URBE
Diez años de matrimonio igualitario, un recorrido por dos plazas
Por Matías Segreti, narrado por Sol Arri.
02/08/2020
La noche es clara, el viento que insiste desde el sur mueve la cortina de nubes que apareció durante la tarde. Hace días que las temperaturas bajas obligan a andar emponchados, volviendo los cuerpos más torpes hasta perder la gracia.
Mientras el centro de la Ciudad emprende la vertiginosa marea del éxodo, cientos, miles de personas arriban a la plaza del Congreso.
Es un éxito, dicen los encargados de la organización. Algunos grupos vociferan lo que escucharon en la televisión, somos más de cien mil personas. Hay un festejo solapado por la incertidumbre, la esperanza late con poca fuerza pero respira.
Los organizadores eligieron el color naranja, algo vistoso. Un tono que se utilizará años después para una campaña política presidencial o para pedir, a través de un pañuelo, la separación entre Iglesia y Estado. Remeras, carteles, siempre los trabajadores informales que aparecen en la plaza para llevarse el manguito.
«Los chicos tenemos derecho a UNA MAMÁ Y UN PAPÁ», es la consigna central bajo la que miles de personas se juntan frente al Congreso. Hay abrazos que aplacan tensiones y cantos desparejos, se mastica una bronca escondida, las sonrisas electrifican. Grupos de oraciones emergen espontáneos, algunas esquinas son tomadas por ronditas de fieles que murmullan letanías como si fueran tarea vital de la naturaleza. Es 14 de julio, la Cámara de Diputados ya dio media sanción a la ley, los manifestantes esperan que el Senado fije una posición más firme, natural, que defienda lo que impulsan en la calle. El 15 es la jornada de definición en el recinto.
«La naturaleza es sabia, y la naturaleza dispuso que los niños tengan un mamá y un papá, no es ni la Iglesia ni yo ni los políticos», opina frente a un canal de noticias una manifestante. “¿Para qué quieren lo mismo que nosotros, si no somos lo mismo? Es como que a un asesino le des la libertad por el solo hecho de ser humano”. La mesura, vamos a decirle mesura, se escapa con frecuencia, la estrangulan con palabras. “¿Cómo va a entender un chico que su mamá se llama Carlos, es antinatural, me entendes?”, “enfermos, los homosexuales son desviaciones y hay que atenderlas desde temprana edad”.
¡Somos doscientos mil! El escenario refuerza el coraje de la cruzada. La concentración termina con la ilusión creciente, ocupar la calle construye la épica, la presión sobre los legisladores indecisos está consumada. La esperanza, las maldiciones y el odio han sido protagonistas de la jornada. El retiro deja la zona en silencio.
No han pasado 24 horas, el invierno se manifiesta pero la plaza sigue caliente. Las parrillas sobre Rivadavia, en las veredas, en el medio de la avenida rugen furiosas mientras queman, el humo tiñe la claridad de la tarde. Una estructura de hierros da forma a un escenario. “El mismo amor, los mismos derechos”, el cartel blanco se impone entre cientos de banderas de colores decorando el estrado de las organizaciones de derechos y comunidades LGTBIQ. Un sistema de parlantes transmite en directo los discursos del Senado. Algunas personas se agarran la cabeza, la sacuden evitando que esas ideas lastimen, otros ríen y se besan. Un hombre de pelo canoso habla con un canal de noticias, sus palabras tienen firmeza y algo de ternura “años de vida, de lucha, y de muerte. De invisibilización querido, de insulto, de negación, de closet, vidas que se fueron, jóvenes muertos, asesinados, solo queremos que nos den los mismos derechos que cualquier persona”.
Los parlantes chillan lo que los senadores dicen en sus bancas, “un Estado democrático se mide por el ejercicio de los derechos del conjunto, tanto mayorías como minorías”, “hay que marchar a la igualdad sin borrar las diferencias”, “me han dicho dios me va a castigar, dios no me va a castigar por mirar a los ciudadanos como iguales, por darle misericordia y derechos”, “¿por qué no aceptamos el adulterio? si es en son de aceptar aceptemos lo que venga, claro, total en esos países donde se votó el matrimonio homosexual, no tienen chicos para adoptar, se van a venir a llevar a nuestros chicos”.
Los discursos avanzan en el tiempo, aunque algunos empecinados en retroceder casilleros en los siglos, no pueden demorar el desenlace de la votación.
El 15 de julio de 2010 se sancionó la ley 26.618, ubicando a la Argentina entre los primeros diez países del mundo, y primero en Latinoamérica, que reconocen el derecho de personas LGTBIQ en los términos de constitución de familias con los mismos derechos que cualquier familia heterosexual, incluida la posibilidad de la adopción de niños y niñas. El artículo 2° de la ley establece que el «matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos, con independencia de que los contrayentes sean del mismo o de diferente sexo».
A partir de ese momento se propician los debates históricos del colectivo en la agenda pública y política. Después del matrimonio igualitario llega la Ley de Identidad de Género, la Ley de Reproducción Asistida, la Ley contra la Discriminación, la Ley de Femicidio entre otras leyes que configuran un marco jurídico de atención y contención de reclamos históricos.
La pregunta es ¿cuántos de esos discursos de odio e intolerancia se han transformado en otra cosa y dado lugar a una posición de mayor justicia, de empatía y sensibilidad? ¿cuántas de esas prácticas discriminatorias que promueven la desigualdad han mutado a un ejercicio de mayor respeto e integración?
Se tiende a colocar la lupa y agudizar la mirada en la otredad, sin embargo ¿cuántas veces hemos reproducido algunas de estas prácticas y asentido estas lógicas en nuestros universos más cercanos?
Sin lugar a dudas la sociedad Argentina es más justa desde que fueron reconocidos los mismos derechos con los mismos nombres, aunque todavía falta mucho, muchísimo más.
Nadie publica nada
Por Rodolfo Omar Serio
Génesis de un día soleado
Por Ramiro Sacco
Big Rip y el fin silencioso
Por Sebastián Mangione
90 kilos de aire
Por Julieta Hermo
¿Hacia dónde van las subjetividades de este mundo?
Por Agustín Peanovich
La fiesta está en otra parte
Por Magdalena Macías






