Política

Breve genealogía del neoconservadurismo

Por Dante Sabatto
20 de junio de 2023

Aproximadamente cada cinco minutos se escribe un libro sobre neoliberalismo: qué es, cuándo nació, cómo evolucionó, qué no es. Un problema del término es que nombra dos cosas a la vez: un universal y un particular. Por un lado, una época, una fase del capitalismo, un tiempo. Por el otro, una modalidad específica dentro de ese capitalismo, un partido, una alternativa entre varias.

El neoliberalismo es, entonces, la fase de financiarización radical de la economía, donde la especulación toma un rol central en la acumulación de valor. Su fecha de inicio es 1973: crisis del petróleo, comienzo del patrón dólar, inicio de la Dictadura de Pinochet en Chile (hubo otros laboratorios paralelos del neoliberalismo, sobre todo en Nueva Zelanda). Pero también es, al mismo tiempo, un programa político-económico particular, o una serie de ellos: del ordo-liberalismo a la Escuela Austríaca. Todo es neoliberalismo, pero algunas cosas son más neoliberales que otras.

Hace poco se empezó a emplear el término rainbow capitalism, capitalismo arcoíris, para hablar de una tendencia creciente en muchos países: empresas que venden la inclusión de la diversidad de género como un valor central. Esto, por supuesto, no es más que una estrategia de ventas. El capital no tiene valores ni puede tenerlos. La cuenta de Facebook de X-Box, por ejemplo, recientemente se cambió el ícono a un logo que incluía múltiples banderas LGBT por el inicio del mes del orgullo en EEUU… para volverlo a cambiar, días después, por uno que representaba los fuegos del infierno, debido al lanzamiento del videojuego Diablo IV. Un fallido freudiano.

La pregunta es si capitalismo arcoíris y neoliberalismo son una misma cosa. La confusión surge de la connotación que tiene el término “liberalismo” en EEUU,  donde representa a la ideología del Partido Demócrata: un difuso progresismo social asociado a las élites de las costas y las grandes universidades. Ocurre que la política en el gigante norteamericano gira hace tres décadas en torno al enfrentamiento entre el neoliberalismo y su adversario, el neoconservadurismo.

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Una izquierda antihippie

Los demás países, que miramos con cierto desagrado a EEUU, tierra de cheddar artificial y tiroteos escolares, no solemos hablar de neoconservadurismo. Y sin embargo, es un término lógico, que se desprende muy simplemente de “neoliberalismo” como su inversión. Pero entre México y Canadá, tiene un sentido muy claro: hay políticos que se identifican expresamente así.

La historia del neoconservadurismo empieza, al igual que la del neoliberalismo, a fines de los años 60. El movimiento hippie concluía su summer of love y toda la potencia ácida comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento. La ideología californiana, la de hackers y proto-programadores, se preparaba para sentar las bases a la industria 3.0, la que eventualmente daría lugar a internet. Dos hechos marcaron a la izquierda de ese momento: Vietnam y mayo del 68. Era el inicio de la Nueva Izquierda, que en la práctica comenzaba a buscar puntos de unión entre el anticapitalismo, el feminismo y el antirracismo, y en la teoría daba un giro posmoderno contra el estructuralismo y el determinismo marxista.

Pero no todo el mundo estaba tan contento con estos giros. Un grupo de trotskistas y líderes sindicales anticomunistas comenzaron a plantear que los lazos entre la izquierda y la contracultura estaban alienando a las masas, y que los reclamos de una retirada unilateral de Vietnam eran injustificados. Los cuestionamientos a la URSS fueron un punto de quiebre: en lugar de partir de ellos para postular la necesidad de una izquierda antiautoritaria, como hacía la New Left, intelectuales como Max Shachtman y James Burnham y militantes juveniles como Carl Gershman lo emplearon para distanciarse crecientemente del anticapitalismo.

En 1972, rompieron el Partido Socialista y formaron una nueva agrupación: Social Demócratas de Estados Unidos. Desde esa plataforma, tomaron contacto con los “halcones liberales”: dirigentes demócratas que se oponían al pacifismo que promovía el grueso del partido. Ese fue un primer paso: durante los años 70, comenzaron a mirar con buenos ojos las presidencias republicanas de Nixon y Ford. El punto nodal de esta articulación fue la revista Commentary, originalmente una publicación liberal, que se convirtió en la usina ideológica de la nueva tendencia.

El neoconservadurismo, entonces, fue en la década de 1970 un dispositivo de conversión, en un sentido pseudo religioso. El aparato ideológico neoconservador surgía del viraje de personas que habían estado ubicadas a la izquierda del centro (demócratas, socialdemócratas y trotskistas) hacia el extremo contrario. Al mismo tiempo, era un aparato orientado a hacer perdurar el proceso: a seguir convirtiendo a otros.

La presidencia de Jimmy Carter, entre 1977 y 1981, terminó de romper las últimas conexiones que quedaban entre los neoconservadores y el Partido Demócrata. En 1979, una intelectual de este movimiento, Jeane Kirkpatrick, publicó el ensayo “Dictatorships and Double Standards”, que podríamos traducir libremente como “Dictaduras y Doble Vara”. Este texto se convirtió en algo así como el Manifiesto Neocon: su argumento era que EEUU tenía que dejar de exigir la rápida democratización de países autocráticos, y que al hacerlo sólo fortalecía el avance comunista sobre ellos. Al mismo tiempo, acusaba a Carter de no exigir a los Estados socialistas que adoptaran la democracia.

Todos los elementos que caracterizan al neoconservadurismo hasta el día de hoy ya estaban presentes: el apoyo al accionar militar de EEUU como elemento central de su política exterior, la defensa de un “orden moral” asociado a valores tradicionales y, en relación con ambas cosas, la noción de que un cierto Estado de Bienestar era necesario.

Foto: Jeane Kirkpatrick y Ronald Reagan.

La conservación al poder

En 1981, asumió la presidencia Ronald Reagan. El presidente que hoy reconocemos como emblema del neoliberalismo realizó en virtud lo que se conoció como una “Revolución Conservadora”. Kirkpatrick fue asesora de su gobierno en materia de política exterior, y muchos cuadros neocon entraron a agencias gubernamentales. Pero esto no quiere decir que este movimiento se volviera hegemónico: de hecho, la de los 80 fue la década de una guerra interna en el Partido Republicano entre dos facciones: neoconservadores y paleoconservadores. Estos últimos se destacaban por la posición contraria respecto a la Guerra de Vietnam: eran aislacionistas, no les interesaba la expansión de la democracia por el mundo y, sobre todo, creían que el Estado debía ser llevado a su mínima expresión.

Desde entonces hemos tenido dos clases de gobierno republicano: los dos Bush fueron más cercanos al ala neocon; el de Trump, más parecido al paleoconservadurismo. Es importante entender que no se trata de agrupaciones políticas, ni siquiera de movimientos per se, sino más bien de configuraciones ideológicas dentro de la derecha yanki.

Francis Fukuyama, intelectual de origen neocon, planteó que las raíces socialistas de gran parte de la dirigencia de esta tendencia tuvieron consecuencias para su pensamiento. Su clásico libro de 1992, El fin de la historia y el último hombre, actualiza directamente las tesis de Hegel (vía la lectura del filósofo y espía Alexandre Kojève) para decir que la realización final del espíritu absoluto es la democracia liberal expandida por todo el mundo.

Tal vez esto es algo que asociemos, vagamente, con el neoliberalismo. El mandato cuasi-divino que Estados Unidos reconoce para sí de extender la democracia en el mundo, en la mayor parte de los casos por la fuerza, parece tal vez cercana a las ideas de demócratas como Woodrow Wilson, y de una tradición que llega hasta Barack Obama. Sin embargo, es fundamental establecer una diferencia: para el neoliberalismo, los intereses del mercado vienen primero; para el neoconservadurismo, no hay nada más importante que la hegemonía de Estados Unidos.

Visto así, parece que se tratara de una doctrina que sólo puede ser situada en este país, que sólo tiene sentido en sus coordenadas. Creo que esto no es necesariamente así. Lógicamente, si existe algo así como el neoliberalismo, debe haber, enfrente, otra cosa, algo que ponga en duda la identidad entre progresismo social y globalización. 

Uno, dos, cien neoconservadurismos

No es el nombre que suele aplicarse para definirlo. Los politólogos, periodistas de internacionales y otras especies suelen preferir el más marketinero “populista”. Y, sin embargo, cabe preguntarse si el mote de neocon no le cabe perfectamente a Vladimir Putin. Aquello que impulsa en Rusia, y en todo el viejo continente, empezando por Polonia, Hungría y Bielorrusia, es un rechazo de los ideales liberales en pos de un tradicionalismo de fuerte carácter bélico y que no puede calificarse de Estado céntrico, pero muy lejos está del paleolibertarianismo. Y la nueva fase, iniciada con la Invasión a Ucrania, puede ser la consolidación de este momento.

Con perdón de la frase remanida, es evidente que un espectro recorre Europa. Los analistas se han centrado, más bien, en sus lazos con la vieja derecha del continente: el nazismo, el fascismo, el franquismo. Y ese es un componente importante, que no es necesario dejar de lado. Pero tal vez podemos comprenderlos mejor si los miramos, también, por el lente del neoconservadurismo.

Pensemos en Meloni, nueva premier italiana. Su partido, Fratelli d’Italia, tiene orígenes en el neofascismo, y ella misma militó en sus filas en los años 90. Pero hace pocos años transformó radicalmente su partido, en una estrategia que la convirtió en Primera Ministra: se alejó abiertamente de su antes admirado Putin y se convirtió en una feroz defensora del intervencionismo de la OTAN (la posta del putinismo romano la tomó Silvio Berlusconi). 

Una conversión similar ocurrió con el Frente Nacional de los Le Pen en Francia: de un euroescepticismo radical, el partido pasó, bajo el liderazgo de Marine, a un tentativo europeísmo. Es que la geopolítica no se decide por voluntades partidarias, sino que las determina a ellas. En otras palabras: la posición verdaderamente neocon no es la del nacionalismo como fuerza moral, sino en tanto potencia decisora, es decir, militar. Ni Francia ni Italia son ni pueden ser fuerzas bélicas en sí mismas. Son, hoy en día, parte de la OTAN.

¿Y en Argentina? El creciente peso de posiciones conservadoras en el speech macrista debería ser un llamado de atención. Hasta el 2003, el conservadurismo social era un activo más bien explícito del peronismo (Duhalde se definió alguna vez como un conservador popular), pero esa historia se ha terminado. Sin embargo, no alcanza con este elemento para confirmar que estamos ante una postura neocon: es necesario ir a ver el lugar que queda para el Estado. Mientras aparezcan versiones del Estado mínimo, por más deslucidas que queden ante el minarquismo libertario, no estaremos en el terreno que buscamos. Creo que es importante prestar atención a la deriva de Patricia Bullrich y a la de líderes radicales como Gerardo Morales.

Ojo: tal vez la izquierda antiprogre de hoy sea la derecha neocon de mañana.

Teoría de la derecha

Un breve mapa del Partido Republicano estadounidense ubica tres facciones: neoconservadores, paleoconservadores y libertarios. Hoy, Donald Trump contiene a las tres. Las posiciones varían sobre la política exterior, el tamaño del Estado, la importancia moral de la democracia y otras yerbas.

Sobre la economía, no. El neoconservadurismo tiene una economía, pero es la misma que la de todos los demás: la del neoliberalismo. Si volvemos a nuestra distinción original entre el neoliberalismo como fase del capitalismo y como alternativa política dentro de este, vemos que el neoconservadurismo se opone a esta última, pero no tiene nada que decir sobre la primera.

Esto no quiere decir que no importe. Podríamos definir al neoconservadurismo como una derecha cautelosamente optimista. Contra la paranoia apocalíptica de los aislacionistas y el utopismo esquizofrénico del clinton-obamismo, los neocon se ven mejor representados por la calma perversa de un George H. W. Bush.

La democracia no es un bien moral en sí mismo, pero sí un vehículo apropiado para llevar la palabra de Dios a todo el mundo. Balas y biblias. La expansión fría del orden estadounidense por pantanos y desiertos. El neoconservadurismo también es una estética.

La reacción tradicionalista está en alza en todo el mundo. La defensa de los valores tradicionales y, sobre todo, los Niños, es la bandera elegida para realizar una avanzada contra el progresismo y la izquierda; la transfobia es la punta de la lanza. No es la primera vez que ocurre ni será la última, porque el neoconservadurismo existe precisamente en la famosa fe de erratas instantánea de Margaret Thatcher. La sociedad no existe, dijo la Dama de Hierro, solo existen los individuos. Y rápidamente se corrigió: los individuos y sus familias.

Tal vez así opere el neoconservadurismo: como una corrección posterior a un postulado neoliberal, pero que en virtud de ella instaura un nuevo orden reaccionario. Tal vez por eso el foco en lo militar y en la persistencia del Estado. Es necesario conocerlo, y conocerlo bien, para enfrentarlo. 

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