Artficios
Porque sí: ensayo sobre el fanatismo
¿En qué creo yo? ¿A qué o quién puedo entregarle mi corazón?
Se ama porque se ama. Se es fanático porque se es fanático. Porque sí. Este ensayo explora el fanatismo como una forma de organizar la existencia: los que se paran en las sillas de los restaurantes, los que tatúan 257 escudos en la piel, los que le ponen Newell’s a sus hijos. Y desde un costado, con envidia y rechazo, la voz de quien todavía no encontró en qué creer.
Por Paulina Bonino
18 de agosto de 2026
Mi abuelo un día por obligación del cardiólogo y de la familia tuvo que dejar de ir a la cancha a ver los partidos de Quilmes. Tampoco pudo seguirlos por la televisión. Por lo que yo conocí, era un hombre que se entregaba a la siesta, el vino y el ajo. Pero algo en él se transformaba, o resurgía de no sé dónde cuando jugaba su equipo. El 29 de octubre de 1978, cuando Quilmes salió campeón, fue el día en que lo vieron llorar. El resto de los años lo vieron gritar, insultar, odiar a Quilmes como solo puede hacerlo quien ama. Creo que nadie se atrevía a decirlo, tal vez por vergüenza o por pudor: él estaba enamorado de Quilmes.
Después de varios picos de presión, de falta de aire, de su corazón acelerado como si fuera él mismo quien corría la pelota, fue que le dijeron que ya no más. Como consuelo podría ver fútbol, pero no podría ver a Quilmes. Por su bien.
<<Corazón: esta palabra vale para toda clase de movimientos y de deseos, pero lo que es constante es que el corazón se constituya en objeto de donación – aunque sea mal apreciado o rechazado->>.
El corazón es eso que yo creo dar, afirma Barthes. Mi abuelo tenía entonces un problema: un corazón solo para él. Un corazón que no le servía
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La Real Academia Española va a señalar como sinónimos de fanatismo la intransigencia, la exacerbación, la exaltación, la incondicionalidad, el apasionamiento, la pasión.
El fanático como un enamorado… ¿el enamorado como un fanático? Algún enamorado o enamorada, ¿es capaz de reconocerse en estos atributos?
En el unitario argentino “Soy tu fan”, fan es utilizado como sinónimo de enamorado. De nuevo: el enamorado como un fan. La trama es sencilla: Nicolás, interpretado por Gaston Pauls, conoce a Charly, interpretada por Dolores Fonzi. Nicolás se enamora de ella y hace lo posible para que Charly esté con él. Es fanático de ella.
Tu fan Voy a seguir siendo de vos (fan) / Si vos me permitís que yo (fan) / Te siga y no me digas nada
En el fanatismo y en el amor no hay razones claras, y si las hay no son la razón para explicar el sentimiento: cuanto mucho una aproximación. Una excusa que intenta eludir el carácter tautológico del amor y del fanatismo: se ama porque se ama. Se es fanático porque se es fanático. Porque sí.
En la cancha, los fanáticos – como si fueran uno solo- cantan canciones a coro, saltan. En un recital, con sus banderas y remeras de la banda, se mueven apretujados como un todo. Desvergonzados, entregados, sin cansancio: con la voluntad y la energía del enamorado. No importan las distancias, los horarios. Son, ante todo, obedientes. Dan sin esperar nada a cambio.
Son como chicos en un jardín de infantes. Freud va a hacer un paralelismo entre la masa y la vida afectiva del niño: destaca en ambos la intensificación extrema y desmedida de los afectos. El fanático como quien compensa algo que le falta, y no encuentra otra manera que el exceso.
Yo entiendo qué te pasa, si sos tan solo un niño/ Aunque te hagas el malo, te está faltando cariño/ Yo no tengo enemigos y no los necesito/ Y vos, vení, acercate, que te firmo la fotito
Como un niño, visten la camiseta de su banda, de su ídolo, de su equipo para aproximarse, sea como sea, a eso que es su objeto de fanatismo. No como representación, sino como presentación misma: yo soy esto. El niño y la niña lo expresan sin tapujos: “soy el Hombre Araña”; “soy Blancanieves”.
El adulto transforma esa representación en otra frase, más elaborada pero que significa lo mismo. Un hombre se tatúa 257 escudos de River Plate en su piel; compite con otro hombre que tiene tan solo 87 escudos tatuados. Ambos dirán: River es mi vida. De este modo, cualquier amenaza con su objeto es una amenaza para el fanático: son difusos los límites entre el sujeto y el objeto fanatizado.
El enamorado también dirá que su objeto de amor, su amada, es su vida.
Yo pienso en ti/ son ilusiones / yo pienso en ti / son ilusiones
En el cuento Carne, de Mariana Enriquez, Santiago Espina, un cantante de rock que está en el auge de su carrera, se suicida en la habitación de un hotel. Corta partes de su cuerpo, usa una gillete y un cuchillo tramontina para despellejarse, como si quisiera salirse de sí mismo, abre su yugular con un tajo “audaz y preciso”. Un mes después, dos adolescentes fanáticas del artista van a hacer lo contrario. Van a querer incorporarlo a ellas. Desentierran el cajón de Espina, se comen sus restos, “dejan los huesos limpios”. Como si dijeran: “Santiago Espina es nuestra vida”. Mariana Enriquez lo vuelve literal, en la medida que puede. Sobre el final del cuento son ellas las que van a hacer un show y cantar las canciones del ídolo, en un sótano, mientras las demás fans, soberanas de la paciencia, esperan su llegada.
Pero el fanático mientras está en acción – llamamemoslé fanático activo – se muestra exaltado, excitado, desenfrenado. No se va a dejar ver así en otros espacios, excepto en los más privados. Libera tensiones y descargas. El fanatismo se parece a la actividad sexual. Pero se puede hacer a plena luz del día, enfrente de cualquier persona.
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Cada vez que iba al dentista de mi barrio Jorge me contaba la misma anécdota, por olvido o tal vez – aunque lo dudo – por intuir que a cada visita yo ya no era la misma de la anterior. Muchos años antes, él y mi abuelo (otra vida en donde no era mi abuelo) habían ido a la cancha: “no conseguimos lugar en la tribuna de Quilmes y quedamos del otro lado, de Banfield. De Banfield para colmo”, decía Jorge cada vez que narraba la historia, casi sin cambiar palabras o detalles. Yo nunca agregaba nada porque mi boca siempre estaba inhabilitada, aunque abierta. Tal vez un AHHH, AJJAM, atinaba a esbozar. Pero me mantenía callada: eso es algo que comenzó en mis tempranas visitas al ortodoncista y se extendió a otros aspectos.
En el gol de Quilmes mi abuelo gritó de emoción, a pesar de estar en la tribuna contraria, y al notar su error transformó la emoción en tristeza, agonía, grito de llanto: “gooooool, gooooooool, no lo puedo creer, gol del otro equipo, la puta madre”. Vistas desde afuera, las emociones al final se confunden unas a otras. En ocasiones – acá hay que tener más cuidado- también se confunden desde adentro. A mi abuelo y a Jorge no les pasó nada. Supe luego que a mi dentista, a pesar de contarme en reiteradas ocasiones esta historia, en realidad el fútbol no le interesaba demasiado. Había ido solo con mi abuelo a la cancha. Tal vez fuera la pasión de él la que lo conmoviera. Siempre creí que yo no tenía nada en común con Jorge. Ahora sé que estaba equivocada.
Segundo acto: El pueblo que se negó a desaparecer
En la película El ladrón de orquídeas, la periodista Susan Orlean escribe un libro que relata la vida de John Laroche, cultivador y recolector de orquídeas del estado de Florida. Lo que le interesa a la escritora no es tanto la ocupación en sí, sino cómo esa ocupación le da sentido a la vida de John. Ella asume que no tiene esa capacidad, ese sentimiento, como quien dice El amor no es para mí. Pero inmediatamente se retracta: “Supongo que sí tengo una pasión inconfesable: quiero saber lo que se siente al sentir tanta pasión por algo”. “Hay demasiadas ideas, cosas y gente. Demasiadas direcciones en las que ir. Empecé a pensar que la razón por la que era tan importante apasionarse por algo era que así se esculpía el mundo con un tamaño más asequible”.
El fanatismo como una pequeña y posible salvación. Como organización para y de la existencia. El fanatismo como una guía. La periodista Susan Orlean, Jorge mi dentista y yo, perdidos.
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Veo una imagen en twitter de un hombre en la cancha de Racing. Está mirando el carnet de socio vitalicio de su propio padre. A su vez, quien saca la foto es su hijo. Tres generaciones contenidas, unidas, por una pasión. Un legado: ese que yo no supe adquirir.
Una mujer, en la previa al partido de Racing, comenta al periodista que se le acerca: Me llamo Blanca Celeste, pero mi papá me quiso poner Racing. Para quien lo ve parece un chiste, una broma. Pero el fanático habla en serio. Ella tiene a su hijo a upa, que lleva la remera de Racing puesta.
“¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia (…) pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín. No puede cambiar de pasión”. El secreto de sus ojos, 2009.
Una pareja de Santiago del Estero inscribió a su bebé en el registro civil como «Juniors Xeneise». Se equivocaron al ponerlo con S, pero es solo un detalle.
Un admirador de Diego Armando Maradona, llamado Walter Rotundo (voy a evitar hacer alguna acotación obvia sobre el apellido) nombró a sus tres hijos de la siguiente manera: Diego, Mara y Dona.
A un niño, en 2014, lo llamaron Newell’s Emiliano. Ya habrá cumplido 10 años. Encuentro casos anteriores, del mismo club: en 2011 bautizaron a un bebé como «Newells Isaac»; en junio de 2013 una pareja anotó en el Registro Civil a su primer hijo con el nombre de Benjamín Newell’s.
Un padre y una madre fanáticos se esmeran para que su hijo siga el modelo doméstico.
Un nombre y una familia
una condena.
¿Qué pensarán los Newell’s?
Miro, a los fanáticos y fanáticas del mundo, desde un costado, desde abajo, desde el rechazo y desde la envidia. Miro al fanático felizmente sometido. No importa si es ante un equipo de fútbol, una banda, una serie, una persona, un lugar. Cree en algo, y es lo único que pareciera importar.
La psicoanalista Cristina Varela dice: “El fanático cree certeramente en eso que el objeto le brinda. El Yo, en su función de creer, otorga condición de realidad a algo en función de las fantasías inconscientes y así evade cualquier posibilidad de duda, incertidumbre o falta”.
El fanático cree en algo en lo que alguien más también cree: esa unión es su poder. Un imposible: poder de dominados. ¿Se puede ser fanático en soledad?
Un hombre en la localidad de Epecuén se resistió a irse de su pueblo, aunque en el pueblo, luego de las inundaciones, ya no quedara nadie. Ruinas, nada más. El hombre murió allí, tiempo después de que le dijeran que el pueblo iba a desaparecer: es la presencia la que mantiene las cosas vivas. Tal vez sí se pueda ser fanático en soledad, pero ese hombre, en su relación con Epecuén, ya no estaba solo.
El fanático da y no espera nada a cambio, y no importa si se le devuelve sufrimiento, pérdida. No es, en casi ningún caso, el fanático quien somete. Pero hay una falla en la estructura o una excepción a la regla: fanáticos que mataron a sus ídolos. ¿Será acaso el verdadero e históricamente mal llamado Crimen pasional?
Mark Chapman, fanático de John Lennon, le disparó cuatro veces afuera de su departamento de Nueva York en Manhattan el 8 de diciembre de 1980. En el 2020, en una audiencia en donde la justicia estadounidense le negó la libertad condicional por undécima vez, dijo: “No tengo excusa. Esto fue por gloria personal”.
En 1990, la cantante Selena aumenta su popularidad; su familia conoce a Yolanda Saldívar, quien le pide autorización al padre de la artista para formar un club de fans en San Antonio. Así, se convierte en presidenta del club de fans y luego en amiga de Selena. 5 años después, el 31 de marzo de 1995, Yolanda asesina a Selena.
No/ No es amor/ Lo que tú sientes/ Se llama obsesión/ Una ilusión/ En tu pensamiento/ Que te hace hacer cosas/ Así funciona el corazón
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¿Cómo sé que ese fanático no está fingiendo? ¿Se es fanatico todo el tiempo?
Podríamos hablar de fanatismo pasivo – en donde el fervor está contenido, no está en pleno ejercicio – y de fanatismo activo. Por ejemplo, una persona viste un traje y habla por teléfono en la esquina de la calle, ha salido de su empresa, luce exitoso. Es imposible saber que mañana por la tarde se tomará días en su trabajo, faltará al cumpleaños de su novia y recorrerá 1.000 km en auto para ir a otra provincia a ver a su equipo de fútbol. Mañana será otro. Es decir: también lo es hoy. Lo que me interesa es su mutación.
Pero no todos pueden ser fanáticos. Estas dos categorías van a ayudar a descubrir si el “fanático” está o no fingiendo.
F.S: Fanático sospechoso.
F.F: Fanático farsante.
Estas figuras aparecen directamente ligadas a un clima de época, caracterizado por la exposición y los borramientos en cuestiones de intimidad.
Mostrar y ser se entremezclan, se funden, e incluso del mostrar se puede desprender el ser: muestro esto que tengo y se transforma en esto que soy. Y esto que muestro y en lo que me he transformado me gusta sobre todo por una razón: la imagen.
La experiencia estética por sobre todo lo demás. Dan ganas de preguntar al F.S: ¿sos o te hacés? pero esta pregunta suena mal, no es agradable. Y en realidad está mal formulada: haciéndolo lo vuelve parte de sí.
El F.F como quien comparte su vida con alguien a quien no ama, pero finge, por comodidad, por costumbre, por pertenecer.
Huyendo en taxi, por el bajo me doy cuenta/ Los delirios de tu mente/ Fingiendo sentir amor
¿Y si lo intento yo también? ¿Por qué no? Hay que buscar lo mejor con lo que una pueda engañarse. Un engaño sutil, capaz de ser olvidada su condición.
Si pudiera ser fanática…¡Dejaría tan contento a mi abuelo! Con orgullo desde el cielo me miraría.
(Es terrible: nuestros muertos- aunque enterrados, difuminados, encajonados- nos van a mirar siempre desde arriba).
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No había hablado hasta ahora de mi madre. Como si lo hubiera intentado evitar, compensarlo con la historia de mi abuelo, no ser un blanco fácil del psicoanálisis. Pero sobre el final aparece ella. Su fanatismo.
Hace ya varios años con mi familia fuimos a un restaurante. Mi abuelo estaba muerto desde hacía tiempo. Fue en vano cuidarse: murió de un ataque al corazón. En el restaurante en el que estábamos con mi familia daban el partido de River – Boca. Mi padre y mi hermana, ambos de River. Mi madre y yo, de Boca. En la mesa ya estaba impuesta la división. Cuando Boca metió el primer gol, mi madre, hija de mi abuelo, en apenas segundos se levantó de su lugar y se paró arriba de la silla a gritar. La miré desde abajo, roja por la vergüenza de tener una madre que se para en las sillas. Entre nosotras se abrió una distancia que no hizo más que aumentar con los años. “Ella no es así”, hubiese querido decir. Pero en ese momento nadie me habría creído.
“El amor me vuelve como loco, pero no me pongo en relación con lo sobrenatural; no hay en mí nada sagrado; mi locura, simple sinrazón, es plana, hasta invisible; por lo demás, totalmente recuperada por la cultura: no da miedo”, dice Barthes.
Yo digo: el fanatismo a mi madre la vuelve como loca, no hay nada sagrado en ella: tal vez nunca vi a mi madre tan humana como ese día.
<<El sujeto amoroso es atravesado por la idea de qué está o se vuelve loco>>. El sujeto fanático es atravesado por la idea de que está o se vuelve loco.
Lo que aparece en las antípodas de la racionalidad es lo que al fanático lo subraya humano. No hay un fin práctico en el fanatismo, no hay para qué: hay más bien un porque sí. Podría un fanático decir que sin su objeto de fanatismo no puede vivir. Quien dice “River es mi vida” está de alguna manera diciéndolo. Pero no es a priori una condición de o para la existencia. Sino yo, que escribo esto, correría el riesgo de no existir. Seríamos miles los ausentes.
Cuando vi a mi madre arriba de la silla, gritando el gol, entendí que así se oían las pasiones.
Yo, como en mis visitas al dentista, apenas podía hablar.
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