plaga de termitas y cucarachas, ni por la imposibilidad de abrir la ventana de mi cuarto porque la calle no está pavimentada, ni por tener que pagar $1900 por un tanque de gas porque no tengo uno vacío para cambiarlo por uno lleno ¡A la mierda eso de “dar las gracias por lo que tengo, aunque sea poco”! ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que la satisfacción de nuestras necesidades más básicas es un favor que nos hacen los gobiernos en turno y la divinidad? 

Algo que me pasa cuando estoy muy deprimida es que doy las gracias y pido perdón por todo, lo cual pone de mal humor a quienes están cerca: “¡ya deja de pedir perdón y de dar las gracias por todo!”¿Por qué lo hago? Porque me siento como basura y culpable por mi mera existencia. 

He aquí mis cartas de agradecimiento, con la mayor cantidad de detalles que el respeto al anonimato me permite y dándole permiso a mi Artemisa para explayarse:

Querido ex amigo:

Te doy las gracias por ser mi amigo por 21 años. Gracias por las veces que salimos juntos durante la licenciatura. Gracias por tu bella sonrisa de niño hermoso y por ser una encarnación del dios Apolo: cálido y brillante como el sol. Gracias por el perfume que me regalaste en la cena de navidad de 2011, cuando trabajé por primera vez para ti como encargada de recursos humanos. Tienes un olfato lo suficientemente desarrollado y la atención al detalle necesaria para saber que me gustan los olores dulces. Gracias por ese trabajo, por los $800 que me prestaste para pagar mi renta (que luego te cobraste de mi primer sueldo) y el permiso para ir a la Ciudad de México a hacer todas las pruebas y tramites que me llevaron a trabajar en el Cefereso de Tepic durante un año. Gracias a eso, pude conocer lugares bellos como Sayulita, Santa Maria del Oro y posteriormente, vivir en Guadalajara y conocer algunas partes del Estado de Jalisco. 

Gracias por ayudarme a sacar una cita en el SAT para poder tramitar mi firma electrónica y así poder obtener la beca del CONACYT para mi maestría en literatura aplicada. Por todo lo anterior, reconozco que tu impacto en mi vida es inmenso. Soñé con ver tu nombre en los agradecimientos de mi primer libro. Te admiré por ser todo lo que yo no soy: una persona adulta funcional, confiable y madura. Te doy las gracias por el dinero que me disté el año pasado, ya que pude pagar la renta un par de meses y comer un poco. Fue indirecto y sin intención, pero gracias por poner en mi camino, aunque brevemente, a tu prima, quien me brindo su amistad y sus cuidados. Es una mujer dulce, cálida y generosa que una vez tuvo que soportar que el presidente de la mesa directiva del fraccionamiento la regañara porque un residente le pidió a CFE que podara su palmera para que dejara de incendiarse con los cables. Al tipo se le hizo fácil dejar en la banqueta los restos de la palmera y la única solución fue pedirle al jardinero del fraccionamiento que se llevara esas ramas. Horas después el pendejo presidente la llamó para reclamarle que “lo había metido en un problema con el jardinero” (cuando en realidad el otro regañado fue el jardinero), le pregunto si no se daba a entender, si no había explicado algo o si “mejor allí paraba su tren”. Ojalá hubieras visto como su hermosa cara perdió la alegría, le pregunté si estaba bien, ella respondió que sí, pero yo podía sentir que no, porque el ambiente se tornó pesado. Sabía que sin importar cuánto se esforzara, nunca iba a tener a esa gente conforme ¡Carajo! ¡¿Cómo puedes permitir que la traten así?! ¡¿Para eso le insististe que trabajara para ti?! ¡¿Para que una estúpida le aventara el carro encima?! Si yo fuera una miembro adulta mayor de tu familia, te reprendería por hacerle eso a tus primas y hermanes menores, probablemente te hubiera dejado de hablar y les aconsejaría que renunciaran, porque ni todo el dinero del mundo vale la dignidad de un ser humano. Gracias a ti, el término “burgués” ya no es un concepto teórico vacío y lejano, sino una realidad palpable y cercana que me llena de horror.

Por qué una persona con tu inteligencia, recursos y bondad, en vez de crear una clínica de atención psicológica, que del mismo modo podría haberle dado empleo a tu hermana fisioterapeuta, a tu hermano abogado, a tu prima contadora y a tu otra prima que, al igual que tú, es psicóloga; y en vez de eso elegiste una empresa de administración de fraccionamientos de lujo, que pone a tus familiares y seres queridos como carne de cañón para las violencias de esas gentes prepotentes que piensan que todas las demás personas somos sus esclavas. Y además, sostiene y reproduce actos de despojo e injusticia como lo es Lomas de Angelópolis, está más allá de mi entendimiento. No soy quién para juzgarte, tú ya te habías comprado un buen carro a los veintitantos con el fruto de tu trabajo. Yo a los cuarenta dependo de mi madre.

Lo siento, no pude agradecerte convirtiéndome en tu empleada (otra vez), para que pudieras cobrarte el dinero que me diste (otra vez) de mi salario que apenas hubiera sido poco más del salario mínimo, por un empleo que me exponía a amenazas e insultos siete días a la semana y 24 horas al día, presencialmente y por el celular de la compañía. No puedo darte las gracias por sentirme como un objeto que puede ser comprado, o por sentirme como esas personas (¿del pasado?) que se veían obligadas a trabajar para reyes o hacendados hasta que lograran saldar su deuda y que nunca lograban liberarse. Sé que no te lo esperabas, que no lo viste venir y que fue algo muy brusco. Pasé semanas sintiéndome culpable por todo lo que te dije y cuestionándome si tenía derecho a hacerlo, pero como dice Clarissa Pinkola Estés: “La Mujer Salvaje enseña a las mujeres a no ser amables cuando tengan que proteger sus vidas emocionales. La naturaleza salvaje sabe que el hecho de actuar con dulzura en tales circunstancias sólo sirve para provocar la sonrisa del depredador. Cuando la vida emocional está amenazada, el hecho de trazar en serio una línea de contención es no sólo aceptable sino también preceptivo”. Espero que todo lo que te dije algún día sirva para que mejores las condiciones laborales de tus empleados y empleadas, o que por lo menos respetes el derecho a la desconexión fuera de horario laboral, el cual se encuentra en la Ley Federal de Trabajo. Mínimo para que no te multen.

Se terminó la amistad y tal vez sea mejor así, pertenecemos a mundos y realidades diferentes, por no decir opuestos o hasta antagónicos. A mi edad, ya no estoy para semejante intercambio de flechazos. Como nos recuerda Jean Shinoda Bolen, a diferencia de Atenea, Artemisa no tiene una armadura que la proteja y tus flechas de Apolo duelen mucho. 

No he podido evitar relacionar lo que pasó con la foto de todos esos empresarios multimillonarios y poderosos durante la toma de posesión de Donald Trump, quien es también un empresario millonario. Y me aterra pensar que el control de los gobiernos y del mundo entero ha quedado en manos de personas que, detrás de su altruismo, están esperando “recuperar su inversión” y que pugnan por que la educación produzca a sus futures empleades explotades. Creo que nuestras vidas individuales no son más que pequeñas muestras de la realidad global.

Te deseo buena suerte a ti y a tu familia.

Querida ex maestra de budismo:

La conocí en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Llegué a Cuernavaca en la primavera de 2018, luego de haber tenido tres ataques de pánico, que me llevaron a desarrollar el trastorno de ansiedad generalizado del que me sigo recuperando siete años después. El centro budista en general y en particular las clases de budismo y meditación que usted impartió, me ayudaron a sanar y a encontrar la paz interior y la espiritualidad que hacía muchos años había perdido. Y le doy las gracias por ello. También le agradezco por no cobrarme el taller en línea de meditación y budismo que tomamos algunas mujeres y yo durante la pandemia. 

Nuevamente acudí a usted y al centro budista en el peor año de mi vida: perdí profesión, empleo, dinero, vivienda y posesiones. Conocí la enfermedad, el hambre y el despreció hacía quienes fracasamos y necesitamos ayuda de otres. Hui de Puebla hacia Cuernavaca anhelado liberarme de horror vivido y del dolor de perder amistades, independencia, autonomía y mi carrera como activista y académica de derechos humanos. Y busqué, como dicen ustedes en la orden, refugio en la Sangha. 

Le agradezco por hospedarme entre el 27 de noviembre de 2024 y el 4 de enero de 2025. Le agradezco esa invitación a desayunar y la comida que compartió conmigo luego de pasar toda la mañana eliminando los correos electrónicos que usted acumuló, sin abrir si quiera, durante más de una década. Le agradezco por haber puesto en mi camino, sin que fuera su objetivo, por poco tiempo y tal vez muy a su pesar, a su casero, quien se convirtió en el Haku amoroso de este Viaje de Chihiro en el que, debido a las violencias agresivo pasivas y narcisistas que recibí por parte de usted, más que Zen, fui el Sin Cara. Usted fue una Yubaba sedienta de dinero, llegando a sugerir que yo trabajara para usted haciendo sus rosarios budistas a cambio de $20 por cada uno. Por más que busqué, no logré encontrar a la Zeniba amable que alguna vez conocí.

Perdón, pero no le puedo agradecer la angustia que sentía cada vez que usted me recordaba que la fecha de mi desalojo se acercaba, o el cambio extremo de total gentileza cuando creía que yo sería capaz de pagarle los $2000 mensuales por dormir en el suelo de su sala, a la grosería absoluta cuando se volvía evidente mi incapacidad de encontrar empleo. Y es que, a diferencia de usted, yo no conseguí mi primer trabajo a los 17 años siendo secretaria en una empresa. Yo, treinta años menor, conseguí mi primer empleo a los 25 años, haciendo el aseo en un hotel, a pesar de que ya tenía el título y la cédula de la licenciatura.

No le perdono que cenara dos veces o comiera en mi presencia cuando usted sabía perfectamente que yo me alimentaba exclusivamente de bolillos o de la avena que usted no quería comer, porque me quedé sin dinero para comida por darle a usted mis últimos $500. Más que su invitada, fui su prisionera. 

¿Por qué seguí limpiando su casa, sacando la basura y lavando sus trastes sucios hasta el último día? Porque era la única forma que tenía de retribuirle y agradecerle y además de eso, ni toda mi formación como psicóloga o feminista, ni todo mi conocimiento en violencias me pudo preparar o amortiguar el golpe de su sadismo. Fui capaz de reconocer profesionalmente todo lo que usted me hizo y conectarlo con la violencia familiar que usted nos confió en el taller en línea de 2020 y con el divorcio que me confesó ese día en que la ayudé a comprar los seguros de viaje para su peregrinación a la India, para que luego usted me saliera con que la estaba distrayendo de su labor tan demandante. Sí, supongo que chantajear a los ejecutivos telefónicos de Aeroméxico, para que le vendan seguros de viaje, a pesar de que ninguno de los vuelos de ida o regreso iban a ser con esa aerolínea, debe ser muy estresante. Usted está acostumbrada a obtener lo que quiere de la gente, sin importarle si para ello debe recurrir a la manipulación, la coerción o el chantaje. Y creo que su coraje contra mí y su sensación se ser tonta por hospedarme se debe a que conmigo no lo logró, no pudo obtener los $2000, más que tonta, se sintió derrotada. Conmigo le fallaron el colmillo y la maña. 

Aun así, nada pudo evitar que me sintiera despedazada y aniquilada. Lamento que su esposo la dejara por otra mujer y que ese primo suyo abusara de usted. Pero no es mi culpa, ni tendría que haber sido el blanco de su rabia y su codicia, nada lo justifica. Nadie que se puede dar el lujo de largarse tres meses al sudeste asiático necesita que alguien desempleada le pague $2000 mensuales por dormir en el suelo. Siento que la escuela de la colonia la filmara agrediendo al alumnado y lamento aún más que usted hiciera semejante estupidez, pero, contrario a lo que usted diga, puedo asegurar sin lugar a dudas que lo que usted hizo y dijo en ese video es verdadero.

Le pido disculpas, pero sinceramente espero que, más pronto que tarde, la orden y el centro budista se den cuenta de la persona que usted es en realidad. De lo contrario, me veré obligada a creer que, si usted pudo colarse en ella y funcionar tan bien en su interior, es porque todes elles son como usted y que recitan sus preceptos de acciones de amor, bondad y generosidad sin límites, esperando no tener que llevarlos a cabo nunca. Como cuando usted, otra mujer ordenada y yo salimos del evento de año nuevo y estando dentro del auto de su amiga, ambas se negaron a darle una moneda al franelero porque “las asustó”. “¡Que sepa que no siempre se le va a dar!”, fue lo que usted dijo con su voz nasal.

El amor, la bondad y la generosidad no son para purificar el cuerpo (para eso están el agua y el jabón), ni mucho menos para ganar méritos que nos llevarán a reencarnar como dioses o budas. Conocí en Cuernavaca a una mujer que me regaló una bolsa de frutas y verduras y para explicarme está acción me dijo: “Si no nos cuidamos entre nosotras ¿cómo sobrevivimos a este mundo?”. En las luchas populares llamamos a esto ética del cuidado. El amor, la bondad, la generosidad, la ayuda y el cuidado mutuos son lo único que nos protegerá y nos permitirá sobrevivir en esta vida, la única que tenemos, la única que hay. 

Gracias a usted, estuve a punto de conocer la indigencia o de saber lo que se siente pasar la noche en un albergue de personas sin hogar. Y para que lo sepa, el día siguiente que usted me corrió y que tuve que volver a Puebla, me enviaron un mensaje de una empresa funeraria en Cuernavaca para avisarme que el lunes firmaba el contrato.

Sería interesante analizar, así como con mi ex amigo el empresario, cómo su conducta conmigo es un reflejo de los abusos que las religiones comenten en contra de sus creyentes. Particularmente, la forma en que buscan lucrar con la fe. Está demás decirlo, pero he dejado de ser budista ¿sí les entrego mi figura del Buda al centro budista o se la quedó usted? No sé si reírme o sentir lástima por el hecho de que creyó que lo que contenía esa bolsita de plástico era dinero. Esa obsesión suya ya es patológica.

Me despido de usted, aborreciendo el daño causado y deseando de corazón no volver a verla o saber de usted nunca más. No sin antes aprovechar la presente para enviarle una cordial mentada de madre.

Furiosamente

Consuelo Avila, la ingrata.

P.D. No me pidan gratitud por las afrentas recibidas, porque lo que van a obtener en su lugar es mi venganza ¿no quieren que escriba sobre ustedes? Pórtense bien. ¡Ah! Y por cierto, no todo en esta vida es dinero. No se puede ser agradecida cuando la venganza literaria, como forma de denuncia, es lo más cercano a obtener justicia.

P.D. 2: Alguna vez yo también agradecí el cielo azul y soleado, las hermosas y doradas tardes de otoño, la luz del sol colándose por las ramas y las hojas de los árboles o reflejada sobre las aguas del lago. 

 

6. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (2/5). El 10 de diciembre de 2016, en Denver, Jordi Fernández —español inusual en un cuerpo técnico NBA— se reúne con su jefe, Michael Malone. En su oficina, al fondo del vestuario de los Nuggets, le presenta dos planillas con estadísticas. Cada una se corresponde a un jugador real, pero cuyo nombre no figura. Fernández pide a Malone que elija al mejor de los dos, y Malone, conocido por su lengua pesada, pregunta primero qué mierda está haciendo, y después señala la planilla de la izquierda. Fernández dice: ese es un jugador nuestro. ¿Quién?, pregunta Malone. Nikola, dice Fernández, bien consciente de que en ese momento Jokić tiene veintiún años, quince kilos de sobrepeso, no sabe afeitarse y ocupa un lugar fijo en el banco de suplentes. ¿Y el de la derecha quién es?, pregunta Malone. No, el de la derecha no es nuestro, dice Jordi Fernández. Ese es Larry Bird.  

7. Cómo encontrar una teoría estética en la danza de un gigante yugoslavo. El deporte —y quizás cualquier actividad creativa— exige habitar una zona entre. Entre el pensamiento y la inconsciencia, entre la tensión y el relajo. Si Messi detecta un pase de veinte metros entre tres pares de piernas, no es porque esté buscando ese pase. El patrón se encuentra, no se busca. Pero su cabeza tiene que estar dispuesta a verlo, y su cuerpo apto para darlo. Hace falta estar atento pero no focalizado, activo pero no rígido. 

Quizás el atleta con el porte más parecido a Jokić, en estos años, haya sido un boxeador: Tyson Fury, the Gypsy King, campeón mundial de peso pesado durante gran parte de la última década. Alto, pelado y panzón, Fury competía en una categoría con físicos NBA. Deontey Wilder y Anthony Joshua, con sus dos metros y su musculatura rigurosa, bien podrían haber sido basquetbolistas. Fury se destacó sobre todo por una combinación inusual de talentos: para ser tan alto, para ser tan pesado —lo que es decir: para poner ciento veinte kilos en cada puño— se movía muy bien. Los noqueadores se cansaban de no encontrarlo. Fury, suelto de cuerpo, atento hasta la extenuación, relajado mientras los mejores boxeadores del mundo le buscaban la cara, encontraba la manera de esquivar sus golpes.

Es que la tensión cansa, y la tensión inmoviliza. Muchos jugadores de básquet tienen ese problema. En los últimos años, el deporte se volvió más eficiente y táctico, pero también más rígido y predeterminado. Los jugadores se acostumbran a repetir una y otra vez la misma serie de movimientos. La idea es explotar cualquier ventaja hasta el hartazgo. Como el básquet es un deporte de grandes números, donde se gana por promedios y no por eventos, los incentivos llevan a repetir lo que funciona. Es la misma lógica que un algoritmo de recomendación

8. Hoy por hoy, el mejor jugador estadounidense es Jayson Tatum. Figura de los Boston Celtics, campeón en 2024 después de varias temporadas de altísimo rendimiento, Tatum es el jugador ideal de esta década, en el sentido de que su combinación de físico y habilidades era esperable de la manera en que evolucionó el deporte. Todos sabíamos, en 2015 o 2016, que en algún momento iba a aparecer un jugador como Tatum; la pregunta no era si iba a ocurrir, sino cuándo. Más de dos metros de altura, pero con habilidades de base; cien kilos de puro músculo; defensa tenaz y polifuncional; técnica de tiro impecable; profesionalismo desde los quince años. 

Tatum es un jugador excelente; se podría decir que hace todo bien. Y sin embargo.

Y sin embargo, incluso para los propios estadounidenses —siempre dispuestos a endiosar lo propio con tal de no reconocer a un extranjero—, Tatum es aburrido. Es predecible. Aún peor: en cualquier foro de internet, en cualquier podcast o programa deportivo, se puede encontrar la misma acusación. Es una fórmula repetida, memética, que no tenía aplicaciones anteriores y que tampoco se usa para ningún otro jugador. Se dice, en todas partes, bajo las matas, en los pajonales, que Tatum no tiene aura

Estamos ante una coincidencia feliz con los términos de Walter Benjamin. Tatum no tiene aura porque su especialidad es la reproducción técnica, maquínica. Hace lo que sugieren las estadísticas: una y otra vez lo mismo. Evita el riesgo, la improvisación, el desbande; explota las ventajas existentes. Tira de tres, va hacia el aro o hunde al defensor; abre la pelota a la esquina. Sus decisiones van siempre por lo probado y lo conocido, por el homenaje antes que por la originalidad (un malestar típico de la cultura actual, absorbida por los tributos, las referencias y los easter eggs: la retromanía hecha modo de producción y de interpretación). Cuando su equipo salió campeón, en 2024, Tatum festejó imitando el festejo de otro jugador, Kevin Garnett, quince años previo. 

Tatum es inevitable, pero, como las fases de la luna, también es predecible. Hace todo bien, y por eso, cuando agarra la pelota, todos sabemos lo que va a pasar.

Algo muy distinto ocurre con Jokić. 

9. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (3/5). En 2017, los Denver Nuggets deciden apostar por su joven promesa. Es arriesgado: muchos dudan de que el físico de Jokić pueda aguantar treinta minutos en cancha, sobre todo en Denver, a mil seiscientos metros de altura. Pero la apuesta les sale bien. Jokić ya es, incluso en esos primeros años, el mejor pasador en su posición. Encuentra ángulos imposibles, inexplorados. Y también se mueve. En vez de estacionarse al lado del aro, como suelen hacer los jugadores de su tamaño, entra a la llave, la cruza, sale a la línea de tres, pone una cortina, vuelve a entrar. Es uno de los jugadores que más toca la pelota en la liga, y uno de los que menos la retiene. Demuestra ser un atleta cardiovascular de primer nivel. Los técnicos rivales ven impotentes como ese gigante serbio, fofo y más bien desaseado, agota a los mejores defensores del mundo. Empiezan a diseñar esquemas defensivos para ese conjunto insólito de habilidades. Y entonces Jokić se enfrenta a un obstáculo: si quiere superar esa atención particular, si quiere ser capaz de vencer, no solo a su defensor, sino a un equipo concentrado en marcarlo, además de pasar, va a tener que hacer puntos. 

10. Bases para una ofensiva sensible. La cancha de básquet no llega a medir treinta metros de largo. Además, adentro de ese rectángulo escaso, hay un área aún más reducida donde se concentra todo el valor: el aro. Si a eso le agregamos diez superatletas que tienen que hacerse las camas a medida, es fácil entender que haya poco lugar. Por eso, como en el tenis, las ventajas se logran forzando al rival a que anticipe una cosa, para después hacer otra. El espacio aparece después del error. 

La triple amenaza es el fundamento de ese juego de anticipación. Se le enseña a todos los chicos y chicas que empiezan a practicar el deporte: cuando te llegue la pelota, es decir, en el momento inicial en que todavía no hiciste nada, vas a poder tirar al aro, picar, o pasársela a un compañero. Es muy importante que sepas hacer las tres cosas, pero igual de importante es que parezca que podés hacer las tres cosas. En el engaño surge la ventaja: es más fácil picar si anticipan que vas a tirar, es más fácil pasar si anticipan que vas a picar, y así sucesivamente.

A escala de excelencia, un jugador que puede hacer las tres cosas es imparable. Entrenadores y analistas dicen que apenas se puede elegir cómo no querés que te gane: está bien, Lebron James me va a hacer treinta puntos, pero no va a hacer diez asistencias. Pick your poison

11. En 2017, Jokić empezó a desarrollar un juego ofensivo personalísimo. En plena revolución de los tres puntos, en una época en que todos los pivots se desvivían por ser tiradores de larga distancia, hizo el recorrido inverso. 

Empezó por la zona más cercana al aro. Ahí aprovechó el tacto aprendido en el waterpolo: cuando había un rebote, Jokić no necesitaba bajar la pelota, controlarla, volver a saltar. Le alcanzaba con rozarla con la punta de los dedos, todavía en el aire, para volver a meterla en el aro. Se convirtió en uno de los mejores anotadores en segundas oportunidades; si la pelota se resistía a entrar, él la corregía con una caricia. 

Después dio un paso atrás. Empezó a jugar de espaldas, aprovechando su peso y su envergadura, su facilidad de bailarín para rotar sobre el eje. Con el cuerpo flojo, cargaba sobre un lado y después giraba para el contrario; el defensor, desbalanceado por el movimiento súbito, quedaba pagando. Para definir, aprendió a tirar ganchos con ambas manos. Y después incorporó la flotadora, un tiro elegante, de media distancia, en general reservado para bases pequeños y refinados. 

Cuando llegó a pulir su tiro de tres, en 2020, Jokić ya era muy distinto a todo lo que habíamos visto hasta entonces.

12. Hacia un capitalismo con rostro humano. La NBA es una organización global con anclaje local. Eso significa que, aunque todos sus equipos están en Norteamérica —muchas veces en ciudades marginales como Charlotte, Salt Lake City o Denver—, su área de negocios abarca todo el mundo. Eso les trae algunos problemas de marketing, porque es muy difícil convencer a un polaco de que se interese por el destino de un equipo con sede en Minneapolis. La solución, según la NBA, es promocionarse a través de jugadores; y, en la medida de lo posible, a través de un jugador, que en su singularidad —después de todo estamos hablando de Estados Unidos— encarne todo lo que hay de excepcional en el deporte.

Cada generación de la era globalizada del básquet se crió con una cara de la NBA. Jordan fue el primero; el mejor jugador, sí, pero también el más representativo de cierta idea de superestrella: atlético, desafiante, agresivo, espectacular. Jordan era un deportista, pero también un personaje de telenovela, y la cara de la NBA tiene que ser las dos cosas. Por eso mismo, en la generación siguiente, ese lugar le tocó a Kobe Bryant —mordaz, competitivo, individualista— y no a Tim Duncan, un jugador que ganó la misma cantidad de títulos —y muchos más partidos—, pero que cometió el pecado de ser un tipo tranquilo.

Hoy ese espacio está vacante. La NBA reparte su atención entre sus cuatro mejores jugadores, todos extranjeros: Jokić, el canadiense Shaivonte Gilgeous-Alexander, el esloveno Luka Dončić y el griego Giannis Antetokounmpo. Todos virtuosos, todos excepcionales, todos reconocibles en un estilo particular. De esos cuatro, solo uno —el más pesado, el más lento, el más radical en su manera de administrar la velocidad— es el mejor jugador del mundo.

13. Rumores infundados en torno a la carrera de un prodigio. Dicen que, a Jokić, el básquet mucho no le gusta.

Sería muy fácil dejar pasar esa teoría —la gente dice y cree cualquier cosa—, pero eso no nos daría tiempo a entender, realmente, de qué estamos hablando. Es una idea tan estrafalaria que vale la pena prestarle un poco de atención. 

Al mejor jugador de básquet del mundo, dicen, no le gusta el básquet. 

Eso supone, entre otras cosas, lo siguiente: que un granjero serbio, con tendencia a la obesidad, nacido en un pueblo fronterizo en plena guerra civil yugoslava, desarrolló durante años, sin prisa pero sin pausa, la habilidad de meter una pelota naranja en un aro. Que después se mudó a Belgrado, y de ahí a Estados Unidos, donde, en una ciudad desconocida y más bien desierta, terminó de convertirse —ese mismo niño obeso— en un atleta de elite. Que pasó los últimos cinco años dominando a los mejores basquetbolistas del mundo, partido tras partido, prácticamente sin descanso, encontrando como única resistencia las lesiones de sus compañeros. 

Supone, entre otras cosas, que Jokić hizo todo eso sin querer

Ese rumor no se basa solamente en lo que ocurre afuera de la cancha. Se sabe que Jokić tiene otros intereses —famosamente, las carreras de caballos; además, la literatura y la música tradicional serbia—, pero por supuesto no es el único. LeBron James colecciona vinos, dirige una fundación benéfica y juega compulsivamente al Madden. Jaylen Brown es aficionado al ajedrez y a la matemática. Kyrie Irving consume y difunde teorías conspirativas. Nadie sospecha por eso que no les gusta el básquet. 

Lo que ocurre con Jokić, y que es bien distinto, es que no le gustan las conferencias de prensa, las cámaras, las narrativas, las polémicas. No le gusta el show; es un pésimo actor de telenovela. Le gusta el básquet, como le gustan otras cosas, como un hombre apasionado puede tener —y a veces odiar— el trabajo que buscó toda su vida.

14. La mejor prueba de eso se ve en la cancha. En la NBA, los contratos están vinculados al rendimiento. Suelen tener cláusulas muy precisas: promedio de puntos, efectividad en triples, cantidad de partidos. En la práctica, eso implica que hay situaciones donde el interés individual compite con el colectivo. A veces, por esos objetivos contractuales, ciertos jugadores prefieren asistir a anotar. Salen de contra y, en vez de asegurar el punto, le pasan la pelota a un compañero. Es un mal pase —le da un segundo más al rival para volver a la defensa—, pero es una buena inversión. 

En el caso contrario, hay ciertos tiros difíciles que la mayoría prefiere no tomar, porque bajan sus porcentajes de efectividad. En la jerga centroamericana se los conoce como plegarias: tiros en el último segundo, desde el otro lado de la cancha, en movimiento y compitiendo contra el reloj. Para evitarlos, muchos jugadores prefieren hacer una mímica patética: esperan a que suene la chicharra, y tiran cuando ya no vale. Quieren que parezca que intentaron, pero que su intento no figure en la planilla. 

Jokić, en contra de su interés económico, suelta y acierta plegarias. Este año estableció el récord absoluto de intentos desde que existe el registro: más de veinte, el doble que el segundo. Hay que estar muy interesado en ganar para elegir perder plata cada vez que se termina el reloj. Hace poco se lo preguntaron directamente: ¿por qué toma esos tiros de tan lejos, de tan bajo porcentaje, al que la mayoría de los jugadores le esquiva? 

Su respuesta fue: porque valen tres puntos.

15. En E Unibus Pluram, su genial ensayo sobre la cultura de la televisión, David Foster Wallace destaca una cualidad —quizás obvia— de los actores. Son muy buenos, dice, en comportarse como si no estuvieran enfrente de una cámara. Pueden vender la ilusión de que estamos espiando la cara de una persona desprevenida. Y esa naturalidad frente a la cámara requiere, irónicamente, un grado de autocontrol altísimo. 

La mayoría de las personas no tiene ese talento. La mayoría de las personas, cuando tiene una cámara enfrente, se incomoda y se abatata; masculla, tartamudea, trastabilla, suda. Los deportistas —protagonistas del reality-show más popular del mundo, del último entretenimiento televisado que se consume en vivo— no tienen opción: están obligados, adentro y afuera de la cancha, a posar.

Eso significa que un basquetbolista profesional tiene que reunir dos talentos: el atlético, por un lado, y el performático, por el otro. Es raro que ambos aparezcan en dosis iguales. Los desbalances dan lugar a historias fabulosas: se dice que, cuando entrenaban con sus equipos, Mike Bibby, Javale McGee o Brandon Jennings eran imparables. El problema es que nunca reprodujeron esa actuación frente a cámara. 

Después de una tapa, después de un triple, después de una volcada, la mayoría de los jugadores sabe qué hacer: festejar. Gritan, hacen señas con las manos, gesticulan. Esa actuación es en parte para el rival, en parte para los compañeros, pero sobre todo para los espectadores, en el estadio y en casa, que adoran esa parte del espectáculo. Los programas deportivos se suelen concentrar en eso: no hay análisis táctico ni estratégico, no hay estadística ni economía, hay narración. Un buen jugador, ya se ha dicho, tiene que ser también un buen actor de telenovela; sobre esa actuación se comenta. 

Jokić, cuando juega, no hace nada de eso. No mira a cámara. No se preocupa por la posición de su cuerpo, siempre desgarbado, ni por su gestualidad efusiva. No le tiene miedo a fallar, a tropezar, a perder el equilibrio o la compostura. No le interesa, no quiere o no sabe posar de superhéroe. Cuando está adentro de la cancha —y por esto dicen que no le gusta el básquet: porque hay una dimensión del deporte que desconoce—, Jokić juega como si no hubiera nadie mirando.

16. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (4/5). En 2020, Jokić es uno de los mejores anotadores de la NBA y el mejor pasador en la historia del básquet; ya es el jugador que va a ganar unos cuantos MVPs en los años que siguen. Pero el deporte se juega de a cinco. Para que el equipo gane, hace falta trasladar su originalidad al grupo. Sus compañeros aprenden entonces a cortar hacia el aro; pero no a cortar cuando se sienten desmarcados, sino a cortar siempre, a ciegas, cuando todo indica que es imposible recibir la pelota. Y aprenden, también, a compensar las debilidades de Jokić en defensa, donde hay pocos remedios a la falta de atletismo explosivo. Eso implica rotar preventivamente, sobrar desde el lado débil, pelear las cortinas. El esfuerzo, en ataque y defensa, en realidad es el mismo: el juego excéntrico de Jokić no roba protagonismo a sus compañeros, no los desentiende del juego, no los aísla, sino que les exige que participen todo el tiempo.

17. Apreciación de un artista generoso. En algún punto, cuando se habla de Jokić, la pregunta debería ser: en un deporte donde gana el equipo que más veces mete la pelota en el aro, ¿qué tan valioso puede ser un pasador?

La respuesta es: mucho. Hay una explicación numérica basada en los porcentajes de efectividad. Un resumen breve, que evite perderse en estadísticas más o menos esotéricas, podría decir: un anotador es alguien que tira mejor que la media. Los márgenes son chicos; con mucha suerte, sus tiros son un seis, un siete por ciento más efectivos que el promedio. La diferencia es tan mínima que, a simple vista, es casi imposible distinguir entre los buenos y los geniales.

Un pasador, en cambio, es alguien que hace tirar mejor a los demás. Como los tiros de un equipo están distribuidos entre todos los jugadores, por aritmética simple, es más valioso quien hace tirar bien a sus compañeros que quien solo acierta sus propios tiros. 

Por supuesto, esa argumentación deja de lado la interacción entre las dos variables. Hay una serie de objeciones obvias: un anotador no solo hace puntos, sino que además exige atención de la defensa, cosa que le hace la vida más fácil a sus compañeros; un pasador que no puede hacer puntos —como ya vimos— pierde mucho de su valor; no todas las asistencias son iguales, porque, por más que las dos terminen en punto, una cosa es dejar a un compañero solo abajo del aro y otra marcado en la línea de tres; hay muchos pases muy buenos que no terminan en punto por incompetencia del tirador. 

Por supuesto. Pero esa es, más o menos, una teoría. Y en la práctica, cuando Jokić está en cancha, su equipo es el más efectivo de la historia. Y en la práctica, cuando Jokić va al banco, su equipo es el menos efectivo de la temporada. 

LeBron James —que de básquet algo sabe— lo definió de esta manera: Jokić encuentra en sus compañeros virtudes que ellos mismos no sabían que tenían. 

18. Pero el argumento numérico es para economistas, influencers y estafadores. Lo interesante de Jokić no es que, cuando está en cancha, su equipo es un siete, ocho, nueve por ciento mejor que algo. Los números agregan información: nos confirman que lo que hace Jokić es útil. Pero lo interesante, en realidad, lo que sorprende a cualquier espectador, incluso a uno que no sabe nada del deporte —la gracia física es evidente, porque se basa en algo que todos compartimos: un cuerpo—, es otra cosa. Lo que hace Jokić —no hay otra forma de decirlo— es hermoso

19. Un punto es una demostración de técnica, de fuerza, de disciplina, a veces incluso de ingenio. Una asistencia —una asistencia como las que hace Jokić— no es una demostración de nada; es una improvisación veloz y súbita, es traer al mundo algo que no existía, es un destello. En vez de la certeza de un final, apuesta por iniciar un proceso; confía en otros. 

Un punto habita un espacio en la geometría difícil del deporte (los anotadores siempre quieren llegar a sus spots, sus lugares favoritos en la cancha, donde ya han tirado ese mismo tiro un millón de veces); un punto jamás llega tarde. La asistencia, en cambio, es una propiedad del tiempo: siempre ocurre por primera vez.

20. Un jungiano al rescate de la historia. Ben Taylor es especialista en ciencias del comportamiento. Desde hace unos quince años, se dedica a estudiar la historia y el presente del básquet; hoy tiene un podcast y un canal de YouTube —ambos llamados Thinking Basketball— y es colaborador frecuente de la NBA. En estos años creó algunas métricas originales, más o menos aceptadas por el resto de la comunidad, y sobre todo definió un par de conceptos útiles. 

Cuando analiza la historia del básquet, Ben Taylor usa la categoría de arquetipos. Propone que hay ciertos perfiles conocidos; que, cuando un jugador nuevo aparece, pensamos a partir de la comparación. Michael Jordan, Kobe Bryant, Anthony Edwards: en todos los casos estamos hablando de escoltas atléticos, excelentes en ataque y en defensa, que generan desequilibrio en el uno contra uno. John Stockton, Jason Kidd, Rajon Rondo: bases inteligentes, sin una gran capacidad anotadora, pero que compensan siendo buenos defensores y grandes pasadores. 

Sin embargo, dice Ben Taylor, cada tanto aparece algo que no sabemos qué es. Que no veíamos venir. Son jugadores que crean su propio arquetipo; que encuentran precedente, quizás, en figuras de segundo orden; que arman linajes —como dice Borges de Kafka— retrospectivamente. Stephen Curry es uno de ellos: algo del tirador en movimiento, al estilo Reggie Miller, algo del base habilidoso e inteligente, al estilo Chris Paul, pero a fin de cuentas un producto original. Jokić es otro. 

Nunca habíamos tenido un jugador como Jokić, dice Taylor, y por eso era imposible de prever. No había modelos para imaginar su potencial; la estadística, después de todo, es la ciencia de lo ordinario. Jugadores así redibujan la geometría de la cancha y obligan al deporte a adaptarse. Producen tácticas nuevas. 

Recientemente, los Lakers decidieron aplicar una defensa que hace diez años habría sido ridícula: empezaron a doble marcar a Jokić sin pelota. Eso significa que preferían jugar en desventaja numérica, cuatro contra tres, a dejar que Jokić hiciera cualquier cosa. Mark Daigneault, el técnico de los Oklahoma City Thunder, llegó a vulnerar el reglamento: en un partido decidió tener, todas las jugadas, un suplente esperando el cambio al lado de la mesa de control. De esa forma, el árbitro tenía que chequear con él antes de habilitar un saque de banda o de fondo, para saber si el suplente entraba o no. El objetivo de esta táctica —infinitamente irritante— era evitar que Jokić pudiera salir con pases rápidos. 

(Cuando le preguntaron por su estrategia, Daigneault declaró que no estaba dispuesto a permitir que el equipo rival jugara con una ventaja injusta. Quizás no lo pensó en esos términos, pero queda claro que, para Daigneault, la ventaja injusta es la inteligencia de Jokić).

El otro efecto de los arquetipos nuevos, además de producir innovaciones tácticas, es generar imitadores. En la NBA ya tenemos dos seguidores obvios de Jokić: Domantas Sabonis y Alperen Şengün. En ambos casos se trata de pivots habilidosos, pesados, que son los principales pasadores de sus equipos. Pero no se trata solo de los jugadores nuevos; la aparición de Jokić también lleva a refuncionalizar a los viejos. Adebayo, Davis, incluso Karl Anthony-Towns: pareciera que ahora todos los pivots se dedican a llevar la pelota, a tomar decisiones, a pasar y a ordenar a los compañeros.

21. Lo curioso de esta situación podría definirse en estos términos: los nerds de las estadísticas al estilo Ben Taylor —que ahora gobiernan la NBA— adoran a Jokić. Todas las métricas lo muestran como uno de los mejores cinco jugadores ofensivos de la historia; varias lo ubican primero. Es nuevo, es distinto, y sobre todo funciona. Todos estos nerds adoran —adoramos— pensar cómo hace lo que hace. Y sin embargo, de hacerle caso a estos nerds, un jugador como Jokić —que toma riesgo, que tira de media distancia, que alcanza su máximo potencial cuando sus compañeros se involucran; que es mejor haciendo preguntas que dando respuestas— nunca hubiera existido.

22. Interludio: escenas en la vida de un bufón balcánico (5/5). Las finales de 2023 enfrentan, en una serie al mejor de siete partidos, a los Denver Nuggets contra los Miami Heat. Es un equipo duro, muy bien dirigido, que se especializa en hacerle la vida imposible a las estrellas rivales. Pero para Jokić no encuentran remedio. 

A Bam Adebayo, el mejor defensor de los Heat —y quizás de la NBA—, le preguntan si tiene problemas con el tamaño de Jokić. Él responde: no, el problema no es el tamaño, es que todas las veces hace la jugada correcta. Udonis Haslem, líder veterano de ese equipo y ganador de tres campeonatos, después va a decir: no corre y no salta, pero no se lo puede mover, no se lo puede acelerar y no se lo puede frenar. 

Los Nuggets cierran la serie de local y se llevan el primer campeonato de su historia. La NBA tiene un guión para este momento: hay papel picado, hay invasión de cancha, hay declaraciones para la posteridad. Los jugadores se uniforman con remeras y gorras que dicen, por si quedaba alguna duda, que son campeones. La cámara se cierra sobre el dueño del equipo —que siempre es el primero en recibir la copa—, y la transmisión se prepara para el momento de la foto final.

Pero hay un problema. Jokić no aparece. 

La pose se desarma, la transmisión se demora, sus compañeros salen a buscarlo. Con una o dos cabezas por sobre el resto de la multitud, no es difícil encontrarlo. Está apartado, con la camiseta sudada todavía puesta, hablando con su familia y con su hija sobre los hombros. Lo llaman a los gritos. Jokić se acerca al trote. Tiene la misma expresión con que va a aparecer en el registro del partido más importante de su vida, de su equipo y de la carrera de cualquier basquetbolista serbio: entre risueño y refunfuñando, con su hija sobre los hombros. A un costado de la foto.

23. Epílogo: presente y futuro de un monstruo vecino de Drácula. Al momento de escribir esto, todavía no se anunció el MVP de este año. El debate, desde hace unos meses, ha reducido la carrera a dos candidatos: Shaivonte Gilgeous-Alexander —el mejor jugador del mejor equipo, máximo anotador de la NBA— y Nikola Jokić —el obvio mejor jugador de la liga, en la mejor temporada de su carrera, pero ya premiado varias veces—. El ganador va a salir de una votación entre periodistas y expertos, que seguramente tenga un resultado ceñido. 

Hay argumentos atendibles a favor de los dos. El de Jokić es: si no le damos el premio, va a ser la mejor performance individual en la historia en no ganar un MVP. La evidencia de ese argumento es que, esta temporada, estuvo cerca de encabezar a la vez las tres categorías más importantes del básquet: puntos, rebotes y asistencias. No solo nadie lo hizo antes; hasta este año, la idea era tan absurda que a nadie se le ocurrió que fuera posible. (Marcus Thompson II le dice a esto the Nikola Jokić problem: sus números son tan ridículos que, en el futuro, no nos van a creer). Jokić se quedó cortó: apenas está en el top tres de puntos, asistencias, rebotes y robos. Nunca antes nadie había estado, simultáneamente, ni siquiera en el top diez. 

De todas formas, es difícil creer que el resultado de esta votación le importe demasiado. Esta temporada, después de completar un partido con la combinación absurda de treinta puntos, veinte rebotes y veinte asistencias —de lejos la primera vez en la historia—, le preguntaron cómo se sentía. Él dijo, en tono familiar, que le gustaba pensar que, al final de su carrera, tirado en un sillón, tomando una cerveza, iba a poder decir: una vez, hace muchos años, tuve un partido bastante bueno.

  1. Nikola Jokic es un tipo grande que se dedica a las cosas pequeñas.