Artificios

Manifiesto Hater

«No puede ser que no se pueda odiar nada», se queja Dante, y escribe un manifiesto en defensa del disgusto. ¿Se puede aprender a odiar bien? ¿Es posible disfrutar algo sin odiar otras cosas?

Por Dante Sabatto
25 de julio de 2023

“El hombre sabio debe ser capaz no sólo de amar a sus enemigos,
sino también de odiar a sus amigos.”

Friedrich Nietzsche

1.

Intento escuchar mucha música. Toda la que puedo. Todo el tiempo, sin parar, si es posible. Música variada. Distintos idiomas. Distintos géneros. Distintas fechas. Intento cubrir el tiempo con música. Últimamente tengo un problema con la música, un obstáculo en nuestra relación codependiente: me gusta todo.

No inmediatamente. Cada tanto encuentro algún elemento que me molesta: una voz demasiado nasal, una desentonación, una sobreproducción insoportable. Pero siempre puedo mirarlo, o tal vez escucharlo, de otra manera, aguzar el oído y encontrar en eso que me gusta una razón para disfrutar. Ubicar lo que no disfruto y decir: ese es el punto, eso es lo que destaca a esta canción, intentemos hacerle un lugar. Y lo logro.

Que te guste todo es un problema, porque pasás a sospechar, rápidamente, que en realidad no te gusta nada. Genera una cierta paranoia: ¿sabré de verdad lo que me gusta y lo que no? ¿No me estoy simplemente convenciendo a mí mismo, forzándome a disfrutar, obligándome a ser libre?

2.

¿Qué es el gusto? ¿Qué genera que nos gusten algunas cosas y otras no? Por una parte, se siente como algo indefinible, cuasi trascendental, identitario. No me gusta y no me gusta. Es difícil describir el disgusto. Pensemos en una comida, por ejemplo. Si no me gustan las aceitunas, puedo decir que son agrias, pero me gustan otras cosas agrias; que se sienten demasiado aceitosas, saladas, terrosas, pero ninguno de esos elementos es único de la aceituna; podría decir que son demasiado fuertes, que contaminan otros gustos, que me dejan un sabor amargo en la boca. Ninguna de esas palabras explica el asco.

Al mismo tiempo, los gustos cambian. Las aceitunas, por ejemplo, me empezaron a gustar hace unos años. Pasa con la música también. La sabiduría popular argentina dice que el tango te espera, que en un momento, en una edad, como por sorpresa, te empieza a gustar.

Hay elementos socioculturales y psicológicos que forman el gusto, sin duda. Es probable que prefiramos sonidos que escuchábamos en nuestra infancia y adolescencia. Pero no siempre: no hay determinismo del gusto. Parece más bien haber contingencia y tautología. No me gusta porque no me gusta. Al menos, en el disgusto fuerte, en el odio.

3.

Tiendo a pensar que el amor y el odio son categorías relacionales. Amo algo más que otra cosa. Hay cosas que me gustan un poco, otras que no me gustan nada, y más allá de eso está lo que odio. No son categorías absolutas: puedo odiar más o menos, odiar muchísimo, casi odiar.

Por eso es problemático no odiar nada. Aplana el gusto. Achata la experiencia. Ameseta la vida. Deja todo del mismo lado. ¿Cómo puede haber vida ahí donde hay un encefalograma liso? Hay que construir el otro lado del amor, del placer, del gusto, justamente para que el amor, el placer y el gusto puedan existir.

Me preocupa el lugar central que tiene el “sí” en lo que, hablando mal y pronto, podemos llamar el marco afectivo del capitalismo tardío. Siempre el “sí” va primero. Siempre se empieza por el elogio. Toda crítica debe ser inmediatamente castigada. Todo intento de pensar más allá es calificado de snobismo. Si no deglutís sin masticar la masa informe de productos con los que te bombardea continuamente una industria cultural que ya ha entrado sin remedio en una fase especulativa y masturbatoria, sos unx hater, tenés una agenda, no sabés disfrutar.

¿Cómo van a saber disfrutar quiénes no saben odiar? No lo digo por odio al pop y a lo pop, lo popular, que muchas veces me gusta. Lo único que pretendo es la posibilidad de una barrera, de algún tipo de corte. No puede ser que no se pueda odiar nada. Simplemente no puede ser.

4.

Se suele pensar que el odio se debe reservar para cosas muy importantes. Al mismo tiempo, el odio está completamente vedado de las cuestiones importantes. No odies a tu adversario político, comprendelo. No odies a quien te hizo daño, perdonalo. No te odies a vos mismo, amate.

Y, por otra parte, ¿por qué no deberíamos odiar en nuestra vida cotidiana, odiar lo más sencillo y cercano, lo poco importante? ¿Por qué no odiar a la baldosa floja que te empapa el pantalón, odiar al frío que te deprime, odiar al vecino que pone música con todo un domingo a la mañana?

5.

Decía que me gusta todo lo que escucho. Más bien: que no odio nada. Eso es una señal de que algo está pasando. Me pregunto si de verdad le estoy dejando el lugar a cada idiosincrasia musical específica, si no estoy reduciendo todo a las categorías que ya puedo procesar y disfrutar.

Hay, lo admito, algo de pulsión progre ahí. El multiculturalismo llevado a un extremo: no odies algo solo porque es diferente, eso se parece demasiado al racismo. Hay una especie de utopía sensorial en la que todo es agradable, todos los sonidos llegan por igual a todos los oídos, todos los olfatos a todas las narices. Yan Hun, en su colección de ensayos No importa si no es (música), lo piensa desde la categoría del “desenfoque”: que todos los sonidos funcionen en el mismo nivel, que tengan la misma importancia, que ninguno se destaque sobre los demás. Como toda utopía, es inmediatamente sospechosa: ¿qué está siendo excluido del paraíso del gusto? ¿No habrá algo odiable oculto que hace funcionar todo el mecanismo? 

6. 

A fin de cuentas este es un problema político, o el problema político. No solamente el odio, la relación amigo-enemigo, la diferencia entre la guerra con reglas y la violencia sin límites, la banalidad del mal y la fragilidad del bien, el racismo, la xenofobia, la homofobia, la transfobia, el antisemitismo. No solamente todo eso, el problema del odio y de delimitarlo de lo que no es odio, sino también otra cosa.

También el otro problema: el de no odiar nada. Que es, a fin de cuentas, temer al odio, odiar al odio. La guerra contra la guerra. Es el problema del nomos, del límite, de la frontera, del nombre. Pero debemos creer que otro odio es posible.

No creo que el odio sea de derecha. No creo tampoco que el amor siempre venza al odio, porque no creo que los afectos funcionen con la lógica del piedra-papel-o-tijera. A veces al odio lo vence la indiferencia, la ironía, la tristeza. A veces el odio vence.

7.

Hay que saber odiar, pero odiar bien, que siempre es un poco odiar mal, es decir, saber que no se puede odiar bien, ordenadamente, armoniosamente, sin problemas, sin resto. El odio siempre requiere algo de exceso, pero eso no quiere decir que no tenga una infinidad de dimensiones posibles.

Por ejemplo, hay que saber odiar al pasar, odiar un poco. Déjenme intentarlo: odio el techno. Ahí hay una música que me saca del problema de que me guste todo. Odio sus repeticiones, su culto a la superficie, su ausencia de profundidades, distorsiones, aperturas. No tengo demasiadas razones, en realidad, para ese odio. No importa: es mero desagrado expandido. No pienso demasiado en eso. Está bien. Tiene un lugar.

Hay que saber divertirse odiando. El odio te envenena, y esa es la gracia, pero el truco está en que también te haga reír. El odio te obsesiona, y esa es la gracia, pero hay que aprender a acotar la obsesión a momentos precisos. Es un equilibrio imposible, pero no importa. Hay que odiar bien, para dejar lugar a otras emociones que si no se aquietan, se atrofian, no corren. 

Hay que poder odiar un libro, una avenida, una moda, y no darle lugar, ningún lugar, no ceder ante los argumentos de propagandistas, liberales, sacerdotes, profesores y otras clases de mercenarios. Y sobre todo, no aceptar nunca que el odio deba decantar en pura violencia sacrificial, en reacción política, en apocalipsis.

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Dante Sabatto

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