Artificios
Narrar nuestros días
Sobre la dificultad para dar sentido a lo que está sucediendo(nos)
La tesis dominante sobre nuestro tiempo dice que la desconexión individual es irreversible: el algoritmo, la IA y la aceleración nos redujeron a espectadores incapaces de comprender lo que nos pasa. Este ensayo polemiza con ese diagnóstico y propone lo contrario: que asumirnos como observadores activos de nuestra cotidianidad es el primer paso para narrar, y habitar, el presente.
Por Alejo Inza
11 de agosto de 2026
La inquietud por comprender el tiempo que atravesamos ha representado, durante el transcurso de la historia, una búsqueda perdurable del individuo. Si bien esta predisposición no es original, sí lo han sido las distintas observaciones, relatos e interpretaciones que han permitido construir una aproximación atemporal sobre cómo se percibía y se desarrollaba una época determinada.
En su evolución, el arte ha reflejado esa búsqueda en distintos períodos y formatos. Al menos así podemos interpretarlo cuando interactuamos con los cuadros, las novelas, los ensayos y otras obras memorables que han “signado y construido un tiempo”. Aunque los grandes ejemplos abundan, las imágenes costumbristas de una sociedad contadas a través de los personajes literarios, el sentimiento de una tragedia o una pérdida en el rostro de una pintura, y las piezas musicales imperiales que inmortalizaron un legado, han sido, entre otras, expresiones singulares de cómo el artista – en estos casos – asignaba un significado a los acontecimientos e influencias de su presente a partir de su propia experiencia.
La predisposición para interactuar con las circunstancias y fuerzas que enfrentamos (un tema que reanudaremos al final) ha supuesto, asimismo, un rol individual determinadamente activo; es decir, asumir que uno no es un mero espectador sino un sujeto con capacidad activa para interpretar y actuar en sincronía con lo que está sucediendo. En síntesis: el individuo como protagonista de su contemporaneidad. Atravesado por las mismas tensiones que se proponía entender, el mayor logro individual en esta búsqueda ha sido producir testimonios que tomaban distancia para comprender y luego reconocer estas tensiones, con la intención artística o de adaptarse para producir una respuesta que no se resignara al sometimiento o a la disminución de su capacidad.
Desde su origen primigenio hasta la actualidad, esta práctica ha implicado una profunda conexión, quizá una conciencia irrepetible, que ha permitido habitar cada época con una comprensión más plena de las posibilidades, limitaciones y la propia trayectoria individual.
Ahora bien, al intentar extender esta reflexión hasta nuestros días, la primera reacción de cualquiera podría ser la incredulidad o el rechazo al concluir, como la mayoría de las posturas planteadas sobre el tema, que en la actualidad impera una desconexión y desatención individual que nos impide, casi hasta la imposibilidad, comprender y actuar sobre lo que (nos) está sucediendo. Sin embargo, polemicemos al respecto.
Hay distintas tesis que plantean con argumentos convincentes y evidencia empírica los factores que explican dicha desconexión, y son útiles para visibilizar las distintas tendencias y fenómenos multidimensionales que caracterizan el contexto que nos atraviesa. Por mencionar algunas comúnmente instaladas, destacan aquellas que señalan el dominio algorítmico en la sociabilización; la fragmentación de las experiencias mediada por las nuevas tecnologías; la creciente utilización de la IA generativa y su consecuencia sobre las facultades cognitivas y las dinámicas de empleo; la aceleración de la crisis planetaria y su impacto en los fenómenos climatológicos, y otras, entre tantas más, que nos explican cómo la agitada, frenética y desalentadora cotidianidad, especialmente en las grandes ciudades, disminuye paulatinamente la posibilidad de proyectarnos.
Esas tesis tienden a coincidir, no obstante, en un diagnóstico que se ha convertido en autosuficiente al concluir que dichos fenómenos, y las tensiones que nos producen en el plano individual, nos reducen hasta la incapacidad de interpretar el presente, con el anhelo de producir algo más (una comprensión, una acción o un sentido) que una cómoda resignación. Si asumimos su conclusión como acertada, el individuo estaría sometido a lógicas que ni siquiera comprendería y, por ende, jamás podría advertir su desconexión como un problema; peor aún, no tendría herramientas para revertirlo.
La falta de agencia humana que señalan estos diagnósticos debería representar un punto de partida, no un final. Adicionalmente, esta postura ofrece una lógica excluyente y parcial de la complejidad que no explora las interacciones entre las tensiones que surgen en la cotidianidad y precisamente son la fuente de referencia, inspiración y realidad que nos interesa destacar.
Por esas razones, surge la importancia de revalorizar el rol del observador como un protagonista indispensable que, en cualquier época (y esta no será la excepción), ha logrado construir testimonios a partir de su relación con esas “fuentes” que encuentra entre la complejidad de su contemporaneidad.
Un buen observador aportaría una novedad, una singularidad, si narrara cómo responden sus contemporáneos y él mismo frente a las tensiones tecnológicas, climáticas, sociales, entre otras, que lo desafían, lo movilizan y lo inquietan. Hay mucho para contar, por ejemplo, en la fantasía y en el arte que la intimidad de un hogar reconstruye; en la dualidad que supone una identidad digital y una personal; en las expectativas y frustraciones que refleja el regreso luego de una jornada laboral; en las múltiples posibilidades de interacción entre la máquina y el ser humano; entre otros campos para explorar la contemporaneidad. Veámoslo.
Detengámonos en una tensión concreta de nuestros días: la vocación de escribir frente a la irrupción de la IA generativa. Un observador no sería muy perspicaz si se limitara a señalar el “desafío que enfrenta la escritura”, y mucho menos si sostiene que el fenómeno de la IA suprime, o potencialmente lo hará, la esencia de la escritura. Paradójicamente, hay una resolución intermedia, más sencilla de narrar, frente a la innegable tensión que produjo este desarrollo tecnológico en el proceso de escritura: las personas han incorporado en la práctica una tecnología contemporánea que facilita las tareas de edición y refinamiento para su vocación u objetivo profesional.
Siguiendo el ejemplo, no se trata de invalidar la discusión moral o estrictamente profesional de la escritura mediada por la lógica probabilística y estandarizada de los chatbots, ni tampoco de soslayar el debate sobre el propio estilo (al cual suscribo totalmente), sino de cómo capturamos, actuamos y contamos dicha tensión a partir de nuestra experiencia.
Sintetizar que el siglo XXI será la época de la IA es indudablemente un gran título, al igual que una tremenda simplificación que soslaya un descubrimiento mucho más profundo que surge al interactuar con estas tecnologías. Esa tensión está produciendo debates y experiencias enriquecedoras y provocadoras al invitarnos a repensar las propias capacidades (profesionales, recreativas y personales), así como los atributos que constituyen lo esencialmente humano y aquellos que distinguen a la máquina. Nadie que ame la escritura va a renunciar jamás a esa dimensión de la invención o a la catarsis y reflexión individual que ofrece un texto propio, lo cual no implica que, por curiosidad o por aprendizaje, no interactúe con un chatbot durante el proceso.
De la misma manera, al pensar en la lectura, el tiempo de ocio y la hiperconexión digital, podemos proponer una observación que no se resigne al diagnóstico de irreversibilidad en el que el texto ya no compite contra las pantallas, sino que explore cómo actualmente conviven la pasión literaria de un joven con las condiciones adversas para su desarrollo. ¿Cuál sería la contradicción en reconocer que un joven prefiere un rato de lectura en el subte y, a su vez, responde mensajes en su celular? Nuevamente, podríamos titular “El siglo en el que las pantallas desplazaron la lectura”, y así perder el testimonio de múltiples historias que viven esos instantes de recreación literaria en los subtes, en las plazas o en las terrazas durante los atardeceres, en los que obviamente coexiste la distracción que producen los estímulos de las pantallas.
Si bien la tesis de la desconexión falla al proponernos una guía para transitar esas tensiones, nos advierte con acierto sobre otro desafío: la falta de conciencia que tenemos sobre el presente está afectando cómo imaginamos el horizonte de nuestro futuro. Como consecuencia de la ausencia de registro, desconocemos el punto de partida que nos permitiría construir escenarios o fantasías que orienten nuestra propia acción individual y desafíen nuestra imaginación, si se piensa desde una vocación más artística.
Suponer que las máquinas nos reemplazarán es, en estos días, una repetición literal de lo que la ciencia ficción ya postuló hace más de medio siglo. Sucede lo mismo al imaginar la vida extraplanetaria. Es difícil distinguir con lucidez lo posible cuando percibimos que la vertiginosidad de las transformaciones que acontecen acrecienta esa impresión de desconcierto por “no tener dominio sobre nuestro presente y futuro”. Ante ello, una vez más, quiero volver a defender y proponer extender el ejercicio de asumirnos como observadores de nuestro tiempo para empezar a construir una respuesta.
Desde Buenos Aires, como joven interesado en la escritura, los libros, la música y con preferencia por los momentos solitarios de recreación e introspección en el departamento, que intenta evitar la distracción de las pantallas; que pasea por la gran ciudad con curiosidad; que tiene más o menos insatisfacción y motivación por la dinámica laboral que ordena su rutina; que intenta equilibrar las responsabilidades y la productividad con el ocio y las amistades; y que está atravesado por otras tantas tensiones reales compartidas, sería un hipócrita si negara la dificultad para conectar plenamente con todo lo que está sucediendo. En las escenas de la cotidianidad lo percibo y sé que, de algún modo, esa complejidad también me condiciona.
Sin embargo, esa dificultad genera un impulso, que surge con fuerza, para pensar cómo quiere uno interactuar con esas tensiones que signan su rutina, su intimidad, su invención y su soledad. En esa práctica de cuestionamiento, que se desarrolla y no pretende ser concluyente, vivimos el propio testimonio, la propia trayectoria y habitamos el presente. Ese acto de conciencia, que siempre es y será individual, es el mejor comienzo para reconstruir una conexión que indudablemente está desafiada, pero no perdida. En el mejor de los casos, ese intento podría producir un texto o una literatura; y, en otros, un punto de partida para proyectarse y no verse sometido a la vertiginosidad de los cambios.
De esta manera, si finalmente nos proponemos empezar ese ejercicio de comprensión a partir de nuestra propia experiencia (lo que concretamente nos sucede y vemos en el día a día), veremos cómo, quizá sin haberlo advertido, ya somos intérpretes de un testimonio – el nuestro – que está ayudando, y seguramente a los que vendrán, a narrar y construir un sentido para nuestros días.
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