Literatura

El cielo de los caballos

Por Camila Vazquez
13 de octubre de 2026

Acaso porque creo que hay algo en el espesor de sus ojos, un misterio, una ternura extraña como esa oscuridad -todos pupilas, casi, sus ojos- siempre presté atención a los caballos en la literatura argentina. El caballo, ese animal criollo. El símbolo exacto de nuestra conquista pero también la bandera robada al enemigo, como los indios Tehuelches en las Sierras de la Ventana, los mejores domadores. Tras su masacre, un reguero de cimarrones andan por los pastizales y ahora el caballo es un problema ambiental.

Desde los textos fundacionales, los caballos no han dejado de hacer su escritura en los textos de esta literatura proyectada sobre el mapa de un país: Es una tarde de verano/ de un día que no existe, / y en un país que no se tiende,/ ya,/ a la sombra de sus caballadas./ Esta tarde, Dios habla/ en los saltos del río/ para nombrarme caballos/ que todavía yo recuerdo escribe Héctor Viel Temperley en Elegía argentina (1955), un poema incluido en su libro Poemas con caballos. Yo pienso en el sujeto lírico de ese poema que encuentra a los caballos en el río y pienso en la insistencia de esa imagen, una imagen que yo he visto, pero que he leído primero, tantas veces, y en cómo los poemas y los ríos y los caballos anudan los mapas, la política y la poética de un país.

Entendamos sujeto lírico en los términos de Dominique Combe: un sujeto que supera al empírico universalizándolo, intemporalizándolo. Un sujeto que se ensancha hasta un nosotros inclusivo. Allí donde converge la ficción en la poesía y es entre tales poros que las lectoras adquirimos del poema, en este caso, esas imágenes de caballos como nuestras. Volvamos al caballo: el animal impuesto, el animal apropiado, el animal que hace ruido de río, el río que toma la forma del animal -¿no se dice de un río que corre?-. En Elegía argentina los caballos hablan en los golpes del río, esa zona fundamental en la poética de Viel Temperley. Y más que eso, el río como el ritmo y sujeto del poema. El río y sus devotos, los nadadores. El río como territorio del éxtasis. El río como concreción de las aspiraciones panteístas: el espacio de la disolución. Pero aquí nos reúnen los ríos y caballos. Pienso en el imaginario poético que converge en los textos como un lugar común, ¿por qué habremos de soñar, argentinxs, con esta imagen tantas veces? Dice Gastón Bachelard en Poética del espacio: “la imagen poética nos presenta, al estilo del matemático, una especie de diferencial de (nuestra) evolución. Un gran verso puede tener una gran influencia sobre el alma de una lengua. Despierta imágenes borradas. Y al mismo tiempo sanciona lo imprevisible de la palabra ”.

El caballo y el río, esa imagen. La excursiones al desierto, tupido de comunidades y especies y lenguas; la expedición a campo traviesa de los soldados, de los gauchos, de aquella hombría aristocrática de un país que no se tiende, /ya,/ a la sombra de sus caballadas; la fuga de los desertores, de las cautivas. Nadie sabe, podría decir un Spinoza patrio, lo que puede un caballo. Un país que es en sí mismo la barbarie, que repite y actúa con frecuencia el esquema de crueldad sobre el que ha nacido. ¿Es el caballo una costura, el ir y venir por los territorios, la unión de esta gran herida sobre la que crece una nación?, ¿puede ser el caballo una sutura de una nación?. No tendido a la sombra de sus caballadas, ¿pierde el país su capacidad de cruce, de fuga, de movilidad y de canto, como el río?

Legislatura-1

En Sutura de las aguas, la escritora mapuche Daniela Catrileo despliega un ensayo especulativo sobre la identidad champurria, sobre el mestizaje de lxs mapuches, a través de los ríos. Pienso que algo de ese gesto, el de llevar, el de mezclar, el de trasladar y el conformar un punto de hibridez cultural está también en el caballo. Junto con Catrileo podríamos pensar, entonces, en el caballo como sutura. Yo he visto y leído esta sutura. En Elegía argentina, de Viel Temperley. Pero también en José Hernández, en Lucio Mansilla, en Sara Gallardo, en Juan José Saer, en Antonio Di Benedetto. La lista podría seguir, pero el punto de confluencia son los caballos, allí donde ocurre un lazo, un religue, una sutura.

Pero decía que he visto esa imagen a la que se refiere Viel: en la ciudad en la que vivo los caballos se aparecen en las esquinas por las noches, como los perros. Es una ciudad de mediana altura, como propone María Lobo en su ensayo Tierra acostumbrada. Muy cerca están los campos sojeros y, más allá de los puentes y de los ríos, la ciudad pierde la línea del progreso y se hace, cada vez, más rural. He visto en su río de llanura a los carreros bañar a los potrillos. He visto a los carreros domar a los alazanes a base de costumbre y no de azote. Los he visto en el pleno centro juntar cartón en sus carretas. He visto a las vecinas denunciarlos por maltrato animal. Elegía argentina: Y es una tarde de verano/ de un día que no existe/ o que existió solo en la pampa. Antes, en la pubertad, yo vivía en un pueblo en las montañas y los caballos eran el signo de la gente bien. Tener un caballo era un signo de aristocracia, de distinción. Aquí, los caballos son el signo de la pobreza.

Elegía argentina: Y recuerdo otros caballos/ que galopé en el sur/ y que montaba en pelo/ por una laguna de sal,/ contra el viento que olía a mar hasta que la lluvia/ lo lavaba en la arena.// Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo/ y que eran iguales a los míos (…).// Son los mismos caballos/ que se bañan en el río/ y que Dios llama por sus pelajes/ con palabras que suenan/ como el nombre de los ángeles. Polisíndeton: la acumulación infinita de las Y. La proliferación de potros. La caballada infinita, la imagen poética sobre la que se repite y se repite un país que se extinguió, porque como dice el poema: un país que ya no existe.

Aquí el sujeto poético expresa todo lo que de ficción hay en él. La posibilidad de imaginar un tiempo en un espacio perdido. La posibilidad de hacer un aleph equino, de incluir a todos en el recuerdo, en la acumulación, en la lista. Es por su desmesura, por su tendencia al caleidoscopio que la imagen poética se pliega a la imagen que una lectora puede tener en torno a los ríos y los caballos. Cuando el poema coincide con una tarde de la pampa, una tarde improbable. Yo he estado en esa imagen. He querido escribir con ella. Y he querido rehuir de su constante aparición por temor a los adjetivos: regionalista, poesía provinciana. Pero los caballos y los ríos han marcado el pulso y una escritura en sí misma. E insisten en los sueños patrios que escribe una literatura y que, poco original, anudada a sus tensiones, también se escribe en mí.

La única entrevista que Viel Temperley dio, allá en 1987 antes de morir, fue realizada por Sergio Bizzio. Allí, el poeta afirma que eso que él escribe es una especie de traducción divina, de des-autoría: No soy el autor de eso como de “Crawl”.“Hospital Británico” es algo que estaba en el aire. Yo no hice más que encontrarlo. “Hospital Británico” me permite creer que me salí del mundo y no sé para qué. Algo semejante afirma otro Héctor, Héctor A. Murena, en La metáfora y lo sagrado: “el nombre del artista es el seudónimo de Dios, actuante por su intermedio”. Al margen de las referencias místicas, o totalmente cerca de ellas, poner a Dios como autor de los poemas es una forma de diluir el yo biográfico, el sujeto empírico. Esta disolución autoral, este traspaso hacia el sujeto poético, es, a fin de cuentas, lo que permite que la experiencia de un cúmulo de caballos, un catálogo singular, hable a lectoras particulares y hable, a la vez, de los nudos de un país.

Elegía para un país que ya no existe. El proyecto político liberal que fracasó, el granero del mundo, el crisol de razas. El sujeto poético del poema reza por los caballos desde pequeño. Y Dios lo reconforta, acaso porque sabe que es noble la compasión de ese niño que clama por las caballadas perdidas. El rezo como una petición, como una plegaria, como un mantra, como un pedido de ayuda ante todo lo perdido. El rezo como espacio poético de la imaginación. ¿No imagina, quien reza, una vida mejor mientras repite los versos? Los rezos como poemas. Los poemas sobre rezos como letanías. La elegía es el género poético de las pérdidas irreparables. El sujeto poético de Elegía argentina hace un duelo por el país. Los caballos son sus ángeles porque ellos han suturado, cuanto pudieron, la herida de esa nación. Elegía argentina: Los caballos se bañan en el río/ y yo me baño en el río con los caballos./ Sus crines y sus colas/ son de agua sobre el agua/como fuentes que fluyen/ desde la arena al aire./ Y yo me baño en el río/ pero bebo las crines/ y las colas de los caballos. Con el pulso rítmico de los ríos, pero en el códice de los caballos: así se escribe para un país que no se tiende, ya, a la sombra de sus caballadas. Elegías para el duelo, para elaborar un sitio donde ubicar países y caballos: en el cielo. Escribe Viel Temperley: cuando los hombres afirmaban/ que el cielo era para los hombres,/ que las tierras eran para los hombres/ y que las tardes no eran como yeguas/ tendidas entre ángeles.// Yo entonces no conocía/ el cielo de los caballos,/ pero rezaba por ellos todas las noches,/ y era un niño que rezaba por los caballos de Dios,/ y era un niño al que Dios/ perdonaba sus insolencias/ porque rezaba por los caballos. Y sigue hasta rastrear los caballos de su madre y hasta encontrar el momento en el que él mismo, el sujeto del poema, se extravío en un país que ya no existe, acaso un doble país, el perdido como perdida está la infancia en el poema: Cuando los carreros eran silenciosos/ como las torres de nuestra casa/ y los jazmines eran argentinos/ porque eran nuestros,/ dando la vuelta al patio/ hasta la noche,/ en que la patria era el cielo. Ese último verso, escrito como caballo, el sujeto poético caballo inmiscuido en el poema, para quien país pueda ser horizonte, cielo, río o camino. El cielo, ese significante improbable que nos mantiene vivos. Impalpable como los gases, el vapor de agua y las partículas de polvo. Para los caballos perdidos, lo mejor, lo más hermoso, lo más incierto: todo el cielo.

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