Opinión

La cuestión Buenos Aires, parte I.

La Geopolítica de Santa María del Buen Ayre

Por Santiago Mitnik
20 de noviembre de 2022

Si hay algo transversal en la política argentina es afirmar que tenemos un serio problema con la cuestión de Buenos Aires. No es menos cierto que cada sector tiene una respuesta muy distinta respecto a cuál es ese problema. Además, casi todos los sectores coinciden, políticamente, en que ese problema estructural es importantísimo, pero no tanto como la inflación o las próximas elecciones o que la resolución del problema está en un futuro lejano.

Una concepción común es que el modelo territorial argentino es el de un “federalismo incompleto”. Si bien las provincias tienen autonomía y fuerte representación, Buenos Aires sigue manteniendo una enorme concentración de la población, la riqueza y el poder, que ahoga al interior profundo y genera desbalances peligrosísimos. Para estos, lo que hay que lograr es descentralizar el país.

Para otros, el problema está en el conurbano, en oposición a la Capital y al Interior de la Provincia, como enclave del subdesarrollo y muestra del “fracaso argentino”. El Conurbano Bonaerense, bastión de la pobreza y el clientelismo político peronista, como imaginario a destruir para poder, finalmente, liberar a la argentina del populismo.

En una tercera línea, generalmente vinculada a la primera, aparece cierto revisionismo histórico que señala la “cuestión porteña” como enclave extranjerizante, que mira hacia afuera y no hacia adentro del país. Este grupo verá la autonomía de la Capital, pero también el empoderamiento de cualquier Buenos Aires posible que la contenga, con el filtro del peligro de la construcción de un estado dentro del estado, en contra de los intereses generales de la nación misma.

Una cuarta línea es más un estilo de abordaje, que suele estar vinculada tanto a la primera como a la segunda perspectiva (e incluso la tercera), dependiendo el caso. Esta perspectiva puede ver diversos problemas, pero se centra en la cuestión institucionalista y legislativa. Generalmente encarnada en cierto sector del radicalismo, busca corregir el desbalance y la centralización de Buenos Aires en el poder legislativo, ejecutivo y judicial, mediante proyectos como la división de la provincia o el traslado de la Capital.

Estas perspectivas no son excluyentes y pueden aparecer mezcladas en muchos casos, pero seguramente reflejan en gran medida lo que suena cuando se habla del problema de Buenos Aires. Sobre las condiciones de posibilidad y la utilidad real que puedan tener estos planteos o soluciones, voy a hablar en otra entrega.

Pero para poder hablar con propiedad de todas estas cuestiones, primero hay que hacer un recorrido conceptual e histórico para entender que fue y que es (o que son) Buenos Aires.

La Reina del Plata

La “Ciudad de la Santísima Trinidad del Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre”, como su bellísimo nombre imperial lo indica, fue un producto directo de la situación geopolítica y social del Imperio Español. La primera fundación, mandada desde España, fracasó rápidamente, por la poca población, la falta de suministros y el combate contra la población local. La segunda fundación, comandada por Juan de Garay en 1580 y organizada desde Asunción, lograría con éxito la instalación de un asentamiento permanente, que con diversas transformaciones, sobreviviría hasta la actualidad.

Durante los siglos 16 y 17, la región entre la zona del Río de la Plata y la Cordillera tenía una casi nula importancia en términos estratégicos. El centro de gravedad del mundo colonial estaba en las zonas construidas sobre los antiguos imperios Azteca e Inca. México y el Perú con su enorme potencial extractivo y su mano de obra indigena “disponible” y organizada presentaba enormes atractivos para la Corona.

La región del Plata era, para los términos de la época, a la vez periférica e improductiva. Sin embargo, el Tratado de Tordesillas se la había entregado en soberanía a España y esta lentamente comenzó a poblarla para no perder los derechos sobre el territorio. Las principales ciudades se fundaron desde el norte, con las zonas del Alto Perú y Asunción como ejes generadores.

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Este carácter periférico comenzaría a transformarse en una ventaja, cuando empiece a verse el peligro de mantener a esta enorme región despoblada y desorganizada frente al avance portugues y los ataque de piratas y corsarios ingleses y holandeses. Dos veces lograría Buenos Aires derrotar los avances portugueses sobre el Río de la Plata. Finalmente, bajo el espíritu reformista se fundó el Virreinato del Río de la Plata, con Buenos Aires como capital. En el mismo año en el que en América del Norte las 13 Colonias declaraban su independencia de Londres, Buenos Aires y el Río de la Plata declararon su independencia de Lima.

La creación de una nueva ciudad (o transformación de una pequeña ya existente) para convertirla en capital de un amplio territorio no es en absoluto un invento moderno. Como gran ejemplo de la Antigüedad está la estratégica Bizancio/Constantinopla, convertida en segunda ciudad en importancia del Imperio Romano, subcapital del oriente imperial y mucho más adelante, heredera del mandato romano en general. También los rusos fundaron San Petersburgo, nombrándola como capital en desmedro de Moscú. La creación de una nueva capital tiene siempre como objetivo ser hegemónica pero con una nueva orientación, vinculada a su geografía. Constantinopla para estar cerca de Grecia y el Medio Oriente, San Petersburgo para abrir Rusia hacia Europa. 

Buenos Aires busca ser un puerto conectado a Europa, específicamente España, pero también por la prepotencia de trabajo de los porteños, a Inglaterra. Buenos Aires también está cerca de Brasil, pero no tan expuesta como Montevideo. El río actúa como protección al frente y la enorme pampa, “despoblada” en términos estratégicos, como retaguardia. Su ubicación también la protege fácilmente de aquellas provincias sobre las que debe mandar, pudiendo prescindir de ellas sin cortarse su conexión con Europa. En resumen, Buenos Aires está creada para mandar pero estaba construida sobre la base de una capacidad de desarrollo propio. Su hegemonía agobiante, y a la vez ausente, sobre “el interior” no es un error de la historia, es un diseño.

Autonomía y Nación

La Revolución de Mayo y su supervivencia cuando la contrarrevolución triunfó en casi todo el resto de América, muestra el grado de autonomía que pudo alcanzar Buenos Aires. Esto solo se va a profundizar con las guerras de independencia y la fragmentación de los virreinatos. “Libre” de la necesidad de “defender” a su rival Montevideo, de luchar por la agotada Potosí o de ordenar a Paraguay y el Litoral, Buenos Aires queda en mejor posición que nunca para desarrollarse. La sobreextensión del enorme virreinato sólo era posible bajo el manto del imperio.

Si bien pierde en Cepeda, ninguna otra ciudad/provincia logra plantar una hegemonía paralela. Pero Buenos Aires verá su gran límite con Rivadavia. Él buscó la federalización de la “ciudad” (ver mapa, hoy sería gran parte del AMBA) pero se encontró con gran resistencia. El proyecto unitario-rivadaviano, destruía el poder de Buenos Aires como provincia pero la coronaba como cabeza de la Nación. Esto fue resistido, a la vez, por las provincias y “la” provincia. Estas presiones, sumadas a la guerra con Brasil, causaron el colapso del régimen y la instauración del período federal.

El federalismo bonaerense es la potencia provincial de Buenos Aires como “primus inter pares” pero sin admitir (ni buscar) la responsabilidad de ser capital de una nación. De ahí la negativa rosista a crear una constitución. En esta gran interna porteña (que hace eco también hacia atrás a Moreno y Rivadavia), aparece uno de los primeros síntomas de algo más “moderno”, la lucha entre las “dos Buenos Aires”.

El Estado de Buenos Aires rivalizó durante un corto tiempo con la Confederación Argentina como “verdadera” argentina. Ambos, por ejemplo, reclamaban para sí la soberanía sobre el “desierto”. Pero nunca renunció a su carácter de parte (principal) de la Nación Argentina. Este “Estado” aún era muy receloso de su interior, al que veía “rosista” y se encargó de poblarlo, civilizarlo, ordenarlo y estructurarlo.

La reunificación se dio con la derrota final de las fuerzas federales y la alianza de los unitarios del interior con los porteños. Pero fue una victoria ideológica (de un tipo de nación sobre otra), no geopolítica (de una provincia sobre otras). En ese período de expansión y bonanza comenzaron a establecerse las estructuras generales del estado argentino.

Esta bonanza no pudo durar para siempre, ya que la Ciudad era capital a la vez de dos gobiernos, el local, provincial y el nacional, en carácter de “invitado temporal”. La consolidación de la Nación como nueva fuerza geopolítica hegemónica, específicamente del Estado Nacional con su ejército, desencadenó el último intento provincialista en 1880, que es aplastado por Roca y Avellaneda. Tras este eventó se dió de manera definitiva la federalización de la Ciudad como “Capital Federal” y se separación de la Provincia.

Una cuestión importante es que mientras todo esto sucedía, desde la independencia y bajo múltiples regímenes, Buenos Aires expandía su “espacio vital” hacia el sur ganando terreno sobre los pueblos originarios y reproduciendo sus propias instituciones (e identidad) en su nuevo interior. Fué derrotada y dividida en dos, pero la provincia resultante fue enorme (y relativamente homogénea). La llegada de Roca detendrá también la expansión “bonaerense” y empezará la fase de la expansión “nacional”, hecha a imagen y semejanza de la nueva generación del 80.

En resumen, los intereses de Buenos-Aires-Capital-de-la-Nación y Buenos-Aires-Provincia siempre estuvieron en un conflicto latente, incluso desde sus primeras décadas de independencia. Además, esas dos Buenos Aires unidas entran en una inevitable colisión con la Nación. La división de Buenos Aires en dos fue condición sine qua non de la consolidación de la Nación como actor geopolítico hegemónico sobre el territorio. La arquitectura roquista fue tan exitosa que durante prácticamente un siglo no se hablaría seriamente de la necesidad de reajustar la organización interna, más allá de algunos detalles.

Ciudad de la Trinidad

Las transformaciones posteriores se darían por el enorme boom demográfico de la inmigración primero y de la migración campo-ciudad. La Ciudad, muy en cámara lenta, comenzaría a verse rodeada por un nuevo actor en la escena, el conurbano. Las barriadas obreras de la periferia tomarían una identidad política-electoral propia, vinculandose y volviéndose casi sinónimos con el peronismo. Esta vinculación sobreviviría la etapa del modelo de industrialización dirigida por el estado y se mantendría incluso luego de las reformas neoliberales, que profundizarán los bolsones de pobreza en estas regiones.

Si bien a algunos porteños la oposición entre Ciudad y Conurbano puede recordar a la vieja rivalidad de Buenos Aires como civilización y el Interior como barbarie, es importante remarcar que se trata de algo totalmente distinto. Por ejemplo, para el interior ambos son un solo “enemigo”. Los debates del AMBA tenderán por su gigantesco peso a nacionalizarse y opacar los de las demás provincias.

Otra enorme diferencia es el nuevo rol que ocupa el conurbano con respecto al interior de la Provincia. Esta también está “horrorizada” frente al avance del conurbano sobre su propio territorio, al que lentamente hegemoniza. El Conurbano será la llave a la victoria electoral tanto de la Nación como de la Provincia.

Por si fuera poco, la des-federalización de la Ciudad con la reforma del 94 cambia sus márgenes de acción política. La nueva “Ciudad Autónoma de Buenos Aires”, después de 114 años, recuperó la posibilidad de tener un ejecutivo propio y construir sus propias instituciones libremente. Con su enorme presupuesto y poca población relativa, rápidamente se convirtió en un excelente lanzadero político hacia la Nación. De sus 3 jefes de gobierno electos que concluyeron sus mandatos, dos fueron presidentes y el tercero lo intentará el año que viene con serias chances. 

Importante contraste esto último con la “maldición de Alsina”, que causa que los gobernadores de la PBA no puedan acceder al gobierno de nación, seguramente por gobernar un territorio que es en realidad dos bloques muy diferenciados (conurbano e interior de la PBA). Otro fenómeno cada vez más inocultable es el lento y progresivo avance político de la Capital sobre el Conurbano y por ende sobre la Provincia entera. De los últimos gobernadores la enorme mayoría fueron porteños hechos y derechos. El gabinete de la CABA de 2010 gobernó en 2015 Nación, Provincia y Ciudad.

En resumen, la aparición del Conurbano y la CABA rompen el equilibrio que se mantenía hace casi un siglo. Las tres Buenos Aires y la Nación son los actores a analizar en la nueva etapa.

Finalmente tendríamos que analizar ciertos actores “grises” en el debate:

Primero, el “Sur” y las villas de la CABA, como regiones difíciles de encasillar. No parecen tener aún la potencia de convertirse en actores geopolíticos autónomos pero tampoco parecen terminar de ser “enclaves” del conurbano en la Capital.

Segundo, el conurbano está lejos de ser ese bloque homogéneo que tanto se enuncia. Especialmente las zonas más desarrolladas o de clase media se parecen muchísimo a la parte rica o clasemediera de Capital, tanto en identidad cultural como política. La movilidad entre un bloque y otro es muy grande y cada vez mayor. La General Paz divide cada vez menos.

Tercero, la zona gris entre AMBA e interior de PBA es difícil de separar claramente. Muchos de esos territorios no son AMBA hoy pero lo van a ser muy prontamente. Cuarto, La ciudad de La Plata, como Capital de la PBA, está siendo lentamente incluída en el grupo anterior pero no termina de quedar claro su potencial estratégico hacia el futuro.

Con esto quiero terminar mi paneo histórico general del desarrollo de la “Cuestión de Buenos Aires”. En una próxima entrega quiero poder explorar más detenidamente las diversas propuestas de “soluciones”, quienes las enuncian, por qué, qué problemas traerían y cuáles son los niveles de viabilidad de cada una. Y, por qué no, intentar esbozar alguna propia.

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