URBE
EL ESTATUTO DE LA TÉCNICA Y LA ECONOMÍA DE LAS PLATAFORMAS
Por Facundo Juarez Ritterband
13/09/2020
Sin caer en la tecnofobia o en un romanticismo de lo analógico, el avance de la tecnología, la inteligencia artificial y las plataformas digitales, presentan un debate urgente sobre los derechos individuales, laborales y la autonomía de los Estados nacionales. El estatuto de la técnica en la vida de las personas y el desarrollo económico requiere de una discusión profunda que incluya a los sindicatos, las empresas y las organizaciones de la sociedad civil.
A mediados del siglo XX nacía la cibernética aspirando ampliar las capacidades cognitivas mediante sistemas computacionales capaces de codificar de forma binaria la mayor cantidad posible de fenómenos. En la actualidad, la inteligencia artificial y los algoritmos intervienen en cada vez más dimensiones de la vida, a través de la multiplicación de sensores que extraen información sobre deseos, gustos, tiempos, actividades, procesos de trabajo, rasgos faciales, etc. La capacidad de procesamiento y de automatización han permitido a la técnica interpretar, decidir, aprender, comprender y sugerirnos de forma prescriptiva e indicativa, qué hacer y cómo vivir.
Intensificado por el desarrollo de las telecomunicaciones y los sucesos del 11 de septiembre de 2001, esto no ha dejado de desarrollarse y se ha instalado desde los servicios públicos, hasta la administración privada, los procesos productivos y el ocio. Así fuimos concediendo a los robots, cada vez más miniaturizados, la posibilidad de gestionar, en nuestro lugar, gran cantidad de acciones, situándose entre los seres y las cosas como entre los seres entre sí. Esto se ve reflejado en el uso ubicuo del término “inteligente” o “smart” y es el nuevo estatuto de la técnica por el cual se ejerce el soft totalitarismo digital destacado por Eric Sadin o Byung-Chul Han.
La economía de plataformas es el correlato económico-empresarial de la sociedad que acabamos de describir, extendiendo un modelo de negocios particular como una sugerente visión del mundo. La economía colaborativa, las start-up, lo smart, el emprendedor y el silcondream, tienen sus contracaras de las cuales debemos advertir y que no se agotan en la vulneración de la privacidad de las personas.
Tras el boom de las empresas .com y su crisis a fines de los 90, quedó instalada la infraestructura que posibilitó el desarrollo de la economía de plataformas. Con el crack del 2008, este sector comenzaría su propio boom gracias ininterrumpidas inversiones público-privadas en Silicon Valley como a la disponibilidad de los capitales de riesgo. La emergencia de múltiples start-ups fue contrastada por las tendencias monopólicas de empresas como Google, IBM, Apple, Facebook, Microsoft, Amazon, que desde hace años no dejan de conquistar el sector software como el del hardware.
El mito del emprendedor en su garage desarrollando una idea disruptiva que lo vuelve multimillonario, ganó eficacia. Así lo encontramos en alguno de los creadores de dichas empresas como Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Page, Bill Gate. También lo encontramos en nuestro caso paradigmático local como vimos en el tweet de Marcos Galperin, festejando los 21 años de Mercado Libre el pasado primero de agosto.
La eficacia del mito está en el refuerzo de la meritocracia como gubernamentalidad y en el correlato del trabajador “autónomo” propio de las plataformas austeras como Rappi, Glovo, Uber, Pedidos Ya. Así se sustenta y enmascara discursivamente la generación de ganancias extraordinarias basadas en la precarización laboral, situación que, solo en Argentina, afecta a más de 60 mil trabajadores y trabajadoras. Esta es solo una dimensión de dicha contradicción, pues el mito del que hablamos, oculta que Silicon Valley creció al calor de la inversión pública o que Galperín era hijo de una familia empresaria, que estudió en la Escuela de negocios Wharton (Universidad de Pensilvania) y luego realizó un MBA en la Universidad de Stanford, con el capital económico, social .y simbólico que ello representa.
En Argentina esta gran contradicción tiene, por un lado, al dueño de la segunda fortuna más grande del país que toca los 4200 millones de dólares con una empresa cuyo conjunto de acciones tiene un valor que supera a las reservas del BCRA y, por otro lado, a los cuatro trabajadores de reparto fallecidos desde que empezó la pandemia en accidentes de tránsito. Crisis, monopolios, ganancias extraordinarias, concentración de la riqueza, mercantilización de la vida, precarización del trabajo, todos esos elementos que la economía política conceptualizó en el siglo XIX, están presentes en la economía de plataformas, desmintiendo su promesa colaborativa, su carácter novedoso y sueño libertario-californiano.
Si consideramos que las características de lo humano tienen que ver con un cuerpo dotado de una subjetividad configurada a partir de la inscripción histórica y social de cada biografía, si la capacidad de reflexionar, decidir, sentir, desear, temer, son aquellas particularidades que nos constituyen como sujetos, debemos pregonar una democracia de lo cotidiano que constituya un límite a aquella penetración tecnológica que busca instalarse en cada fragmento de nuestra cotidianeidad.
Más allá de lo individual, debemos poner límites a las políticas neoliberales que buscan desregular y flexibilizar la economía y las relaciones laborales. En una sociedad que se complejiza día a día, en una economía donde las empresas concentran más riqueza e información que los propios Estados, quedan a la vista las dificultades y condicionamientos de la autonomía decisional para formular políticas, programas y planes por parte de los individuos, los pueblos y los gobiernos.
Estas reflexiones no tiene que ver con una tecnofobia o una mirada romántica de lo analógico sino con el deseo y también la necesidad de desarrollar nuestra ciencia, nuestra técnica, nuestra sociedad y nuestro ser individual, con una mirada propia y soberana que sea independiente de la pretensión colonizadora de empresas, industrias, universidades privadas y think tanks que reproducen y/o imponen el sillicondream, la administración digital del mundo y las políticas neoliberales. El Estado, los sectores empresariales, los sindicatos y las organizaciones de la sociedad civil, tienen el enorme desafío de generar acuerdos que habiliten el desarrollo, las inversiones, el valor agregado y la competitividad a la misma vez que deben garantizar los derechos laborales y democráticos.
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