Artificios
Anatomía de un paso
Ensayo sobre caminar
Levantar una pierna, adelantarla unos centímetros, esperar el turno del otro pie: así se arma un paso, y con los pasos, una caminata. En este ensayo, caminar deja de ser solamente un medio para desplazarse de un lugar a otro y se vuelve una forma de habitar el espacio, cartografiar la memoria y activar el lenguaje privado de los pensamientos.
Por Julia Piasek
06 de octubre de 2026
Hay que levantar una pierna usando la fuerza de la rodilla, no sin antes enviar la orden cerebral correspondiente. Luego, se adelanta esa misma pierna unos centímetros respecto de la otra: talón, punta. Cumplida la acción, es el turno del otro pie: despegarlo apenas del suelo, llevar el talón hacia atrás para tomar impulso, agitar la rodilla e ir hacia adelante. Así se conforma un paso. Estos pasos (en el mejor de los casos realizados de manera automática, así como se respira o late el corazón de un cuerpo) constituyen la caminata. Caminar es lo que nos hace avanzar, desplazarnos de un lugar a otro: bajo un techo (de la cama al living) o a cielo abierto (de la casa al bar). Aunque muchas veces, como escribió Walter Benjamin, la ciudad entera se vuelve una habitación.
Si uno tiene tiempo, plata y salud puede caminar por muchas horas hasta terminar embriagado de paisaje. Un río por donde se ve el atardecer. El medio del campo. Una iglesia de otro siglo. La cima de una montaña. Un edificio gótico. Los restos de un maremoto. Un grafiti. Un bosque. Una estatua. Cinco librerías en el mismo barrio. Cientos de cuadros encerrados en un museo.
Para Michel de Certeau todo relato es un relato de viaje. En este momento me encuentro en Lisboa por primera vez. Para ir de un lugar a otro, camino. Es la forma que encontré de apropiarme del espacio. En Lisboa, como en todas las ciudades del mundo, excepto algunas —por ejemplo San José, en Costa Rica, o Los Ángeles, en Estados Unidos, en donde, me dijeron, no hay veredas y la gente no puede andar, solo moverse en auto desde el origen hacia el objetivo—, para ir de un lugar a otro caminando hay que usar las calles y las veredas.
En las veredas angostas de esta ciudad hay que caminar en fila. Para apurar el paso hay que bajarse a la calle y saltearse la hilera, mirando bien hacia atrás por si viene un tranvía. Todos sabemos que es patético morir atropellado por un tranvía en una ciudad ajena.
Las veredas de Lisboa van hacia abajo (dan ganas de estar en una bicicleta cayendo) y van hacia arriba (poniendo cotidianamente a prueba el estado físico de las personas). Noto gente que por momentos inventa atajos en los caminos para evitar las escaleras. Vi personas yendo hacia una dirección y volteándose de pronto, como por una corazonada, y eligiendo otro camino. Hay familias enteras desviándose de las indicaciones del Google Maps. Los peatones, incluso los más estructurados, reescriben sus caminos, tantean, tachan y corrigen.
Hace un mes terminé una residencia de escritura en las afueras de Barcelona. A pocos minutos de la casa donde vivíamos, subiendo una colina, quedaba El Bruc. Un pueblo con vista a la Montserrat.
En el Bruc hay veredas, algunas. Pero no importan. Tanto calles como veredas generalmente están vacías. Entonces, si sos un humano solito, o si tenés la suerte de tener un amigo o dos, podés caminar por donde quieras. Me dijeron que el pueblo tiene más de dos mil habitantes. Vi personas mirando fútbol en un bar. Vi cientos festejando la independencia en la fiesta del pueblo. Vi niños tocando tambores. Vi adolescentes corriendo en la pileta municipal. Vi señoras tomando vino a la tarde. Vi un perro paseando suelto por una plaza. Vi a su dueña fumando un cigarrillo atrás. Vi un señor sacando un colchón a la vereda. Vi una fiesta de boy scouts frente a la iglesia. No vi a los dos mil y pico que viven en El Bruc, según me dijeron, pero a todos los que vi los encontré tranquilos, como si tuvieran todo el espacio del mundo para caminar.
En Ámsterdam, la gente también camina relajada, sonriendo. Mujeres altas y rubias, hombres gigantes y blancos, avanzan con los hombros flojos. No sé por qué sospecho cuando hay tanta amabilidad. Los viejos, los ojos de los viejos, tapados, algunos, por los pelos blancos de sus sienes, brillan y miran el horizonte como si quedara lejísimos, como si todos los pasos que hubieran dado en la vida no pesaran. ¿Hello, can i go to the toilet?, preguntaba yo en los bares caros que no podía pagar. En Buenos Aires, esta pregunta trae respuestas muchas veces negativas. En Ámsterdam, los muchachitos que atendían los bares se sorprendían. Parecía que era la primera vez que alguien les pedía hacer pis en su bar sin consumir o la primera vez que alguien demostraba una necesidad en voz alta.
En Ámsterdam para caminar conviene tener dos ruedas. Es decir, ser una bicicleta. En muchos momentos, la ciudad se achica para los peatones: las veredas se vuelven incómodas, hay que esquivar tachos de basura, escaleritas y palos. En la mayor parte de la ciudad, las bicisendas ocupan una proporción similar a la de los autos y el tranvía, pero por momentos, cuando las bicisendas no están clarificadas, las bicis suben a la vereda y los humanos que las montan tocan sus timbrecitos para pedirles a los peatones que se corran, tin tin, que son tontos, que van lento. Que te apure un ciclista rubio y te haga sentir, como dice Leo Maslíah, un bobo sin velocidad, logra que desees tener una bicicleta. Sin embargo, no hay que olvidarse del paso a paso: el piso es una de las cosas más reveladoras, e ir lento, utilizando cada músculo del cuerpo para avanzar, activa el lenguaje privado del pensamiento de una manera que volar no.
No conozco demasiadas ciudades, pero me animo a decir que en ninguna existen las sendas de los nadadores. Caminar no es la única forma de desplazarse con el cuerpo. Si se quisiera, las ciudades podrían tener bicisendas, sendas peatonales, carriles para autos y tranvías, y por el costado, un andarivel para ir nadando de la casa al trabajo. Es cuestión de tener creatividad. Cómo se forma una ciudad depende de la voluntad y los intereses de quienes la construyen, eso pienso mientras camino lento y sola por calles que veo por primera vez, aunque quizás ya pasé por ahí.
A las veredas de mi ciudad me las acuerdo de memoria. Hay distintos tipos. Están las marrones con rayas. Las blancas que resbalan cuando llueve. Las grises cuadriculadas. Existen raíces de árboles que levantan los caminos y ponen en riesgo a los peatones. Las veredas de mi ciudad se llenan de hojas en otoño. De polen en primavera. Hay colillas de cigarrillo. Colitas de pelo tiradas. Caca, a veces. Iniciales dentro de un corazón en el cemento. Hay fotos abandonadas al lado de las bolsas de basura. También, frente a algunas casas o instituciones educativas y laborales, hay baldosas con nombres de desaparecidos en la última dictadura militar.
En Buenos Aires, a veces, las veredas están vacías, muy vacías, lo cual da mucha paz y, por momentos, si es de noche, miedo. Hay otras veces que las veredas se llenan tanto, por ejemplo las de Avenida de Mayo, yendo hacia la Plaza, que los peatones, que en ese momento somos manifestantes, defensores de algún derecho o proyecto de país, no podemos avanzar de manera individual. Somos un cardumen, lo más parecido a ir nadando por un andarivel en el medio de la ciudad. Cuando hay avalanchas solo hay que dejarse llevar por el intento de caminata de los otros cuerpos. Ser muchos sobre las mismas veredas da felicidad, siempre da felicidad ser muchos en la Plaza de Mayo, aunque, por momentos, a los claustrofóbicos también nos da un poco de miedo.
Mientras camino por las ciudades, paseo por el libro Especies de espacios, de Georges Perec. En un momento escribe: “deberíamos aprender a vivir mucho más en las escaleras. Pero ¿cómo?”. Las escaleras de Granada, empedradas con adoquines, están llenas de pasitos de tacos y de pasotes de zapatillas. De personas derrotadas tomando un descanso en algún escalón. Las escaleras de Granada arman laberintos a los que hay que entregarse con el objetivo de llegar lo más alto posible. Estar alto, ser alto, es tener el dominio. Una vez arriba, desde los balcones, y si justo atardece, se puede mirar todas las luces de las casas encendiéndose. Ahí, en ese momento, uno ya no forma parte de la ciudad. Está ajeno a los locales de artesanías, a los excuse me do you speak english, a los señores parados frente a los restaurantes invitando a los turistas a cenar.
El barrio más turístico de Granada, me dijeron, se llama Albaicín. En Albaicín la gente camina más lento que, supongo, en la Granada alejada de los turistas. En Albaicín hay casas blancas con macetas azules que cuelgan de las paredes. Plazas pequeñas escondidas entre callejuelas. Hay aljibes y teterías con olor a yuyos. Subiendo hacia los miradores del barrio, donde generalmente se encuentran personas tocando la guitarra, sacándose fotos, fumando cigarrillo y conversando, leyendo, observando la Alhambra desde lejos, hay paredes grafittiadas. Por el esfuerzo de caminar hacia arriba (subir escaleras), las personas dan más lentos sus pasos, lo cual transforma los muros, los simples muros a pesar de su antigüedad, en otras veredas que observar. Las paredes-veredas de Granada son cursis. Jóvenes y adultos entusiastas enamorados escriben con marcador frases como: siga pensando en el futuro, nunca en el pasado. O: Érika en estas calles te amé. O: no encuentro a ninguna que a ti se le parezca. A esta última frase alguien le contesta, quién sabe si enseguida, o varios años más tarde: siga buscando. Es probable que en un tiempo esas cartas ya no estén a la vista de todos. Es probable, también, que abajo de esa pintura, hubiera otras cartas previamente enterradas.
En Barcelona, casi no vi veredas. Están tapadas por un río de personas con mochilas, cámaras, mapas digitales y anteojos de sol. La gente camina despacio, torpe, como puede, en consecuencia del mismo tumulto. Por eso, además de ropa mojada y señoras agitando sábanas, hay banderas en contra del turismo colgadas de los balcones. Los vecinos quieren que el suelo vuelva a verse, no para que los de afuera lo describan, sino para caminarlo ellos. De todos modos, a pesar de la disputa, el diseño piensa en el peatón. Me dijeron que hay más de mil cruces que conectan esquinas anchas, donde hay bancos, mesas y cafés, y la gente va y se sienta con amigos, con perros, a tomar cerveza o descansar.
En París, es difícil mirar las veredas porque toda la ciudad apunta hacia arriba. Salís del subte y el cuello se te dobla para atrás y la boca se abre por la sorpresa. Muchos edificios son impactantes: altos y enormes. A pesar de la tortícolis, consecuencia de la pomposidad, recuerdo algunas veredas angostas y otras muy anchas. Por ejemplo, hay una calle donde están todos los locales de ropa de alta gama: Louis Vuitton, Cartier, Dior, Saint Laurent, Chanel. Los Champs-Élysées: ahí las veredas son anchas y te ruegan que te quedes. Que camines sobre ellas. Que estés cómodo. Que mires esas vidrieras. Que te deslumbres por lo que jamás podrás comprarte.
En Saint-Denis, si hubiese tenido tiempo, plata y salud, me habría quedado caminando todo el día. Era notorio que las personas que caminaban esas veredas, las caminaban todos los días. Eso también es caminar tranquilo. En el centro de París, para muchos las veredas son pasarelas y caminar es desfilar. Salvo para los flâneurs, o para quienes intentan serlo hasta que el deseo de sacarle fotos a todo para Instagram interrumpe la caminata.
En un momento de la historia, demasiado antiguo como para que ustedes o yo lo recordemos con claridad, las calles eran las veredas y las veredas eran las calles. Las ciudades tienen historias fragmentadas y superpuestas y, en algunas, puede verse muy claramente. En Berlín, una ciudad zarpada, salvaje, selvática, en una misma cuadra conviven un edificio moderno y vidriado, un Starbucks, un edificio soviético y un edificio nazi.
Me pregunto si superponer significa eliminar o añadir sin borrar. En medio de un tour por la Puerta de Brandeburgo, una de las pocas estructuras que sigue en pie después de la Segunda Guerra Mundial, el guía nos invitó a sentarnos en círculo en el arenero de un estacionamiento. Sospeché que el lugar elegido era porque quedaba debajo de la copa de un árbol, para evitar el calor tan deseado por los que sobreviven los inviernos en Berlín. Sin embargo, el guía había elegido ese lugar no por la sombra sino porque debajo de esa arena funcionaba el búnker de Hitler. Ahora, supongo, algunos niños arman castillos sobre esa superficie sin saber; y no saben no porque son niños. No hay ni un cartel que evidencie esa parte de la historia, quieren evitar que esa porción de suelo se convierta en un santuario para los neonazis.
Así como hay ciudades superpuestas por los años, también hay edificios donde la historia se acumula en capas. La Alhambra, por ejemplo. Generalmente, cuando en un edificio hay épocas superpuestas, tiene que ver con invasiones y guerras. Por otro lado, también hay ciudades superpuestas en un mismo tiempo. Ahora, en una misma ciudad conviven barrios, drogadictos, garcas, pobres, desempleados, desagües, túneles de subte, túneles de escondites, vías de trenes abandonadas, ríos entubados.
Caminar es tránsito, pero también reposo. Jorge Carrión lo escribe en su libro de los pasajes: cuando se camina, se descansa de la aceleración de la calle. Cita ahí una carta de Joan Miró a Enric C. Ricart, donde le dice: “Veo que paseas. Muy bien mientras esto no te impida trabajar.”
En fin. Si tuviera tiempo, plata y salud podría caminar para siempre y escribir para siempre, como en una cinta de correr. No hace falta llegar a ninguna parte para seguir avanzando. Alcanza con levantar una pierna, apoyar el pie un poco más adelante y dejar que el otro haga lo mismo.
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