GALVARINO, HÉROE MAPUCHE Y TERROR DEL ESPAÑOL
Por Mati Segreti
26/10/2021
Galvarino padeció dos capturas, la primera en la batalla de las Lagunillas. Seiscientos soldados al mando del marqués García Hurtado de Mendoza, quien hizo su fama por la destreza militar en las américas y por su alma despiadada contra el indio, rechazaron el ataque araucano conducido por el Toqui Rengo.
Alonso de Ercilla fue testigo de la batalla y dejó su registro en el poema La Araucana. El Rengo avanzaba con maza en mano, derribando españoles y yanaconas como si fueran hierbas viejas y secas. La pelea fue así y el temor se apoderó de los cristianos. Todo eso hasta que el indio, con la soberbia de la sangre ajena en el pecho, se adentró demasiado y quedó acorralado por el enemigo y por su propia arrogancia.
Los principales guerreros mapuches quedaron atrapados con su Loqui, también fue la fortuna de Galvarino, famoso entre los españoles por su ferocidad y destreza en batalla. El combate finalizó con la derrota de los araucanos.
Don García Hurtado de Mendoza mandó el fusilamiento de la mayoría de los enemigos capturados, y atestiguan los frailes de la Sagrada Orden de la Cruz que el mismo noble se encargó de ultimar a los sobrevivientes con un cuchillo de hoja ancha y cabo bañado de oro peruano. Para Galvarino, la suerte fue otra.
El noble, que tiempo después llegó a ser Gobernador de la capitanía chilena y virrey del Perú, sabía que el escarmiento corporal era una forma de domesticación de las almas rebeldes. Por eso ordenó que traigan al araucano y lo dobleguen frente a un tocón de raulí.
El indio se mostró desafiante como siempre y los guardias golpearon su estómago para encorvarlo. Varios golpes fueron necesarios para que el indio se arrodille.
Con el bosque y las hondonadas de testigo, y según el mismo Francisco Antonio Encina, “ordenó don García cortarle una mano, y Galvarino, en una muestra de valentía, puso además su otra mano, que le fue arrebatada con habilidad por una hacha filosa. El araucano soportó el suplicio sin proferir una queja y conservando en su rostro inmutable serenidad. Pidió en seguida que se le matara, sabiéndose ya inútil como guerrero y, en vista que ya no se le oía su ruego, estalló su cólera en insultos a sus verdugos”.
El español río con la desvergüenza y el orgullo intacto, luego dijo: vuelve ahora con los salvajes de tu especie y enséñales que esto les sucederá a todo el que desafíe a la Santísima Corona Española. Inmediatamente dejaron libre al indio que en silencio juró vengarse. Volvió a su gente y, en un rapto de lucidez y revancha, exigió a sus compañeros que ataran con firmeza unas hojas de acero anchas y filosas en cada uno de sus brazos.
Lo que vino después fue solo posible debido a la horrible mutilación que soportó el indio Galvarino. Compartimos el relato del Fray Bautista Ordoñez de la Cruz, que recogió algunos testimonios.
“Se ha aparecido dos veces mientras dormíamos. Es un indio fuerte, de cabello largo y voz enérgica. Sabe evadir la lanza y entiende los tiempos del trabuco y por eso, hasta el momento, no hemos podido herirlo fatalmente. Pero eso no es lo peor, el terror se ha apoderado de los soldados, incluida mi alma, que le reza al santísimo para protegernos. Este mapuche, que aparece con la discreción y eficacia de una flecha en la oscuridad, en lugar de brazos lleva dos cuchillas que las utiliza con destreza, matando con habilidad en el primer cruce”.
“El aliento se nos escarcha y hemos dispuesto tres perros para alertarnos la llegada del araucano. Hace dos noches nos atacó el indio Galvarino, matando en pocos movimientos a nuestras bestias y apuñalando con bravura a la guardia avanzada. Los hombres tienen miedo”.
“Pido disculpas con anticipación por lo que voy a decir, pero nuestro señor se ha equivocado liberando a esa bestia del indio Galvarino. Ha provocado a un demonio que en vez de puños tiene filos más fuertes que el león”.
El indio comenzó su fama y el mismísimo cacique Lautaro le encomendó un escuadrón de avanzada, haciendo temblar el espíritu cristiano. Los españoles huían si se comentaba su presencia. Se ganó el respeto de su pueblo y el temor del cristiano. Su leyenda corrió con la velocidad del viento y solo nombrarlo era una exhortación para el combate.
El 30 de noviembre del año 1557, en el combate de Millarapue, y luego de una feroz batalla fue capturado por segunda vez, junto a otros jefes indígenas. Un sacerdote pidió la súplica de su vida, pero el mismo Galvarino dijo frente a sus enemigos que si le cortaran los brazos e incluso las piernas él los destrozaría, aún con sus propios dientes.
El noble García Hurtado de Mendoza, cansado de la rebeldía y violencia de este guerrero ordenó su ejecución, tirándolo a los perros salvajes y hambrientos. Sus últimas palabras fueron premonitorias y habló con valentía: cuidado huincas, que todavía en los sueños puedo hacerles daño.
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