CULTURA

LA BIBLIA POCHOCLERA

Por Luciano Grinberg
06/07/2022

“Dios sí existe; nosotros somos los que no existimos”

– Amado Nervo

 

“Uno no es mitad de dos.

Dos son mitades de uno.

Cuyas mitades reintegrándose acontecerán.”

– E. E. Cummings

¿Los números son una metáfora?

El lenguaje de las matemáticas tiene una característica que lo distingue: se genera a sí mismo. Su propia lógica lo lleva a nuevos avances y resoluciones. Incluso a nuevos signos. Pero la pregunta es ¿qué representan realmente los signos? ¿son reflejos del universo o de nosotros? ¿acaso el cosmos no se refleja en lo humano?

Si somos átomos que se formaron en estrellas alguna vez, entonces somos materia del universo. Sin embargo, no somos la suma de partículas, sino que emergen nuevas propiedades del todo. Por ejemplo, la conciencia. Podríamos decir entonces que cada uno de nosotros (o todos juntos) es una partícula del universo consciente de sí misma.

Pero volviendo al tema, ¿las matemáticas nos preceden, se inventan o se descubren? Uno de los primeros defensores de la preexistencia de la matemática fue René Descartes. Resumidamente, argumentaba que ella era perfecta y como nosotros somos imperfectos, sólo podría provenir de un ser superior.

A raíz de esto podríamos decir que la verdad ya está dada, sólo que se nos muestra de a poco. Es como si corriésemos un telón muy despacito a través de las décadas. Antes sabíamos la totalidad de la obra, pero nos la olvidamos. Somos demasiado imperfectos. Pero de a poco vamos recordando…

Esta idea de que todo conocimiento sería un recuerdo olvidado tampoco es mía, es de Platón. Su teoría de la reminiscencia afirma que conocer es recordar. La ciencia vendría a ser acordarnos de lo que el alma sabía cuando habitaba el mundo inteligible de las ideas. Así este pensador creía que con lógica se puede llegar a proposiciones claramente verdaderas que parecen surgir de uno mismo, no de cuestiones empíricas o experimentales.

Lo mismo sucedería con el lenguaje. Los conceptos no vendrían de nosotros ni de la realidad, sino que serían previos y puros. Luego extrapolaríamos su perfección a lo que se le parece en lo material. Así, por ejemplo, nuestra alma conocería la idea pura de “arboleidad”, que luego se transferiría a cada árbol en particular. Un esquema más bien centralizado de las ideas.

Entonces, lo inmaterial modificaría a lo material a través del sujeto. Si nace de nosotros, de las palabras o de los números, entonces podríamos modificar la realidad con una sola coma. Un punto podría determinar el universo. Es decir, la observación de un objeto cambiaría sus propiedades. El lenguaje nos reinventaría constantemente. Si decimos “hay personas verdes en la calle”, no van a aparecer repentinamente, me podrían argumentar. Pero Orson Welles demostró lo contrario cuando dijo por la radio que habían llegado los extraterrestres y muchas personas empezaron a verse atacadas por seres de otros mundos. Se lo creyeron y algunos decidieron matarse antes que ser abducidos. Al final, todo terminaría en una cuestión de fe. Una buena ficción podría cambiarlo todo. O quizás habría que ir más allá: vivimos en una ficción. Y esperemos que sea buena.

Sin embargo, no sé si ese sea el caso. Muchas veces parece que viviésemos en una Biblia pochoclera, en un mundo creado por un Dios desganado y falto de ideas. Los textos sagrados quizás fueron escritos por Marvel, Disney o DC. No sorprendería que las divinidades sean idénticas a lo que se proyecta en un cine. Porque las películas son universos encapsulados, lenguaje en movimiento. La película es literalmente una proyección de nuestra luz. Los fotones que elegimos cuidadosamente para que nos representen sobre una pared. No hay nada más democrático que la narración: cada uno elige la suya, pero todos tenemos la misma. La historia humana, el mito del mono, el monomito. Elegimos nuestra propia aventura.

Orson Welles en Argentina, tomando mate con asado.

Lo humano es provisorio

Entonces entra la posibilidad de que nosotros relatemos otro universo. En este sentido, la ciencia es probablemente una gran metáfora para desentrañar lo material. Yuval Noah Harari dice en Sapiens. De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad que la mayor parte de nuestro tiempo la dedicamos a ficciones. A veces nos olvidamos de que las herramientas y los libros los hicimos nosotros, y no al revés. Todo empezó con pinturas rupestres y juegos de sombras. Ahora esas pinturas son el dinero y esas sombras la política. Los relatos poderosos siguen siendo el sostén del alma colectiva. Nos seguimos sentando a mirar el fuego embobados por sus decires. El cine no es muy distinto a esas llamas. Solo una sociedad que cree en las sombras puede ver la luz.

Aeropuertos 2000

Cine en llamas. Escena de “Bastardos sin gloria” de Quentin Tarantino.

Por eso para los griegos uno de los protectores de la humanidad era Prometeo. Enseñó al ser humano la medida del tiempo, los números, el alfabeto, la domesticación y el empleo del caballo, la navegación, la medicina, la fabricación de los metales, la ciencia de los presagios, y todas las artes. Pero para lograr esto último, era necesario controlar el fuego. Este era el don más importante de todos. Lo sigue siendo. Así, el protagonista del mito robó las llamas del Olimpo. Zeus, vengativo, envió a Pandora con su famosa caja para que alguien la abriera, esparciendo todos los males por el mundo. El mal originario fue nuevamente la curiosidad. Además, Prometeo fue encadenado a una roca, donde un águila le devoraría las entrañas poco a poco. Luego lo liberaría Hércules, para terminar con su sufrimiento.

Entonces, el fuego es lo más preciado que tenemos. Es la esencia, la fuente de las artes. Todos los fuegos el fuego, dijo un tal Cortázar alguna vez. Las canciones de fogón no salen de quien lleva la guitarra: salen del fogón mismo. Nadie canta, porque ya las chispas lo hacen por nosotros. Sin eso, sólo seríamos cenizas. Prometeo les robó a los dioses la capacidad de narrarse. A partir de ahí, los humanos somos los que contamos las historias, creamos los mitos, que luego releemos como si nos estuviésemos leyendo la palma de la mano. Aquellas manos llenas de tinta, de mitologías. Como siempre.

“Cueva de las manos”, Santa Cruz (Argentina). Se estima que están allí desde hace más de 38.000 años.

Siguiendo con esto, otra gran metáfora, además de la científica, es la divina. Por eso Nietzsche siempre es citado con la frase “Dios ha muerto…”. En realidad, todos comentan la primera parte, pero por “casualidad” olvidan lo que sigue: “…nosotros lo hemos matado”. Justo omiten la parte que nos responsabiliza. Es un asesinato realizado por todos, porque nos olvidamos de que Dios era una metáfora. Le sacamos su carácter primigenio de analogía. Quizás la más grande que se ha creado. Y cuando sucede ese olvido, la propia ficción (en este caso la religión) se vuelve realidad. De ahí se deriva una primera definición de lo real: aquello que olvidamos que no lo era. Allí es cuando sucede la inversión definitiva: nosotros nos volvemos la metáfora de Dios. Fuimos creados por el cuento que nos contamos. Escribimos y somos escritos.

Manos dibujando, de M.C. Escher.

Por eso cuando le preguntaban al mejicano Amado Nervo si creía en la existencia de Dios, él decía: “Dios sí existe; nosotros somos los que no existimos”. También Borges lo citaba en Historia de los ecos de un nombre (Un gran título, por cierto. ¿Qué somos nosotros sino el eco del nombre originario?): “Yo Soy el que Soy declara que sólo Dios existe realmente o (…) que la palabra ‘yo’ sólo puede ser pronunciada por Dios”.

El único “yo” es Dios. Entonces lo estamos nombrando en vano constantemente. El capitalismo es puro yoísmo. Los mismos Beatles nos lo explicaban perfectamente en esta canción, cuya letra empieza: “All thru’ the day: I me mine, I me mine, I me mine”

 

 

Además, Borges hablando del Dios de Spinoza expone la conflictiva idea de una divinidad corpórea: “Dios tiene un cuerpo y ese cuerpo es el universo […], cada uno de nosotros es, corporalmente, parte del cuerpo de Dios, así como las plantas, los animales, los minerales y los astros” (1967).

Por otro lado, el escritor argentino advierte en El idioma analítico de John Wilkins que “La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadirnos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que estos son provisorios”. Porque lo provisorio no son sólo los esquemas: lo humano es provisorio. ¿Cómo vamos a adentrarnos en lo divino si eso a la vez es en parte metáfora de nuestra ignorancia? Sería como querer entender algo más allá de nosotros, pero con herramientas que son a la vez proyecciones nuestras. Buscar el infinito desde los límites. Bueno, quizás no sea una mala aproximación, aunque sea provisoria…

Y también Borges decía: “Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos”. Si nuestro enemigo es la ignorancia, nos terminaremos pareciendo a ella. A esta altura creo que la humanidad se encuentra entre dos espejos del sinsentido: la estupidez resulta infinita. Por algo, Einstein aseguraba: “Dos cosas son infinitas: la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de la segunda”.

El Dios de entreguerras

Hay un momento histórico en el cual lo divino siempre se pone de manifiesto: la guerra. En notas anteriores hemos nombrado a los matemáticos Ramanujan y Hardy. Este último vivió las dos guerras mundiales. Quizás por eso decía “Dios es mi enemigo personal. ¿Acaso no es siempre personal? ¿Y en la guerra? Toda la discusión sobre la importancia de la belleza en la matemática no es casual en su contexto. Hardy tenía un profundo sentido estético del cálculo. La matemática aplicada, en la que partimos de un problema dado, se contrapone a la matemática pura que no tiene en mente la resolución de nada concreto.

En ese entonces se debatía si las ecuaciones que se estaban estudiando eran funcionales a la matanza indiscriminada. Lo bello era difícil de encontrar, incluso en el arte. Un ejemplo claro es el de Einstein y la culpa que sentía creyendo haber colaborado indirectamente en la creación de la bomba nuclear con sus descubrimientos.

El mismo Albert planteaba la pregunta “¿cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo, que en una guerra sólo tiene qué perder y de qué sufrir?”, en una carta a Freud. Como respuesta, Sigmund le explicaba su opinión junto a cuestiones de la teoría psicoanalítica. Una de esas respuestas es la siguiente: “No se trata, como usted mismo hace ver, de eliminar totalmente la tendencia humana hacia la agresión; se puede intentar ofrecerle derivativos suficientes para que no tenga que encontrar su desahogo en la guerra.”. Una de esas alternativas podría ser el arte. Hacer de la violencia algo bello. Lo artístico como forma de desahogo.

Pero todavía hay más que une estas cartas al tema que tratamos. Al terminar su exposición, Freud le dice a Einstein: “Tal vez usted tenga la impresión de que nuestras teorías forman una especie de mitología, que en este caso no tiene ni siquiera el mérito de ser divertida. ¿Pero acaso toda ciencia natural no desemboca en una especie semejante de mitología? ¿No les sucede esto hoy día incluso a ustedes, los físicos?”. El mito científico. Nuevamente pone a la narración en el centro de la escena. Como venimos viendo, el relato parecería ser el padre de todas las creaciones humanas. Rectifico: el relato es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de nuestra cultura. Nacemos entre palabras y moriremos en un punto y aparte. El presente es sólo un error de ortografía.

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