Feminismo

El sueño del pibe

Fantasías masculinas de la propia realización

Hace cien años, Silvio Astier, el protagonista de El juguete rabioso soñaba con escapar del trabajo a través del crimen y la imaginación. Hoy, los ponzi boys de Instagram sueñan con el primer millón, el Lamborghini y la abstinencia sexual como práctica ascética. ¿Cómo llegamos hasta acá? ¿Cómo cambiaron tanto las formas de soñar? ¿Qué dice eso sobre las masculinidades, hoy?

Por Luis Pisani
25 de septiembre de 2026

Hace exactamente cien años, una madre entra en la habitación de su hijo, que está repatingado en la cama leyendo, y le dice: “Silvio, es necesario que trabajes”. Y Silvio, que solo tiene quince años, que es un chico que sueña con algún día ser alguien, un gran poeta o un inventor, se encuentra con el destino de cualquiera que habite su condición social. “Trabajar, siempre trabajar”.

Y trabajará. Sufrirá el cansancio, la humillación, la miseria del mundo laboral. Si alguien tuvo que salir a decir que el trabajo es salud o que el trabajo dignifica, es porque ningún cuerpo laburante siente en la inmediatez de su sensibilidad que alguno de esos predicados pueda llegar a relacionarse con el trabajo. Silvio dejará sus mejores atributos (juventud, energía, tiempo, orgullo) en ese descorazonador mundo. Los mejores, salvo uno: su imaginación. La máquina de fantasear con otra cosa. He ahí el infiltrado, el ponedor de bombas dentro de la fábrica de la explotación: la libidinante especulación de que puede hacerse trampa, de que puede pegar el batacazo y salirse de esa doncella de hierro que es la jornada laboral.

Cien años después de que Silvio tenga que lidiar con el mandato de su clase social, algunas cosas parecieran haber cambiado. Entrás a Instagram. Ves a un pibe de diecisiete años con la casa de techo de chapa y las paredes sin revocar comentándole a su comunidad que se despertó a las cinco de la mañana, se bañó con agua helada, hizo su rutina de burpees y ya está revisando sus capitales e invirtiendo. Se ufana de haberle ganado dos horas al resto, de que el descanso es para vagos y panzones que no se merecen nada, de que hay dos clases de personas y que lo que las diferencia es la actitud, el compromiso y la disciplina. Debajo del video, innumerables comentarios le dicen con crueldad que mejor invierta en arreglarse los dientes. No es el único. Tras ese reel hay otros.

Todos, jóvenes. Todos, varones.

Más o menos pobres, más o menos atravesados por la educación formal.

Más o menos enanos, pálidos, rinodivergentes, sudorosos, encorvados, flacos, estrásbicos, hipodentados, leporinos, obesos o solo incómodamente raros en la mirada o en la conversación. Y esto, quiéraselo o no, tiene que ver con el asunto.

Ves eso, sí, pero además están también las dos cualidades de las que se jactan: una voluntad que se presenta infinita, y una capacidad de autodisciplina aún más grande. Porque detrás de ellos, como detrás de Silvio, está ese reactor inagotable de toda potencia marginal adolescente que es la humillación y la rabia.

Ahora bien, sabemos lo que pasa con Silvio. Conocemos sus ambiciones, sus capacidades, sus limitaciones de clase, su continua sensación de frustración. Su altura aristocrática que lo eleva por encima de los tristes modos de valoración burgueses –su desprecio al trabajo, pero también al dinero como un fin en sí–. En cambio, lo que hay es la obsesiva pregunta sobre cómo realizarse, cómo llegar a ser alguien, cómo escapar a la sospecha de la propia inutilidad para volverse digno del reconocimiento de los otros. Y como no tiene los medios, como su condición de clase lo limita en sus posibilidades de realización, aparece la rabia, toda esa potencia frustrada derivada hacia el delito. Si no es por las buenas, que sea por las malas. Al menos ser un ladrón, un criminal, un destructor, un crucificador de santos.

¿Y con estos pibes? ¿Qué pasa adentro de estos pibes?

Foto: Silvio Astier, en El juguete rabioso ilustrado por Luis Scafati.

Parecieran compartir con Silvio la humillación, la absoluta asunción de la propia marginalidad dentro de los circuitos hegemónicos de realización y reconocimiento, y por ende la impostación de una nobleza compensatoria, un asumirse por encima de la media. Comparten el desprecio al trabajo. Pero parecieran también haberse quedado a medio camino. Su vuelo les alcanzó para elevarse por encima de la lógica laboral pero no del dinero como expresión de afirmación. Por eso, a lo sumo aspiran a la trampa. “Mi primer millón” se llama el programa de Llados, máximo referente en ese mundo. “Hábitos para ser exitoso”, “El secreto para ser rico antes de los 18”, “De lavaplatos a millonario”, “Éxito y libertad financiera”. Estudiar y trabajar es la carrera de las ratas (Robert Kiyosaki, Padre rico, padre pobre). Las formas de vida más evolucionadas y perfectas disciplinan sus cuerpos y sus mentes para atraer abundancia en otros niveles. Las maneras suelen ser poco interesantes: educación financiera, trading, tramposos esquemas Ponzi, etc. Lo importante es el espíritu que hay detrás. Porque el dinero será el fin en tanto expresión de la propia afirmación. De ahí que si no tenés un Rólex a los veinte, no sos nada. Si no tenés un Lamborghini a los veinticinco, no sos nada. El dinero y sus materializaciones son la manifestación misma de la propia realización. Así, en su evidente presencia –en un mundo de imágenes como las redes sociales nada es más fácil para mostrar que el dinero–, el yo se afirma ante la mirada de los demás.

Podríamos decir que la fantasía de vivir sin trabajar, de ganarle al trabajo como condena, es bastante universalizable (desde el Génesis el hombre llora por tener que ganarse el pan con el sudor de su frente). Lo interesante, lo que podría ser valioso revisar acá, es qué forma tiene ese sueño, cuáles son los modos que lo atraviesan, cómo se sueña ese sueño hoy. Las coordenadas son muy específicas porque el fenómeno que intentamos pensar se da bajo condiciones muy específicas. Se trata de: jóvenes (entre los quince y los treinta y cinco años), varones heterosexuales, autopercibidos bajo alguna forma de marginalidad. Son los llamados burdamente “ponzi boys” (aunque los esquemas ponzi no sean la única forma de capitalizarse) o “crypto bros” (aunque no necesariamente practican trading). Cabe aclarar: si estamos comparando lo que vienen a ofrecer estos muchachos con la figura centenaria de Silvio Astier, no es por hacer un contraste entre el ayer y el hoy¹, sino para poner en evidencia dos claros modos de fantasear, de soñar con otra cosa que esté más allá del trabajo. Si vemos algo en estos “ponzi boys” es que parecieran sintetizar el modo de soñar, de fantasear –en definitiva, la ideología– que tuvo éxito y se impuso como espíritu de época. Lo que queremos ver es qué hay ahí de potente como modo de realización.

Los reels siguen, inagotables, y este espíritu que los atraviesa no tarda en anunciarse: “Cómo ser un fuera de serie”, “CÓMO SER FUERTE SIN QUE NADA NI NADIE TE DERRUMBE” (las mayúsculas no son mías), y el más claro: “Cómo ser invencible. Dinero, fuerza y honor”. Este último nos pone sobre la mesa la tríada con la que distinguir lo que hay en Silvio de lo que presentan estos muchachos, porque arman geometrías distintas. Para Silvio, la lógica es ascendente, progresiva: el dinero es solo un mecanismo de acceso a formas superiores de poder, y éste a su vez lleva a la dignidad. Silvio quisiera tener las necesidades materiales garantizadas para sostener modos más auténticos y elevados de realización: el arte, el pensamiento, la invención (de ahí que la traición al Rengo no responda a ninguna compensación económica). En cambio en estos pibes la figura que arma esa tríada es de una horizontalidad de chatas equivalencias: dinero = poder = honor. “Si tú tienes una panza, te faltas el respeto. Si tú no tienes dinero, te faltas el respeto. Es una fucking vergüenza que andes tu panza por el mundo y tu cuenta de banco vacía y no te dé asco”, les dice Llados a sus muchachitos casi a diario.

El nombre de Llados es relevante porque los ideales del yo son quizás la clave que nos ayude a entender las diferencias. En Silvio, la figura imaginaria que sirve de soporte para organizar sus modos de realización es Rocambole, un ladrón, asesino, estafador y traidor pero también un aristócrata en términos morales, con su propio código de honor, su refinamiento y su capacidad para grandes hazañas. ¿Cómo son, en cambio, las figuras que operan de ideales del yo para estos ponzi boys? Bueno, son todos chabones musculosos, ninguno mayor a treinta años, con un Lamborghini, un Rólex, una manga tatuada y un paisaje paradisíaco a sus espaldas. Rocambole es un antihéroe de acción, alguien que obra para trampear por encima el indigno mundo del trabajo. Llados y sus semejantes son más bien imágenes estáticas, sin movimiento. Esta fijeza del ideal del yo, muy propia de la lógica de redes sociales, es a la vez el anzuelo y la trampa. Libidinalmente, ofrece una imagen satisfactoria para el yo humillado de estos pibes, alguien sobre quien proyectarse fácilmente. Pero a la vez, en su inacción, no hay un pasaje al obrar donde canalizar esa frustración. Entonces, ocurre una suerte de cepo a la realización subjetiva, en donde el pibe ve lo que quiere ser pero no sabe cómo alcanzarlo.

¿Cómo resuelven esto? De un modo extremadamente sencillo: sos lo que mostrás ser.

¹ Resulta fascinante ver cómo, en Schopenhauer como educador, Nietzsche diagnostica de 1874 algo que podría traspolarse fácilmente al ahora: “Finalmente se afirmará la existencia de un vínculo natural y necesario entre inteligencia y propiedad, entre riqueza y cultura. Un vínculo presentado como una necesidad moral. En cambio, toda cultura que nos aísle, que nos imponga fines que vayan más allá del dinero y de la adquisición de propiedades, que nos cueste mucho tiempo, pasa a ser así odiada, siendo denigradas estas formas más serias de formación cultural con calificativos como “egoísmo refinado”, “epicureísmo cultural y moral”. Va de suyo que la moralidad vigente a este respecto enaltece precisamente lo contrario. Esto es: una formación rápida, capaz de convertirle a uno en un ser que gana dinero, y en cualquier caso una formación tan básica como para convertirle a uno en un ser capacitado para ganar grandes sumas”.

Foto: Amadeo Llados, influencer.

En Silvio, el fracaso y la humillación son el motor a partir del cual es posible desplegar otra cosa, aun a través del crimen. Estos pibes perdieron el fracaso, perdieron la humillación. Sus potencias fueron bloqueadas por la propia imagen que deben proyectar. Las leyes de atracción y el pensamiento positivo que operan como mecanismos detrás de estas lógicas de “emprendedurismo de sí mismos” acaban por resultarles contraproducentes. “No muestres debilidad, siempre estás ganando”. El artefacto visual que elaboran para proyectar éxito hacia los demás es lo que les oculta a sí mismos su propio fracaso y, por ende, les niega el poder lidiar con la propia humillación. Les quita la potencia imaginativa para crear cosas nuevas. De ahí que todos hablen igual, que todos se vistan igual, que todos repitan la misma rutina. Deben hacerlo para configurar el dispositivo de retroalimentación narcisista sectario-marcial que los realiza frente a los pares a través de la imagen, único vehículo de valoración en un mundo de redes sociales.

El error es creer que todo en estos pibes se trata de dinero. Es al revés. De lo que se trata es de modos de realización, de repotenciación, de reconocimiento. El problema es que el propio dispositivo visual que sostiene su valía les impide un modo más creativo de expresión para esa afirmación. El dinero, la masa muscular, la gestualidad, son los únicos medios que tienen para materializar la potencia que los atraviesa.

Hablamos de varones heterosexuales, hablamos de fealdad y dijimos que esto estaba relacionado con el asunto. Es curioso lo que pasa con el deseo sexual en el mundo de estos pibes.

En Silvio, la escena fantasmática-onanista de realización es a través de los ojos de las mujeres. Sueña con doncellas conquistadas que son la expresión del éxito.

Estos muchachos, en cambio, están profundamente atravesados por un rechazo fóbico al sexo opuesto. Ven a las mujeres como entidades parasitarias, malas inversiones, o a lo sumo cosas apenas tolerables en tanto objetos de exposición. El sexo, en todas sus formas, es también rechazado. De hecho, la abstinencia –particularmente la masturbatoria– es uno de los rigores físicos a través de los cuales se templa el cuerpo y la mente. Cualquier despilfarro de la energía sexual –una energía que asumen indisociable de la masculinidad– es un despropósito pues podría ser redireccionada hacia la única expresión de realización auténtica: la capitalización económica. Su condición de incel deviene así un atributo positivo: el celibato se vuelve deseable como práctica ascética de realización (financiera).

Cuando el apalancamiento de tu autoestima se sostiene en una continua positivización de tus aspectos angustiantes (la marginalidad en los órdenes económicos, sociales, sexuales y afectivos devenida atributo de distinción elitista), el desprecio y la humillación de todo lo que se corra del ideal del yo se vuelve el único mecanismo de afirmación. Eso es evidente en el modo de referirse a los demás, despreciando todo aquello que los rodea (amigos, familiares, instituciones, etc.) como entidades parasitarias, pero sobre todo en la discursividad reiterativa y marcial que aplican sobre sí mismos, prometiendo sacar lo mejor de cada uno a partir de una continua purga de las propias fragilidades. Masturbarse es de débiles, tener panza es de flojos, mirar tik toks es de fracasados. 

Disciplina y desprecio son dos caras de la misma moneda. Destacarse, no ser como los demás (es decir, flojos, conformistas, sumisos, sometidos a pasiones banales), exige una destrucción transformadora de la mente y el cuerpo. Ellos también se están juzgando entre sí y a sí mismos, en un proceso de purga que es inagotable porque es lo único que hay. La contracara del “pensamiento de tiburón”, del “león todopoderoso”, es un resentimiento ardoroso que necesita volcarse sobre cualquier otra forma de existencia que no esté a la altura de su sistema de valoración. “Have fun staying poor”, les dicen a quienes cuestionan sus modelos de éxito. Y es que, al no tener mecanismos activos de reafirmación sino solo el anclaje a una imagen estática, la ostentación y la presunción de triunfo necesitan acompañarse de un explícito desprecio a todo lo demás para apalancar el yo hacia cierta sensación de potencia.

La pregunta sigue siendo la misma: cómo llegar a ser alguien. En una de las sentencias más terribles y hermosas de la novela, Silvio se dice: “Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma”. Podríamos plantear el contraste entre la mirada introspectiva hacia el alma versus la centralidad de la imagen en los modos de subjetivación contemporáneos, pero no es ese nuestro eje acá. La palabra que nos interesa es “baldía”. La conciencia de la carencia, de todo lo que falta. Porque es únicamente desde ahí que se puede construir. La ambición, la frustración y el enojo son pasiones fuertes que levantan pilares. Aquel que tiene la mirada abarrotada de todo lo que cree tener, que destina su energía a exponerse abundante para mostrar todo lo que es, no deja lugar para construir nada más que pequeños imperios fantasmales de envidia y de resentimiento.