Artificios
¿ALGUNA OTRA INQUIETUD?
Por Gonzalo Unamuno*
13/09/2020
I
Puso las balizas, detuvo el auto al costado de la ruta. La tarde se hacía noche. Una canción que sabían de memoria se extinguía en los parlantes, y la hubiesen cantado si la tensión no era tan aguda.
—No le puedo hacer esto a Ignacio—. Dijo, viendo titilar la lucecita roja en el tablero.
—Me sostuvo, siempre. No puedo. —Agregó. Y domó el llanto.
A su derecha, en el asiento del copiloto, Rodrigo encendió un cigarrillo. Respondió con indulgencia, viendo el último trazo de sol por la ventanilla baja:
—Ni yo a Camila. Pero lo hablamos hasta el hartazgo. Tarde para recular.
Eran amigos desde hacía siete años. Ambos rondaban los cuarenta y tenían vidas estables en todos los órdenes. Ella: Abogada. Sub Secretaria Nacional de Gestión y Desarrollo. Madre de Juan Manuel, de once años. Casada. Él: Ensayista. Coordinador de Asuntos Internos del Ministro del Interior. Sin hijos. Casado.
La política los fue juntando en sus múltiples variables para apelotonar gente, pero se conocieron en San Telmo en la presentación del libro de un sociólogo platense sobre la extinción del marxismo en el siglo XXI.
El primer síntoma de la suspicacia predadora que los delataría llegó esa misma noche cuando cruzaron mirada: sabían de la existencia del otro. Ella empezaba a consolidar su carrera política, se la mencionaba en cenáculos de dirigentes, conservaba el bronceado de las playas de Tulum, y refulgía en un vestido rojo que terminaba donde empezaban unas piernas imposibles de ignorar.
Él estaba en plenitud, estrenaba un traje azul hecho a medida, tenía cierta fama ligada al prestigio de un libro que vendió muy bien y exudaba la seguridad del funcionario recién asumido.
Se presentaron. Intercambiaron números de teléfono. Rieron.
A medida que los encuentros se sucedían, afianzaron, de forma mutua, la admiración, la confianza. Sus conversaciones tenían la virtud de no caer en la frivolidad prototípica de sus interlocutores diarios. Consolidaron su amistad cara a cara y, cuando las reuniones grupales que no podían eludir terminaban, buscaban quedarse últimos, volver en un mismo auto, disponer de un instante a solas para repercutir en el otro.
Sus parejas se conocían entre sí y recelaban de esa amistad. Algo subyacía en ella.
Ahora viajaban juntos por primera vez, a la capital de San Luis. Detuvieron el auto kilómetros después de Junín. La justificación del viaje era el Congreso Nacional del movimiento político al que pertenecían. La razón era encamarse cuatro días en un hotel en las afueras.
Tenían coincidencias: ninguno había sido infiel, ninguno era infeliz con su pareja actual. Monógamos, no habían hecho tríos sexuales, el término clásicos describía algo en ellos. Sin embargo, en cuanto acordaron que no iban a desoír el deseo, lo tomaron con naturalidad. A la esposa de él se le hizo creer que viajaba en avión desde aeroparque. Al esposo de ella, que iba en el auto con una de sus asistentes.
—No soy esa clase de persona— dijo Aitana, la frente apoyada en el volante.
—Al menos Ignacio no tiene cáncer— dijo él, apoyándole una mano en el cuello.
Aitana miró a Rodrigo con desprecio, pero sintió culpa por coincidir porcentualmente con él en la fabricación de la mentira. ¿Qué clase de gente eran? En varias ocasiones se había preocupado por la salud de Camila —se recuperaba de un cáncer de mamas— y ahora no tenía escrúpulos para embaucarla junto a su marido.
—Mientras no se enteren— dijo Rodrigo, que tiró el cigarrillo y subió la ventanilla.
—Con saberlo, me alcanza— respondió Aitana. Y arrancó.
Durante el resto del viaje escucharon música, pararon un par de veces a estirar las piernas, fumar, tomar café, cargar nafta. Hablaron de las intervenciones que cada uno tendría en el congreso, de las roscas que inevitablemente se sucederían, del clima que les tocaría en suerte. También tomaron mate, discutieron sobre la confianza, la culpa, el remordimiento, e hicieron silencio cuando no había otra cosa que hacer.
II
—Adentro no. En la boca.
Rodrigo menguó el ritmo, dejó de penetrarla, esperó a que se acomodase a la altura de su abdomen y le eyaculó en la boca. Aitana tragó, le dijo que lo quería. Después propuso ir a almorzar.
Llevaban ya dos noches en San Luis viviendo un idilio, un reverdecimiento. Hablaron de sus parejas. Incompletos, fue la palabra con que los definieron.
Durante el congreso no se mostraban juntos en las inmediaciones ni dentro del predio donde se llevaba a cabo. Eran amigos, sí, pero no iban a prestarse a especulaciones ni operetas.
Sus discursos fueron sólidos. Extractos de ellos y fotos con autoridades y artistas se difundieron en medios locales y redes sociales, cumplieron con las reuniones programadas en agenda, capitalizaron políticamente el viaje.
Ahora estaban libres de responsabilidades con día y medio por delante.
Llegaron a la taberna. Pidieron parrillada para compartir. Un vino tinto.
Veinte minutos después, comían. Rodrigo preguntó:
— ¿Y si no podemos parar?
—No sé. Está siendo como suponíamos, pero lo demás también: estructuras sólidas que cuidar, parejas.
— ¿Aunque te ame?
Ella no quiso responder que también lo amaba, que dudaba si podrían detener con éxito esa aventura.
Pasaron el resto de la tarde en Potrero de los Funes. Aitana conocía por un viaje hecho con amigas años atrás. Rodrigo nunca había estado. Tomaron mate. Cuando la oscuridad fue total hicieron el amor a la vera del lago del famoso embalse.
Mientras volvían al hotel, llegó una llamada de Camila. Dijo a Rodrigo que adelantase la vuelta, que otra vez estaba con dolores, que lo necesitaba a su lado. Él dijo que haría lo posible. Ella insistió.
—Dos días son suficientes. Volvé.
—No es fácil adelantar un aéreo. Intento.
Camila hizo silencio unos segundos. Retomó:
— ¿Tu amiga Aitana también viajó a San Luis?
—Sí. Está o estuvo— dijo él, mientras se preguntaba por qué vía lo supo.
—Raro que no la mencionaste cuando te pregunté qué gente de tu confianza iba.
—Me enteré recién cuando la vi.
—Seguro— dijo ella. —Invitala a cenar con Ignacio en la semana.
—Buen plan— respondió él. Y cortaron.
En el lobby del hotel se encontraron con el Secretario de Turismo de la provincia. Los instigó a tomar copas con el resto de los funcionarios que ocupaban su mesa. Aceptaron. Se emborracharon, pero nadie llegó a notarlo. Después se ducharon juntos y vieron una serie. Se dijeron cursilerías. Se acostaron sin cenar.
El día siguiente fue soleado, cálido. Despertaron cerca de las nueve, desayunaron en el hotel e hicieron el check out sobre las once y media. Después pasearon por la ciudad y llegaron a la única librería que encontraron abierta. Rodrigo compró una novela que le habían recomendado. Aitana compró otra y libros infantiles para su hijo.
Almorzaron tamales con agua.
Volvían a Buenos Aires por la ruta cuando Rodrigo dijo:
—Sospecha. Me pidió que te invitase a cenar con Ignacio y ahora manda un mensaje preguntando si pueden el jueves.
— ¿Cuándo pidió que nos invites?
—Ayer.
—Decile que vamos.
— ¿Y el morbo?
—En algún momento hay que afrontarlo.
— ¿Y si sabe, intuye algo?
—Es cuestión de tiempo.
A las ocho de la noche llegaron a Buenos Aires. Tuvieron sexo dentro del auto y juraron que sería la última vez.
Aitana dejó a Rodrigo en Plaza Italia, quien en veinte minutos estuvo en su casa. Después llevó a lavar el auto y fue hasta la suya.
Tanto Ignacio como Camila los recibieron con la comida hecha. Ravioles con boloñesa para Rodrigo. Tortilla española para Aitana.
El jueves siguiente cenaban los cuatro.
III
— ¿Le gustará a tu parejita amiga?— preguntó Ignacio con desprecio, señalando las botellas de vino.
—Sí. Toman— respondió Aitana.
Llegaron a casa de Camila y Rodrigo a las nueve de la noche. Vivían en un chalet en San Cristóbal que por fuera decía menos que por dentro.
Para Ignacio era simple: todo cuanto ese matrimonio tuviese provenía de la corrupción. Él era programador de sistemas, trabajaba en una multinacional y, desde que volvió al país, no soportaba ver cómo el entorno de su mujer se enriquecía merodeando los entresijos del Estado. Camila sentía rechazo por Aitana: la consideraba una caída del catre, una cleptómana que sobrevivía en política gracias a su imagen y a ser miembro de una familia influyente. Ella trabajaba en un estudio contable de administrativa. Y también, como Ignacio, nueve horas diarias.
Se sentaron en torno a la mesa donde había un vino abierto, una tabla con salame y queso, unos bocaditos de salmón rosado, guacamole, y una bandeja repleta de sushi.
Camila sirvió el vino.
RODRIGO: Están en su casa. Salud. (Dijo, y alzó su copa.)
AITANA: Salud. (Alzó la suya)
IGNACIO: ¿Nuestra casa? Es la tercera vez que nos vemos. Ni sé dónde está el baño.
CAMILA: Son políticos. Manejan esos niveles de confianza.
La incomodidad espesó la atmósfera. Aitana estaba desconcertada por la actitud psicopática y desafiante de Ignacio. ¿Qué se la daba?
Rodrigo sospechó de complicidad en la maniobra entre su esposa y el marido de su amiga, motivo por el que no reaccionó como lo hubiese hecho ante cualquiera que le hablase así en su casa: a los golpes. Pero el acuerdo era claro, y había que mantenerlo: se negaría todo. Siempre.
Las horas fueron pasando entre anécdotas irrisorias, chismes sin importancia, opiniones sin fundamento. Hacia las cuatro y media de la madrugada se habían tomado siete botellas de vino. Solo quedaba gaseosa y cuatro piezas de sushi.
Camila dijo:
—Y ¿cómo les fue en San Luis? Con Rodrigo no tuvimos tiempo de hablar.
—Cuenten, sí. No regateen. ¿Pasaron bien? —preguntó Ignacio.
Aitana miró a Rodrigo, quien le esquivó la mirada. Pensó unos instantes. Tomó aire y entonces sentenció:
—Pasamos muy bien. Yo no viajé con ninguna asistente y Rodrigo no fue en avión, sino en mi auto. Lo busqué por aeroparque para que desde ahí sacase una foto que los despistase, y salimos. En la ruta cantamos, tomamos mate. No nos alojamos en el hotel céntrico que dispuso la gobernación. Lo hicimos en las afueras para no alimentar rumores, para cuidarlos a ustedes. Ahí tuvimos sexo por todas las vías posibles y el goce llegó a ser tal que nos planteamos qué hacer. Convinimos que desecharlos no sería problema. A Juan Manuel puedo criarlo sola. Lo que no podemos —señaló a Rodrigo— es admitir el ateísmo político que los resiente y los encoge hasta lo que son. ¿Alguna otra inquietud?
Nadie respondió. Quedaron dislocados por las palabras, evadiendo miradas, hasta que una alarma quebró el silenció e Ignacio largó una carcajada que devolvió el pulso y contagió inmediatamente al resto. Rieron sin parar durante un rato.
Camila dijo, todavía riendo:
—Es la broma más desubicada que me hicieron en la vida.
IGNACIO: Un humor de mierda.
AITANA: Acorde a los niveles de confianza que manejamos.
Volvieron a reír. Rodrigo cerró la velada:
—Para responder: en el viaje se generaron acuerdos políticos con la gobernación, se resolvió llamar a internas y reformar la carta orgánica del partido, y conocí funcionarios de utilidad para un armado federal de cara a las legislativas. Respecto de la ciudad: bonita, pintoresca, se come bien. Tocaron lindos días, aunque con Aitana apenas nos cruzamos. Cuando Camila me dijo de hacer la cena, no dudé. Es un lujo que estén acá.
Ignacio agradeció las palabras y convino con Aitana que era momento de partir. Se despidieron entre abrazos y promesas de reencuentro.
Ya en su casa, Ignacio dijo a Aitana:
—Perdón si fui grosero, pero tu broma lo fue más. El personaje de tu amigo no me cierra. Eso.
Rodrigo ordenó un poco. Cuando se metieron en la cama, Camila dijo, durmiéndose:
—Me cae mejor tu amiga. No le importa nada.
Rodrigo respondió que era tarde para hablar. Entró al sueño con una erección, pensando en la amistad que cimentaba con Aitana y oyendo piar los pájaros y respirar a su mujer. A quien amaba. A quien no iba a perder.
* Gonzalo Unamuno nació en Buenos Aires (Argentina), en 1985. Participó en diversas antologías y poemas suyos fueron traducidos al francés por la destacada traductora argentina Graciela Isnardi. Ha escrito varios libros, y durante el año 2018 publicó «Lila» junto a la editorial Factotum. Este texto es inédito y exclusivo para URBE
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