Artificios

Dios ha muerto

Entre espacios liminales y backrooms

El desierto crece y el fútbol se vuelve máquina. Entre Nietzsche, Joyce, Borges y Eduardo Archetti, un ensayo que busca en la imperfección criolla, el potrero y la figura de Maradona una respuesta posible a la robotización del juego.

Por Leonardo Pereyra
08 de septiembre de 2026

Luego de ser arrollado por esa locomotora que es “Masculinidades” uno deja de pensar en el deporte y la cultura como conceptos que caminan a la par. 

La obra de Eduardo P. Archetti blinda a uno con la seguridad de que estos conviven como dos asíntotas imposibles de distinguir para el ojo humano. 

¿Qué tan determinante es la conclusión final de su investigación? ¿Qué tan final es realmente esta? 

Este texto busca sacar un poco más de jugo a dos trabajos del sociólogo argentino. “Masculinidades: Fútbol, Tango y Polo en la Argentina” (2003) y “Estilo y Virtudes Masculinas en El Gráfico: la creación del imaginario en el fútbol argentino” (1999). El primero es de acceso gratuito en el archivo Roberto Santoro de Tea y Deportea, mientras que al segundo se ingresa por el newsletter de esta misma institución.

Ser algo 

Antes de embarrarnos, un pequeño disclaimer

La gracia del libro es la complejidad de sus capas, las cuales voy a simplificar sin más investidura que el poco conocimiento que tengo sobre la materia. Véanse obligados a leerlo. 

¿Por qué? Porque vale la pena. 

El trabajo define una ruta histórica sobre la cual poder analizar la relación entre las estrellas deportivas de una sociedad y su rol en la construcción del ideal masculino. 

Se enfoca en la literatura, el fútbol, el tango y el polo. Describe cómo la revista El Gráfico relataba —a la par que construía— una idiosincrasia nacional: un concepto llamado “La Nuestra”, que contrastaba un estilo inglés y un estilo criollo de jugar: 

«…el football rioplatense es el más preciado del mundo, y la inteligencia puesta al servicio del deporte por un puñado de muchachos jóvenes y viriles han hecho más por la despreciada América del Sur que todos los diplomáticos juntos. Ahora se nos considera y alaba: ahora somos algo»

(El Gráfico). 

“Ahora somos algo” es fantástico y espeluznante. 

Archetti subrayó pasajes extraídos de artículos de opinión realizados por periodistas como Borocotó y Chancleter. El sociólogo resumió: 

«La metáfora de la «máquina» como opuesta a la creatividad individual es una constante en el imaginario futbolístico argentino. Lo «británico» se asocia a lo industrial y lo «criollo» a un sistema social preindustrial». 

A principios del siglo XX el fútbol argentino avanzaba a medida que fusionaba una identidad local con las influencias extranjeras. El Gráfico creyó haber narrado la aparición de una argentinidad contrapuesta a Europa, pero no comprendió la antigüedad de esta. Salvo excepciones. 

Borocotó aseguraba que hay una relación intrínseca entre la manera de jugar o ser de un “pibe criollo” —la gambeta, la viveza— y el entorno en el que este se manifiesta —el barrio, el potrero—. Estas nociones se presentaban en revistas, programas de radio o letras del tango: el chico de la casa que enamora al mundo manifestando a su país en cada rival que logra engañar. 

Archetti se dedicó en “Masculinidades” a, entre otras cosas, perseguir el origen del dilema, porque así como el fútbol, la literatura gauchesca también reunió a los intelectuales más comprometidos a debatir la identidad nacional. 

Potrero, Pampa, Arrabal 

Fueron dos las corrientes que disputaron el rumbo ideológico de Argentina durante el siglo de su independencia: los liberales y los criollistas.

Los liberales eran dirigidos intelectualmente por Sarmiento, autor del “Facundo”, y Alberdi, autor de “Bases y puntos de partida…”. Ambos confiaban en el sistema europeo. Sarmiento, el más radical, contrapuso ambos modelos en su obra más importante al señalar al liberal como la Civilización, y al criollo como la Barbarie. 

En este período se ratificó la Constitución de 1853 y la Ley Avellaneda de Inmigración y Colonización en 1876, las cuales otorgaron derechos para extranjeros como alojamiento inicial y trabajo asegurado. 

Alberdi dijo que “Gobernar es poblar”… ¿a qué tipo de población se refiere? Entre 1878 y 1885 se realizó la Campaña del Desierto, una operación militar que eliminó a la población india casi en su totalidad y sumó a las regiones pampeanas y patagónicas al territorio alcanzado por el Gobierno. 

El criollismo, como esencia, respondió al liberalismo mediante el “Martín Fierro” de José Hernández, para muchos académicos, el libro más determinante de la historia nacional. El gaucho y la pampa se convierten en un símbolo de resistencia contra el avance local y mundial de esta modernidad. Leopoldo Lugones y Manuel Gálvez son algunos de los escritores que en el siglo XX van a problematizar la “derrota” por parte del criollismo. 

El resultado de esta confrontación no tardó muchos años. Buenos Aires recibió debido a sus políticas de Estado olas migratorias provenientes de Europa entre 1880 y 1914, interrumpidas por la Primera Guerra Mundial. 

Las consecuencias de la posguerra y la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929 movieron el eje de la economía nacional: la crisis del modelo agroexportador causó que muchos habitantes del interior se mudaran a la capital; un proceso determinante para la huelga que desembocó en la profesionalización del fútbol argentino en 1931. 

Para Jorge Luis Borges, esta disputa entre europeos y criollos por la pertenencia escondía la falta de un habitante originario del territorio. En “El Tamaño de mi Esperanza” (1926), un compilado de ensayos, el escritor argentino confesó que, bajo su punto de vista, el país nunca había conseguido formar un gran hombre, una figura masculina ideal que sea ejemplo a seguir para las masas. 

(Ya casi llegamos a Nietzsche, paciencia.) 

Al no ser contemporáneo, Borges no pudo debatir su postura con Lugones, Gálvez, Sarmiento ni José Hernández durante en este período de estudio de idiosincrasia nacional que luego se relató en El Gráfico y analizaron los revisionistas. 

Fin de la primera lección. Hasta acá se sumergió el sociólogo. Partió desde un aparentemente inofensivo comentario sobre un niño jugando en un potrero y llegó al trasfondo del asunto. 

Él lo explica mucho mejor de lo que resumí (seriamente, lean Masculinidades). Utiliza términos propios de su ciencia al citar a Young, quien resumió el debate de la hibridación del siglo XIX en tres modelos dominantes: 

El híbrido, como categoría, es conceptualizado como una mezcla creativa y pura; la hibridación, como el mencionado criollismo, es el resultado de la fusión de la forma antigua y la forma nueva, o en el caso argentino, la interna y la externa, pero sin ser completamente ni uno ni el otro. El proceso de hibridación se produce caóticamente, sin un fin establecido, se expresa permanentemente. 

En conclusión, la pureza argentina que Borges problematiza no responde a una mezcla, sino a una disputa indefinida de modelos que nunca terminan de fusionarse. 

Ahora sí. Agárrense fuerte que vamos a excavar un par de metros más.

Mismo problema, distinto continente 

En el ensayo “El Escritor argentino y la Tradición” Borges declaró sobre el Martín Fierro: 

“La poesía gauchesca, que ha producido obras admirables, es un género literario tan artificial como cualquier otro”. 

Defendió la idea de una Buenos Aires narrada desde la periferia que acepta su destino cosmopolita y pluricultural. Esto llamó particularmente la atención de Carlos Gamerro, traductor y ensayista que en “El Escritor irlandés y la Tradición” (1999) conectó la postura de Borges, evidentemente nutrido lector, con la repercusión de James Joyce y su libro “Ulises” (1922). 

Lo explico en un flash: el libro toma ciertas características del poema épico “La Odisea” de Homero y las traslada al siglo XX para burlarlo. 

La travesía de Leopoldo Bloom, protagonista de Ulises, no dura veinte años sino menos de un día. No enfrenta bestias, sino a la sociedad. No hay lenguaje épico, pero hay diálogo interno. James Joyce convirtió en eje central a los pensamientos de los personajes en el relato de su historia. 

El libro fue escrito desde el exilio y denunció esencialmente una ruptura en la identidad irlandesa, nación que se independizó de Gran Bretaña justamente en 1921, un año antes de la publicación de la obra. 

Se burla del poema épico pero comparte un conflicto: la religión. 

(Alerta de spoiler) Leopoldo Bloom desiste de participar en los ritos religiosos del funeral de Paddy Dignam; es un “judío no judío”, hijo de un padre semita y una madre católica, pero él no es practicante. 

La presencia liviana y superficial de la iglesia en la obra es notoria, no solo por el ateísmo de algunos personajes, también por lo místico de las experiencias comunes de los civiles, personas que enfrentan situaciones normales. La obra es considerada una de las principales del modernismo. Joyce logró romper la estructura literaria británica que asfixiaba a su país sin hacer propaganda irlandesa. Exactamente lo que Borges exigía a la literatura gauchesca. 

Así como la ausencia de Dios es central en el relato, también lo fue en simultáneo para la sociedad en sí, la cual hace tiempo percibía un desplazamiento por parte del cristianismo. 

Entre más retrocedemos, nos hallamos con que Dios desapareció hace rato y la gente es orientada por alguna otra cosa. Sea Europa, sea el Martín Fierro, sea un presidente, nunca es Dios, sino un reemplazo. 

Entonces… ¿Dios nunca existió? ¿Desapareció? ¿Murió? ¿Lo mataron? ¿Quién lo mató?

El pibe de oro 

Tomen con pinzas mi interpretación. 

Hay un Friedrich Nietzsche para la izquierda, hay uno para la derecha, hay uno para los nazis, hay uno para los comunistas, uno para los democráticos, uno para los anarquistas, autoritarios, ateos, teólogos, etc. 

El alemán es uno de los filósofos más reinterpretables que hayan existido, por lo tanto, acompáñenme a rescatar con cautela algunas ideas que —repito— son interpretaciones apoyadas en lectura y otras interpretaciones. 

Vamos a la de tres. 

Su obra más importante, “Así habló zaratustra” (1883), desarrolla la gran frase que el pensador había ya escrito en “La gaya ciencia” (1882), la cual generó este revuelo en la idiosincrasia de occidente: 

“Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado”. 

¿Viste cuándo el bocado es inmenso y para digerirlo hay que partirlo? “Dios ha muerto”, es shockeante, pero el “nosotros lo hemos matado”, ya es morboso. 

Zaratustra, protagonista del libro de ficción, aseguró ante la muerte de Dios —y posteriormente la del último hombre— un nuevo horizonte para la humanidad: “El Superhombre”. La cima de un nuevo proceso moral frente a la pérdida de valores en occidente.

Como una especie de profeta (Nietzsche me asesinaría por usar este término), Zaratustra meditó diez años en el monte y al bajar transmitió su nuevo conocimiento. No en la iglesia, no en palacios, sino en el mercado. Allí los humanos se burlan de él al decir que prefieren como modelo al último hombre y dejar todo tal como ya está. 

Luego de este prólogo y más, Nietzsche parodia al evangelio (como Joyce a La Odisea) y suelta, por decir, sermones. El primero se llama “Acerca de Las Tres Transformaciones”, allí enumera las diferentes etapas previas del ser humano en el camino hacia el nuevo horizonte: El Camello, El León y El Niño. 

La primera es El Camello, en la cual el hombre carga con la culpa, los mandatos y las obligaciones heredadas por la sociedad. La segunda, El León, surge como una reacción negativa y rebelde frente a esos mandatos sociales. Este deconstruye pero es incapaz de crear nuevos valores. 

Y la última, la más elevada para el autor, es El Niño. Este representa el juego y la creación, no actúa desde el resentimiento, sino desde la inocencia y el olvido, afirmando la vida y creando valores nuevos a partir de sus ganas de ser y de jugar. 

Nietzsche anunció la muerte de Dios, pero también habló de rebelarse contra la nueva estructura que reprime al hombre. ¿Y cuál podría ser esa? 

Volvamos a esa imagen de Zaratustra siendo ignorado en el mercado. Los presentes no parecen alterados por la ausencia cristiana, por lo tanto asumimos que hay una estructura. Es justamente lo que interpretamos que Joyce señaló al burlar a La Odisea, una deidad global; la alienación como ordenador.

Uno de los factores en común entre todas estas sociedades conectadas por el mismo dilema fue la industria. Desde su aparición, el avance tecnológico generó dudas acerca de los nuevos roles sociales que antes proponía la iglesia. Esto también se trasladó hacia la discusión esencial de las cosas. El fútbol no fue la excepción. 

(Vas a leer lo mismo dos veces, como castigo por leer esto y no haber ido a buscar los libros citados) 

Dentro del marco de la discusión nacional, es cierto que Borges niega un común argentino, pero reconoce la existencia de dos lugares privilegiados en esta tierra. La pampa, campo abierto del interior rural, y el arrabal, la periferia urbana de Buenos Aires. Cada uno de estos espacios cuenta con un protagonista asociado a la 

libertad y rebeldía. El gaucho, figura central en la literatura gauchesca, y el compadrito, en las letras del tango porteño. 

Puede interpretarse que Nietzsche advirtió sobre la vieja estructura e invitó a desafiar a la nueva, luego Joyce contrastó ambas y dejó en claro que la ausencia del cristianismo no implicaba necesariamente la falta de un horizonte común. 

Este dilema se discutió intelectual y políticamente en Argentina por los criollistas y liberales. Más tarde Borges seleccionó a sus dos rebeldes argentinos, y en El Gráfico los sectores populares construyeron al suyo. 

Pegamos la vuelta y volvemos a Archetti, quien trabajó en su investigación con estos dos lugares borgeanos y sumó un tercero al rescatar de la revista deportiva al Pibe de Oro y el potrero. Hay un término que repiten Borges y Borocotó al hablar de gauchos y pibes. El sociólogo escribió acerca del segundo: 

Lo «británico» aparece identificado con lo flemático, la disciplina, el método, lo colectivo, la fuerza y el poder físico. Estas virtudes ayudan a concebir un estilo como una «máquina», es decir repetitivo. El autor reconoce que este estilo permite 

conceptualizar el fútbol británico como «perfecto», es decir industrialmente perfecto. Lo «criollo», gracias a la influencia latina, es exactamente lo contrario: inquieto, individualista, menos disciplinado, basado en el esfuerzo personal, ágil y virtuoso. Gracias a estas características, concluye el autor, es posible imaginar al fútbol rioplatense como imperfecto y por lo tanto sujeto a desarrollarse cuando se declare el profesionalismo. 

Imperfecto

No como un defecto, sino como una característica esencial y disruptiva. Porque ser imperfecto deja de ser despectivo si uno vive entre quienes rechazan la idea de una perfección. 

No preciso aclarar a quién le estoy dando el pie. 

Hay un futbolista argentino que fue El Niño de Nietzsche, la revancha a los ingleses de Joyce, la manifestación de su origen cual gaucho, un ícono periférico que Borges habría aprobado. 

Diego Armando Maradona. 

No el hombre. El mito. 

El Pibe de las letras del tango, de las columnas de El Gráfico.

El desierto crece 

Nietzsche escribió esto mismo: “El desierto crece”. 

Quizás en referencia al avance de la nueva estructura, del futuro o del nihilismo. 

Es curioso escuchar hoy en conversaciones futboleras que el juego está siendo “robotizado” y que este proceso es imposible de detener. La industria, cual desierto justamente, devoró los aspectos amateur y recreativos del deporte; lo convirtió en un instrumento más del avance tecnológico: 

«El deporte es, pues en definitiva, el sistema cultural que registra el progreso corporal humano objetivo, es el positivismo institucionalizado del cuerpo, el museo de las actuaciones, el archivo de los éxitos a través de la historia.». Aseguró Jean Marie Brohm, sociólogo a quien dedicaremos un capítulo aparte y que escribió “Sociología Política del Deporte” (1976). 

La búsqueda del récord se convirtió en el único objetivo de los jugadores; aquel deportista que entra con intenciones diferentes es expulsado del mercado cual Zaratustra.

Stop

Para no seguir citando hasta morir voy a frenar esta pensada en voz alta acá. No quiero solo que al ver la Premier League piensen en ingleses robots. 

La inmensa mayoría de esta investigación fue realizada hace más de veinte años por Eduardo P. Archetti, mi único objetivo al trazar dos líneas más (Joyce, Nietzsche) es demostrar cuánto más puede doblarse esta hoja y qué tan dócil aún se mantiene. 

Pasarán los años y el trabajo del sociólogo argentino dirá con más fuerza que, así como el arte y la política, el deporte también es parte de un relato central. A este resumen le falta profundizar en el tango, el polo, la historia del fútbol, del Martín Fierro y más. 

Pido perdón y sigo su ejemplo. Esto dijo sobre el final de Masculinidades su autor: 

«Aun más, no sé a ciencia cierta cuán exitosa ha sido mi estrategia de conjugar distintas historias, áreas y prácticas corporales en una perspectiva comparativa guiada por la investigación de seleccionadas relaciones entre sujetos del mismo sexo por un lado, y del sexo opuesto por otro, en la historia y sociedad argentina».

No cerró su investigación con conclusiones herméticas, sino que la declaró un punto de partida e invitó a utilizar otros métodos que aumenten el valor empírico de esta. 

Gracias al nacido en Santiago del Estero hoy muchos sociólogos trabajan en el campo deportivo. Mientras tanto, el periodismo deportivo sigue esperando elecciones en los clubes para decir “política deportiva” y continúa creyendo inocentemente que Maradona es Maradona por una especie de magia que “Masculinidades” y “Estilo y Virtudes Masculinas en El Gráfico” explicaron académicamente hace tiempo. 

No creo que uno deba dejar de creer en la magia del fútbol. Sí que los hinchas, periodistas y deportistas deberíamos comprender la profundidad de esta. 

Queda mucho más aún por investigar. 

Pero esto ya es suficiente para replantearnos el rol de comunicadores. 

El desierto avanzó sobre todo, y está a punto de consumir por completo al fútbol. No seamos máquinas, no repitamos frases hechas.

Embarrémonos. En el poco potrero que nos queda.