¿Y si la Ciudad fuera color verde?
Desde el Colectivo de Arquitectas en Defensa de las Tierras Públicas, Rosa Aboy invita a reflexionar sobre la actualidad del espacio público en CABA. Una nota que, con la empatía de la propia experiencia y el rigor de la academia, pone en primer plano una realidad poco grata, que tendemos a naturalizar pero podría ser muy diferente.
Por Rosa Aboy*
30/10/2021
Esta imagen, y mi experiencia reciente y luminosa, contrastan con la ausencia de espacios verdes de calidad y con un nivel de cuidado igualmente esmerado en otros barrios porteños. Si miramos un mapa satelital de las comunas 3 y 5 que comprenden los barrios de Balvanera, San Cristóbal, Almagro y Boedo, comprobaremos algo que sus vecinos padecen a diario: la escasez de plazas y parques de cercanía.
Buenos Aires tiene una carencia de áreas verdes en relación con los parámetros saludables, internacionalmente recomendados, que fijan este tipo de superficie en 10 a 15 m2 por habitante. Nuestra dotación promedio es inferior a los 6 m2 por habitante contando canteros, maceteros en la vía pública, cementerios y otras áreas verdes sin acceso público, como las de adentro del aeroparque o los jardines de los hospitales.
Las comunas porteñas con mayor cantidad de espacios verdes son la Comuna 1, con la Reserva Ecológica, y la Comuna 14, con el Parque 3 de Febrero. De acuerdo al Índice de Bienestar elaborado, en base a datos de acceso público, por el Instituto Ciudad, la Comuna 1 cuenta con 18,5 m2 de áreas verdes por habitante, mientras que la Comuna 14 tiene 13,8 m2/hab.
A éstas les sigue la Comuna 8, integrada por los barrios de Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo, donde se ubica el segundo parque más grande que tiene la ciudad: el Indoamericano. Sin embargo, en términos de accesibilidad y de cuidado, la diferencia con el Parque 3 de Febrero es enorme.
El peor registro del estudio lo tiene la Comuna 5, con apenas 0,2 m2 por habitante. Sus espacios verdes son la plaza Mariano Boedo, -en Estados Unidos y Sánchez de Loria, inaugurada en 2011- la Plaza Almagro -la más antigua, ubicada en Sarmiento y Salguero- y la placita construida y administrada por los vecinos en Av. Independencia 4264. En Balvanera y San Cristóbal fue inaugurado el Parque de la Estación, en los alrededores de la terminal de Once. Además, la llamada Manzana 66 -entre Jujuy, Belgrano, Catamarca y Moreno- fue transformada recientemente en una plaza, después de años de reclamos vecinales.
De estos datos surge que, además de la escasez, el principal problema de los espacios verdes en la Ciudad es su distribución desigual. En un artículo reciente, el periodista Federico Poore mapeó las manzanas de la ciudad cuyos habitantes deben caminar más de 10 minutos a pie para encontrar un espacio verde accesible. Esta situación de poca accesibilidad afecta, sobre todo, a los barrios económicamente más desfavorecidos. Según Poore, “el 25% de la población de menores recursos carece de acceso a espacios verdes”.
El sistema de parques, proyectado desde la Dirección de Parques y Paseos de la Municipalidad de Buenos Aires, a cuyo frente estuvo Thays y luego Carrasco, incluía al norte y al sur de la Ciudad: los parques Centenario, Chacabuco, el Rosedal de Palermo, el Lezama y la abrumadora mayoría de las plazas y parques de la ciudad, corresponden a ese momento histórico en el cual las elites gobernantes buscaban hacer de Buenos Aires un faro civilizatorio.
También los hospitales, construidos en diferentes barrios, tenían gran énfasis en la instalación de espacios verdes de calidad. El urbanismo positivista sabía de los beneficios de la circulación del aire, del sol y el verde para la salud. Por eso, los hospitales Piñero, Durand, Rivadavia, Gutiérrez, Elizalde, Británico, Francés (actual César Milstein), los Neuropsiquiátricos y tantos otros, contaban con amplias áreas parquizadas que excedían en mucho la superficie construida.
En Buenos Aires, que supo ser una de las ciudades más integradas desde el punto de vista social y cultural de América Latina, los derechos urbanos al ambiente y al hábitat se distribuyen, en la actualidad, de manera crecientemente desigual según el posicionamiento en la estructura social y en la radicación territorial. De acuerdo a los datos oficiales disponibles, las comunas del Norte son las que tienen mejor acceso a áreas verdes públicas, mejor infraestructura de transportes y mejores indicadores económico-sociales.
No obstante, la desigualdad entre el Norte y el Sur de la Ciudad no debe hacernos olvidar que nuestra Ciudad también ha perdido superficie accesible de plazas y parques en sus barrios más favorecidos. En efecto, las Comunas 2, 14 y 13 -que corresponden a los barrios de Recoleta, Palermo, Núñez, Belgrano y Colegiales y son las que ostentan los mejores indicadores socioeconómicos- también han ido perdiendo espacios verdes públicos. Sucedió tanto en el Parque Tres de Febrero como en tierras que históricamente surgieron de rellenos; por ejemplo la Costanera Norte y las áreas conocidas como Costa Salguero y Punta Carrasco.
Las costaneras habían surgido del Plan elaborado en 1925, bajo la intendencia de Carlos Noel, cuando el arquitecto y paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier proyectó un sistema de parques, paseos y balnearios para vincular a Buenos Aires con su Río. En el proyecto de Forestier, un gran parque de 40 hectáreas sería destinado exclusivamente a la flora sudamericana.
En los terrenos de ese parque, nunca materializado, se instaló el Aeroparque. Posteriormente, durante la década de 1980, una fracción fue transformada en el Polideportivo Manuel Belgrano (Nuevo Circuito KDT). Más cerca en el tiempo, la superficie del parque volvió a reducirse por la ampliación de la Avenida Lugones, la construcción de la Autopista Illia y el Viaducto de Avenida Sarmiento. Una idea de progreso asociada a la pérdida de áreas verdes ha predominado en estas políticas, hasta llegar a la situación actual.
Valorizar las áreas verdes existentes, e inclusive incrementarlas, no es una idea opuesta al desarrollo urbano. Buenos Aires tiene muchos predios que necesitan renovación, edificios de valor patrimonial que ameritan ser reciclados, áreas importantes de la ciudad que podrían rehabilitarse para ser generadoras de nuevas viviendas orientadas a paliar el déficit existente.
Una ciudad saludable y con áreas verdes de calidad no solamente eleva el bienestar de sus habitantes sino que es atractiva para los visitantes y turistas nacionales y extranjeros. También es favorable para el mercado, si observamos la valorización que experimentan las construcciones frentistas a los parques en todas las ciudades del mundo.
Con una mirada puesta en la sustentabilidad ambiental, y en la calidad de vida, algunas ciudades compran tierra privada para incorporarla al patrimonio público, haciendo parques. Esto ocurrió en París, de la mano de su alcaldesa Anne Hidalgo, quien compró 30 hectáreas para incrementar las áreas verdes de una ciudad en la cual Buenos Aires se ha mirado recurrentemente.Ojalá que las y los porteños seamos lo suficientemente generosos, visionarios o temerosos como para construir una red transversal que, tomando distancia de la miopía y el cortoplacismo, se dedique a preservar e incrementar las áreas verdes de Buenos Aires. Es imperioso hacerlo, más allá de distinciones partidarias, sociales o generacionales, antes de que sea demasiado tarde.
*Profesora Titular y Directora de la Maestría en Estudios Urbanos y de la Vivienda en América Latina FADU-UBA
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