Artificios

Rarities, el nuevo libro de Enzo Maqueira

27/12/20

¿Qué marca esta época? ¿Qué la define como tal? ¿Cuál es su motor, su razón de ser? Una tensión emocional cuantitativa proveniente de factores externos que presionan la mente: la ansiedad. Diez de cada diez la sufren en su rutina. Es la hermana mayor del stress, aquello que sufrían nuestros progenitores en los ochenta. Todo pasa por sus designios, desde los amoríos breves hasta los proyectos inconclusos. Enzo Maqueira narra esta época. En 2014 publicó Electrónica, marcó un antes y un después en su carrera. Explotó todo. Sus apariciones mediáticas, su militancia peronista y feminista lo pusieron en el centro de la escena cultural argentina. Se convirtió en una de las voces más interesantes de su generación. Luego vino Hágase usted mismo, el salto a las grandes ligas. Pero antes de ser un referente de la narrativa argentina contemporánea ¿Quién era Maqueira? ¿Un periodista? ¿Un bloguero? ¿Un entusiasta? Un escritor. Aunque la pregunta correcta es: ¿Cómo escribía Maqueira? Rarities responde eso. Son textos pre Electrónica. No están editados ni corregidos. Es Maqueira en estado puro. Edita Añosluz

Mi peor trabajo

¿Quién escribió esta porquería? “Mariana”, contestó la diseñadora, todavía con el folleto en la mano. Era mi primer día como coordinador de comunicación y mi tarea era encargarme de que la información fluyera entre las áreas de la universidad, entre otras cuestiones menores como revisar los folletos. No noté lo errada que había sido mi pregunta sino hasta que, un rato después, vi a la diseñadora tomando mate con la tal Mariana, que además de escribir “esa porquería” era la mano derecha del rector, algo así como un López Rega en versión señora de rulos. Desde ese momento quedé relegado a mi oficina, donde cada tanto encontraba sentado a un viejo sordo y con cara de culo que yo conocía como “el bulldog” y que hacía traducciones en una computadora vieja. Había dos bandos: en uno estaban la diseñadora con su irritante costumbre de saludar diciendo “¿como vai você?”, Mariana y sus ojos que echaban fuego, el director de sistemas que tenía por costumbre revisar los mails ajenos, y la señora de informes con cara de milico zombi. Del otro lado, nadie más que yo. En el medio había personajes que conocían a la perfección el arte de clavarte el puñal por la espalda o decirte que eras un incompetente (cómo le gustaba esa palabra) sin que te dieras cuenta. En menos de una semana, yo era un coordinador de comunicación al que nadie saludaba y cuya capacidad de diálogo quedó reducida a pedir un tostado y una coca en el bar de la universidad. Los pocos amigos que hice –y las siestas que dormía tirado abajo del escritorio- fueron lo único que me permitió aguantar hasta fin de año. De haber sabido que el bulldog que encontraba cada tanto en mi oficina era Ricardo Zelarayán, quizás la historia hubiera sido otra y yo podría haber escrito como Cucurto. Pero no. Yo escribo estas porquerías.

Publicado en revista Casquivana, 2012.

Una novela que comienza

(Primera versión de Electrónica, abril de 2009)

“Celeste Sivero”, leyó. Enseguida sintió que algo le recorría el cuerpo desde el último de los dedos de cada pie y hasta la cabeza; y tragó saliva al mismo tiempo que giró un poco la hoja de papel hacia fuera de la cama, porque aunque su mujer dormía junto a él (el cuerpo hecho un nido, las manos debajo de la almohada, los párpados enloquecidos por las turbaciones de una pesadilla), tuvo temor de que se despertara y descubriera que finalmente había llegado al examen que esperaba corregir.

Llevaba una hora acostado con el pilón de papeles entre las piernas. Era de madrugada y Camilo dibujaba las tildes con birome roja junto a la respuesta correcta; hacía una cruz del mismo color cuando encontraba una equivocación. Pasaba las hojas despacio, tratando de no hacer ruido; se deslizaban los exámenes entre sus manos y quedaban de frente a los ojos que a esa hora, como siempre le sucedía, estaban tan vivos como apagados iban a estar durante la mañana. Corregir era, para él, algunas de las pocas tareas que podía llevar a cabo en la cama, de madrugada y junto a su novia; y con minuciosa exploración leía y dibujaba tildes o cruces, según correspondiera.

De la turbación que le provocó encontrar ese nombre escrito en el margen del papel, no iba a saber nada sino hasta ese momento. Puede decirse que fue recién entonces cuando Camilo se dio cuenta de lo que le venía aconteciendo en cada uno de los jueves en la universidad. Hasta ese momento la había estado mirando a Celeste; se había preguntado por qué de sus pocas palabras; había intentado seguirle el rastro cuando terminaba la clase y el edificio gigante se convertía en un callejón por donde se agolpaban los cientos de alumnos. Pero jamás había sentido ese temblor en el cuerpo; ni siquiera cuando Celeste entró en la primer clase, lo miró a los ojos y lo saludó con una sonrisa todavía tímida; y después caminó a sentarse en su banco y lo siguió mirando, ahora con las piernas cruzadas bajo su cuerpo; ni tampoco cuando Camilo tomó asistencia y ella le dijo “Presente, profesor”, y lo hizo con una voz tan bajita pero a la vez tan diferente a las otras. Era la primera vez que le agarraba el temblor y le había tocado justo en ese momento, con la hoja de frente, con su mujer haciendo los suspiros de quien duerme tan profundo que, como un cuerpo que cae al agua, tiene la misma chance de despertar de golpe a la superficie del mundo.

Leyó “Celeste Sivero” y, está dicho, automáticamente apartó la hoja. Temblaba. En el pecho le había nacido una cosquilla que se le agolpó en la garganta. Era un grito lo que tenía adentro, uno contento, el ladrido de un perro que ve cómo se llena de carne el plato que lleva su nombre. Pero de pronto estuvo temeroso de que debía tener la presión arterial por las nubes porque, además del temblor y del grito ahogado, también sentía que el corazón le estaba latiendo tan fuerte, que tuvo miedo de que Paula despertara y lo viera así, sosteniendo la hoja en el aire, todo enervado.

Trató de calmarse. Lo único que deseaba en ese momento era leer el examen, pero se obligó a serenarse un poco y para cumplirse el mandato cerró los párpados, respiró hondo, los volvió a abrir y miró a su alrededor con una minuciosidad que le resultó exasperante, por más que intentó demorarse en cada detalle del entramado de objetos que le habían dado forma a lo que llamaba “su habitación”.

Como si se tratara de una carrera de postas, miró la mesa de luz junto a la cama, el velador, el alicate con el que –minutos atrás– se había cortado las uñas; estuvo posando los ojos en el reloj despertador, el teléfono, la ropa colgada en el perchero, las fotos de Marx y de Sartre, las medias sucias sobre la alfombra, la bolsa de toallitas Days… También miró la biblioteca. Pero esta vez la miró distinto, tratando de reconocer los libros que no le resultaban tan familiares como algunos otros cuyo lomo conocía perfectamente (“La investigación de la comunicación de masas”, por ejemplo, con el lomo azul destrozado de tantos viajes en el bolso que usaba para sus clases). Trató de leer los títulos, y como lo fue logrando experimentó una satisfacción que sólo se justificaba en el hecho de que, una semana atrás, el oculista le había diagnosticado la presbicia (“es normal después de los cuarenta años”, le dijo el tipo, y Camilo mantuvo esa frase en la memoria cada uno de los minutos que sucedieron a su recitado). “Cien años de soledad”, leyó en voz baja. “Eisejuaz”. “La construcción de la noticia”. “Opinión pública y consumos culturales”. “Kafka en la orilla”. Y se tomó un tiempo que le pareció en exceso largo para completar lo que consideró un buen muestrario de las dos áreas del conocimiento que le habían resultado interesantes a lo largo de su vida.

Paula murmuró algo entre sueños; Camilo tuvo ganas de darle un beso en la punta de esa nariz chiquita que tanto le gustaba. Sin abrir los ojos, ella giró sobre su propio cuerpo, quedó desnuda sobre la cama. Camilo la cubrió con la sábana. Sonrió, mirándole la nuca. Le recorrió el contorno del cuerpo con esa misma mirada; le estuvo intuyendo los pies debajo de la tela. Eran actos deliberados que llevaba a cabo con el único propósito de tranquilizar las pulsaciones de su corazón. Mirarla a Paula y después “Rayuela”, “Teorías de la comunicación”, “Que viva la música”, “Apocalípticos e integrados” …

Y entonces “Lolita”.

Ése fue el último lomo que leyó de su biblioteca. Le pareció que no había sido casual que se encontrara con ese libro. Quiso entender que por una serie de mecanismos inconscientes imposibles de rastrear en las leyes de la razón (“como en los sueños”, reflexionó) sus ojos habían ido a parar justo a ese título, y no a otro. Enseguida estuvo tentado en probar su hipótesis. Camilo solía hacer esas cosas, así que trató de imaginar un mar tranquilo, para olvidar lo que tenía en mente, y dieciocho segundos después saltó al azar de un libro a otro. El último de los títulos fue una de las revistas de salud que Paula guardaba en su parte de la biblioteca. Tenía que ser casualidad, pensó entonces. Y seguramente en cualquiera de los libros que se apilaban junto a ése, hubiera encontrado alguna señal.

Por eso no quiso seguir haciendo tiempo. Paula respiraba otra vez con un sonido profundo, otra vez entregada al movimiento de los párpados y las incertidumbres de algún sueño pesado que le iba a contar a la mañana siguiente. De la calle le vino una luz repentina y, casi inmediatamente, un estampido de ruedas de colectivo. Escuchó que frenaba. Oyó, también, el siseo de la puerta que se abría para levantar a un pasajero. Cuando otra vez sintió arrancar el motor –y la luz se alejó de la ventana, y Paula siguió durmiendo, sin saber nada de lo que acontecía fuera de los límites de su cabeza–, Camilo miró la hoja que aún sostenía en su mano derecha. Muy despacio, como si estuviera filmando el examen con el zoom de una cámara lenta, lo acercó hasta tenerlo de frente.

“Celeste Sivero”, volvió a leer.

Y otra vez el temblor del cuerpo.

* Enzo Maqueira. Nació en Buenos Aires en 1977. Publicó el libro de crónicas y relatos Historias de putas (2008) y las novelas Ruda macho (2010), El impostor (2011), Electrónica (2014) y Hágase usted mismo (2018). Colabora regularmente con las revistas Anfibia, Vice, Ñ y Viva. Es licenciado en Comunicación Social y docente universitario. Finalista del premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, está considerado una de las voces más representativas de la nueva narrativa latinoamericana.

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